La tarde de domingo en aquel piso de Alcorcón pesaba más que un cocido de tres vuelcos.
El aire olía a una mezcla inconfundible de suavizante de marca blanca y café recién hecho.
Doña Purificación, a quien todos llamaban Puri por pura economía del lenguaje, observaba el salón con la precisión de un perito judicial.
Sus ojos se posaron en Elena, que terminaba de retocarse el rímel frente al espejo del recibidor.
Elena intentaba ignorar la presencia de su suegra, pero era como intentar ignorar un elefante en un ascensor.
Puri dio un sorbo a su café, haciendo ese ruidito de succión que tanto desesperaba a su nuera.
Era un sonido que decía: “Sé lo que estás tramando, y no me gusta nada”.
Marcos, el hijo de Puri y marido de Elena, estaba hundido en el sofá, fingiendo un interés desmedido por un documental de suricatos.
Sabía que si levantaba la vista, se convertiría en daño colateral de una guerra que no era la suya.
—¿Te vas ya, hija? —preguntó Puri, con una dulzura que cortaba más que un cuchillo jamonero.
Elena suspiró, cerrando el estuche del maquillaje con un “clack” definitivo.
—Sí, Puri, que hemos quedado a las nueve y ya voy justa —respondió Elena sin girarse.
La suegra dejó la taza sobre la mesa de centro, justo encima de un tapete de ganchillo que ella misma había tejido.
—¿Y Marcos? ¿No tiene hambre el pobre? —insistió la mujer, lanzando una mirada de lástima hacia el sofá.
Marcos, sintiéndose aludido, murmuró algo sobre una pizza congelada, pero su madre lo ignoró por completo.
—Marcos sabe perfectamente dónde está la cocina, Puri, que ya tiene treinta y cinco años —dijo Elena con una sonrisa forzada.
Puri se ajustó la rebeca sobre los hombros, un gesto que en ella equivalía a cargar el arma.
—No te digo que no sepa freír un huevo, pero un hombre solo un domingo noche… eso me parte el alma —sentenció la mujer.
Elena se puso la chaqueta de cuero, la que Puri siempre decía que parecía de “macarra de extrarradio”.
—No va a estar solo mucho rato, supongo que se pondrá alguna serie o jugará a la consola —explicó Elena con paciencia infinita.
Puri se levantó del sillón con una lentitud dramática, digna de una tragedia de Shakespeare.
Se acercó a la puerta del salón, bloqueando sutilmente el paso hacia el pasillo.
—¿Y con quién dices que has quedado exactamente? —soltó la pregunta, aunque ya sabía la respuesta.
Elena buscó las llaves en su bolso, revolviendo entre tickets del Mercadona y barras de labios.
—Pues con los de siempre, Puri, con el grupo de la universidad —contestó intentando sonar casual.
—¿Con Javi el del pelo largo? —preguntó la suegra, arrugando la nariz como si hubiera olido algo podrido.
—Javi ya no tiene el pelo largo, se lo cortó para la boda de su hermana, hace tres años —corrigió Elena.
—¿Y el otro? El que se ríe tan fuerte que parece que se va a asfixiar —continuó Puri en su interrogatorio.
—Borja. Se llama Borja. Y sí, también viene Borja —dijo Elena, encontrando por fin las llaves.
Puri se cruzó de brazos, una postura que indicaba que el juicio sumarísimo acababa de comenzar.
—¿O sea, que te vas a cenar sola con tus amigos hombres? —lanzó la pregunta como si fuera una acusación de alta traición.
Elena se detuvo en seco, mirando a su suegra a los ojos por primera vez en toda la tarde.
—Sí, Puri. Javi, Borja y Carlos. Los tres —confirmó con firmeza.
La suegra soltó un suspiro tan largo que parecía que se estaba desinflando por dentro.
Se llevó una mano al pecho, buscando el apoyo invisible de una legión de abuelas antepasadas.
—¿Y mi hijo se queda aquí? ¿Solo? ¿Viendo a las ratas esas del desierto en la televisión? —exclamó con horror.
Marcos, desde el sofá, levantó una mano sin apartar la vista de los suricatos.
—Mamá, que me apetece estar tranquilo, de verdad —intervino el hombre con voz cansada.
—¡Tú te callas, que eres un bendito y no ves el peligro ni aunque te pase por encima con un camión! —le espetó su madre.
Elena sintió que la comicidad de la situación estaba empezando a tornarse en algo más denso.
—Puri, por favor, que no estamos en el siglo diecinueve —dijo Elena, intentando mantener el tono amable.
—En el diecinueve, en el veinte y en el veinticuatro, hija mía, que la naturaleza es la que es —replicó Puri con autoridad.
La mujer se acercó un paso más a su nuera, bajando la voz como si fuera a revelar un secreto de estado.
—Tengo amigos desde la universidad y confío plenamente en mi pareja, Puri —dijo Elena con orgullo.
—Y él confía en ti, si eso no lo dudo, el muchacho es tonto de nacimiento en ese sentido —añadió la suegra mirando de reojo al sofá.
Marcos suspiró profundamente, preguntándose si la pizza de jamón y queso caducaba hoy.
—Lo que te digo es que no hay drama, Puri, de verdad. Es una cena normal de amigos de toda la vida —insistió Elena.
La suegra soltó una carcajada seca, una de esas que no tienen ni pizca de gracia.
—Amigos de toda la vida… —repitió con sarcasmo—. Eso es lo que dicen todas antes de que pase lo que tiene que pasar.
Elena se ajustó el bolso al hombro, decidida a no dejar que la moralina de su suegra le amargara la noche.
—¿Y qué es lo que tiene que pasar, según tú? —preguntó Elena con una ceja levantada.
Puri se puso solemne, como si estuviera a punto de recitar los diez mandamientos en el monte Sinaí.
—Entre hombre y mujer, la amistad no existe. Te lo digo yo, que he visto más mundo que el baúl de la Piquer —sentenció.
—Esa frase está muy pasada de moda, Puri. Hoy en día las cosas son distintas —argumentó la nuera.
—Las cosas son distintas, pero los instintos son los mismos desde que Adán le dio el primer bocado a la manzana —replicó la vieja.
Elena miró el reloj de pared, el que tenía forma de sartén y que Marcos insistía en conservar por valor sentimental.
Faltaban quince minutos para la hora y todavía tenía que aparcar en el centro, una misión casi imposible un domingo.
—Puri, de verdad, que me tengo que ir —dijo Elena, intentando rodear a su suegra.
Pero Puri era como una defensa central del Atlético de Madrid en sus mejores tiempos: no dejaba pasar ni el aire.
—Escúchame bien, Elena, que te lo digo por tu bien y por el de mi hijo —continuó la mujer con tono maternal-agresivo.
—Un hombre y una mujer cenando juntos, riéndose, recordando los tiempos de la facultad… eso es una bomba de relojería.
—¡Que no voy con un hombre, Puri! ¡Que voy con tres! —exclamó Elena, perdiendo un poco la compostura.
—¡Peor me lo pones! —gritó Puri, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Tres contra una! ¡Eso es una emboscada!
Marcos soltó una carcajada que intentó camuflar con una tos repentina.
—Mamá, que son Javi, Borja y Carlos. Si los conoces de sobra. Vinieron a mi cumpleaños —recordó Marcos.
—¡Y me fijé bien en cómo te miraba el tal Carlos mientras cortabas la tarta! —le gritó Puri a Elena.
Elena parpadeó, confundida, intentando recordar algún gesto extraño de Carlos en el último cumpleaños.
—¿Carlos? Pero si Carlos lo único que quería era que le diera el trozo de tarta que tenía más nata —dijo Elena.
—Eso es lo que tú te crees, ingenua —respondió Puri con aire de superioridad—. La nata era una metáfora.
Elena no pudo evitarlo y soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo del piso.
—¿Una metáfora? Puri, por Dios, que Carlos está felizmente casado y tiene dos gemelos que no le dejan dormir —recordó Elena.
—Precisamente por eso —añadió la suegra con una lógica aplastante—. Los hombres desesperados son los más peligrosos.
La situación estaba alcanzando unos niveles de surrealismo dignos de un cuadro de Dalí.
Elena se dio cuenta de que no iba a salir de allí fácilmente si no aplicaba una táctica de distracción masiva.
—Mira, Puri, si tanto te preocupa, ¿por qué no te vienes tú también a la cena? —propuso Elena con ironía.
La suegra se quedó lívida por un segundo, procesando la invitación en su cerebro cargado de prejuicios.
—¿Yo? ¿A una cena de universitarios? ¿Para qué? ¿Para ver cómo os pedís copas de esas raras que saben a colonia? —respondió.
—Pues para que veas con tus propios ojos que no hay nada más que risas y anécdotas de exámenes suspendidos —dijo Elena.
Puri pareció considerar la idea durante un milisegundo, pero luego recuperó su porte de guardiana de la moral.
—No, gracias. Yo ya tengo mis principios muy bien puestos donde tienen que estar —dijo con orgullo.
—Y uno de esos principios es que una mujer casada no tiene por qué andar de picos pardos con otros hombres —sentenció.
Elena sintió que la sangre empezaba a hervirle bajo la piel, pero decidió que no valía la pena estallar.
—No son picos pardos, Puri. Es mi vida social. Algo que Marcos respeta porque es un hombre moderno —dijo Elena.
Puri miró a su hijo con una mezcla de desprecio y compasión infinita.
—Mi hijo es un santo, Elena. Y los santos, en este mundo, acaban siempre con los pies por delante —suspiró la mujer.
Marcos decidió que ya era suficiente de suricatos y se levantó del sofá con esfuerzo.
—Venga, mamá, deja que Elena se vaya tranquila, que va a llegar tarde y sus amigos la están esperando —dijo Marcos.
Puri miró a su hijo como si acabara de confesar que era un agente doble al servicio de una potencia extranjera.
—¿Ves? Esto es lo que pasa. Te han lavado el cerebro con esas ideas modernas de la televisión —acusó la mujer.
—Que si la confianza, que si el espacio personal, que si la libertad… ¡tonterías! —exclamó Puri con desdén.
—La única libertad que tiene que tener una mujer casada es la de elegir qué detergente compra para las sábanas —añadió.
Elena no sabía si reír, llorar o llamar a un exorcista para que sacara el espíritu del siglo quince de su suegra.
—Bueno, pues yo elijo el de lavanda, pero ahora mismo elijo irme a cenar —dijo Elena, abriendo la puerta principal.
Puri se quedó en el umbral del salón, viendo cómo su nuera se alejaba hacia el ascensor.
—¡Luego no vengas llorando cuando el del pelo corto te empiece a decir cosas al oído! —gritó Puri por el hueco de la escalera.
—¡Se llama Borja, Puri! ¡Y lo único que me dice al oído son chistes de cuñados! —respondió Elena desde abajo.
La puerta del ascensor se cerró con un estruendo metálico, dejando a Puri sola con su hijo y sus sospechas.
La mujer se giró hacia Marcos, que ya estaba de camino a la cocina para inspeccionar el congelador.
—Marquitos, hijo, te lo digo de corazón… esa chica te va a dar un disgusto un día de estos —vaticinó Puri.
Marcos sacó la pizza de jamón y queso del estante superior, buscando el cortapizzas en el cajón de los trastos.
—Mamá, relájate. Que me ha dicho que me va a traer un trozo de tarta de queso de ese sitio nuevo si queda —dijo Marcos.
Puri se santiguó, como si la tarta de queso fuera el precio de la traición de su nuera.
—Tarta de queso… —susurró para sí misma—. Seguro que es para tapar el sabor de la culpa.
La suegra se sentó de nuevo en su sillón orejero, pero ya no miraba a los suricatos con el mismo interés.
En su mente, estaba visualizando la cena: tres hombres lobo acechando a una caperucita con chaqueta de cuero.
Sentía que el honor de la familia estaba en juego en una mesa de un restaurante de moda con luces bajas.
Y Puri, como buena estratega, sabía que la guerra no había hecho más que empezar.
Porque si había algo que Puri no soportaba, era que la realidad le llevara la contraria a sus prejuicios.
Parte 2
Elena conducía por la A-5 mientras la radio escupía una canción de pop animado que no terminaba de encajar con su estado de ánimo.
En su cabeza todavía resonaban las palabras de Puri, como el eco de un tambor en una cueva vacía.
“Entre hombre y mujer, la amistad no existe”.
La frase era tan ridícula que debería haberle dado risa, pero la convicción de su suegra era casi contagiosa.
Elena pensó en Javi, en Borja y en Carlos.
Llevaban juntos desde primero de carrera, cuando todos tenían más pelo, menos ojeras y muchas ganas de comerse el mundo.
Habían compartido apuntes, resacas monumentales y decepciones amorosas que parecían el fin del mundo.
Javi había sido su apoyo cuando rompió con aquel novio músico que solo sabía tocar la flauta travesera.
Borja la había ayudado a mudarse tres veces, cargando cajas de libros por escaleras sin ascensor sin quejarse ni una vez.
Y Carlos… bueno, Carlos era el que siempre ponía el toque de cordura cuando el grupo empezaba a desvariar.
¿Cómo podía Puri pensar que había algún tipo de tensión sexual latente después de diez años de verse en las peores condiciones posibles?
Elena recordaba una vez que se quedaron atrapados en una gasolinera de camino a un festival, durmiendo los cuatro en un coche pequeño.
Si hubiera habido alguna chispa, habría saltado en aquel habitáculo que olía a pies y a patatas fritas de bolsa.
Pero no, lo único que hubo fue una competición de ronquidos y una pelea por ver quién controlaba el aire acondicionado.
Llegó a la zona de Malasaña y, contra todo pronóstico, encontró un hueco para aparcar que no requería sacrificar un órgano vital.
Caminó hacia el restaurante, un sitio con ladrillo visto y bombillas colgantes que Puri habría calificado de “sitio para gente que no tiene casa”.
Allí, en la puerta, ya estaban los tres, como si el tiempo no hubiera pasado por ellos, aunque las entradas de Javi dijeran lo contrario.
—¡Elena! —gritó Borja, agitando los brazos con una energía impropia de un domingo por la noche.
Se abrazaron con esa efusividad típica de los que se ven a menudo pero se quieren mucho.
—Vaya cara traes, tía, ¿te ha pasado un camión por encima o has estado con tu suegra? —bromeó Javi.
Elena soltó una carcajada auténtica por primera vez en todo el día.
—Ha sido la suegra, Javi. La suegra es peor que un camión de dieciocho ruedas cuesta abajo —respondió ella.
Entraron en el restaurante y se sentaron en una mesa redonda, la configuración ideal para que nadie se sintiera excluido.
El camarero, un chico joven con un tatuaje de un aguacate en el antebrazo, les trajo la carta y les preguntó por las bebidas.
—Cuatro cañas bien tiradas, por favor —pidió Carlos sin consultar, conociendo de memoria los gustos del grupo.
—Oye, Elena, ¿y Marcos? —preguntó Borja mientras abría la carta de las hamburguesas—. Pensaba que hoy se animaba.
—No, ya sabéis que los domingos Marcos entra en modo hibernación con los documentales de la Dos —explicó ella.
—Y además, su madre estaba allí. Si llega a venir Marcos, Puri se cuela en el maletero para vigilarnos —añadió Elena.
Los tres amigos se rieron, imaginando a Doña Purificación mimetizada con el tapizado del coche.
—¿Sigue pensando que somos una banda de delincuentes juveniles? —preguntó Carlos con una sonrisa.
—Peor —suspiró Elena—. Ahora piensa que sois una banda de seductores peligrosos que quieren llevarme por el mal camino.
Javi se atragantó con el primer sorbo de cerveza que acababa de llegar.
—¿Nosotros? ¿Seductores? —dijo Javi después de toser—. Si yo lo máximo que he seducido últimamente ha sido a mi gato para que no me muerda los cables.
—Dice que la amistad entre hombre y mujer no existe. Que antes o después, alguno de vosotros intentará… ya sabéis —explicó Elena con un gesto vago de la mano.
Borja puso cara de intensa concentración, como si estuviera analizando sus propios sentimientos.
—A ver, Elena, que te quiero mucho —empezó Borja con tono solemne—. Pero eres como mi hermana. Y besar a mi hermana me daría un repelús que me duraría tres semanas.
—Exacto —asintió Carlos—. Es que ya nos conocemos demasiado. Conozco tus manías, sé que cuando bebes dos copas te pones a hablar en francés de coña…
—…y sabemos que cuando te enfadas, arrugas la nariz de una forma que da miedo —completó Javi.
Elena se sintió reconfortada por la honestidad bruta de sus amigos.
Era precisamente esa falta de misterio lo que hacía que su amistad fuera tan sólida y real.
—Pues decidle eso a Puri. Para ella, esto es una situación de alto riesgo —dijo Elena.
—Oye, pues igual deberíamos hacer algo para darle la razón —sugirió Borja con una chispa de maldad en los ojos.
—Podríamos hacernos una foto todos muy juntos, en plan sugerente, y mandársela a Marcos —propuso Javi riendo.
—No, por favor, que a Marcos le da igual, pero a Puri le da un síncope y me toca heredar su colección de figuritas de Lladró —advirtió Elena.
La cena transcurrió entre risas, anécdotas de la oficina y planes para un viaje que nunca llegaban a organizar del todo.
Pidieron hamburguesas con nombres de ciudades americanas y patatas fritas con salsas de colores extraños.
Elena se sentía ligera, lejos de la atmósfera opresiva del salón de Alcorcón.
Miró a sus tres amigos y pensó en lo afortunada que era por tener ese refugio personal.
No era que no quisiera a Marcos, lo amaba con toda su alma, pero había una parte de ella que solo estos tres locos entendían.
Era la Elena de los veinte años, la que soñaba con ser una gran creativa publicitaria y no la que se peleaba con las facturas del gas.
—¿En qué piensas, tía? Te has quedado empanada mirando el ketchup —le dijo Javi, dándole un toquecito en el brazo.
—En que Puri es una mujer triste —respondió Elena con sinceridad.
Sus amigos se quedaron callados un momento, sorprendidos por el cambio de tono.
—Me da que nunca ha tenido una amistad así con un hombre que no fuera su marido o su hermano —continuó Elena.
—En su época, las cosas eran compartimentos estancos. Hombres con hombres, mujeres con mujeres —reflexionó Carlos.
—Se pierde tanto mundo cerrando puertas… —añadió Borja, mientras pescaba la última patata frita del plato compartido.
De repente, el móvil de Elena vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de WhatsApp de Marcos.
Elena lo abrió, esperando algún comentario gracioso sobre los suricatos.
Pero lo que vio fue una foto de un plato con una pizza quemada por los bordes.
Y debajo, un texto que decía: “Mi madre no se va. Dice que no puede dejarme solo en este estado de vulnerabilidad emocional”.
Elena les enseñó el mensaje a los demás.
—Pobre Marcos —dijo Javi con lástima real—. Estar a solas con Puri en modo ‘te lo dije’ es tortura psicológica nivel Guantánamo.
—Le voy a mandar una foto nuestra para que sepa que estamos bien —dijo Elena, cogiendo el móvil.
—¡Espera! —exclamó Borja—. Ponemos caras de buenos, en plan comunión.
Los cuatro se juntaron, sonriendo a la cámara frontal con una naturalidad que Puri nunca entendería.
Elena envió la foto y, casi al instante, recibió una respuesta de Marcos.
“Me encanta. Pasadlo bien. Por cierto, mi madre dice que Carlos ha salido muy favorecido y que eso es una señal clara”.
Elena casi escupe el último trago de cerveza.
—¡Dice que Carlos está muy guapo y que eso es una señal! —exclamó Elena entre risas.
Carlos se puso rojo como un tomate, mientras Javi y Borja le daban palmaditas en la espalda burlonamente.
—¿Ves, Carlos? Ya tienes el visto bueno de la suegra. Estás a un paso de entrar en la familia —se mofó Javi.
—¡Ni de broma! —protestó Carlos—. Que Puri da más miedo que una inspección de Hacienda.
La cena terminó con una ronda de postres para compartir, porque nadie quería sentirse culpable de pedir uno entero.
Mientras devoraban una tarta de queso que estaba casi tan buena como la que Elena le había prometido a Marcos, el tema de Puri volvió a salir.
—¿Creéis que alguna vez cambiará de opinión? —preguntó Elena.
—Lo dudo —dijo Borja—. La gente como Puri necesita que el mundo sea predecible. Y la amistad hombre-mujer es demasiado impredecible para ella.
—Es más fácil creer que todo el mundo es un adúltero en potencia que aceptar que los hombres y las mujeres pueden ser simplemente personas —añadió Carlos con sabiduría de sobremesa.
Pagaron la cuenta a escote, como siempre, discutiendo por los céntimos de propina por pura costumbre.
Al salir a la calle, el aire fresco de la noche madrileña les dio en la cara.
—Bueno, chavales, otro domingo que sobrevivimos a la vida adulta —dijo Javi, estirándose.
Se despidieron con abrazos y promesas de verse pronto, quizás para el partido del miércoles.
Elena caminó hacia su coche, sintiéndose renovada pero con una pequeña sombra de preocupación.
Sabía que, al llegar a casa, la luz del salón seguiría encendida.
Y sabía que Puri estaría allí, sentada como una esfinge, esperando el más mínimo olor a perfume ajeno o un brillo extraño en sus ojos.
Montó en el coche y, antes de arrancar, se miró en el espejo retrovisor.
Se veía feliz. Y eso, para Puri, sería la prueba definitiva de su culpabilidad.
Porque en el mundo de su suegra, la felicidad fuera del matrimonio era siempre sospechosa.
Elena suspiró, puso la primera y empezó el camino de vuelta a Alcorcón.
La noche era joven, pero la batalla doméstica apenas estaba empezando su segunda fase.
Parte 3
Elena aparcó el coche cerca de su portal con una precisión mecánica, casi como si estuviera retrasando el momento de subir.
Las ventanas del tercer piso estaban iluminadas, derramando una luz amarillenta sobre la calle vacía.
Puri seguía allí, no había duda. Era como una centinela que no abandonaba su puesto ni aunque se hundiera el barco.
Elena subió en el ascensor, ensayando mentalmente una cara de “no ha pasado nada, ha sido una cena normal”.
Abrió la puerta con cuidado, pero el crujido de la madera la delató al instante.
—¡Ya está aquí la aventurera! —gritó la voz de Puri desde el salón, con un tono que pretendía ser jocoso pero sonaba a sentencia de tribunal.
Elena entró y se encontró la escena que se había imaginado.
Marcos estaba medio dormido en el sillón, con el mando de la tele en la mano como si fuera un amuleto.
Puri estaba sentada en la mesa del comedor, con una baraja de cartas española delante de ella, haciendo un solitario.
—Hola, Puri. Hola, Marcos —dijo Elena, dejando el bolso en el perchero.
Marcos abrió un ojo y le dedicó una sonrisa lánguida de alivio.
—¿Qué tal la cena, cariño? —preguntó él, intentando sonar natural.
—Muy bien, nos hemos reído mucho. Os he traído un trozo de tarta de queso, está en la bolsa —dijo Elena, señalando el paquete del restaurante.
Puri ni siquiera miró la bolsa. Sus ojos estaban fijos en el solitario, pero su mente estaba en otra parte.
—¿Y bien? ¿Qué tal están tus… amiguitos? —preguntó la suegra, remarcando la palabra con una ironía espesa.
—Están estupendos, Puri. Javi te manda saludos —mintió Elena, sabiendo que eso irritaría a la mujer.
—¡Ay, qué detalle! —exclamó Puri, golpeando una sota de bastos contra la mesa—. Un chico tan educado, con ese pelo que parece que no conoce el champú.
Elena decidió ignorar el comentario y se acercó a Marcos, dándole un beso en la frente.
—¿Y tú qué tal? ¿Te ha cuidado bien tu madre? —preguntó Elena con un toque de malicia.
—De maravilla —respondió Marcos—. Me ha explicado todas las formas en las que una pizza congelada puede provocar una obstrucción arterial.
Puri soltó un bufido y empezó a recoger las cartas con movimientos rápidos y nerviosos.
—Lo que pasa es que en esta casa nadie aprecia la salud hasta que la pierde —dijo la mujer, guardando la baraja en su estuche de plástico.
—Bueno, pues si ya estamos todos bien, yo creo que va siendo hora de irse a dormir, ¿no? —sugirió Elena con esperanza.
Puri se levantó, se alisó la falda y se dirigió a la cocina, ignorando por completo la sugerencia de su nuera.
—Voy a guardar esa tarta, no sea que se eche a perder y mañana tengamos un disgusto —dijo Puri.
Elena miró a Marcos con cara de desesperación silenciosa.
Marcos le hizo un gesto con los labios, como diciendo “ten paciencia, ya casi se va”.
Pero Puri no tenía ninguna intención de irse todavía. Volvió de la cocina con tres platos y tres tenedores.
—Venga, vamos a probarla. Así me contáis más detalles de la velada —insistió la suegra.
Elena sintió que el estómago se le cerraba. Lo último que quería era comer tarta con su suegra a la una de la mañana bajo un interrogatorio.
Se sentaron los tres a la mesa, en una estampa que parecía sacada de una película de terror psicológico con mucho azúcar.
Puri cortó un trozo diminuto de tarta y lo analizó con la mirada antes de metérselo en la boca.
—Demasiada mermelada —dictaminó tras masticar dos veces—. Esto lo hacen para esconder que el queso no es de buena calidad.
—A mí me parece que está buenísima —dijo Marcos, que devoraba su trozo con la ansiedad de un náufrago.
—Dime una cosa, Elena —empezó Puri, dejando el tenedor a un lado—. ¿De qué habéis hablado?
—Pues de lo de siempre, Puri. Del trabajo, de los viajes, de anécdotas de la carrera… —respondió Elena con desgana.
—¿Y no ha salido el tema de… no sé, los sentimientos? —preguntó la mujer con una curiosidad fingida.
—¿Los sentimientos? —Elena soltó una risa nerviosa—. Puri, íbamos a cenar hamburguesas, no a una sesión de terapia grupal.
Puri se inclinó hacia delante, cruzando las manos sobre la mesa de una manera que recordaba a un negociador de rehenes.
—Mira, hija, yo he sido joven. Y sé que cuando un hombre invita a cenar a una mujer, aunque haya otros delante, siempre hay un mensaje oculto.
—¡Que no me han invitado ellos! ¡Que hemos pagado a partes iguales! —exclamó Elena, empezando a perder los nervios.
—Eso es todavía más sospechoso —añadió Puri con un movimiento de cabeza—. Significa que quieren hacerse los modernos para que bajes la guardia.
Elena miró a Marcos, esperando que dijera algo, pero él estaba demasiado ocupado intentando lamer el plato de la tarta.
—Mamá, de verdad, que son mis amigos también. Yo confío en ellos y confío en Elena —dijo Marcos finalmente.
Puri miró a su hijo con una tristeza infinita, como si estuviera viendo a un gatito a punto de caer por un barranco.
—La confianza es una cosa muy bonita, hijo. Pero la realidad es otra muy distinta —sentenció la mujer.
—Yo tuve un amigo una vez —confesó Puri de repente, dejando a Elena y a Marcos de piedra.
—¿Tú? ¿Un amigo hombre? —preguntó Elena, sin poder creerlo.
—Sí. Se llamaba Antonio. Era el contable de la fábrica de tu padre —explicó Puri, mirando a Marcos.
—Íbamos a tomar café todos los jueves. Hablábamos de números, de la vida, de lo que fuera. Yo creía que era una amistad pura.
Elena se sintió un poco culpable por haber juzgado a su suegra tan rápido.
—¿Y qué pasó? —preguntó con suavidad.
Puri suspiró, y por un momento, su mirada se perdió en los recuerdos de una España en blanco y negro.
—Pasó que un jueves, mientras me pasaba el azúcar, me dijo que si no estuviera casada, me llevaría a ver el mar a Benidorm.
Marcos soltó una risita que cortó el momento dramático.
—¿A Benidorm? Vaya galán estaba hecho el Antonio —bromeó el hijo.
Puri le lanzó una mirada fulminante que le quitó las ganas de reír de inmediato.
—No te rías, que fue un disgusto muy grande. Tuve que dejar de ir a ese café y no volví a hablarle en la vida —contó Puri.
—Pero Puri —intervino Elena—, eso fue hace mil años. Y Antonio era un compañero de trabajo, no un amigo de toda la vida.
—Da igual el tiempo y da igual el sitio —insistió la suegra—. El corazón de un hombre es un pozo oscuro, Elena.
—Y el de una mujer, si se deja querer por quien no debe, acaba siendo una jaula —añadió con tono poético.
Elena se dio cuenta de que el trauma de Puri con el contable Antonio era lo que alimentaba toda su paranoia.
Era una herida que no había cerrado y que ahora proyectaba sobre su nuera como una película de miedo.
—Siento mucho lo de Antonio, Puri, de verdad —dijo Elena con sinceridad—. Pero mis amigos no son así.
—Eso dices ahora. Pero espera a que uno de ellos tenga un mal día, o se tome una copa de más… —vaticinó la mujer.
Puri se levantó de la mesa, dando por finalizada la sesión de tarta y amargura.
—Bueno, yo ya he cumplido mi deber de advertiros. Ahora, que Dios os coja confesados —dijo mientras cogía su bolso.
Marcos se levantó para acompañarla a la puerta, visiblemente aliviado de que el encuentro estuviera terminando.
—Venga, mamá, que te pido un taxi, que ya es muy tarde —dijo Marcos, sacando el móvil.
—No hace falta, que me ha dicho el vecino del segundo que si le avisaba, bajaba él a llevarme en su coche nuevo —dijo Puri.
Elena arqueó las cejas, sorprendida por la revelación.
—¿El vecino del segundo? ¿Don Paco? —preguntó Elena con una sonrisa pícara.
—Sí, Don Paco. Es un hombre muy atento —respondió Puri, poniéndose un poco roja.
—Pero Puri… ¿un hombre y una mujer solos en un coche a estas horas? —lanzó Elena el dardo con precisión quirúrgica.
La suegra se quedó congelada, con la mano en el pomo de la puerta.
—Eso es… eso es distinto —balbuceó la mujer—. Don Paco es viudo y tiene reúma.
—Javi también tiene problemas de espalda y no por eso deja de ser un peligro para la moral, según tú —replicó Elena.
Puri abrió la puerta con dignidad, intentando recuperar el terreno perdido.
—Don Paco es un caballero de los de antes. No como esos amigos tuyos que parecen salidos de una serie de Netflix —dijo antes de salir.
La puerta se cerró y Elena y Marcos se quedaron solos en el pasillo, en silencio durante unos segundos.
Luego, ambos estallaron en una carcajada liberadora que resonó por toda la casa.
—¡Don Paco! —exclamó Marcos—. ¡Si el hombre apenas ve tres en un burro!
—Pero tiene coche nuevo y es atento, Marcos. Ten cuidado, que igual tienes un nuevo padrastro pronto —bromeó Elena.
Se fueron hacia el dormitorio, cansados pero divertidos por el giro inesperado de los acontecimientos.
Mientras Elena se desmaquillaba, pensó en la paradoja de Puri.
Criticaba la amistad moderna mientras se dejaba querer por el viudo del segundo bajo la excusa de la caballerosidad.
Era la hipocresía más tierna y molesta que había conocido jamás.
—¿Crees que Don Paco le dirá lo de irse a Benidorm? —preguntó Elena desde el baño.
—A Don Paco Benidorm le pilla muy lejos, como mucho la lleva a la casa de campo a ver los patos —respondió Marcos desde la cama.
Elena apagó la luz del baño y se metió bajo las sábanas, sintiendo el calor reconfortante de su hogar.
Había sido un día largo, lleno de tensiones absurdas y hamburguesas con nombres de ciudades.
Pero al final, a pesar de las sospechas de Puri y las fantasías de Antonio el contable, todo seguía en su sitio.
La amistad existía, el amor también, y la suegra… bueno, la suegra era una fuerza de la naturaleza contra la que no se podía luchar.
Solo se podía aprender a navegar en sus tormentas con un poco de humor y mucha paciencia.
Parte 4
La mañana del lunes llegó con esa luz grisácea que solo tienen los lunes en la ciudad.
Elena se despertó con el sonido del despertador, sintiendo todavía el cansancio de la noche anterior.
Mientras se duchaba, no podía evitar sonreír al recordar la cara de Puri cuando mencionó a Don Paco.
Era el arma definitiva que ahora tenía en su poder, aunque sabía que debía usarla con moderación si no quería provocar una guerra civil.
Salió de casa hacia el trabajo y, mientras esperaba el metro, revisó el grupo de WhatsApp con sus amigos.
“¿Habéis sobrevivido?”, preguntaba Javi a las ocho de la mañana.
“Yo sí, pero creo que Carlos ahora es oficialmente el yerno platónico de mi suegra”, respondió Elena.
“Dile que si me invita a comer su famoso cocido, acepto el papel”, bromeó Carlos.
Elena guardó el móvil y se sumergió en la rutina de la oficina, entre informes y reuniones por Zoom.
Pero a media mañana, recibió una llamada inesperada.
Era Puri.
Elena dudó en cogerlo, temiendo una nueva entrega de “Las Crónicas de Antonio el Contable”.
—¿Diga? —respondió Elena con cautela.
—Hola, hija. Verás… es que tengo un problema con el ordenador —dijo Puri con una voz inusualmente suave.
—¿El ordenador? ¿Qué ha pasado? —preguntó Elena, extrañada, ya que Puri apenas sabía encenderlo.
—Pues que le he dado a una cosa de esas de las fotos y ahora me sale todo en vertical y me duele el cuello de mirar —explicó la mujer.
Elena contuvo la risa. Era el clásico error de rotación de pantalla que volvía locos a los mayores.
—No te preocupes, Puri. Luego cuando salga de trabajar me paso un momento y te lo arreglo —se ofreció Elena.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Bueno… es que… ¿no podrías llamar a uno de tus amigos? Al que sabe de estas cosas —sugirió Puri tímidamente.
Elena se quedó muda. ¿Puri pidiendo ayuda a uno de los “peligrosos” amigos?
—¿A quién te refieres, Puri? ¿A Borja? Él es el que trabaja en informática —dijo Elena, intentando procesar la información.
—Sí, ese. Borja. El de la foto de anoche. Es que me pareció que tenía cara de saber dónde están las teclas —añadió la suegra.
Elena sonrió para sí misma. La táctica de la foto había funcionado mejor de lo que pensaba.
—Le preguntaré, Puri. Pero no te prometo nada, que el chico está muy solicitado —dijo Elena con tono misterioso.
Colgó y llamó a Borja de inmediato.
—Tío, no te lo vas a creer. Tienes una misión secreta —le soltó Elena en cuanto respondió.
Dos horas después, Borja estaba en el piso de Puri, rodeado de tapetes de ganchillo y fotos de la primera comunión de Marcos.
Elena se pasó después del trabajo para ver cómo iba la cosa y se encontró una escena surrealista.
Puri estaba en la cocina, sirviéndole un trozo de bizcocho casero a Borja mientras este le explicaba cómo usar el ratón.
—Es que estos aparatos los carga el diablo, Borja —decía la mujer con admiración.
—Que no, Puri, que es solo cuestión de práctica. Mire, si le da aquí, aparecen las recetas de cocina —explicaba Borja con una paciencia de santo.
Elena se quedó apoyada en el marco de la puerta, disfrutando del momento.
—¿Qué tal va la clase de informática? —preguntó Elena, anunciando su llegada.
Puri se giró, con una sonrisa que Elena no le había visto en mucho tiempo.
—¡Ay, hija! Este chico es una joya. Me ha arreglado lo de la pantalla y ahora me está enseñando a ver vídeos de punto de cruz en el YouTube —dijo la mujer.
Borja le guiñó un ojo a Elena por encima del hombro de la suegra.
—Ves, Elena, te dije que era un seductor —bromeó Borja, recordando las palabras de Puri.
La suegra se puso un poco roja, pero no se enfadó. Al contrario, soltó una pequeña risita.
—Bueno, bueno… uno puede ser educado y ser hombre a la vez, no todo va a ser como lo de Antonio —admitió Puri por primera vez.
Esa tarde, la tensión que había durado años pareció disolverse entre bizcocho y tutoriales de internet.
Puri comprendió que los amigos de Elena no eran una amenaza, sino simplemente personas que la querían y la cuidaban.
Y Elena comprendió que, detrás de los prejuicios de su suegra, solo había miedo a un mundo que corría demasiado rápido.
Cuando se despidieron, Puri le dio un beso a Elena y un apretón de manos a Borja.
—Vuelve cuando quieras, Borja. Pero la próxima vez me traes a los otros dos, que quiero ver si el del pelo largo ha aprendido a peinarse —dijo la mujer desde la puerta.
Elena y Borja bajaron por las escaleras, riendo en voz baja.
—¿Te lo puedes creer? —dijo Elena—. Creo que acabas de romper el récord de velocidad en caerle bien a mi suegra.
—Es el poder del bizcocho, Elena. Nadie puede resistirse a un informático que come bizcocho —respondió Borja.
Llegaron a la calle y Elena se sintió en paz.
Sabía que Puri seguiría teniendo sus salidas de tono y sus sospechas de vez en cuando.
Sabía que la amistad pura entre hombres y mujeres seguiría siendo un concepto extraño para mucha gente de su generación.
Pero al menos en su familia, se había abierto una pequeña brecha de luz.
Aquella noche, cuando Elena llegó a su casa, Marcos la esperaba con una cena de verdad, no una pizza quemada.
—¿Qué tal con mi madre? ¿Ha habido sangre? —preguntó Marcos mientras servía el vino.
—Al revés. Ha habido bizcocho y YouTube. Creo que Borja es su nuevo ídolo —contó Elena, sentándose a la mesa.
Marcos la miró con amor y una pizca de admiración.
—Eres increíble, Elena. Has conseguido lo que yo no he podido en treinta años: que se fíe de alguien que no lleve corbata.
—No he sido yo, Marcos. Ha sido el tiempo. Y la suerte de tener los amigos que tengo —dijo ella, levantando su copa.
Brindaron por la amistad, por la paciencia y por las suegras que, al final del día, solo quieren que sus hijos sean felices.
Elena se dio cuenta de que la vida no era una película con un guion cerrado, sino una serie de improvisaciones constantes.
A veces había drama, a veces comedia, y casi siempre había alguien que no entendía nada.
Pero mientras hubiera gente con la que compartir una hamburguesa el domingo por la noche, todo lo demás tenía solución.
Esa noche, Elena durmió mejor que nunca.
Y en sus sueños, Antonio el contable se iba a Benidorm con una maleta llena de tarta de queso, dejando a Puri sonreír frente a una pantalla que ya no estaba del revés.
La vida era buena. Complicada, absurda y llena de gente terca, pero definitivamente buena.
Y así, entre risas y pequeñas victorias domésticas, la historia de la suegra y el grupo de amigos se convirtió en una leyenda familiar.
Una leyenda que recordaba a todos que, a veces, la mejor manera de derribar un muro es invitando al enemigo a comer bizcocho.
Porque al final del día, todos buscamos lo mismo: alguien que nos escuche, alguien que nos haga reír y alguien que nos traiga un trozo de tarta cuando la vida se pone un poco agria.
Y si esos alguien son hombres, mujeres o suricatos de la Dos, qué más da.
Lo que importa es que están ahí.
Y eso es algo en lo que incluso Doña Purificación, muy en el fondo, empezaba a creer.