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¡LÁGRIMAS QUE OCULTABAN UN MONSTRUO!

¡LÁGRIMAS QUE OCULTABAN UN MONSTRUO!

¿Cómo pudo un hijo suplicar ayuda frente a las cámaras por la madre que él mismo habría silenciado? Fernando Yael fingió dolor mientras usaba las tarjetas de Teresa para irse de fiesta. El luminol reveló el horror: una carnicería lavada con químicos y un motivo atroz… ¡La mató por solo 2,000 pesos!

Fernando Yael LLORÓ en Cámaras por Su Madre Teresa Guadalupe Desaparecida…. Ahora Está ARRESTADO

Las cámaras lo captaron entrando a su casa por última vez. Nunca salió y quien reportó su desaparición ahora enfrenta cargos por haberla hecho desaparecer. Fernando Yael Pérez Molina tiene 21 años, es estudiante de la escuela bancaria y comercial. Durante días apareció frente a medios llorando pidiendo ayuda para encontrar a su madre.

 Compartió la ficha de búsqueda en redes sociales. Dio entrevistas con la voz quebrada. Parecía un hijo desesperado, pero mientras las cámaras lo enfocaban, los investigadores de la Fiscalía Especializada en Desapariciones comenzaban a notar algo extraño, algo que no cuadraba. Teresa Guadalupe Molina Hernández trabajaba en una empresa de telecomunicaciones, 55 años. Madre soltera, independiente.

Vecinos la conocían como una mujer dedicada que nunca faltaba al trabajo. Vivía en el número 286 de la calle Grabados, colonia 20 de noviembre, alcaldía Benustiano Carranza. Ahí mismo tenía un pequeño negocio de perfumes. Una vida ordenada, rutinaria, sin sobresaltos. Ya él era su único hijo. Vivían juntos, solo ellos dos y una mascota.

 Según familiares, la relación no siempre era fácil. Había tensiones, discusiones, pero nada que hiciera pensar en lo que estaba por descubrirse. El 25 de abril de 2026, Teresa ingresó a su domicilio después de una jornada laboral. Las cámaras de videovigilancia del vecindario registraron el momento exacto.

 Entró por la puerta principal, cerró detrás de ella y nunca volvió a salir. Los videos de seguridad revisados por la policía de investigación no muestran a nadie más saliendo del inmueble esa noche, nadie excepto Yael. Y él no reportó nada hasta se días después. El primero de mayo, casi una semana completa después, el joven acudió a presentar la denuncia.

 Su versión era simple. Su madre había salido rumbo al centro histórico y desde entonces no sabía nada de ella. Dijo que pensó que estaba de viaje, que a veces se ausentaba por trabajo, que no quiso preocuparse de inmediato. Pero compañeras de Teresa comenzaron a llamar extrañadas. Ella nunca faltaba sin avisar, nunca desaparecía así.

 Y cuando buscaron respuestas, encontraron a un hijo que parecía más tranquilo de lo normal, porque mientras la ficha de búsqueda circulaba, mientras vecinos pegaban carteles, Yael seguía yendo a clases. Salía de fiesta, usaba las tarjetas bancarias de su madre, manejaba su seta y visa como si nada hubiera pasado.

 No repartía volantes, no organizaba búsquedas. Su comportamiento no coincidía con el de alguien desesperado por encontrar a un ser querido. Y eso fue lo que encendió todas las alarmas. Lo que los investigadores descubrirían en los siguientes días revelaría una historia muy diferente a la que Yael había contado. La reconstrucción de lo ocurrido el 25 de abril comenzó con mensajes de texto.

Mensajes que Yael envió a un amigo esa misma noche. Mensajes que nunca imaginó que terminarían en manos de los investigadores. Eran cerca de las 9 de la noche. Ya él estaba fuera de su casa. Le escribió a un amigo que lo esperara, que iban a salir a beber. Pero había un problema, no tenía dinero y su madre se negaba a dárselo.

 Los mensajes se volvieron cada vez más insistentes. “Ahorita le saco el dinero”, escribió. “Yo veo como le saco el dinero.” El tono era de frustración, de determinación, de alguien que no iba a aceptar un no por respuesta. Según la reconstrucción de los hechos, Teresa estaba en su recámara. Había llegado cansada del trabajo. Solo quería descansar.

 Cuando su hijo le pidió 2,000 pesos, ella se negó. No era la primera vez. Había discusiones previas por dinero, por responsabilidades, por el estilo de vida que Yael llevaba mientras ella trabajaba largas jornadas. Los vecinos del inmueble reportaron haber escuchado gritos esa noche, lamentos, palabras de auxilio que se cortaban abruptamente, sonidos que duraron varios minutos y luego simplemente se detuvieron.

 Nadie salió a ver qué pasaba. Es una zona donde la gente prefiere no meterse en problemas ajenos. Cuando las autoridades les tomaron declaración días después, varios confirmaron lo mismo. Escucharon algo, pero no actuaron. Después de casi una hora de intercambio de mensajes, Yael le avisó a su amigo que ya no iba a salir.

 Le dijo que su madre no lo había dejado. Canceló la salida y su teléfono quedó en silencio el resto de la noche. Lo que ocurrió dentro de esa casa entre las 9 y las 11 de la noche es lo que ahora investiga la fiscalía. Los peritajes apuntan a que hubo una confrontación física, una agresión de violencia extrema. Teresa fue atacada en su propia recámara.

 El lugar donde debía estar más segura se convirtió en el escenario de lo que las autoridades presumen fue un crimen por dinero, por una cantidad ridícula, 2,000 pesos, menos de lo que cuesta una semana de despensa. Resulta que Yael no solo necesitaba el dinero esa noche, también tenía acceso a las tarjetas bancarias de su madre, a su automóvil, a sus pertenencias y después de lo que sucedió comenzó a usarlas como si nada hubiera pasado.

 Durante los días siguientes, mientras Teresa ya no estaba, su hijo retiró efectivo de cajeros automáticos. Pagó consumos en bares, se movió por la ciudad en el coche de ella. Actuaba con una normalidad que resultaba perturbadora. Las cámaras de seguridad no solo capturaron a Teresa entrando a su casa, también registraron los movimientos de Yael en las horas y días posteriores, saliendo del domicilio solo, regresando tarde en la madrugada, cargando bolsas negras.

 En algunas ocasiones todo quedó grabado, todo quedó documentado y cuando los investigadores revisaron esas grabaciones, las piezas comenzaron a unirse de una manera aterradora. El análisis de telefonía celular mostró que el teléfono de Teresa dejó de tener actividad exactamente después de las 11 de la noche del 25 de abril.

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