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La tarde de domingo en el piso de Lavapiés arrastraba ese aroma rancio a café recalentado y mudanza a medio hacer.

Parte 1

La tarde de domingo en el piso de Lavapiés arrastraba ese aroma rancio a café recalentado y mudanza a medio hacer.

Marta mantenía la mirada fija en la pantalla del salón.

La luz de la televisión iluminaba de forma intermitente sus ojos abiertos de par en par.

En el sofá de tres plazas que habían comprado a plazos en Ikea, Javi roncaba con una ligereza envidiable.

Tenía el teléfono móvil apoyado sobre el pecho, justo encima del escudo de su camiseta del Rayo Vallecano.

De repente, la pantalla del dispositivo cobró vida propia.

El zumbido de la vibración contra el tejido de la camiseta sonó como una declaración de guerra.

Marta no quería mirar.

De verdad que su intención inicial era ignorar el aparato.

Pero el brillo de la pantalla en la penumbra del salón era como un faro para un marinero náufrago.

Se inclinó hacia delante con el sigilo de una pantera en un documental de La 2.

Los ojos se le entrecerraron al descifrar las letras que flotaban en la pantalla de bloqueo.

El nombre en la parte superior no dejaba lugar a dudas: “Vero”.

Justo debajo, un emoji de un hueso y una tarta de cumpleaños precedían al texto del delito.

“¡Rocco te manda un muerdo muy fuerte por acordarte de su día, Javi!”.

Marta sintió cómo una ola de calor subía directamente desde su estómago hasta las orejas.

Se quedó paralizada, asimilando la magnitud de la tragedia digital.

Rocco era un bulldog francés con problemas respiratorios crónicos y una intolerancia severa al gluten.

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