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La tarde de domingo en aquel piso de Alcorcón pesaba más que un cocido de tres vuelcos.

La tarde de domingo en aquel piso de Alcorcón pesaba más que un cocido de tres vuelcos.

El aire olía a una mezcla inconfundible de suavizante de marca blanca y café recién hecho.

Doña Purificación, a quien todos llamaban Puri por pura economía del lenguaje, observaba el salón con la precisión de un perito judicial.

Sus ojos se posaron en Elena, que terminaba de retocarse el rímel frente al espejo del recibidor.

Elena intentaba ignorar la presencia de su suegra, pero era como intentar ignorar un elefante en un ascensor.

Puri dio un sorbo a su café, haciendo ese ruidito de succión que tanto desesperaba a su nuera.

Era un sonido que decía: “Sé lo que estás tramando, y no me gusta nada”.

Marcos, el hijo de Puri y marido de Elena, estaba hundido en el sofá, fingiendo un interés desmedido por un documental de suricatos.

Sabía que si levantaba la vista, se convertiría en daño colateral de una guerra que no era la suya.

—¿Te vas ya, hija? —preguntó Puri, con una dulzura que cortaba más que un cuchillo jamonero.

Elena suspiró, cerrando el estuche del maquillaje con un “clack” definitivo.

—Sí, Puri, que hemos quedado a las nueve y ya voy justa —respondió Elena sin girarse.

La suegra dejó la taza sobre la mesa de centro, justo encima de un tapete de ganchillo que ella misma había tejido.

—¿Y Marcos? ¿No tiene hambre el pobre? —insistió la mujer, lanzando una mirada de lástima hacia el sofá.

Marcos, sintiéndose aludido, murmuró algo sobre una pizza congelada, pero su madre lo ignoró por completo.

—Marcos sabe perfectamente dónde está la cocina, Puri, que ya tiene treinta y cinco años —dijo Elena con una sonrisa forzada.

Puri se ajustó la rebeca sobre los hombros, un gesto que en ella equivalía a cargar el arma.

—No te digo que no sepa freír un huevo, pero un hombre solo un domingo noche… eso me parte el alma —sentenció la mujer.

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