Parte 1: La víspera del cisma
La calle General Concha olía a lo de siempre por estas fechas.
Una mezcla embriagadora de castañas asadas, gasoil de los autobuses de la EMT y ese frío seco que te corta los labios nada más salir del metro.
Paula se ajustó la bufanda de lana hasta que solo se le veían los ojos.
Alberto, a su lado, cargaba con dos bolsas de papel del Corte Inglés que parecían pesarle más en el alma que en los brazos.
Caminaban con el paso resignado de quien se dirige a una ejecución voluntaria.
—No va a salir bien, Paula —sentenció Alberto, con la voz ahogada por el vaho.
—Va a salir de maravilla, Alberto, deja de ser un agorero.
—Es mi madre.
—Y es una persona del siglo veintiuno, aunque a veces se empeñe en vivir en los años cincuenta.
—Mi madre considera que el aguacate es una fruta exótica peligrosa que podría provocar una reacción alérgica masiva en toda la familia.
Paula suspiró, un suspiro largo y cargado de paciencia acumulada durante siete años de relación.
—No estamos hablando de meter peyote en la cena, Alberto.
—Para ella, el arroz frío con pescado crudo está a un paso de la brujería.
—Es sushi de primera calidad, lo hemos hablado mil veces.
—Tú lo has hablado, yo he asentido mientras rezaba para que se fuera la luz y no tuviéramos que dar la noticia.
Llegaron al portal de ladrillo visto, ese color ocre tan madrileño que parece retener el polvo de las décadas.
El portal olía a cera de muebles y a una señora que acababa de vaciarse un bote de Chanel No. 5 antes de ir a misa.
Subieron en el ascensor, un cubículo de madera chirriante donde el espejo devolvía la imagen de una pareja joven a punto de desafiar tres generaciones de tradición culinaria.
Alberto pulsó el timbre.
Dos toques cortos, secos.
Un código que en esa casa significaba: “Ya estamos aquí, traemos hambre y ninguna gana de discutir”.
Pero iban a discutir.
Vaya si iban a discutir.
La puerta se abrió y apareció Concha, envuelta en un delantal con un bordado de gallinas que había visto mejores tiempos.
—¡Mis niños! —exclamó, con esa alegría expansiva que solo tienen las madres españolas cuando ven a sus hijos después de cuarenta y ocho horas de ausencia.
Repartió besos que sonaron como disparos de aire comprimido en las mejillas de ambos.
—Pasad, pasad, que entra el rasca de la escalera y tengo la casa caldeada.
El salón de Concha era un museo dedicado al exceso decorativo navideño.
Había un portal de Belén que ocupaba media mesa de comedor, con un río de papel albal y musgo de plástico que olía a trastero.
Un árbol de Navidad, ladeado hacia la derecha por el peso de demasiadas bolas brillantes, parpadeaba con una cadencia hipnótica.
—Huele a gloria, suegra —dijo Paula, intentando ganar puntos en el terreno diplomático.
—Es el caldo, que lo puse anoche para que coja cuerpo —respondió Concha, mientras les quitaba los abrigos con la eficiencia de un botones de hotel de cinco estrellas—. Porque una Nochevieja sin sopa de galets no es Nochevieja, es un jueves cualquiera.
Alberto y Paula se miraron.
Esa era la primera mina del campo de batalla.
—Mamá, queríamos comentarte una cosa sobre la cena de este año —empezó Alberto, dejando las bolsas en el sofá con un cuidado excesivo.
Concha ya iba camino de la cocina, ignorando el tono de preludio de desastre.
—Pasad a la cocina, que tengo que vigilar el asado, que se me pasa si no le doy la vuelta ahora mismo.
La cocina era el centro neurálgico del universo de Concha.
Allí, el aire era denso, nutritivo, casi se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Había fuentes de barro preparadas, cajas de langostinos amontonadas en la encimera y un aroma a ajo y laurel que te abrazaba las entrañas.
—He encargado el cordero en lo de Vidal, el carnicero de toda la vida —decía Concha mientras revolvía una olla de dimensiones industriales—. Me ha dicho que es de este año, tierno como la mantequilla, se va a deshacer en la boca.
Paula dio un paso al frente.
Era el momento de la verdad.
El momento en que la modernidad chocaba frontalmente contra el muro de la tradición castellana.
—Suegra, Alberto y yo hemos estado pensando…
Concha se detuvo con el cucharón de madera en el aire.
—¿Pensando el qué? Malo cuando los jóvenes pensáis tanto en estas fechas.
—Que este año, como somos pocos y por cambiar un poco la rutina… —continuó Paula, con una sonrisa que intentaba ser persuasiva.
—¿Cambiar la rutina? ¿Qué rutina? —Concha arqueó una ceja, una habilidad que dominaba a la perfección.
—Queríamos proponer un menú diferente.
—¿Diferente cómo? ¿Vais a traer un pavo de esos que se comen en las películas de los americanos?
—No, mamá —intervino Alberto, buscando el tono más neutro posible—. Habíamos pensado en algo más ligero. Más actual.
—¿Ligero? —Concha soltó una carcajada que retumbó entre las sartenes colgadas—. En Nochevieja no se viene a comer ligero, Alberto, se viene a celebrar que hemos sobrevivido a otro año. Y para eso hace falta fundamento.
Paula respiró hondo, llenando sus pulmones de ese aroma a caldo casero que ahora sentía como una trampa emocional.
—Habíamos pensado en pedir sushi.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto.
En el salón, el carillón del reloj de pared dio las seis de la tarde, subrayando la gravedad del momento.
Concha dejó caer el cucharón dentro de la olla con un “chof” sordo.
Se giró lentamente, limpiándose las manos en el delantal de las gallinas.
—¿Sushi? —repitió, como si estuviera pronunciando una palabra en un dialecto olvidado de las montañas del Tíbet.
—Sí, un surtido variado, de un sitio muy bueno que han abierto cerca del centro —explicó Paula con rapidez—. Sashimi, nigiris, uramakis de esos con aguacate y mango…
—¿Sushi para cenar en fin de año? —preguntó Concha, elevando el tono de voz una octava—. ¡Eso es pescado crudo!
—No es todo crudo, suegra, hay cosas en tempura, y el arroz es delicioso…
—¡Aquí se come marisco y cordero! —sentenció Concha, dando un golpe en la encimera—. ¡Marisco de las Rías, que para eso me he dejado media pensión en la pescadería, y cordero de Aranda!
—Pero mamá, siempre acabamos empachados —intentó mediar Alberto—. El año pasado el tío Paco casi se ahoga con una uva porque no podía ni respirar de lo que había comido antes.
—¡El tío Paco se ahogó porque es un ansioso y no mastica, no me eches la culpa al cordero!
Concha se cruzó de brazos, una postura que indicaba que el búnker estaba cerrado y que no se aceptaban negociaciones de paz.
—Sushi… —murmuró con desprecio—. Pescado crudo envuelto en algas de esas que se quedan pegadas en los dientes.
—Queríamos variar un poco, suegra —insistió Paula, manteniendo el tipo—. Estamos hartos de lo mismo todos los años. Sopa, gambas, cordero, turrón. Es un ciclo sin fin.
—Es una tradición, Paula —corrigió Concha con severidad—. Y las tradiciones son las que mantienen unida a la familia. Si empezamos cenando pescado japonés, el año que viene terminaremos celebrando la Navidad por Skype y comiendo barritas de cereales.
—No es para tanto, solo es una cena.
—No es “solo una cena”. Es La Cena.
Alberto intentó acercarse a su madre, pero ella le lanzó una mirada que habría congelado el mismísimo caldo que hervía en la olla.
—Yo, si no hay sopa de galets o asado, no ceno —declaró Concha con una solemnidad casi litúrgica—. Me hacéis un huevo frito y me lo como sola en la cocina mientras vosotros os peleáis con los palillos esos.
—No seas dramática, mamá.
—¿Dramática yo? —Concha se llevó una mano al pecho—. Llevo tres días limpiando cardo, desgrasando el caldo y hablando con el carnicero como si fuera mi confesor, ¿y me decís que ahora lo que se lleva es comer arroz frío con un trozo de salmón encima?
—Es por innovar, suegra…
—¡Innovar es ponerle un poco de trufa al relleno de los canelones, Paula! ¡Eso es innovar! ¡Lo vuestro es una provocación!
El ambiente en la cocina de Concha se había vuelto eléctrico.
Paula miraba a Alberto pidiéndole refuerzos por señas.
Alberto miraba al techo buscando una grieta por la que escapar.
Y Concha miraba al horizonte, o quizás a la caja de langostinos, imaginando un futuro distópico donde sus nietos no sabrían lo que es chupar la cabeza de una gamba.
—¿Y qué le voy a decir yo a tu padre? —preguntó Concha, bajando el tono a un susurro trágico—. ¿Que este año no hay langostinos porque a su nuera le ha dado por hacerse la moderna?
—Paco se come lo que le pongas delante, mamá, no mientas.
—Tu padre es un hombre de principios, Alberto. Y sus principios terminan donde empieza el marisco a la plancha.
La tensión seguía subiendo, centímetro a centímetro.
Paula dio un paso atrás, dándose cuenta de que esto no iba a ser una simple sugerencia, sino una guerra de trincheras donde el territorio se medía en raciones de ensaladilla rusa.
Parte 2: La movilización de las tropas
La noticia del “Incidente del Sushi” se propagó por la familia con la velocidad de un incendio forestal en agosto.
Para las ocho de la tarde, el teléfono fijo de Concha echaba humo.
Paula y Alberto se habían retirado estratégicamente al salón, fingiendo interés en un especial de televisión sobre los mejores momentos del año.
Desde la cocina llegaba el fragor de la batalla telefónica.
—¡Sí, Mari, como te lo cuento! —gritaba Concha a su hermana—. ¡Pescado crudo! ¡Como si fuéramos náufragos en una balsa!
Paula hundió la cabeza entre los hombros.
—Te lo dije —susurró Alberto—. Ya ha llamado a la tía Mari. La tía Mari es el CNI de la familia.
—No puede ser tan grave, Alberto. Es solo comida.
—En esta casa, la comida es ideología, Paula. Has cuestionado el sistema de valores de los últimos cuarenta años.
De repente, Concha apareció en el umbral de la puerta, sosteniendo el teléfono inalámbrico como si fuera un arma cargada.
—Vuestra tía Mari dice que si queréis sushi, que os lo comáis en vuestra casa el día de Reyes, pero que Nochevieja es sagrada.
—Dile a la tía Mari que ella el año pasado trajo unos volovanes de marca blanca que sabían a cartón —replicó Paula, perdiendo un poco la compostura.
—¡No metas a los volovanes en esto! —exclamó Concha—. Los volovanes son occidentales. Son cristianos.
—¿Qué tiene que ver la religión con un maki de atún, mamá? —preguntó Alberto desesperado.
—Tiene que ver con el respeto a los mayores, que parece que se os ha olvidado con tanto viaje al extranjero.
Concha volvió a la cocina, murmurando algo sobre “la juventud perdida” y “la falta de hierro en la sangre por no comer carne roja”.
Media hora después, sonó el timbre.
Era Paco, el padre de Alberto, que venía de su partida de dominó en el centro de mayores.
Entró en casa con el periódico bajo el brazo y esa cara de “no me enterado de nada pero presiento que algo va mal” que tienen los maridos veteranos.
—Hola, familia —dijo Paco, dejando las llaves en el mueble de la entrada—. ¿Qué tal? ¿Ya huele a cordero?
El silencio que recibió su pregunta fue tan denso que Paco se detuvo en seco.
Miró a Alberto. Miró a Paula. Miró hacia la cocina.
—¿Pasa algo? ¿Ha subido la luz otra vez?
Concha salió de la cocina con los ojos ligeramente enrojecidos, en pleno modo “mártir de la cocina”.
—Paco, prepárate. Este año no hace falta que saques el cuchillo de trinchar.
—¿Ah no? ¿Es que el carnicero nos ha fallado? —Paco se alarmó visiblemente—. ¡Le dije a Vidal que como no fuera bueno le devolvía el costillar!
—No es el carnicero, Paco. Son tus hijos. Que quieren cenar comida de dibujos animados.
—¿Qué?
—Sushi, Paco. Pescado sin cocinar. Arroz pegajoso. Esas cosas que comen los que no tienen fuego en su casa.
Paco parpadeó varias veces, procesando la información.
Se quitó la boina y se rascó la calva con parsimonia.
—¿Sushi? —miró a Alberto—. ¿Eso no es lo que sale en los documentales de la Dos? ¿Lo que comen los emperadores?
—Es muy sano, papá —dijo Alberto con un hilo de voz.
—Sano es un puré de verduras, Alberto —sentenció Paco—. La Nochevieja no es para estar sano, es para estar feliz. ¿Y cómo voy a estar yo feliz sin mi ración de percebes?
—Habrá marisco también, Paco —dijo Paula, intentando buscar una vía intermedia—. Podemos comprar unas gambas y luego el sushi como plato principal.
—¡Ni hablar! —saltó Concha—. ¡El plato principal es el cordero! ¡El sushi es un aperitivo moderno como mucho, un capricho de esos que se ponen en las bodas modernas y que nadie sabe muy bien qué es!
—No es un capricho, es una decisión —dijo Paula, levantándose del sofá—. Queremos una cena que no nos obligue a estar tres horas sentados sudando frente a una bandeja de carne grasienta.
La palabra “grasienta” cayó en el salón como una granada de mano.
Concha se llevó las manos a la cara.
—Grasienta… —sollozó—. Dice que mi cocina es grasienta.
—No he dicho eso, suegra, he dicho que el menú tradicional es pesado.
—¡Paco, dile algo! —exigió Concha.
Paco se vio en la peor situación posible para un hombre de su generación: elegir entre su mujer y la paz social, o entre el cordero y la modernidad.
—Bueno… —empezó Paco, midiendo cada palabra—. El sushi ese… yo lo probé una vez en un convite. Tenía un sabor raro. Como a mar.
—¡Es que es pescado, Paco! ¡Claro que sabe a mar! —gritó Paula.
—Ya, pero estaba frío. A mí la comida fría me da como tristeza. Me recuerda a cuando me dejaban el bocadillo en la mochila del colegio.
—Es una experiencia gastronómica, papá —insistió Alberto.
—La experiencia gastronómica que yo quiero es que se me empañen las gafas con el vapor de la sopa de galets —replicó Paco, recuperando su autoridad—. Escuchadme bien. Yo no tengo nada en contra de los inventos de fuera. Me gusta la pizza, me gusta el kebab ese que hueles a tres calles… pero en Nochevieja, el cuerpo me pide tradición.
—¡Exacto! —exclamó Concha, recuperando el ánimo—. ¡El cuerpo pide lo de siempre porque es lo que sabe digerir!
Paula se cruzó de brazos, decidida a no rendirse.
—Pues nosotros ya hemos reservado la bandeja premium en el “Sakura Real”. Cien piezas. Con erizo de mar y toro de almadraba.
Concha retrocedió como si la hubieran abofeteado.
—¿Cien piezas? ¿Vais a meter cien trozos de pescado crudo en esta casa?
—Y están pagadas —añadió Paula, lanzando un órdago.
—¡Pues las despagas! —gritó Concha—. ¡O te las comes en el rellano! ¡En mi mesa no entra nada que no haya pasado por el horno o por la sartén!
La guerra civil familiar estaba oficialmente declarada.
Alberto intentó intervenir, pero fue ignorado por ambas partes.
Concha volvió a la cocina aporreando las cacerolas, una señal inequívoca de que iba a cocinar el menú tradicional aunque tuviera que comérselo ella sola hasta reventar.
Paula volvió a sentarse, con la mandíbula apretada.
Paco, por su parte, se fue al pasillo a llamar a su cuñado, el tío Luis, para informarle de que este año la cena de fin de año corría peligro de convertirse en una reunión de la ONU.
—¡Luis! —se oía desde el pasillo—. ¡Que no traigas el vino tinto, que dicen que van a traer pescado de ese japonés! ¡Trae sake o lo que sea que beban los de allí! ¡No, no estoy de broma, Luis! ¡Ojalá estuviera de broma!
La tensión era tan alta que el perro del vecino empezó a ladrar.
Alberto miró a Paula.
—¿Cien piezas, en serio?
—Eran noventa, pero he redondeado para dar más impacto —susurró ella—. No podemos ceder ahora, Alberto. Si cedemos con el sushi, el año que viene nos obligará a ir a la misa del gallo otra vez.
—A mi madre no la vas a convencer con lógica, Paula. Mi madre funciona con chantaje emocional de alto nivel.
—Pues yo tengo el poder de la gastronomía global de mi lado.
En ese momento, Concha asomó la cabeza por la puerta.
—He decidido una cosa —dijo con una calma sospechosa.
—¿Qué? —preguntaron los dos a la vez.
—Que si traéis el sushi, yo voy a hacer el cordero igual. Y los langostinos. Y la sopa. Y el que no coma de lo mío, es que no me quiere.
—¡Eso es juego sucio! —exclamó Alberto.
—Es supervivencia, hijo. Es supervivencia.
Parte 3: La escalada del conflicto
El día treinta de diciembre, la casa de Concha parecía el centro de mando de una operación militar.
Había bolsas de la compra por todas partes.
El frigorífico estaba tan lleno que si abrías la puerta, corrías el riesgo de morir aplastado por un bloque de turrón de Jijona o por una hilera de botellas de cava.
Paula y Alberto habían pasado la noche anterior trazando su propio plan de ataque.
—Si llegamos con el sushi ya montado en las bandejas, no podrá decir que no —decía Paula mientras revisaba la web del restaurante—. Visualmente es precioso. Los colores, el orden… Concha es una estética, le va a entrar por los ojos.
—Mi madre no ve colores, Paula, ve calorías y horas de esfuerzo —contestó Alberto—. Para ella, un nigiri es un insulto a la soberanía alimentaria de Castilla.
Llegaron a la casa a media mañana para ayudar con los preparativos “oficiales”, una especie de tregua armada.
Concha estaba en plena ebullición.
—¡Paula, pica estos ajos! ¡Pero pequeñitos, que no parezcan trozos de cantera! —ordenaba Concha sin mirar atrás—. ¡Alberto, tú ve bajando las sillas plegables del trastero, que este año viene también la prima Vane con el nuevo novio!
—¿La Vane? —Alberto se detuvo en seco—. ¿El que es vegano?
Concha se detuvo un segundo, con el cuchillo de trinchar en la mano.
—¿Vegano? ¿Qué es eso de vegano?
—Que no come nada que venga de un animal, mamá. Ni carne, ni pescado, ni huevos, ni leche.
Concha se apoyó en la encimera, palideciendo.
—¿Me estás diciendo que en mi mesa se van a sentar uno que solo come pescado crudo y otro que solo come hierba?
—El novio de la Vane es muy majo, suegra —trató de calmarla Paula—. Seguro que con una ensalada se apaña.
—¡En mi casa no se viene a comer ensalada en Nochevieja! —gritó Concha—. ¡La ensalada es lo que le pongo al lado al cordero para que no se sienta solo en el plato! ¡Esto es el fin, os lo digo yo! ¡Es el fin de la civilización cristiana!
Paco entró en la cocina con un aire de importancia renovado.
—He hablado con Vidal, el carnicero. Dice que el sushi ese es una moda pasajera, como los pantalones de campana o el fidget spinner.
—Gracias por tu aportación, Paco, muy útil —dijo Alberto con sarcasmo.
—Y dice también —continuó Paco, ignorando el tono de su hijo— que el pescado crudo puede tener bichos. Unos gusanos que se te meten en el estómago y te bailan la jota.
—Se llama anisakis, papá, y en los restaurantes de calidad el pescado se congela previamente para evitarlo —explicó Paula con paciencia infinita.
—¡Congelado! —saltó Concha—. ¡Encima nos vas a dar pescado congelado! ¡Con lo que yo presumo de comprar siempre fresco!
—¡Es por seguridad, suegra!
—Seguridad es un buen guiso que ha estado hirviendo tres horas. Ahí no sobrevive ni un bicho ni un pecado —sentenció Concha.
La tarde avanzó entre reproches encubiertos y un ruido constante de mortero.
Paula intentaba introducir el concepto de los “edamames” como aperitivo saludable, pero Concha respondía sacando una bandeja de torreznos que olían a gloria bendita y a infarto de miocardio a partes iguales.
—Mirad estos torreznos —decía Concha, mostrándolos como si fueran lingotes de oro—. Esto tiene historia. Esto tiene alma. ¿Vuestro arroz pegajoso tiene alma?
—Tiene umami, suegra.
—¿Umami? ¿Eso qué es? ¿Un primo del novio de la Vane?
A las siete de la tarde, la situación dio un giro inesperado.
La tía Mari llamó por teléfono, llorando.
—¡Concha, que no puedo ir! ¡Que me ha dado un aire en la espalda y no me puedo mover del sofá!
Concha se llevó la mano a la boca, genuinamente preocupada.
—¿Pero Mari, cómo vas a faltar? ¿Y quién va a traer los mantecados de Estepa?
—¡Que se los coma el japonés de los niños! —exclamó la tía Mari antes de colgar.
La baja de la tía Mari fue vista por Paula como una oportunidad política.
—Si somos menos, con más razón para no hacer tanta comida, suegra.
—¡Al revés! —replicó Concha—. ¡Ahora tengo que cocinar por la Mari también, para enviarle un tupper mañana! ¡No voy a dejar que mi hermana pase el año nuevo comiendo sopa de sobre!
La tensión se trasladó al comedor.
Paula y Alberto empezaron a montar la mesa, intentando dejar espacio para las bandejas de sushi que llegarían al día siguiente.
Concha, por su parte, iba colocando platos de duralex de color ámbar, los de las grandes ocasiones, que ocupaban toda la superficie.
—Aquí no cabe ni un alfiler, Alberto —se quejó Paula—. Si pone los platos de la sopa, los del segundo, los del pan y las copas, ¿dónde voy a poner yo los setenta piezas de sushi?
—Sesenta, dijiste setenta —apuntó Alberto.
—He ampliado el pedido por si la Vane y el vegano se animan.
—¡El vegano no puede comer sushi si tiene pescado, Paula!
—Hay piezas de pepino y de rábano encurtido, lo tengo todo pensado.
En ese momento, Paco entró con una caja de vino que pesaba lo suyo.
—He comprado este Ribera del Duero que te quita el sentido. Esto con el sushi ese no pega ni con cola, ¿verdad?
—Bueno, el vino tinto y el pescado no son la mejor combinación… —empezó Paula.
—¡Lo veis! —gritó Concha desde la cocina—. ¡Encima nos queréis dejar sin probar el vino de Paco! ¡Es un boicot en toda regla!
—¡Nadie está boicoteando nada! —estalló Alberto—. ¡Solo queremos cenar algo distinto por una vez en treinta años!
—¡Treinta años de felicidad! —respondió Concha—. ¡Treinta años de cordero perfecto! ¡Si vuestro padre sigue vivo es gracias a mis proteínas!
El conflicto alcanzó su clímax cuando Concha sacó la artillería pesada: el álbum de fotos familiar.
Se sentó en el sofá y empezó a pasar las páginas con una lentitud dramática.
—Mirad —dijo, señalando una foto amarillenta—. Nochevieja de 1985. Tu abuelo Manuel todavía vivía. Mirad qué cara de felicidad tiene con su plato de consomé.
—Mamá, el abuelo Manuel siempre tenía esa cara, hasta cuando se le averiaba el Seat 600.
—Era la felicidad de la tradición, Alberto. No me hagáis esto. No me obliguéis a ver cómo profanáis esta mesa con esas bolas de arroz.
Paula sintió una punzada de culpa, pero la determinación de la mujer moderna fue más fuerte.
—Suegra, el mundo cambia. España cambia. Ahora somos un país multicultural.
—¡Pues que se traigan su cultura, pero que no me quiten la mía! —replicó Concha con una lógica aplastante.
La noche del treinta terminó en un empate técnico.
Concha se fue a la cama jurando que el olor a cordero inundaría el edificio.
Paula se fue a dormir repasando el pedido de la aplicación de comida a domicilio, asegurándose de que la dirección fuera la correcta.
Y Alberto se quedó en el sofá, mirando el árbol de Navidad y preguntándose si sería posible pedir asilo político en el portal de Belén para evitar la que se avecinaba al día siguiente.
Parte 4: El gran duelo final
Llegó el 31 de diciembre.
El día del Juicio Final gastronómico.
Desde las ocho de la mañana, la casa de Concha era una zona de guerra activa.
El horno trabajaba a pleno rendimiento, emitiendo un calor que hacía que los cristales del salón se empañaran.
El olor a manteca, ajo y romero se filtraba por debajo de la puerta del rellano, avisando a todo el vecindario de que allí se estaba cocinando “de verdad”.
A las seis de la tarde, sonó el timbre.
Era el repartidor del “Sakura Real”.
Llevaba una mochila térmica enorme y una sonrisa de “gracias por pedir sushi el día que todo el mundo quiere comer uvas”.
Paula recogió las bandejas con la solemnidad de quien recibe el Santo Grial.
—Ya están aquí —anunció, entrando en el salón.
Concha salió de la cocina, armada con una espumadera.
Se quedó mirando las cajas negras de plástico con un recelo evidente.
—¿Eso es? ¿En cajas de plástico? ¿Para la cena de Nochevieja? —preguntó, como si el material del envase fuera el colmo de la ordinariez.
—Las vamos a pasar a fuentes de porcelana, suegra, quedarán preciosas.
—Parece comida de astronauta —sentenció Paco, asomándose por encima del hombro de su mujer—. ¿Y dónde están los cubiertos?
—Se come con palillos, papá —dijo Alberto, sacando los sobres de madera.
Paco cogió un par de palillos y los miró como si fueran herramientas de precisión cuántica.
—¿Con estos palitos tengo yo que pescar la cena? ¿A mi edad? Me voy a quedar en los huesos por falta de puntería.
A las nueve de la noche, la familia empezó a llegar.
La prima Vane apareció con su novio, un chico pálido llamado Sergio que vestía una camiseta con un mensaje sobre la sostenibilidad del planeta.
—Hola a todos —dijo la Vane—. He traído un humus de remolacha por si no hay nada para Sergio.
Concha puso los ojos en blanco.
—Hay sushi de rábano, Vane, y hay una ensalada que parece un jardín botánico —dijo Concha con una hospitalidad un tanto forzada.
Se sentaron a la mesa.
La estampa era digna de estudio sociológico.
En un extremo, las bandejas de sushi: una explosión de colores neón, naranjas de salmón, rojos de atún, verdes de aguacate y el negro profundo de las algas nori.
En el otro extremo, las fuentes de barro con el cordero asado, dorado y crujiente, rodeado de patatas panadera que nadaban en su propio jugo.
En el centro, la sopa de galets humeando en una sopera de la Cartuja de Sevilla.
—Bueno —dijo Paco, levantando su copa de vino—. Por la familia. Y porque el año que viene sigamos todos aquí, comamos lo que comamos.
—¡Amén! —dijo Concha, lanzando una mirada de advertencia a las bandejas de sushi.
El primer asalto fue la sopa.
Incluso Paula tuvo que admitir que el caldo de Concha era imbatible.
Era como un abrazo líquido que te recomponía el ADN.
—Está increíble, suegra —reconoció Paula.
—Tiene fundamento, hija. Es lo que yo digo siempre.
Pero entonces llegó el momento del segundo plato.
Paula empezó a repartir los nigiris y los makis con elegancia.
—Venga, probad uno al menos —insistió—. Este es de langostino en tempura, está crujiente.
Paco, presionado por la mirada de su hijo, cogió un nigiri de salmón con los dedos, ignorando los palillos.
Se lo metió en la boca con la precaución de quien prueba un explosivo.
La mesa se quedó en silencio.
Paco masticó. Cerró los ojos. Volvió a masticar.
—Pues… —empezó Paco—. No está mal. Está fresquito.
Concha soltó un bufido de desaprobación.
—¡Paco, que te estás comiendo un cebo de pesca!
—Que no, Concha, que el arroz este tiene su aquel. Está dulce y ácido a la vez.
Sergio, el novio vegano, atacó el sushi de pepino con entusiasmo.
—Está buenísimo, de verdad. Es muy respetuoso con el producto —dijo con voz suave.
—¿Respetuoso? —saltó Concha—. ¡Respetuoso es mi cordero, que ha muerto para darnos alegría!
Pero la curiosidad, ese motor de la humanidad, empezó a hacer mella en la resistencia de Concha.
Vio cómo Alberto disfrutaba de un uramaki cubierto de cebolla frita.
Vio el color vibrante del atún.
Y sobre todo, vio que el ambiente no era de tragedia, sino de descubrimiento.
—A ver —dijo Concha, extendiendo el tenedor—. Pásame uno de esos que tienen cosas por encima. Pero que no esté muy crudo, ¿eh?
Paula le sirvió un roll de california, el más occidentalizado de todos.
Concha lo examinó con la lupa de su experiencia culinaria.
Se lo llevó a la boca.
Hubo una pausa dramática que duró una eternidad.
—Está… curioso —admitió Concha, para sorpresa de todos—. Pero le falta sal.
—Es que se moja en la soja, mamá —explicó Alberto, señalando el cuenquito.
Concha mojó el sushi en la soja con la misma determinación con la que bautizaría a un nieto.
—Bueno, así tiene más sentido. Pero donde esté un buen trozo de piel de cordero crujiente…
Y así, ocurrió lo impensable.
La cena de Nochevieja se convirtió en un híbrido bizarro y maravilloso.
Paco alternaba un trozo de maki con un trago de Ribera del Duero.
La Vane intentaba explicarle a Concha qué era el tofu mientras Concha intentaba convencer a Sergio de que “un poco de manteca de cerdo no le hace daño a nadie, que es natural”.
Incluso Paula acabó mojando un trozo de pan en el jugo del cordero de su suegra, olvidando por un momento sus pretensiones de ligereza gastronómica.
—¿Sabéis qué? —dijo Paco, con las mejillas ya sonrosadas por el vino—. Al final el sushi este va bien para limpiar el paladar entre gamba y gamba.
—Es como un sorbete de limón, pero con pescado —añadió Concha, que ya se había comido tres piezas y le estaba echando el ojo a una de pez mantequilla.
Cuando llegaron las doce menos cuarto, la mesa era un desierto de cáscaras de langostino y bandejas de plástico vacías.
La convivencia había triunfado sobre la pureza culinaria.
—Bueno —dijo Concha, levantándose para preparar las uvas—. El año que viene, si queréis, traemos el sushi otra vez.
Paula sonrió triunfante, pero su victoria duró poco.
—Pero —continuó Concha—, yo voy a hacer un cochinillo. Porque el sushi ese está bien para engañar al estómago, pero no llena, niños. Me he quedado con un hueco que solo me lo quita un polvorón.
Todos rieron.
Incluso Sergio, el vegano, que se estaba comiendo un dátil como si fuera su última comida en la Tierra.
Sonaron las campanadas.
Una. Dos. Tres…
La familia comió las uvas al ritmo de la televisión, tropezando con las pepitas y riendo con la boca llena.
Al terminar, se abrazaron con esa intensidad de quienes saben que, a pesar de las discusiones sobre arroz frío o cordero caliente, lo único que importa es que el año que viene volverán a pelearse por lo mismo.
—Feliz año, suegra —dijo Paula, dándole un beso de verdad.
—Feliz año, hija. Pero la próxima vez, que el japonés aprenda a hacer una salsa brava para el arroz ese, que está un poco soso.
Alberto miró a su padre.
Paco estaba intentando usar los palillos chinos para coger una uva que se le había caído al suelo.
—¿Lo conseguiste, papá?
—Es cuestión de práctica, Alberto. El año que viene me pido el sushi yo. Pero que traigan también unos torreznos de postre.
Y en ese piso de la calle General Concha, entre restos de soja y olor a asado, el año comenzó con la mejor de las digestiones: la de la paz familiar.