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Los padres de los asesinos de la familia Cejudo, condena inevitable hasta 70 años de prisións

Los padres de los asesinos de la familia Cejudo, condena inevitable hasta 70 años de prisións

Hay preguntas que una ciudad no debería tener que hacerse. Preguntas que nacen de un silencio demasiado pesado, de una puerta cerrada que nadie debería haber cruzado jamás. El 28 de abril de 2026, en una colonia de apariencia tranquila enclavada en la alcaldía Azcapotzalco de la Ciudad de México.

 Esa clase de pregunta surgió con toda la brutalidad de lo inevitable. ¿Quién puede volverse capaz de borrar a una familia entera de la faz de la tierra? ¿Qué clase de crianza? ¿Qué clase de entorno? ¿Qué clase de silencio o de ruido produce a alguien así? La colonia Nueva Santa María no es un lugar que la Ciudad de México suele señalar.

No figura en los reportes de violencia endémica que hablan de ciertas esquinas en otras demarcaciones. Sus calles llevan nombres de árboles y flores. Guanábana, begonias. Son calles pensadas para la quietud, para el caminar sin prisa, para los niños que salen a la banqueta. El número 146 de la calle Guanábana era para sus vecinos una dirección más.

 Una familia nueva que había llegado sin alaraca, gente trabajadora, discreta, de esas que no generan problemas. Omar Sejudo Nava, de 47 años, era director comercial de genéricos Ralca, una distribuidora farmacéutica. Su trabajo era gestionar cuentas millonarias, liderar equipos comerciales, moverse en el mundo de los medicamentos que llegan a farmacias y hospitales.

 Alejandra Barrios Galván, también de 47 años, era su compañera de vida, la mujer que sostenía el hogar junto a él, que había construido con Omar, ese espacio donde dos hijas crecían. Valentina tenía 16 o 17 años, según los reportes, y estudiaba en el Tecnológico de Monterrey, una de esas jóvenes que ya asoman al futuro con nombre y proyecto propios. Romina tenía apenas 12 años.

Apenas salía de la primaria, dijo una vecina llorando días después. Era una niña. Nadie en esa calle sabía todavía que dentro de esa casa, la tarde de ese martes de abril, iba a ocurrir algo que no tiene nombre amable, algo que los reportes de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México iban a llamar multihomicidio, pero que las personas que conocieron a Omar, a Alejandra, a Valentina y a Romina llamarían de otra manera una masacre.

El exterminio de una familia. Lo que interesa aquí, sin embargo, no empieza con las víctimas, empieza mucho antes. Empieza con una pregunta que la Ciudad de México y el Estado de México todavía no han respondido del todo porque las autoridades han guardado discreción sobre ese punto específico.

 ¿Quiénes son los padres de los hermanos que entraron a esa casa? Los apellidos de los victimarios son Villaseñor Barrera, Emiliano Villaseñor Barrera de 20 años, José María Villaseñor Barrera, de 21 años, María de Jesús Villaseñor Barrera, de 24 años, tres hermanos, un apellido, una misma sangre. Y detrás de esa sangre, como detrás de cualquier vida humana, hay una historia que empieza en algún lugar que no es un juzgado, no es una celda, no es un hotel de Atizapán donde un joven dispara contra la policía antes de caer herido. Empieza en una

casa, en una mesa, en el primer día de escuela, en las manos de alguien que los llamó hijos. Las autoridades mexicanas, en el marco del proceso judicial que avanza sobre los detenidos, han mantenido bajo reserva los nombres de los progenitores de los hermanos Villaseñor Barrera. Es una práctica comprensible desde el punto de vista legal.

 Los padres no han sido señalados como responsables del crimen y su identidad pública podría interferir con la investigación o convertirlos en blanco de una justicia popular que ya hierve en las redes sociales. Pero esa reserva no cancela la pregunta, la deja suspendida como una sombra que cae sobre todo lo que vino después. Quienes conocen a la familia Villaseñor Barrera han descrito un entorno que desde afuera no ofrecía señales evidentes de peligro.

 Las personas que tuvieron contacto con Emiliano, el más joven de los hermanos que participaron en los hechos, los que llegaron hasta la calle Guanábana esa tarde, describieron a un joven que sabía moverse en distintos mundos. era estudiante del Tecnológico de Monterrey, una de las universidades privadas de mayor prestigio en México.

 Eso no es un detalle menor. El Tec de Monterrey no es una institución de acceso masivo ni gratuito. Sus colegiaturas representan un esfuerzo económico considerable y sin embargo, Emiliano estaba ahí entre aulas climatizadas y corredores donde los estudiantes hablan de proyectos de vida, de startups, de intercambios internacionales.

Hay algo en ese dato que el país debería procesar con más cuidado del que normalmente le dedica. Se tiende a imaginar que la violencia organizada recluta exclusivamente en los márgenes, en los barrios donde la pobreza es dura, donde las escuelas no tienen techos, donde el estado nunca llegó. Y es cierto que esos márgenes producen violencia, entre otras muchas cosas que los márgenes producen y que nadie celebra.

Pero la historia de Emiliano Villaseñor Barrera interrumpe ese relato cómodo. Aquí hay un joven que pudo pagar una universidad privada, que frecuentaba los espacios donde se supone que se forja la clase media del futuro y que al mismo tiempo, según las investigaciones en curso, ya cargaba deudas no solo bancarias, sino también con un grupo delictivo. Ya consumía drogas.

 Según algunos reportes, ya portaba armas si uno revisa los videos que él mismo presumía en sus redes sociales. Videos donde aparece disparando al aire exhibiendo una imagen de poder que es en sí misma uno de los signos más tristes del tiempo que vivimos. ¿Qué vieron sus padres en esos videos? Si es que los vieron.

 ¿Qué dijeron? O fueron padres que no miraron las redes sociales de sus hijos, o que miraron y no supieron leer lo que estaban viendo, o que leyeron y creyeron que era pose, brabuconería de muchacho, el tipo de exageración que los jóvenes proyectan para sentirse grandes. La respuesta a esas preguntas no está en los expedientes que se han hecho públicos, está en un silencio que las autoridades están por el momento decididas a mantener.

 Y en ese silencio caben todas las hipótesis. Caben los padres que no sabían nada. Caben los padres que sabían demasiado. Caben los padres que un día miraron a ese hijo y ya no reconocieron a la persona en la que se había convertido. Lo que sí se sabe es esto. Los hermanos Villaseñor Barrera no actuaron de manera improvisada. El crimen del 28 de abril de 2026 no fue un arrebato, fue una operación.

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