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La víspera del cisma : La calle General Concha olía a lo de siempre por estas fechas.

Parte 1: La víspera del cisma

La calle General Concha olía a lo de siempre por estas fechas.

Una mezcla embriagadora de castañas asadas, gasoil de los autobuses de la EMT y ese frío seco que te corta los labios nada más salir del metro.

Paula se ajustó la bufanda de lana hasta que solo se le veían los ojos.

Alberto, a su lado, cargaba con dos bolsas de papel del Corte Inglés que parecían pesarle más en el alma que en los brazos.

Caminaban con el paso resignado de quien se dirige a una ejecución voluntaria.

—No va a salir bien, Paula —sentenció Alberto, con la voz ahogada por el vaho.

—Va a salir de maravilla, Alberto, deja de ser un agorero.

—Es mi madre.

—Y es una persona del siglo veintiuno, aunque a veces se empeñe en vivir en los años cincuenta.

—Mi madre considera que el aguacate es una fruta exótica peligrosa que podría provocar una reacción alérgica masiva en toda la familia.

Paula suspiró, un suspiro largo y cargado de paciencia acumulada durante siete años de relación.

—No estamos hablando de meter peyote en la cena, Alberto.

—Para ella, el arroz frío con pescado crudo está a un paso de la brujería.

—Es sushi de primera calidad, lo hemos hablado mil veces.

—Tú lo has hablado, yo he asentido mientras rezaba para que se fuera la luz y no tuviéramos que dar la noticia.

Llegaron al portal de ladrillo visto, ese color ocre tan madrileño que parece retener el polvo de las décadas.

El portal olía a cera de muebles y a una señora que acababa de vaciarse un bote de Chanel No. 5 antes de ir a misa.

Subieron en el ascensor, un cubículo de madera chirriante donde el espejo devolvía la imagen de una pareja joven a punto de desafiar tres generaciones de tradición culinaria.

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