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La Última Vez que Camilo Sesto Vio a Rocío Dúrcal — Su Confesión lo Destrozó Para Siempre  e

La Última Vez que Camilo Sesto Vio a Rocío Dúrcal — Su Confesión lo Destrozó Para Siempre  

La última vez que Camilo vio a Rocío Durcal, su confesión lo destrozó para siempre. Las últimas palabras que Rocío Durcal le dijo a Camilo VI cambiaron todo lo que él creía saber sobre su vida, sobre el amor y sobre los 30 años de amistad que habían compartido. Madrid, 20 de febrero de 2006. Eran las 8 de la noche cuando sonó el teléfono en la casa de Camilo VI.

 Al otro lado de la línea, una voz débil, pero inconfundible lo hizo detenerse en seco. Él era Rocío Durcal, pero no la Rocío fuerte y vibrante que él conocía. Esta era una voz quebrada por la enfermedad, cargada de urgencia y de algo que él no pudo identificar en ese momento, pero que después entendería como desesperación. Camilo dijo ella con una respiración entrecortada.

Necesito verte por última vez. Hay algo que nunca te dije, algo que no puedo llevarme a la tumba. 33 días. Edense ese era todo el tiempo que le quedaba Rocío de vida. Aunque ninguno de los dos lo sabía con certeza en ese momento. Solo sabían que el cáncer estaba ganando la batalla, que los tratamientos ya no funcionaban y que cada conversación podría ser la última.

 Camilo sintió que algo se rompía dentro de su pecho cuando escuchó el tono de finitud en la voz de Rocío. No era solo la enfermedad lo que la había cambiado. Había algo más profundo y algo que llevaba años esperando salir. ¿De qué quieres hablarme? Preguntó Camilo, aunque una parte de él ya temía la respuesta. No por teléfono, susurró Rocío.

Ven a casa mañana por la tarde. Asegúrate de que nadie te vea. Esto, esto tiene que quedar entre nosotros. La línea se cortó y Camilo se quedó allí parado, sosteniendo el teléfono muerto en su mano, ni con el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en el silencio de su sala de estar. Había algo en la manera en que Rocío había pronunciado esas palabras que lo había paralizado.

 No era solo una despedida, era algo mucho más complicado. Esa noche Camilo no pudo dormir. Se quedó despierto repasando 30 años de amistad, 30 años de respeto mutuo, de colaboraciones profesionales, de momentos compartidos en estudios de grabación, backstage de teatros, premios y celebraciones. intentaba descifrar que era eso tan importante que Rocío necesitaba decirle antes de morir.

 Al día siguiente, Camilo se vistió de la forma más discreta posible. Nada de los trajes brillantes o los colores llamativos que caracterizaban su imagen pública. Jeans oscuros, camisa negra, gorra y gafas de sol. Parecía un hombre cualquiera, ¿no? Camilo VI, el rey de la balada española. El viaje hacia Torrelodones se sintió eterno.

 Cada semáforo ni cada curva de la carretera le daba más tiempo para especular, para preocuparse, para prepararse mentalmente para lo que fuera que Rocío necesitaba contarle. Cuando llegó a la urbanización, los recuerdos lo golpearon como una ola. Había estado en esa casa muchas veces a lo largo de los años. Fiestas de cumpleaños, celebraciones familiares, reuniones informales con otros artistas.

 Siempre había sido un lugar de alegría, de música espontánea de risas que se extendían hasta altas horas de la madrugada. Pero hoy la casa se sentía diferente, más silenciosa, como si supiera que estaba albergando una despedida. La empleada doméstica lo recibió en la puerta con una expresión triste y lo condujo silenciosamente hacia el salón principal.

 está esperándolo. Le dijo en voz baja, como si hablar en voz alta fuera inapropiado en un momento así. Tohamuntu. Nada lo había preparado para lo que vio cuando entró a ese salón. Rocío estaba sentada en su sofá favorito, el mismo donde se había sentado mil veces antes, pero era como si fuera otra persona. La enfermedad había transformado su cuerpo de una manera que las fotografías públicas no habían mostrado.

 Había perdido tanto peso que su ropa le quedaba grande. Su piel tenía un tono grisáceo que contrastaba dolorosamente con el brillo que siempre había tenido. y sus manos. Esas manos que habían gesticulado con tanta expresividad durante décadas de actuaciones, ahora temblaban ligeramente sobre su regazo. Pero sus ojos, Dios, sus ojos seguían siendo los mismos.

 Seguían teniendo esa profundidad, esa inteligencia, esa calidez que había enamorado a millones de personas a lo largo de su carrera. Y cuando lo miraron, Camilo vio algo en ellos que nunca había visto antes, o tal vez siempre había estado ahí. Y él nunca se había permitido reconocerlo. Mi Camilo dijo ella intentando levantarse del sofá.

 No, quédate sentada, le dijo él caminando rápidamente hacia ella y sentándose a su lado, en el mismo sofá donde habían compartido tantas conversaciones a lo largo de los años. El silencio se extendió entre ellos por unos segundos que se sintieron como horas. Ambos sabían que esta conversación marcaría un antes y un después en algo. Y aunque ninguno sabía exactamente en qué, las paredes del salón estaban cubiertas de recuerdos, fotografías de Rocío en diferentes etapas de su carrera, premios que había recibido, imágenes con otros artistas, con su

familia, momentos de felicidad capturados en el tiempo. En una de esas fotografías, Camilo se vio a sí mismo, más joven, sonriendo al lado de Rocío en algún evento de hace años. Se veían felices, cómplices, como dos personas que se entendían sin necesidad de palabras. ¿Recuerdas cuando nos conocimos?, preguntó Rocío de repente con una sonrisa débil, pero genuina.

 Teatro Real 1981, respondió Camilo inmediatamente, como si hubiera estado esperando esa pregunta durante años. Estábamos los dos en el mismo programa benéfico. Tú cantaste la gata bajo la lluvia y yo, Melina. Después nos presentaron backstage. Sí, suspiró Rocío. Pero hay algo de ese día que nunca te conté, algo que he guardado durante 25 años y que ya no puedo seguir guardando.

El corazón de Camilo comenzó a malatir más rápido. Había algo en el tono de Rocío, en la manera en que había desviado la mirada hacia sus manos, que le decía que estaba a punto de escuchar algo que cambiaría todo. Camilo”, comenzó ella y su voz se quebró ligeramente. “Me estoy muriendo y no puedo irme sin decirte la verdad.

 La verdad que he llevado conmigo todos estos años, que ha vivido en cada conversación que hemos tenido, en cada canción que te he escuchado cantar, en cada momento que hemos compartido. Se detuvo, respiró profundamente y cuando levantó la vista para mirarlo a los ojos, mi Camilo vio algo que lo dejó sin aliento. Te he amado, Camilo.

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