PARTE 1: La Tregua del Turrón
El salón de Concha olía a una mezcla letal de ambientador de pino y cordero asado.
Era esa hora peligrosa de la tarde en la que el café ya no hace efecto y el pacharán empieza a nublar el juicio.
Marta, sentada en el borde del sofá de escay, sentía que el respaldo le devoraba la paciencia.
Había intentado ser la nuera perfecta durante tres años, cuatro meses y cinco días.
Pero la Navidad en esa casa era un deporte de riesgo.
Concha, con su bata de boatiné impecable, presidía la estancia desde su sillón orejero.
Era como una reina exiliada vigilando sus dominios, que en este caso eran doce figuritas de Lladró y un belén con demasiados pastores.
Paco, el marido de Marta, estaba en una esquina intentando pelar una mandarina sin hacer ruido.
Sabía que cualquier movimiento en falso podía desencadenar el apocalipsis.
Marta sacó su teléfono móvil con una mezcla de valentía y desesperación.
—He pensado una cosa para este año —dijo Marta, tratando de que su voz no temblara.
Concha ni siquiera desvió la mirada del especial de Nochebuena que repetían en la tele.
—Tú siempre pensando, hija, qué fatiga —respondió Concha con ese tono que era mitad caricia y mitad puñalada.
—Es sobre los regalos de Reyes —continuó Marta, ignorando el dardo.
—¿Qué les pasa a los Reyes? —preguntó Concha, frunciendo el ceño—. ¿Es que ahora también los van a cancelar los de la alcaldía?
—No, suegra, no es eso. Es que somos muchos.
—Muchos y muy bien avenidos —sentenció la mujer, ajustándose las gafas de cerca.
—Ya, pero el gasto es enorme. Y al final acabamos con seis bufandas y tres juegos de tazas que no caben en los armarios.
Paco dejó de pelar la mandarina y miró a su mujer con cara de “no lo hagas, por lo que más quieras”.
Pero Marta ya había cruzado el Rubicón.
—He pensado que este año podríamos hacer el Amigo Invisible —soltó Marta con una sonrisa forzada.
El silencio que siguió a la propuesta fue más denso que el polvorón de canela que se estaba comiendo el cuñado en el pasillo.
Concha giró la cabeza lentamente, como el brazo de un tocadiscos antiguo.
Miró a Marta de arriba abajo.
—¿El Amigo Invisible? —repitió Concha, como si estuviera pronunciando una enfermedad exótica.
—Sí, ponemos los nombres en una bolsa, cada uno saca uno y solo tiene que comprar un regalo.
—Eso es una tontería, Marta —dijo Concha con una rotundidad que no admitía réplica.
—¿Por qué va a ser una tontería? —preguntó Marta, sintiendo que la temperatura del salón subía tres grados.
—Porque yo quiero mi regalo de mi hijo, no de una prima lejana que viene cada dos años.
Paco intervino por fin, con la voz ahogada por un gajo de mandarina.
—Mamá, que es para no gastar tanto dinero y que todos tengan un detalle.
—¿Un detalle? —Concha se indignó—. ¡Detalles tienen los desconocidos en el ascensor!
Se levantó del sillón con una agilidad sorprendente para su edad.
Caminó hasta el aparador y señaló una foto de Paco cuando hizo la comunión.
—Yo a mi hijo le compro lo que él quiera, porque para eso soy su madre.
—Concha, que la economía no está para tirar cohetes —insistió Marta—. El año pasado nos gastamos una fortuna.
—La generosidad no es un gasto, Marta, es una inversión en el cariño —replicó la suegra, volviendo a sentarse con aires de filósofa griega.
—Pero si el año pasado te quejaste de que mi madre te regaló un juego de sábanas que “rascaba” —recordó Marta, pinchando el globo de la nostalgia.
Concha hizo un gesto de desdén con la mano.
—Rascaba porque era de esas fibras modernas que compráis ahora. ¡Parecía que estaba durmiendo sobre un estropajo!
—Pues por eso mismo —dijo Marta, aprovechando la brecha—. Con el Amigo Invisible ponemos un presupuesto fijo. Veinte euros.
Concha se llevó la mano al pecho, justo donde tenía el broche de perlas.
—¿Veinte euros? ¿Qué se compra hoy en día con veinte euros? ¡Si eso es lo que cuesta un kilo de jamón del bueno!
—Se pueden comprar muchas cosas, suegra. Un libro, una planta, una colonia…
—A mí no me metas en esos líos de sorteos y papelitos —dijo Concha—. Yo ya tengo mi lista hecha.
—Es que ya lo hemos hablado con el resto de la familia —mintió Marta, echando un órdago.
Concha entornó los ojos, sospechando la jugada.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dice tu tía Paqui?
—Que le parece una idea estupenda. Que está cansada de acumular figuritas de porcelana.
Concha lanzó una mirada asesina a la vitrina de Lladró.
—La Paqui lo que es es una tacaña, que todavía me debe diez euros de la lotería de Navidad de hace cuatro años.
Marta suspiró y se pasó la mano por la frente.
Sabía que la negociación iba a ser larga.
—Mira, Concha, vamos a probarlo. Solo este año. Si no nos gusta, el año que viene volvemos a lo de siempre.
—¿Y si me toca la sobrina de tu marido, la que vive en Albacete y no sé ni qué talla usa?
—Para eso hay una aplicación en el móvil, tú pones tus gustos y el que te toque lo ve.
Concha soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo.
—¿Una aplicación? ¡Pero si yo no sé ni mandar un audio sin tapar el micro con el dedo!
—Yo te ayudo, mamá —dijo Paco, intentando ser útil.
—Tú cállate, Paco, que tú le compraste a tu mujer una aspiradora por su cumpleaños y todavía me estoy riendo.
Marta sintió una punzada de dolor al recordar aquel incidente.
—Esa aspiradora era de última tecnología —murmuró Paco, volviendo a su mandarina.
—Era un insulto —sentenció Concha—. Un regalo tiene que ser algo que no sirva para nada útil. Algo que te haga sentir especial.
—Pues por eso —dijo Marta—. Con veinte euros tienes que aguzar el ingenio.
Concha se quedó pensativa unos segundos, mirando al infinito, probablemente imaginando el desastre.
—Está bien —dijo finalmente, para sorpresa de todos—. Haremos esa payasada del amigo secreto.
—Invisible, suegra. Se llama Amigo Invisible.
—Invisible va a ser el regalo como me toque alguien que no me guste —rezongó Concha.
Marta sonrió, creyendo haber ganado la batalla.
No sabía que acababa de abrir la caja de Pandora con un lazo de regalo encima.
Porque en una familia donde los rencores se guardan como el oro en paño, un regalo anónimo es un arma de doble filo.
Y Concha, que no daba puntada sin hilo, ya estaba pensando en cómo boicotear el sistema desde dentro.
—¿Y dices que nadie sabe quién le regala a quién? —preguntó Concha con una sonrisa maliciosa.
—Exacto. Es un secreto hasta el día de Reyes.
—Interesante —murmuró la mujer—. Muy interesante.
Paco miró a Marta con una expresión que decía claramente: “No sabes lo que has hecho”.
Pero Marta estaba demasiado ocupada descargando la aplicación en el móvil de su suegra.
—A ver, Concha, pon aquí qué es lo que te gustaría que te regalaran.
Concha agarró el teléfono como si fuera un artefacto explosivo.
—Pon ahí… “Colonia de la buena”.
—Tienes que ser más específica, suegra. Hay muchas colonias.
—Pues la que uso yo siempre, la de los botes dorados que huelen a señora de toda la vida.
Marta escribió: “Perfume floral clásico”.
—Y nada de cacharros de cocina —añadió Concha—. Que luego me regaláis un pelador de espárragos y me entran ganas de usarlo con vosotros.
Marta asintió, tecleando rápidamente.
—Ya está. El sorteo se hará mañana a las doce.
—¿Y cómo me entero yo de quién me ha tocado? —preguntó Concha, desconfiada.
—Te llegará una notificación al móvil.
Concha miró su teléfono con sospecha, como si el aparato fuera a susurrarle secretos al oído durante la noche.
—Vaya tela con los inventos modernos —dijo Concha, levantándose para ir a la cocina—. En mis tiempos regalábamos un paquete de calzoncillos y una caja de bombones y todo el mundo tan contento.
Marta se hundió en el sofá, agotada.
—¿Ves como no ha sido para tanto? —le dijo a Paco.
Paco terminó su mandarina, tiró las cáscaras a la basura y la miró con lástima.
—Marta, mi madre no acepta el anonimato. Mi madre es la directora de la CIA de esta familia.
—No puede hacer nada, Paco. El sistema es automático.
—Tú no conoces el sistema de mi madre —respondió él, negando con la cabeza—. Ella inventó el espionaje doméstico antes de que existiera Google.
Y mientras tanto, en la cocina, se oía el ruido de los platos mientras Concha murmuraba para sí misma.
—Un abridor de botellas… como me toque un abridor de botellas se va a enterar la del móvil…
Marta no lo sabía, pero la guerra de Navidad acababa de empezar.
Y el primer campo de batalla sería el grupo de WhatsApp de la familia, donde el “Amigo Invisible” estaba a punto de volverse muy, muy visible.
PARTE 2: El Espionaje de los Papelitos
A la mañana siguiente, el teléfono de Marta vibró en la mesilla de noche como si tuviera una convulsión.
Eran las siete y media de la mañana.
Nadie en su sano juicio manda mensajes a esa hora un domingo, a menos que sea para avisar de un incendio o de una oferta de última hora en el supermercado.
Marta alargó el brazo, con un ojo pegado y el otro medio abierto.
Era un mensaje en el grupo “Familia y Olé”.
“Concha: Me ha salido un mensaje que dice que mi amigo es secreto. Pero yo quiero saber quién es para ir orientándole”.
Marta suspiró, hundiendo la cara en la almohada.
Paco, a su lado, roncaba con la paz de quien ha aceptado su destino trágico.
Marta desbloqueó el teléfono y escribió con los dedos entumecidos.
“Marta: Suegra, de eso se trata. Si supieras quién es, ya no sería invisible”.
La respuesta fue instantánea. Concha estaba al acecho.
“Concha: Pues a mí me parece una falta de respeto. ¿Y si le compro algo que ya tiene? ¿O algo que le da alergia?”.
“Marta: Por eso hemos puesto la lista de deseos en la aplicación. Solo tiene que mirar lo que ha puesto la persona que le ha tocado”.
“Concha: Mi móvil no abre eso de los deseos. Me sale un círculo dando vueltas y me pongo nerviosa”.
Marta sabía que el círculo dando vueltas era el símbolo de la paciencia de Dios agotándose.
Se levantó, se puso las zapatillas de andar por casa y fue a la cocina a hacerse un café doble.
Necesitaba cafeína para gestionar la diplomacia internacional que requería su suegra.
A las nueve de la mañana, el timbre de la puerta sonó con la urgencia de un repartidor de órganos.
Marta abrió la puerta y allí estaba Concha, con su abrigo de paño y una bolsa de churros.
—Traigo el desayuno —dijo Concha, entrando como un torbellino—. Y el móvil, que se ha vuelto loco.
Paco apareció en el pasillo, rascándose la cabeza y con el pelo revuelto.
—¿Mamá? ¿Qué haces aquí tan temprano?
—He venido a que vuestra mujer me arregle el aparato este —dijo Concha, dejando la bolsa de churros sobre la mesa—. Que me ha tocado alguien y no sé quién es porque solo me sale un nombre que no conozco.
Marta arqueó una ceja.
—¿Cómo que un nombre que no conoces? Si solo estamos la familia.
Concha le tendió el móvil con un gesto de triunfo.
En la pantalla se leía: “Tu amigo invisible es: El Chispas”.
Marta se quedó mirando la pantalla.
—¿Quién es “El Chispas”? —preguntó Marta a Paco.
Paco se puso las gafas y miró el móvil.
—Ah… es el tío abuelo Matías. Se puso ese apodo cuando trabajó en la Unión Peninsular de Electricidad en el año sesenta y cuatro.
—¿Y por qué usa ese nombre en una aplicación de regalos? —preguntó Marta, desesperada.
—Porque es un bromista —dijo Concha, cruzando los brazos—. Y ahora dime tú qué le regalo yo a un hombre que tiene ochenta años y solo bebe vino de tetrabrik.
—Pues algo práctico, suegra. Unos calcetines de lana, una bufanda…
—¡Eso es aburridísimo! —protestó Concha—. Yo quiero que mi regalo destaque. Que cuando lo abra diga: “Vaya, se nota que Concha tiene clase”.
Marta suspiró por décima vez en lo que iba de mañana.
—Mira, Concha, si quieres saber lo que quiere el tío Matías, pregúntaselo a su mujer discretamente.
—La tía Angustias no suelta prenda ni debajo de tortura —dijo Concha—. Además, ella también está metida en esto del amigo invisible y dice que es un lío de la juventud.
Durante las siguientes dos horas, el salón de Marta se convirtió en un centro de inteligencia.
Concha no paraba de hacer llamadas “discretas” que eran tan sutiles como un elefante en una cristalería.
—Hola, Angustias… Sí, nada, que llamaba para ver cómo sigue tu Matías de lo suyo… Sí, de la próstata… Oye, y por casualidad, ¿él no querrá algo nuevo para Reyes? ¿Un abridor de botellas eléctrico o algo así?
Marta se tapó la cara con las manos.
—¡Suegra, que le estás dando pistas! —susurró Marta.
—¡Calla, que estoy operando! —le espetó Concha.
Al colgar, Concha puso cara de póker.
—Dice que Matías quiere un abridor de botellas de esos que hacen “pum” y sacan el corcho solo.
—Pues ya está —dijo Marta—. Regálale eso.
—Pero es que yo he visto uno en el bazar de la esquina por cinco euros —dijo Concha con desprecio—. Y si me gasto solo cinco euros, me sobran quince.
—Pues gástate los quince en otra cosa para él.
—¡No! —dijo Concha—. Si me sobran quince, los uso para completar el regalo de mi Paco, que a mi hijo no le puede faltar de nada.
—¡Que no, suegra! —exclamó Marta—. ¡Que el presupuesto es para la persona que te ha tocado! No puedes derivar fondos como si fueras un ayuntamiento corrupto.
Concha frunció el ceño.
—Tú es que eres muy rígida, Marta. La vida tiene matices.
—La vida tiene reglas, y el Amigo Invisible más.
Paco intentó mediar, pero terminó comiéndose un churro frío para evitar el conflicto.
A mediodía, el grupo de WhatsApp volvió a echar humo.
La prima Paqui había escrito: “Chicas, no vale espiar. He visto a alguien merodeando por el pasillo de las colonias del Mercadona mirando los carros de los demás”.
Concha se puso roja como un tomate.
—¡Esa mujer es una víbora! —gritó Concha—. ¡Solo estaba comparando precios!
—¿Has estado siguiendo a la prima Paqui por el Mercadona? —preguntó Marta, alucinada.
—Seguir es una palabra muy fuerte —dijo Concha—. Coincidimos en el pasillo de los detergentes y quise ver si ella llevaba algo que pareciera un regalo para mí.
—¿Pero cómo va a llevar el regalo para ti si todavía falta una semana? —dijo Paco.
—Porque las personas previsoras compran con tiempo —respondió su madre—. No como vosotros, que lo dejáis todo para el día cinco a las diez de la noche.
La tensión familiar estaba escalando a niveles insospechados.
Lo que empezó como una idea para ahorrar dinero se estaba convirtiendo en una competición de espionaje y sospechas.
Concha empezó a sospechar de todo el mundo.
Si su cuñado le sonreía más de la cuenta, pensaba que él era su amigo invisible.
Si su sobrina no le cogía el teléfono, pensaba que estaba escondiendo el regalo.
—Marta, esto me está quitando la salud —dijo Concha un miércoles por la tarde, presentándose de nuevo en casa de su nuera sin avisar.
—¿Ahora qué pasa, suegra?
—Que me han contado que el tío Matías ya tiene un abridor de botellas eléctrico. Se lo regalaron en su aniversario.
Marta cerró los ojos y contó hasta diez.
—Pues regálale otra cosa. Un estuche de vinos.
—¡Que no bebe vino de botella, que bebe de tetrabrik! —gritó Concha—. ¡Ese hombre es un desafío logístico!
—Pues dale el dinero y que se compre lo que quiera —sugirió Marta, ya sin fuerzas.
—¡Eso es de mala educación! —se indignó Concha—. Un sobre con dinero es lo que se le da a los nietos para que se callen, no a un hermano.
Marta se sentó a la mesa de la cocina y miró a Concha fijamente.
—¿Sabe qué creo, suegra? Que usted lo que quiere es que le toque yo, para decirme lo que me tiene que comprar.
Concha guardó silencio un segundo demasiado largo.
—Bueno… eso facilitaría mucho las cosas, ¿no crees? —dijo con una sonrisilla inocente.
—Pues no me ha tocado usted —mintió Marta, aunque en realidad sí le había tocado Concha y estaba sufriendo lo indecible para encontrar algo que no fuera criticado.
—¿Ah, no? ¿Y quién te ha tocado a ti? —preguntó Concha, inclinándose hacia delante.
—Es secreto, Concha. Se-cre-to.
—A mí me puedes decir, que soy como una tumba.
—Una tumba con altavoces —murmuró Paco desde el salón.
—¡Te he oído, Paco! —gritó Concha.
La semana avanzaba y los rumores en la familia corrían como la pólvora.
Que si alguien había comprado un pijama de franela espantoso.
Que si otro había decidido reciclar un regalo del año pasado.
Concha estaba obsesionada con la idea de que le iba a tocar un regalo cutre.
—Marta, me han dicho que la prima Loli ha estado en la tienda de “Todo a Cien” —dijo Concha por teléfono el jueves.
—Se llaman bazares ahora, suegra. Y Loli siempre compra ahí las gomas del pelo.
—No me fío. Como me regale un marco de fotos de plástico, se lo devuelvo allí mismo delante de todos.
—Usted no puede devolver un regalo del Amigo Invisible, es de pésimo gusto.
—¡Pésimo gusto es regalar plástico! —sentenció la mujer.
Marta empezó a arrepentirse profundamente de su idea.
Había subestimado el poder de la Navidad para sacar lo peor de las personas que más se quieren.
Y sobre todo, había subestimado el apego de Concha a las tradiciones donde ella es el centro de atención.
El día antes del intercambio, Concha llamó a Marta con una voz misteriosa.
—Ya tengo el regalo para “El Chispas” —dijo.
—¿Ah, sí? ¿Qué le ha comprado?
—Un abridor de botellas.
Marta suspiró.
—¿Otro? Pero si me dijo que ya tenía uno.
—Este es distinto —dijo Concha con orgullo—. Es manual, de los que tienen forma de figurita de guardia civil. Es un detalle con gracia.
—¿Y cuánto le ha costado?
—Tres euros en el rastro.
Marta se quedó muda.
—¿Tres euros? ¿Y el resto del dinero?
—Me he comprado yo una colonia que estaba de oferta —dijo Concha tan campante—. Así todos estamos contentos. Yo tengo mi colonia y Matías tiene su figurita.
Marta no sabía si reír o llorar.
—Suegra, eso es hacer trampas.
—No, hija, eso es optimización de recursos.
Marta colgó el teléfono y miró el regalo que ella misma había envuelto para Concha: un frasco de perfume caro, de los de bote dorado, que le había costado cuarenta euros (el doble del presupuesto).
Sintió que la ironía de la vida la estaba golpeando directamente en la cara.
La cena de Reyes prometía ser una carnicería emocional.
PARTE 3: El Día del Juicio Final (con Roscón)
La noche de Reyes llegó con un frío que pelaba las castañas y una tensión que se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Toda la familia estaba reunida en el salón de Concha.
Había tíos, primos, sobrinos y perros que no sabían dónde meterse.
En el centro de la mesa, una montaña de regalos envueltos en papeles de colores chillones esperaba su destino.
Concha estaba sentada en su trono, vigilando los paquetes como un dragón vigila su oro.
—Bueno —dijo Marta, tratando de animar el ambiente—. ¡Es el momento! Vamos a ir cogiendo los regalos uno a uno.
—¡Yo primero! —exclamó la prima Paqui, que siempre tenía que ser el perejil de todas las salsas.
Paqui cogió un paquete alargado y lo abrió con ansia.
Era una bufanda de cuadros, sospechosamente parecida a una que el tío Matías llevaba usando desde los mundiales del 82.
—¡Ay, qué detalle! —dijo Paqui con una sonrisa más falsa que un billete de seis euros—. ¿Quién ha sido mi amigo secreto?
El cuñado de Concha levantó la mano tímidamente.
—Espero que te guste, Paqui. Es vintage.
—Vintage dice el tío —susurró Concha a Marta—. Eso es que lo ha sacado del baúl de la Piquer.
Marta le dio un codazo para que se callara.
Poco a poco, los regalos fueron saliendo.
Hubo de todo: una planta que ya tenía las puntas amarillas, un libro de cocina para microondas y unos calcetines con dibujos de aguacates.
Le tocó el turno al tío Matías, “El Chispas”.
Concha le entregó su paquete con una sonrisa radiante, como si le estuviera dando las llaves de un Ferrari.
Matías rompió el papel de periódico (porque Concha consideraba que gastar en papel de regalo era “tirar el dinero”) y sacó el abridor de botellas con forma de guardia civil.
Se produjo un silencio sepulcral.
Matías miró la figurita.
Luego miró a Concha.
—Concha… —dijo Matías con voz temblorosa—. Yo no bebo vino de botella.
—¡Pero es una pieza de colección, Matías! —exclamó Concha—. Mira qué bigote tiene el guardia, ¡si parece de verdad!
—Ya… pero es que tengo la casa llena de trastos —murmuró el hombre, dejando el abridor sobre la mesa con cuidado, como si fuera a arrestarlo.
—De nada, hombre, de nada —dijo Concha, dándose por satisfecha.
Marta sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.
Era el momento de que Concha abriera su regalo.
Marta le acercó la caja elegante, envuelta en papel de seda y con un lazo de terciopelo.
—Este es para usted, suegra —dijo Marta con voz suave.
Concha miró el paquete con desconfianza.
—Pesa poco —comentó—. Eso suele ser mala señal.
Abrió la caja con lentitud exasperante.
Cuando vio el frasco de colonia dorada, sus ojos se abrieron como platos.
Pero en lugar de alegría, su rostro mostró una mueca de sospecha.
—¿Quién me ha dado esto? —preguntó, mirando a toda la familia.
Nadie respondió, siguiendo las reglas del juego.
—Esto es muy caro —dijo Concha—. Esto no cuesta veinte euros ni en las rebajas de enero.
—Bueno, lo importante es que te guste —dijo Paco, intentando salvar los muebles.
—¡No me gusta que me tomen por tonta! —exclamó Concha—. El que me ha regalado esto ha roto las reglas del presupuesto. ¡Es competencia desleal!
Marta no podía creerlo.
Le había comprado exactamente lo que quería, gastándose el doble de lo permitido, ¿y ahora se quejaba?
—¡Pero suegra, si es la colonia que usted quería!
—¡Ya! ¡Pero ahora me siento mal porque yo al Chispas le he dado un guardia civil de tres euros! —gritó Concha, revelando su pecado original delante de toda la familia.
El salón se quedó mudo.
El tío Matías miró su abridor de tres euros.
La tía Angustias miró a Concha con indignación.
—¿Tres euros, Concha? —preguntó Angustias—. ¿Eso es lo que valoras tú a mi marido?
—¡No es por el valor, Angustias, es por el detalle! —trató de defenderse Concha, poniéndose roja.
—¡Detalle el mío, que te he comprado un juego de toallas bordadas que me han costado treinta pavos! —saltó la prima Paqui, perdiendo los papeles.
—¿Tú me has regalado las toallas? —preguntó Concha—. Pues que sepas que el bordado pica. ¡Parece que me estoy secando con una lija de carpintero!
La cena de Reyes se estaba convirtiendo en un campo de minas.
Los secretos salían a la luz como si fuera un programa de prensa rosa de máxima audiencia.
—¡Pues yo he sido el que ha regalado los calcetines de aguacates! —gritó el sobrino pequeño—. ¡Y me han costado quince euros en una tienda de diseño!
—¡Diseño de qué, si tienen forma de huevo frito mal hecho! —replicó el abuelo.
Marta se puso en pie, harta de tanta discordia.
—¡Basta ya! —gritó, imponiendo un silencio repentino—. ¡Esto era para disfrutar, no para tirarnos los trastos a la cabeza!
Concha la miró con los ojos llorosos.
—Ves, Marta… te lo dije. Esto del amigo invisible es una tontería.
—No es una tontería, suegra. Es que en esta familia no sabemos recibir sin comparar.
Concha agarró su frasco de colonia y lo apretó contra su pecho.
—Yo solo quería mi regalo de mi hijo —susurró con drama—. Un regalo que supiera a hijo, no a sorteo de ordenador.
—Mamá —dijo Paco, acercándose a ella—. Marta te ha comprado esa colonia con todo el cariño del mundo. Ella ha sido tu amiga invisible.
Concha miró a Marta.
Marta bajó la cabeza, derrotada.
—¿Has sido tú, hija? —preguntó Concha con una voz extrañamente suave.
—Sí, suegra. He sido yo.
Concha se levantó, caminó hacia Marta y, para sorpresa de todos, le dio un abrazo que olía a laca y a perdón.
—Pues es una colonia preciosa —dijo Concha—. Pero el año que viene, me compras una crema de cara de las caras, que se me están poniendo unas arrugas que parezco un mapa de carreteras.
La familia estalló en risas, aliviada por el fin de las hostilidades.
Pero la paz en casa de Concha siempre es un estado transitorio.
—Oye —dijo de pronto el tío Matías, jugueteando con el guardia civil—. Pues el abridor este no está tan mal. Si le aprietas la gorra, abre las chapas de la cerveza que da gusto.
—¡Lo ves! —exclamó Concha, recuperando su orgullo—. ¡Ingenio, Matías! ¡Eso es lo que falta en esta familia! ¡Mucho Google y poco ingenio!
Sacaron el roscón de Reyes y el chocolate caliente.
Parecía que las aguas habían vuelto a su cauce.
Sin embargo, cuando Marta fue a la cocina a por más servilletas, se encontró a Concha escondiendo algo en el armario de los productos de limpieza.
—¿Qué hace ahí, suegra? —preguntó Marta, sospechando lo peor.
Concha se sobresaltó.
Tenía en la mano el paquete de toallas de la prima Paqui.
—Nada, hija… que estoy guardando esto para el año que viene.
—¿Para qué?
—Para regalárselo a la prima de Albacete —susurró Concha con un guiño—. Que esa no sabe lo que es una lija de carpintero y así me ahorro el presupuesto del próximo Amigo Invisible.
Marta suspiró, cerró la puerta de la cocina y decidió que, a partir de ahora, los regalos de Reyes los iba a decidir un algoritmo de inteligencia artificial de otro planeta.
O mejor aún, que cada uno se comprara lo suyo y se diera las gracias frente al espejo.
PARTE 4: La Resaca de los Reyes y el Veredicto Final
Al día siguiente, la casa de Concha parecía el escenario de una batalla campal de confeti y envoltorios.
Marta y Paco ayudaban a recoger los restos del naufragio familiar.
Concha estaba sentada a la mesa, desayunando un trozo de roscón que se había quedado un poco duro.
—Pues al final no ha estado tan mal —dijo Concha, mojando el bollo en el café—. Aunque la tía Angustias me ha mirado mal toda la noche por lo del guardia civil.
—Es normal, suegra. Tres euros en un regalo de veinte… —dijo Marta, doblando un mantel.
—¡Que no son los euros, que es la intención! —insistió Concha—. Además, ella me regaló hace diez años un delantal que ponía “La reina de la cocina” y se le borraron las letras al primer lavado. ¡Eso sí que fue una ofensa!
Paco se sentó al lado de su madre.
—Mamá, admite que el Amigo Invisible ha servido para que nos riamos un rato.
—Nos hemos reído por no llorar, Paco. Pero hay que reconocer una cosa —dijo Concha, mirando de reojo su frasco de colonia dorada que presidía el aparador—. La colonia huele de maravilla. Me he echado un poco antes de dormir y soñé que era marquesa.
Marta sonrió para sus adentros. Al menos un objetivo se había cumplido.
—Entonces, ¿qué hacemos el año que viene? —preguntó Marta, lanzando el anzuelo.
Concha dejó la taza de café y se puso seria.
—El año que viene vamos a hacer una cosa —sentenció—. Haremos el Amigo Invisible, pero con condiciones.
—¿Qué condiciones? —preguntó Marta, temiendo lo peor.
—Primero: el presupuesto sube a cincuenta euros. Porque con veinte solo compras baratijas que acaban en el armario de la limpieza.
—Cincuenta euros es mucho para algunos de los primos, suegra.
—Pues que trabajen más, que son muy vagos —respondió Concha sin inmutarse—. Segundo: se prohíben las aplicaciones esas del móvil. Los nombres se escriben en papelitos de toda la vida y se sacan delante de un notario. O sea, yo.
Paco soltó una carcajada.
—¿Tú quieres ser la mano inocente y la mano que mece la cuna a la vez, no?
—Exacto —dijo Concha—. Así me aseguro de que a nadie le toca un abridor de botellas si lo que quiere es un camisón de seda.
—Pero suegra —intervino Marta—, si usted saca los papelitos y mira quién le toca a quién, se pierde toda la sorpresa.
—La sorpresa está sobrevalorada, Marta —dijo la mujer con sabiduría popular—. Lo que la gente quiere es que le regalen lo que le hace falta. ¿Sabes lo que es una sorpresa de verdad? Una factura de la luz inesperada. Eso sí es una sorpresa. Un regalo tiene que ser un acierto.
Marta comprendió en ese momento que la batalla contra la tradición de Concha era una guerra perdida.
En España, las familias no funcionan por algoritmos ni por sistemas de eficiencia económica.
Funcionan por jerarquías, por favores guardados en cajones y por un sentido muy particular de la justicia distributiva.
—Entonces —resumió Paco—, ¿prefieres el Amigo Invisible o los regalos directos?
Concha se terminó el café, se limpió la boca con la servilleta de tela y miró a su hijo y a su nuera con una claridad meridiana.
—Prefiero que me queráis todo el año y que en Reyes me deis algo que me haga sentir que todavía soy la jefa de esta tribu —dijo, levantándose con elegancia—. Y si para eso tenéis que usar una aplicación, un papelito o ir a confesaros con el cura, me da exactamente igual.
Caminó hacia el pasillo, pero antes de salir se detuvo y miró a Marta.
—Ah, Marta… por cierto.
—¿Dígame, suegra?
—Dile a la prima Paqui que las toallas esas que pican… se las he dejado en la puerta de su casa con una nota que dice: “Para el perro”.
Marta se tapó la cara con las manos mientras Paco estallaba en carcajadas.
—¡Concha, que se va a enfadar!
—Que se enfade —dijo Concha desde el pasillo—. Así el año que viene no le toca otra bufanda vintage del siglo pasado. ¡Hay que educar a la familia, hijos, que si no se nos asilvestran!
Marta miró a Paco y ambos supieron que, a pesar del caos, de los tres euros del guardia civil y de las tensiones tecnológicas, no cambiarían esas Navidades por nada del mundo.
Porque al final, el mejor regalo no era el perfume, ni el abridor, ni las toallas.
Era tener a alguien a quien poder criticar el regalo con total confianza mientras te comes la última figurita de mazapán.
—Paco —dijo Marta en voz baja.
—¿Dime?
—El año que viene, que el Amigo Invisible lo organice tu madre.
—¿Estás segura?
—Sí. Prefiero el caos organizado por ella que la perfección organizada por mí. Al menos así sabemos a quién echarle la culpa de todo.
Paco asintió, abrazó a su mujer y miró por la ventana cómo caían los primeros copos de una nieve que ya olía a rutina de enero.
La Navidad había terminado.
Pero en esa casa, la leyenda del “Amigo Invisible” del guardia civil se contaría durante generaciones.
Especialmente cada vez que alguien intentara abrir una botella y recordara que, a veces, un regalo de tres euros puede valer más que un perfume de cuarenta, sobre todo si sirve para recordarnos que estamos todos un poco locos.
¿Y vosotros?
¿Os gusta el amigo invisible familiar o preferís los regalos directos de toda la vida?
Tened cuidado con lo que elegís.
No vaya a ser que Concha esté escuchando y os acabe regalando un abridor con bigote.