Parte 1
La tarde de domingo en el piso de Lavapiés arrastraba ese aroma rancio a café recalentado y mudanza a medio hacer.
Marta mantenía la mirada fija en la pantalla del salón.
La luz de la televisión iluminaba de forma intermitente sus ojos abiertos de par en par.
En el sofá de tres plazas que habían comprado a plazos en Ikea, Javi roncaba con una ligereza envidiable.
Tenía el teléfono móvil apoyado sobre el pecho, justo encima del escudo de su camiseta del Rayo Vallecano.
De repente, la pantalla del dispositivo cobró vida propia.
El zumbido de la vibración contra el tejido de la camiseta sonó como una declaración de guerra.
Marta no quería mirar.
De verdad que su intención inicial era ignorar el aparato.
Pero el brillo de la pantalla en la penumbra del salón era como un faro para un marinero náufrago.
Se inclinó hacia delante con el sigilo de una pantera en un documental de La 2.
Los ojos se le entrecerraron al descifrar las letras que flotaban en la pantalla de bloqueo.
El nombre en la parte superior no dejaba lugar a dudas: “Vero”.
Justo debajo, un emoji de un hueso y una tarta de cumpleaños precedían al texto del delito.
“¡Rocco te manda un muerdo muy fuerte por acordarte de su día, Javi!”.
Marta sintió cómo una ola de calor subía directamente desde su estómago hasta las orejas.
Se quedó paralizada, asimilando la magnitud de la tragedia digital.
Rocco era un bulldog francés con problemas respiratorios crónicos y una intolerancia severa al gluten.
Y también era el perro que Javi había compartido con su exnovia durante tres largos años de relación.
Marta respiró hondo, llenando sus pulmones de indignación madrileña.
Agarró el cojín de lino que tenía al lado y lo dejó caer con fuerza sobre la cara de Javi.
Él dio un respingo, soltando un bufido de desconcierto absoluto.
El teléfono rodó por los cojines hasta terminar en la alfombra.
Javi se incorporó frotándose los ojos, completamente desorientado.
¿Qué pasa, tía, estás loca?
¿Me explicas por qué sigues hablando con tu ex por el cumpleaños de su perro?
La voz de Marta sonó afilada, cortando el aire como un cuchillo de carnicero.
Javi parpadeó varias veces, intentando procesar la información en su cerebro adormilado.
Miró el suelo, vio su teléfono y luego miró a Marta con una sonrisa de incredulidad.
¿Qué dices de Rocco?
¿Has estado husmeando mi móvil mientras dormía?
No me cambies de tema, Javier, que te conozco como si te hubiera parido.
He visto la pantalla porque ha brillado tanto que parecía la batseñal.
¿El cumpleaños del perro, en serio?
Javi se agachó para recoger el teléfono con una parsimonia que solo aumentó la tensión en la sala.
Se pasó la mano por el pelo desordenado y soltó un suspiro de resignación.
Terminamos bien y hay cariño, no seas exagerada.
¿Exagerada yo?
Marta se levantó del sofá de un salto, gesticulando con los brazos abiertos.
El cariño se queda en el pasado.
Los ex, bien lejos de mi vista.
Pero si es un perro, Marta, por el amor de Dios.
Es un animal indefenso que no tiene la culpa de nuestras movidas sentimentales.
Un animal que lleva dos años sin verte y que probablemente ni se acuerda de tu olor, Javi.
Que es un perro, no tu sobrino el de Cuenca.
¿Le has mandado un mensaje de felicitación a un bulldog francés?
Javi se defendió levantando las manos en señal de paz, aunque su tono ya empezaba a teñirse de molestia.
Le he mandado una foto de cuando era un cachorro porque me ha salido en los recuerdos de Google Fotos.
No es para ponerse así, de verdad.
Marta se cruzó de brazos, clavando los talones en el parqué.
Ah, claro, los recuerdos de Google Fotos, ese pozo de nostalgia destructiva.
¿Y qué más le has puesto en el mensaje, si se puede saber?
¿Le has deseado que sople las velas en su cuenco de pienso ecológico?
Javi intentó contener una risa que habría sido completamente suicida en ese contexto.
Le he puesto que espero que pase un buen día y que le dé una gominola de esas de salmón de mi parte.
Marta se llevó las manos a la cabeza, caminando en círculos por el pasillo estrecho.
Esto es el colmo del postureo post-ruptura de Malasaña.
Mantener el vínculo emocional a través de una mascota con problemas de gases.
Es que me parece una falta de respeto flagrante hacia nuestra relación.
Javi se levantó también, tratando de acercarse a ella para calmar los ánimos.
Marta, escúchame un momento, por favor.
Vero y yo estuvimos juntos cinco años de nuestra vida.
No somos enemigos, simplemente nos dimos cuenta de que no funcionábamos como pareja.
¿Y por eso tienes que felicitar al chucho?
Es que no lo entiendes, fuimos al veterinario juntos a pasar noches en vela cuando se tragó un calcetín.
Eso une mucho, aunque ya no estemos juntos.
Marta se detuvo en seco y lo miró con los ojos entrecerrados.
O sea, que el calcetín que se tragó el perro en 2021 es la razón por la que sigues hablando con tu ex los domingos por la tarde.
No me jodas, Javi.
No es solo por el calcetín, es por educación y por pura humanidad.
La educación es no meter a tu ex en nuestro salón un domingo a las seis de la tarde.
Vero no está en el salón, está en su casa de Alcorcón con su madre.
Está en tu pantalla, que es prácticamente lo mismo hoy en día.
A saber cuántas veces habláis a lo largo del mes con la excusa del dichoso perro.
Javi dejó el teléfono sobre la mesa de comedor para demostrar que no tenía nada que ocultar.
Hablamos en su santo, en mi cumpleaños y cuando el perro se pone malo, nada más.
¿Y cuándo es el santo de ella?
Marta disparó la pregunta con la rapidez de un detective de homicidios.
Javi dudó una milésima de segundo, un error fatal que Marta detectó al instante.
El diez de julio, creo.
¡Lo sabes!
¡Te sabes el santo de tu ex pero te costó tres meses aprenderte el cumpleaños de mi madre!
Eso no es verdad, el de tu madre es en San Isidro porque siempre me acuerdo de las rosquillas.
No desvíes la atención con las rosquillas del santo, Javier.
Estamos hablando de tu incapacidad para cortar el cordón umbilical con tu vida anterior.
Javi se pasó los dedos por las sienes, sintiendo cómo empezaba a brotarle un dolor de cabeza dominical.
Es que de verdad que haces una montaña de un grano de arena.
¿Tú no hablas nunca con ningún ex tuyo?
¿Con Sergio el que tocaba el bajo en aquel grupo de mierda no hablas?
Marta se indignó sobremanera ante la mención de su pasado.
Sergio está bloqueado en todas las plataformas conocidas por el ser humano desde el año de la pandemia.
Como debe ser. Un ex es un territorio arrasado, una zona de exclusión nuclear.
No se vuelve allí ni para preguntar por la salud de los geranios.
Eso es porque terminasteis a pedradas y os denunciasteis por la fianza del piso.
Terminamos como termina la gente normal: odiándonos cordialmente.
Lo vuestro no es normal, Javi, lo vuestro es una comuna jipi mal gestionada.
Javi se sentó de nuevo, esta vez en una de las sillas de madera de la mesa.
¿Entonces, según tu teoría, si te cruzas con un ex por la calle tienes que tirarte a la calzada para que te atropelle un autobús antes que saludarle?
Exactamente, esa es la actitud correcta y madura.
Parte 2
Marta entró en la cocina arrastrando las zapatillas con un ruido rítmico que denotaba su enfado crónico.
Abrió la nevera con una violencia innecesaria, haciendo que los botes de mermelada y las cervezas chocaran entre sí.
Sacó una jarra de agua fría y la plantó sobre la encimera con un golpe seco.
Javi la observaba desde el umbral de la puerta, apoyado en el marco con los brazos cruzados sobre el pecho.
¿Vas a estar con el berrinche toda la tarde o podemos ver la película en paz?
Marta se giró de golpe, con el vaso de agua a medio llenar en la mano.
No es un berrinche, Javier, es una cuestión de principios fundamentales de la pareja moderna.
¿Principios modernos?
Si pareces un inquisidor del siglo quince buscando brujas en mi historial de WhatsApp.
Busco coherencia, que parece que en esta casa brilla por su ausencia.
Me parece alucinante que defiendas el contacto con una persona que vio tus peores caras antes que yo.
Vero me vio pasar la varicela a los veinticinco años, Marta, más baja no pudo ser mi cara en ese momento.
Pues con más razón para mantener las distancias de seguridad reglamentarias.
Javi suspiró, entrando de lleno en la pequeña cocina y esquivando la mesa plegable.
A ver si lo entiendes desde otra perspectiva menos dramática.
¿Tú cambiarías de panadería solo porque el panadero es el primo de un tío con el que saliste en el instituto?
Ese ejemplo no tiene ningún sentido y lo sabes perfectamente.
Tiene todo el sentido del mundo porque demuestra que vives obsesionada con el pasado de la gente.
Yo no vivo obsesionada, yo vivo en el presente, que es donde deberías estar tú en lugar de mandar mensajes a Alcorcón.
Que Alcorcón está a veinte minutos en coche, Marta, que parece que estoy mandando telegramas clandestinos a Cuba.
Me da igual la distancia geográfica, lo que me molesta es la proximidad emocional de la movida.
¿Qué proximidad emocional va a haber en poner “Felicidades al gordo de cuatro patas”?
Ese perro tiene nombre, se llama Rocco y tú le tienes un cariño que no me cuadra.
Marta dejó el vaso sobre la encimera y se acercó a él, apuntándole con el dedo índice.
Dime una cosa mirándome a los ojos.
¿Si ese perro se pusiera malo mañana, tú irías a visitarlo al hospital veterinario?
Javi desvió la mirada un segundo hacia los azulejos de la cocina, sopesando el peligro de su respuesta.
Depende de lo malo que estuviera, supongo.
¡Lo sabía!
¡Irías corriendo a hacerle compañía a ella en la sala de espera!
A ella no, al perro, que es el que estaría sufriendo el pobre animal con su insuficiencia respiratoria.
Marta soltó una carcajada irónica que resonó en todo el patio interior del edificio.
Seguro que sí, Javi, seguro que te quedarías en la sala de espera leyendo revistas de coches mientras ella llora en tu hombro.
Y ahí estaríais los dos, recordando los viejos tiempos en los que erais una familia feliz con un perro que ronca.
Te estás montando una película digna de los domingos por la tarde en Antena 3, de verdad.
No me monto ninguna película, es la cruda realidad de los hombres que no saben cerrar etapas en la vida.
¿Sabes qué pasa? Que eres un nostálgico de pacotilla.
Te da pena borrar los números, te da pena tirar las camisetas viejas que tienen agujeros en las axilas.
Y te da pena decirle a tu ex que ya no pintas nada en la vida de su mascota.
Javi se cruzó de brazos, empezando a perder la paciencia que le caracterizaba.
Mira, Marta, estás llevando esto a un extremo que empieza a resultar un poco ridículo.
¿Tú crees que yo quiero volver con Vero por el simple hecho de no desearle un buen día a un perro?
No es el perro en sí, es la ramificación del asunto.
Hoy es el perro, mañana es que se ha comprado un coche nuevo y le pides fotos, y al otro mes os estáis tomando una caña en una terraza de La Latina “para poneros al día”.
Conozco perfectamente cómo funcionan esas cañas de actualización de datos.
Se empieza hablando del trabajo y se termina hablando de lo mucho que os gustaba aquel viaje que hicisteis a Asturias.
¿Qué viaje a Asturias? Si Vero odiaba el norte porque decía que le daba alergia la humedad.
Marta se quedó callada un instante, procesando el nuevo dato con suspicacia.
¿Ah, sí? ¿Odiaba el norte?
Pues mira qué bien, una cosa que tenéis en común, porque a ti tampoco te gusta andar por el monte.
Ves cómo sabes cosas de ella que no deberías tener tan frescas en la memoria.
Es que viví con ella tres años, Marta, no puedo lobotomizarme el cerebro para que tú te quedes tranquila.
No te pido una lobotomía, te pido un mínimo de decoro digital.
Un “eliminar contacto” a tiempo te quita de muchas tonterías en la vida.
Eso es de cobardes y de gente que no sabe gestionar sus emociones de forma civilizada.
¿Civilizada? Civilizado es mantener las fronteras bien definidas para evitar conflictos internacionales en el salón de casa.
Javi regresó al salón, visiblemente harto de la discusión circular en la que se habían metido.
Se sentó en el sofá y cogió el mando de la televisión, intentando poner fin al debate por la vía del entretenimiento.
Voy a poner la serie, si quieres venir bien, y si no, te quedas en la cocina discutiendo con la jarra de agua.
Marta apareció por la puerta del salón con los brazos en jarras y una expresión que prometía más curvas en el camino.
No pienses que esto se ha terminado porque le des al botón de encendido, chaval.
Parte 3
Marta se sentó en el extremo opuesto del sofá, dejando una distancia prudencial que equivalía a tres husos horarios.
La televisión emitía el capítulo de una serie de asesinos en Dinamarca, pero ninguno de los dos prestaba la más mínima atención a los subtítulos.
El ambiente estaba tan cargado que se podría haber cortado con las tijeras del pescado.
Javi mantenía los ojos fijos en la pantalla, pero su mano derecha jugueteaba nerviosa con el borde de su pantalón de chándal.
Marta rompió el silencio con un suspiro que sonó a silbato de tren de vapor.
¿Le has hecho un Bizum?
Javi giró la cabeza tan rápido que casi se le salta una vértebra.
¿Qué dices de un Bizum? ¿Te has vuelto loca del todo ya?
Te he preguntado que si le has hecho un Bizum a tu ex para el regalo del perro.
Javi se echó hacia atrás, clavando las manos en el sofá con indignación.
Pero bueno, ¿tú de qué manicomio te has escapado hoy, Marta?
¿Cómo le voy a hacer un Bizum a mi ex por el cumpleaños de un animal?
No sé, dímelo tú, que eres el experto en mantener relaciones diplomáticas con el pasado.
Como el perro cumple años, a lo mejor habéis hecho un fondo común entre los amigos de la protectora para comprarle un abrigo de marca o un arnés con luces led.
Javi se tapó la cara con las dos manos, soltando una risa nerviosa que rozaba la desesperación.
Esto es de locos, te lo juro por mi madre que esto es de locos de atar.
No me digas que es de locos porque hoy en día la gente le compra tartas de cumpleaños a los gatos en el Mercadona.
He visto cosas peores en Instagram, Javier, no me vengas con milongas.
Que no le he hecho ningún Bizum, de verdad, que solo ha sido un mensaje de texto de menos de veinte palabras.
Marta extendió la mano abierta hacia él, con la palma hacia arriba y los dedos moviéndose en un gesto inequívoco.
A ver, enséñamelo.
¿Qué te enseñe el qué?
El mensaje, quiero ver las veinte palabras exactas que le has mandado al cuadrúpedo.
Ni de coña, Marta, por ahí sí que no paso bajo ningún concepto.
Eso ya es una violación de mi intimidad de primero de carrera de derecho.
Quien nada debe, nada teme, dice el refranero popular español que es muy sabio.
Si solo le has dicho cuatro tonterías al animal, no deberías tener ningún problema en mostrarme el chat.
Es una cuestión de orgullo y de dignidad, no de tener algo que ocultar.
Si te dejo ver el móvil hoy por esto, mañana me vas a pedir el extracto del banco para ver si le he comprado pastillas para la desparasitación.
Marta retiró la mano lentamente, asintiendo con la cabeza mientras adoptaba una expresión de triunfo psicológico.
El que se niega en redondo es porque tiene algo que tapar, eso lo sabe hasta el que asó la manteca.
A saber qué más hay en ese chat que no me quieres enseñar.
A lo mejor el mensaje del perro era solo la punta del iceberg de una conversación de tres folios.
Javi se levantó del sofá por segunda vez, visiblemente alterado por la presión del interrogatorio.
¡Que no hay ningún iceberg, coño! ¡Que solo hay fotos de un perro gordo durmiendo boca arriba!
¿Y por qué te pones tan nervioso si solo hay fotos de un perro gordo?
¡Porque me estás tratando como si fuera un criminal de guerra por tener educación con una persona!
Marta se acomodó en el sofá, cruzando las piernas con una parsimonia que contrastaba con los nervios de su pareja.
La educación se demuestra con los vivos y con los presentes, Javi, no con los fantasmas del pasado amoroso.
Parece que te cuesta entender que cuando una relación se rompe, se rompe con todo el pack completo.
Te llevas la ropa, te llevas los libros de la estantería y te olvidas de las mascotas comunes.
Eso es lo que hace la gente madura para no arrastrar traumas ni terceras personas a sus nuevas parejas.
¿Terceras personas? ¿Ahora el bulldog francés es una tercera persona en nuestra relación?
Es un elemento de distracción que os mantiene conectados por un hilo invisible.
Y a mí los hilos invisibles me dan una alergia que no te puedes ni imaginar.
Javi caminó hasta la ventana del salón, mirando hacia la calle desierta por el frío del domingo madrileño.
A veces pienso que te gusta discutir por el mero placer de escuchar tu propia voz en estéreo.
No me gusta discutir, me gusta tener las cosas claras en mi casa y en mi vida.
Quiero saber si estoy saliendo con un hombre soltero o con un gestor de patrimonio emocional de su ex.
Javi se dio la vuelta, apoyando la espalda contra el cristal de la ventana.
Eres una exagerada de manual, Marta, una dramática de las que ya no quedan ni en las novelas de la tele.
Puede ser, pero al menos yo no tengo chats abiertos con gente de mi pasado para felicitar a sus caniches.
Parte 4
Marta se levantó del sofá con la determinación de quien va a pronunciar el discurso final de un juicio de máxima audiencia.
Se colocó en el centro de la alfombra, mirando a Javi que seguía apoyado contra la ventana del salón.
Esto no es una rabieta de domingo por la tarde, Javier, de verdad que no lo es.
Es una reflexión profunda sobre los límites de lo que es aceptable cuando decides compartir tu vida con alguien.
Aceptable es tener amigos, Marta, aceptable es no ser un ermitaño que odia a todo el mundo que conoció antes de los treinta años.
Hay una diferencia abismal entre tener amigos y mantener un cordón de seguridad con tu exnovia usando a un animal de escudo humano.
O de escudo perruno, en este caso concreto.
Es que parece que no te das cuenta de la trampa psicológica en la que estás metido.
Ella te escribe por el perro porque sabe que es tu punto débil, que te ablandas con cualquier bicho que tenga ojos grandes.
Y tú entras al trapo como un miura en Las Ventas, feliz de la vida de poder sentirte buen tío por cinco minutos.
Javi suspiró, dejando caer los hombros en una postura que denotaba un cansancio acumulado de varias horas de debate intenso.
¿De verdad crees que Vero tiene un plan maquiavélico para recuperarme usando las fotos de Rocco?
Marta, que el perro tiene diez años, que está sordo de una oreja y que apenas puede caminar tres manzanas sin ahogarse.
No hay ningún plan maquiavélico para recuperarte, lo que hay es un deseo de no soltar del todo el anzuelo.
A las mujeres nos gusta saber que nuestros ex siguen ahí, disponibles a un mensaje de distancia si la cosa se pone fea.
Es una cuestión de ego, de control territorial post-pareja.
Javi la miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad genuina ante la revelación.
¿Ah, sí? ¿O sea que tú también lo haces con los tuyos pero no lo admites?
Te acabo de decir que tengo a Sergio bloqueado hasta en la aplicación del banco para que no me pueda mandar mensajes a través de transferencias de un céntimo.
Yo cumplo mis propias normas a rajatabla porque sé el peligro que tienen esas pequeñas rendijas abiertas en el muro.
Por una rendija de nada se te mete el pasado y te destroza el salón antes de que te hayas dado cuenta.
Javi se acercó a la mesa, cogió su teléfono móvil y lo sostuvo en el aire durante unos segundos que parecieron eternos.
¿Si borro el número de Vero de la agenda del móvil te quedas tranquila de una vez por todas?
Marta lo miró fijamente, analizando la propuesta con la frialdad de un analista de riesgos geopolíticos.
No quiero que lo borres porque yo te lo pida como si fuera tu madre prohibiéndote salir los viernes.
Quiero que entiendas por qué no tiene sentido que esté ahí en primer lugar.
Quiero que lo borres porque te des cuenta de que tu vida de ahora está aquí, en este piso con humedades de Lavapiés, conmigo y con nuestros propios proyectos de futuro.
Que a ver si nos compramos nosotros un perro o un gato y dejamos de vivir de las rentas zoológicas de tus anteriores relaciones.
Javi guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón con un movimiento lento y definitivo.
No voy a borrarla hoy porque parecería que me estás obligando bajo amenaza de huelga de hambre.
Pero te prometo que no va a haber más mensajes de cumpleaños para Rocco, ni para el gato de su tía, ni para nadie que no viva en este código postal.
¿Me lo prometes de verdad o es para que te deje ver el partido de fútbol en paz?
Te lo prometo por lo más sagrado, Marta, que no tengo ninguna necesidad de buscarme líos por un bulldog francés que encima me pegaba unas rinitis alérgicas criminales cada vez que se subía a la cama.
Marta esbozó la primera sonrisa real de toda la tarde, relajando la tensión de los hombros de manera visible.
Menos mal, porque ya me veía yendo a Alcorcón a tener una conversación seria con el animal en cuestión.
Javi se rio, volviendo al sofá y estirando los brazos para invitarla a sentarse de nuevo a su lado.
Venga, ven aquí ya, anda, que se está pasando el arroz de la tarde y no hemos visto ni la mitad del capítulo de los daneses.
Marta se acercó y se sentó a su lado, esta vez sin dejar los tres husos horarios de distancia de seguridad reglamentaria.
Apoyó la cabeza en su hombro mientras la pantalla de la televisión volvía a iluminar el salón oscuro con sus imágenes nórdicas.
Sin embargo, el silencio que siguió a la tormenta dejó flotando una duda en el aire del piso madrileño, una de esas preguntas incómodas que muchas parejas se hacen en la intimidad cuando las luces de la casa se apagan por completo.
¿Es normal mantener el contacto con un ex cuando ya tienes otra pareja?