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LA SOBREMESA ETERNAA

PARTE 1: LA SOBREMESA ETERNA

El reloj de pared marca las seis y cuarto de la tarde.

Es domingo.

Ese momento crítico de la semana donde el tiempo se detiene.

La luz que entra por la ventana del salón ya tiene ese tono anaranjado, casi melancólico.

Ese tono que grita silenciosamente que el fin de semana ha muerto.

En la mesa del comedor, los restos de una paella mixta que ha sido devorada hace tres horas.

Las cáscaras de las gambas se apilan en un plato en el centro, como un monumento a la gula.

Cuatro tazas de café vacías.

Un platito con las migas de lo que alguna vez fue un roscón de anís que trajo la suegra.

Y silencio.

Pero no un silencio pacífico.

Un silencio denso, pesado, cargado de expectación.

Laura está sentada al borde de la silla.

Tiene la postura de un velocista esperando el pistoletazo de salida.

Sus ojos, ligeramente inyectados en sangre por el cansancio de haber cocinado para cuatro, se clavan en el reloj.

Tic.

Tac.

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