PARTE 1
La mañana en el barrio de Salamanca no empezaba con el sol.
Empezaba con el silbido de la cafetera italiana de Doña Virtudes.
Era un sonido agudo, imperial, casi una orden militar que recorría el pasillo del piso.
Doña Virtudes, a sus sesenta y ocho años, ya estaba perfectamente armada para el día.
Llevaba un conjunto de punto color beige que gritaba «respetabilidad» a los cuatro vientos.
Su pelo, un casco de laca inamovible, desafiaba las leyes de la gravedad y de la física moderna.
Ni un solo cabello se atrevía a desobedecer la disciplina de la peluquería de los viernes.
Se sentó a la mesa de roble, esa mesa que había sobrevivido a tres mudanzas y a una guerra fría familiar.
Frente a ella, una tostada con aceite de oliva virgen extra.
Ni una miga se atrevía a caer fuera del plato de porcelana de la Cartuja.
Entonces, se oyó el sonido.
Un roce suave, rítmico, un «fiu-fiu» sintético que subía por el pasillo.
Era el sonido de la licra rozando contra la licra.
Era el sonido del siglo veintiuno entrando en colisión frontal con el siglo veinte.
Clara apareció en el umbral de la cocina.
Llevaba unas mallas de color «berenjena eléctrica» que le llegaban hasta el ombligo.
Eran tan ajustadas que se podía adivinar lo que había desayunado la semana pasada.
Acompañaba el conjunto con un top corto y una sudadera atada a la cintura con una dejadez estudiada.
Sus zapatillas de deporte tenían más tecnología que el primer cohete que llegó a la Luna.
Doña Virtudes dejó la taza de café a medio camino de la boca.
El silencio que se apoderó de la cocina era más denso que un chocolate a la taza.
Un silencio de esos que en España preceden a las grandes tormentas o a las finales de Copa.
Virtudes bajó la taza lentamente, con la precisión de un cirujano.
Sus ojos, dos escáneres de alta resolución, recorrieron a su nuera de pies a cabeza.
Se detuvieron especialmente en la zona de la cadera, donde la licra hacía un esfuerzo heroico por contener la realidad.
Clara, ajena al juicio final que se estaba cocinando, se acercó a la encimera.
—Buenos días, suegra —dijo Clara, con una alegría que Virtudes consideró ofensiva para esas horas.
Virtudes no respondió de inmediato.
Primero, se ajustó las gafas de cerca, como quien se prepara para analizar un espécimen extraño.
—Buenos días, Clara —respondió finalmente, con una voz que cortaba el aire.
—¿Te pongo un café? —preguntó Clara, estirando un brazo para coger una taza.
El movimiento hizo que la malla se tensara todavía más en la zona lumbar.
Virtudes cerró los ojos un segundo, pidiendo paciencia a la Virgen del Carmen.
—¿Vas a salir así? —preguntó la suegra, con una calma que daba miedo.
Clara se giró, con la cafetera en la mano, y se miró a sí misma.
—¿Así cómo? —respondió, sin entender la trampa.
—Así, hija —dijo Virtudes, señalando con el dedo índice, perfectamente manicurado, hacia las piernas de Clara—. En pañales.
Clara soltó una carcajada que resonó en toda la casa.
—¿Pañales? Suegra, por favor, que son unas mallas de última generación.
—Pues la generación esa debe de estar pasando mucho frío —replicó Virtudes.
—Tienen compresión inteligente y tejido transpirable —explicó Clara, intentando ser pedagógica.
—Lo que tienen es una falta de decoro que clama al cielo —sentenció la mayor.
Clara suspiró y se sentó frente a ella, desafiando el campo de fuerza de la mesa de roble.
—Tengo que ir al súper, luego a por el pan y después tengo clase de Pilates —dijo Clara.
—¿Y no puedes ir al súper como una persona normal y cambiarte luego? —preguntó Virtudes.
—Es que esto es ropa cómoda, suegra —insistió Clara—. Es lo que se lleva ahora.
—Cómodo es el pijama, y no voy yo a por merluza en camisón —zanjó la suegra.
—No es lo mismo, esto es ropa técnica —dijo Clara, señalando el logo reflectante en su muslo.
—Técnica para marcar hasta el grupo sanguíneo, desde luego —murmuró Virtudes.
La suegra se inclinó hacia delante, cruzando las manos sobre el mantel.
—Escúchame bien, Clara —empezó, con ese tono de quien va a dar una lección magistral—. Ir hecha un pincel es una cuestión de respeto a una misma.
—Yo me respeto muchísimo, por eso no quiero que me aprieten las faldas —respondió la nuera.
—No se trata de apretar, se trata de vestir —dijo Virtudes—. El mundo ha perdido el norte.
—El mundo ha ganado en comodidad, suegra —replicó Clara—. Ya no estamos en los años cincuenta para ir en falda a por el pan.
Esa frase fue como soltar un Miura en medio de una cristalería.
Virtudes se irguió en la silla, ganando cinco centímetros de altura por pura indignación.
—En los años cincuenta, una mujer salía a la calle y parecía una mujer —dijo con orgullo.
—Ahora parecemos personas que tienen cosas que hacer y no tiempo para planchar pliegues —contestó Clara.
—Parecéis que os habéis olvidado de poneros la ropa encima de la muda —insistió la suegra.
Clara bebió un sorbo de café, intentando mantener la paciencia.
Sabía que esto era solo el primer asalto de un combate de pesos pesados.
—¿Tú sabes lo que diría la Puri si te ve entrar así en el Mercadona? —preguntó Virtudes.
—La Puri va siempre con unos rulos que parecen antenas parabólicas, no creo que pueda decir mucho —dijo Clara.
—La Puri es una señora, y sus rulos son privados, los lleva bajo un pañuelo de seda —defendió Virtudes.
—Pues mis mallas son públicas y las llevo con mucho orgullo —sentenció Clara.
Virtudes negó con la cabeza, mirando al techo como buscando una explicación divina.
—Es que parece que vas en carnes, hija mía —insistió—. Esa tela es tan fina que se ve el pensamiento.
—No se ve nada, suegra, que son de doble capa —aclaró Clara.
—Se ve la intención, que es peor —dijo Virtudes—. Es como ir en mallas de ballet por la calle Alcalá.
—La gente va mucho peor, créame —dijo Clara—. Hay gente que va en chanclas con calcetines.
Virtudes hizo una mueca de asco, como si le hubieran mencionado un pecado mortal.
—Eso es el fin de la civilización occidental, estamos de acuerdo —concedió la suegra—. Pero lo tuyo es el prólogo.
—Es ropa de deporte, suegra, todo el mundo la lleva —insistió Clara de nuevo.
—Todo el mundo no —corrigió Virtudes—. La gente con criterio no va marcando la anatomía por la sección de frutería.
—¿Y qué importa? Si voy a por tomates, no a una recepción en la Zarzuela —dijo Clara.
—Importa porque la calle es un escenario, y tú vas vestida de ensayo general —sentenció la mayor.
Clara miró el reloj de la cocina, dándose cuenta de que la discusión la estaba retrasando.
—Me voy ya, que se me pasa la hora —dijo, levantándose de la silla.
El roce de la licra volvió a sonar, un «fric-fric» desafiante.
Virtudes la miró con una mezcla de lástima y horror profundo.
—Llevas el bolso de piel con las mallas de plástico —observó Virtudes, señalando el accesorio.
—Es un contraste moderno, se llama «athleisure» —explicó Clara, intentando sonar sofisticada.
—Se llama «no saber qué ponerse» —corrigió Virtudes—. Es un atentado visual.
—¿Quieres que te traiga algo del súper? —preguntó Clara, ignorando el dardo.
—Tráeme un poco de dignidad, si es que la venden en oferta —respondió la suegra.
Clara sonrió, acostumbrada a los ataques frontales de su segunda madre.
—Te traeré unos aguacates y un poco de queso de Burgos —dijo Clara, encaminándose a la puerta.
—Cúbrete un poco, Clara, por el amor de Dios —gritó Virtudes desde la cocina.
—¡Que hace sol, suegra! —respondió Clara desde el pasillo.
—¡Que el sol no tapa la vergüenza ajena! —insistió la voz de Virtudes.
Clara agarró las llaves de casa y se miró en el espejo del recibidor.
Se vio bien, activa, preparada para el trote diario de la gran ciudad.
Pero la semilla de la duda de Virtudes siempre se quedaba ahí, flotando.
¿Realmente parecía que iba en pañales?
Se dio un par de palmaditas en el muslo, comprobando la firmeza del tejido.
«Es comodidad», se repitió a sí misma como un mantra.
Abrió la puerta de casa y salió al rellano.
Allí estaba el espejo del ascensor, el primer juez de la mañana.
Mientras bajaba, Clara se ajustó la sudadera, intentando que tapara un poco más la zona conflictiva.
La sombra de Doña Virtudes era larga, incluso cuando no estaba presente.
Al llegar al portal, se encontró con el portero, el señor Manolo.
Manolo era un hombre de costumbres fijas y ojos que lo veían todo.
—Buenos días, doña Clara —dijo Manolo, desviando la vista con una rapidez sospechosa.
Clara notó que Manolo se interesaba de repente muchísimo por la limpieza de los buzones.
«Ya empezamos», pensó ella, sintiendo el primer pinchazo de la presión social.
Salió a la calle y el aire de Madrid le dio en la cara.
Era un día luminoso, de esos en los que cada detalle se resalta bajo el sol.
Caminó con paso decidido, intentando que su zancada gritara «soy una mujer deportista y ocupada».
Pero cada vez que pasaba por delante de un escaparate, no podía evitar mirar su reflejo.
Y ahí estaba la voz de Virtudes, susurrando en su oído.
«Parece que vas en carnes, hija mía».
Clara apretó el paso hacia el supermercado.
La batalla por la legitimidad de las mallas no había hecho más que empezar.
PARTE 2
El supermercado era, a esa hora, un ecosistema complejo y peligroso.
No era solo un lugar para comprar víveres; era el foro romano del barrio.
Clara entró por las puertas automáticas intentando mantener la cabeza alta.
El aire acondicionado le dio un latigazo en las piernas, recordándole la escasa protección de sus mallas.
Se dirigió directamente a la sección de frutas y verduras.
Allí, entre los calabacines y las manzanas, se encontraba la primera línea de defensa de la vieja guardia.
Un grupo de tres señoras, con sus carros de la compra impecables, bloqueaban el paso.
Todas llevaban abrigos de entretiempo y zapatos de salón con un tacón sensato.
Parecían un tribunal de la Inquisición disfrazado de clientela de barrio.
Clara se acercó para coger una bolsa de plástico.
El roce de sus muslos con la licra produjo ese sonido sintético que tanto odiaba su suegra.
Las tres señoras se giraron simultáneamente, como si hubieran ensayado la coreografía.
Sus miradas descendieron a la velocidad del rayo hacia las piernas de Clara.
Fue un escaneo de 360 grados que no dejó ni un milímetro sin inspeccionar.
Clara sintió que el color berenjena de sus mallas empezaba a brillar con luz propia.
—Perdón —dijo Clara, intentando hacerse paso hacia los plátanos.
Las señoras se apartaron lentamente, manteniendo un silencio sepulcral.
Una de ellas, que llevaba un collar de perlas que podría hundir un barco, soltó un suspiro audible.
Era un suspiro cargado de nostalgia por los tiempos en que la gente se vestía para salir de casa.
Clara cogió los plátanos con una energía innecesaria.
«No me importa, no me importa», se decía internamente.
Pero entonces vio a la Puri.
La Puri era la archienemiga social de Doña Virtudes y, por extensión, el terror de las nueras.
Iba armada con un carro de la compra de cuadros escoceses y una gabardina color crema.
—¡Clarita! —exclamó la Puri, con una sonrisa que tenía más veneno que una cobra.
Clara se tensó. No había escapatoria posible entre las papayas y los aguacates.
—Hola, Puri. ¿Cómo está? —respondió Clara, intentando parecer relajada.
—Ay, hija, pero qué moderna vas —dijo la Puri, acercándose peligrosamente.
La Puri bajó la vista de forma descarada hacia las mallas.
—¿Vienes de correr un maratón ahora mismo? —preguntó con falsa inocencia.
—No, Puri, voy a clase de Pilates en un rato —contestó Clara.
—¡Ah, Pilates! —la Puri lo pronunció como si fuera una secta exótica—. Qué cosas hacéis las jóvenes.
La Puri alargó la mano y, ante el horror de Clara, tocó la tela de la malla en el brazo.
—Pero esto es muy fino, ¿no? ¿No se te clava el frío en los riñones? —preguntó.
—Es tejido térmico, Puri, no se pasa frío —explicó Clara, retrocediendo un paso.
—Ya, ya… —la Puri la miró de arriba abajo de nuevo—. Tu suegra me dijo que estabas muy activa, pero no me imaginaba que tanto.
Clara visualizó a Virtudes y a la Puri hablando de sus mallas por teléfono esa misma tarde.
Podía oír la conversación perfectamente en su cabeza.
«¿Has visto a la nuera de la Virtu? Iba que parecía que se le había olvidado la falda en el armario».
—Bueno, Puri, que tengo mucha prisa —dijo Clara, empezando a empujar su cesta.
—Claro, hija, corre, no sea que te quedes fría con esas calzas —se despidió la mujer.
Clara huyó hacia el pasillo de los lácteos, sintiendo que sus mallas eran ahora un faro de neón.
Se detuvo frente a los yogures, intentando recuperar la compostura.
¿Por qué se sentía tan expuesta?
Era solo ropa. Media ciudad iba así vestida.
Miró a su alrededor buscando aliados.
Al final del pasillo vio a una chica de su edad.
Llevaba unas mallas similares, pero en color gris carbón.
Sin embargo, la chica llevaba una sudadera «oversize» que le tapaba casi hasta las rodillas.
Clara se miró en el cristal reflectante de las neveras de los yogures.
Su sudadera estaba atada a la cintura, pero no cubría lo suficiente según el estándar de Virtudes.
Se desató la sudadera y se la puso.
«No es por ellas, es que tengo un poco de frío», se mintió a sí misma.
Al ponerse la sudadera, se sintió algo más protegida, pero el daño psicológico ya estaba hecho.
Empezó a meter cosas en la cesta sin mirar mucho.
Queso de Burgos para la suegra. Aguacates. Leche de avena.
De repente, se encontró de frente con un espejo en el pasillo de los vinos.
Se detuvo un segundo a observarse.
La combinación de las mallas brillantes con la sudadera ancha y el bolso de cuero no era su mejor look.
Virtudes tenía razón en algo: el contraste era, como mínimo, pintoresco.
Pero la comodidad era innegable. Podía moverse, agacharse a por el estante de abajo sin miedo a descoser una costura.
Era la libertad de movimiento frente a la tiranía del cinturón y la cremallera.
En ese momento, un hombre joven pasó por su lado, también en ropa de deporte.
Él llevaba un pantalón corto sobre unas mallas largas de compresión.
Clara pensó que a los hombres no se les juzgaba tanto por ir así.
A ellos se les veía como «tíos deportistas», mientras que a ella se la veía como «alguien que ha salido en pijama».
Se dirigió a las cajas, el último obstáculo antes de la libertad de la calle.
Había una cola considerable.
Delante de ella, un señor mayor con boina y un carrito lleno de botellas de agua.
El señor se giró para colocar sus cosas en la cinta y sus ojos se clavaron en las piernas de Clara.
No era una mirada lasciva, era una mirada de pura incomprensión metafísica.
Como si estuviera viendo un cuadro cubista por primera vez.
El señor volvió a mirar al frente, negó con la cabeza y murmuró algo sobre la juventud.
Clara sintió que la tensión cómica estaba llegando a su punto de ebullición.
Sacó el móvil para disimular, para parecer una persona ocupada con asuntos importantes.
Pero el móvil no la protegía de las miradas de los que estaban detrás.
Sentía los ojos de la gente en su nuca, en su espalda, en sus pantorrillas.
Empezó a pensar que las mallas tenían vida propia y estaban emitiendo señales de radio.
Cuando llegó su turno en la caja, la cajera, una chica con ojeras de haber visto de todo, la saludó.
—¿Tiene tarjeta del club? —preguntó la cajera.
—Sí —respondió Clara, buscándola en su bolso de piel.
Al inclinarse sobre el bolso para buscar la tarjeta, Clara sintió que la malla se tensaba al máximo.
Oyó un ruidito. Un leve «clack» o un «ras».
Se quedó paralizada en mitad del gesto.
¿Se habían roto? ¿Se había abierto una costura en el peor lugar posible?
El pánico se apoderó de ella.
Si las mallas se habían roto, la profecía de Doña Virtudes se cumpliría de la forma más humillante.
No podría volver a casa caminando. Tendría que pedir un taxi para hacer dos manzanas.
O peor, tendría que envolverse en las bolsas de plástico del supermercado.
La cajera la miraba esperando la tarjeta.
El señor de la boina la miraba esperando que se moviera.
Clara, con una lentitud de película de suspense, llevó la mano hacia atrás para comprobar la integridad de la tela.
Tanteó la zona con los dedos, esperando encontrar el desastre.
Por suerte, no había agujero. Solo había sido el roce de la cremallera de su bolso contra el tejido.
Exhaló un suspiro de alivio tan fuerte que la cajera arqueó una ceja.
—Aquí tiene la tarjeta —dijo Clara, con la voz un poco temblorosa.
Pagó la cuenta a toda velocidad, metió los aguacates y el queso en la bolsa de tela y salió de allí.
Al salir a la calle, el sol seguía brillando, pero ella ya no se sentía tan segura.
La libertad de la licra empezaba a pesarle más que una armadura de plomo.
Caminó hacia la panadería, intentando no pensar en la Puri o en el señor de la boina.
Pero el destino le tenía guardada una sorpresa más en esa mañana de exposición pública.
Porque, a la vuelta de la esquina, vio a su marido, Alberto, tomando un café en una terraza.
Y no estaba solo. Estaba con dos compañeros de trabajo, todos trajeados.
Clara se detuvo en seco.
¿Pasaba de largo como si no los conociera? ¿Se acercaba a saludar?
Si se acercaba, sería la «mujer en mallas berenjena» frente a los «hombres de negocios».
La voz de Virtudes volvió a sonar, esta vez con un tono de victoria anticipada.
«Ir hecha un pincel es una cuestión de respeto, Clara».
Clara apretó la bolsa del súper contra su vientre y tomó una decisión.
No iba a esconderse. Era una mujer del siglo veintiuno.
Pero, por si acaso, se ajustó bien la sudadera antes de cruzar la calle.
PARTE 3
Clara cruzó la calle con la determinación de una gladiadora entrando en el Coliseo.
Sus mallas berenjena centelleaban bajo el sol de mediodía como una declaración de guerra.
Alberto, su marido, la vio venir desde la terraza y su expresión pasó de la sorpresa al desconcierto absoluto.
Estaba allí sentado con su jefe, un hombre llamado Don Ricardo, que vestía un traje de tres piezas que costaba más que el coche de Clara.
Don Ricardo era la personificación de la vieja escuela: corbata de seda, gemelos de oro y una mirada que juzgaba la solvencia de cualquiera en diez segundos.
—¡Clara! —exclamó Alberto, levantándose a medias de la silla, como si no supiera si saludarla o fingir que era una desconocida pidiendo la hora.
—Hola, cariño. Hola, Don Ricardo —dijo Clara, intentando que su voz no temblara.
Don Ricardo se levantó con una caballerosidad impecable, pero sus ojos no pudieron evitar descender hacia las piernas de Clara.
Se produjo un silencio que duró una eternidad, solo roto por el ruido del tráfico de Madrid.
Don Ricardo miró las mallas, luego miró a Alberto, y finalmente volvió a mirar a Clara con una sonrisa enigmática.
—Vaya, doña Clara, la veo muy… aerodinámica hoy —dijo Don Ricardo, con una ironía fina como el papel de fumar.
Alberto soltó una risita nerviosa que sonó como un estornudo fallido.
—Viene de entrenar, claro —se apresuró a decir Alberto, como si necesitara justificar la indumentaria de su mujer.
—En realidad, vengo del súper —corrigió Clara, sin querer ceder ni un milímetro de terreno—. Y ahora voy a por el pan.
Don Ricardo asintió lentamente, como si estuviera procesando una información científica compleja.
—La comodidad ante todo, supongo —comentó el jefe—. Mi mujer dice que esas prendas son el futuro, aunque yo todavía no me acostumbro a ver el futuro tan de cerca.
Clara sintió que el calor le subía a las mejillas.
No era solo el comentario de Don Ricardo; era la forma en que Alberto evitaba mirar sus propias piernas.
Su marido, que siempre le decía que estaba guapa con cualquier cosa, parecía ahora un extraño avergonzado por su falta de costuras.
—Bueno, os dejo con vuestras cosas de negocios —dijo Clara, queriendo terminar el encuentro—. Alberto, no te olvides de que tu madre está en casa esperándonos para comer.
—No se me olvida —dijo Alberto, volviendo a sentarse con una rapidez sospechosa—. Nos vemos en casa.
Clara se alejó de la terraza sintiendo que su espalda era el centro de todas las miradas de la calle Jorge Juan.
Caminó hacia la panadería, pero la sensación de «ir en pañales» ya no era una metáfora de su suegra.
Era una realidad psicológica aplastante.
Entró en la panadería «La Tahona del Barrio», un lugar con suelos de madera y olor a masa madre.
Era un sitio pijo, de esos donde el pan cuesta tres euros pero te lo dan envuelto en papel de seda.
La cola era larga y estaba llena de señoras que parecían clones de Doña Virtudes.
Clara se puso al final de la fila, intentando ocupar el menor espacio posible.
Sin embargo, el espacio era reducido y ella estaba rodeada de abrigos de loden y bolsos de marca.
De repente, una niña pequeña que estaba con su abuela delante de ella se quedó mirando fijamente sus piernas.
—Abuela, ¿por qué esa señora va en bañador? —preguntó la niña con esa voz estridente que tienen los niños cuando dicen la verdad más incómoda.
La abuela, una mujer con un cardado impresionante, le dio un tironcito del brazo a la niña.
—Cállate, Sandra, no es un bañador —susurró la mujer, aunque todo el local lo oyó.
—¿Entonces qué es? —insistió la niña—. Se le ven los músculos como a Spiderman.
Varias personas en la cola soltaron una risita contenida.
Clara quiso que la tierra se la tragara allí mismo, entre las barras de leña y los cruasanes de mantequilla.
Se miró las piernas. Spiderman. La niña tenía razón.
La licra marcaba la musculatura de sus cuádriceps de una forma que nunca había notado en el espejo del gimnasio.
En el gimnasio, todo el mundo era Spiderman o Wonder Woman.
Pero en «La Tahona del Barrio», ella era un bicho raro, una intrusa de neopreno en un mundo de lino y algodón.
—Deme una barra gallega y dos integrales, por favor —dijo Clara cuando llegó su turno, con la urgencia de quien está pidiendo asilo político.
Pagó, agarró el pan y salió de la panadería casi al trote.
De camino a casa, la tensión cómica empezó a transformarse en un monólogo interno de rebeldía.
«¿Por qué tengo que sentirme mal?», pensaba.
«Soy una mujer independiente, trabajo, pago mis impuestos y estas mallas me costaron sesenta euros».
«Si quiero ir al súper marcando cuádriceps, es mi derecho constitucional».
Pero entonces, al girar la última esquina antes de su portal, vio la silueta de Doña Virtudes asomada al balcón.
Su suegra estaba allí, como una vigía en una torre de control, vigilando el horizonte del barrio.
Virtudes la vio. Clara lo supo porque la suegra se ajustó las gafas de inmediato.
Clara decidió que no iba a entrar al portal con la cabeza baja.
Subió en el ascensor, se miró al espejo por última vez y se colocó bien el pelo.
«Es una cuestión de respeto a una misma», había dicho Virtudes.
Clara abrió la puerta de casa y se encontró con el aroma del guiso de Virtudes inundando el pasillo.
Era un olor a tradición, a orden, a una España que no conocía el elastano.
Virtudes salió de la cocina secándose las manos en un delantal blanco inmaculado.
—Ya estás aquí —dijo la suegra, escrutándola de nuevo—. Veo que has sobrevivido al mundo exterior con tus… aditamentos.
—He sobrevivido perfectamente, suegra —respondió Clara, dejando el pan sobre la mesa de la entrada.
—¿Te ha visto alguien conocido? —preguntó Virtudes con una curiosidad maliciosa.
—He visto a la Puri —admitió Clara.
—¡Ay, Dios mío! —Virtudes se llevó la mano al pecho—. ¿Y qué te ha dicho?
—Que iba muy moderna —contestó Clara, omitiendo la parte de los riñones fríos.
—Eso, en el idioma de la Puri, significa que vas hecha un cuadro de Picasso —sentenció Virtudes.
—También he visto a Alberto —añadió Clara, soltando la bomba.
Virtudes se quedó helada.
—¿A Alberto? ¿Con quién estaba?
—Con Don Ricardo, su jefe —dijo Clara con una sonrisa de victoria.
Virtudes cerró los ojos y se apoyó en la pared del pasillo.
—Dime que llevabas la sudadera puesta —suplicó la suegra.
—La llevaba puesta, pero Don Ricardo me ha dicho que voy muy «aerodinámica» —se rió Clara.
—«Aerodinámica»… —repitió Virtudes como si fuera un insulto—. Eso es lo que se le dice a un coche o a un obús, Clara, no a una mujer decente.
—Pues a mí me ha hecho gracia —dijo Clara, encaminándose a su habitación para dejar el bolso.
—Alberto debe de estar ahora mismo pidiendo el traslado a la oficina de Singapur por la vergüenza —murmuró Virtudes, siguiéndola por el pasillo.
—No exagere, suegra. Alberto sabe perfectamente cómo visto —dijo Clara.
—Saberlo es una cosa, y que el jefe vea el mapa de carreteras de tus piernas es otra muy distinta —insistió Virtudes.
Clara se sentó en la cama y empezó a quitarse las zapatillas de deporte.
—¿Sabe qué, suegra? —dijo Clara, mirando a Virtudes—. He pasado toda la mañana sintiéndome observada, juzgada y hasta comparada con Spiderman.
—¿Spiderman? —Virtudes parpadeó confundida—. ¿Quién es ese señor?
—Un superhéroe que va en mallas —explicó Clara—. Una niña en la panadería me lo ha dicho.
Virtudes soltó una carcajada seca, sin una pizca de alegría.
—Los niños y los locos dicen la verdad, Clara. Te lo llevo diciendo desde las ocho de la mañana.
—Pero lo que me he dado cuenta —continuó Clara— es que la única que realmente me ha hecho sentir mal ha sido usted con el comentario del pañal.
Virtudes se quedó callada un momento, cruzando los brazos sobre el delantal.
—Yo no quiero que te sientas mal, hija —dijo con un tono algo más suave—. Solo quiero que te des cuenta de que la imagen importa.
—La imagen es lo que uno es, suegra, no solo lo que uno lleva —respondió Clara.
—Ya, pero si lo que uno lleva es una segunda piel de plástico berenjena, lo que uno es se queda un poco oculto bajo el brillo —replicó la mayor.
—Es ropa cómoda —insistió Clara por enésima vez.
—La comodidad es la excusa de la pereza —zanjó Virtudes—. El esfuerzo de vestirse bien es un regalo que le haces a los demás y a ti misma.
Clara suspiró. Sabía que no iba a ganar esta discusión por la vía de la lógica.
—Bueno, me voy a duchar y me pongo algo de «persona respetable» para comer —dijo Clara con ironía.
—Hazme ese favor, que tengo el cocido en el fuego y no quiero que se me corte al verte entrar en el comedor —dijo Virtudes, dándose la vuelta para volver a la cocina.
Clara se quedó sola en la habitación, mirando sus mallas berenjena.
Eran cómodas, sí. Eran prácticas, sí.
Pero tenía que admitir que, después de tres horas de juicio público, empezaba a odiarlas un poco.
Se levantó y empezó a bajarse la licra.
Fue un proceso lento, como pelar una fruta madura.
Cuando por fin se vio en el espejo en ropa interior, sintió un alivio inmenso.
Se puso unos vaqueros rectos y una camisa de lino blanca.
Se miró de nuevo. No era tan «aerodinámica», pero se sentía extrañamente segura.
Salió al pasillo y entró en la cocina.
Virtudes estaba removiendo el guiso con una cuchara de madera.
Al ver a Clara vestida de «persona», la suegra esbozó la primera sonrisa auténtica del día.
—Ves —dijo Virtudes—. Ahora pareces mi nuera y no una fugitiva de un vídeo de aerobic de los ochenta.
—No se acostumbre, suegra —advirtió Clara—. Que mañana tengo yoga y las mallas son de color verde neón.
Virtudes casi suelta la cuchara dentro de la olla.
—¿Verde neón? —preguntó con horror—. ¿Como los chalecos de los obreros de la carretera?
—Exactamente igual —confirmó Clara con una sonrisa pícara.
La guerra no había terminado. Solo se habían tomado una tregua para el cocido.
PARTE 4
La comida transcurrió en una paz armada, solo interrumpida por el sonido del choque de las cucharas contra el plato.
Alberto llegó a casa poco después, con la corbata ya un poco floja y cara de haber sobrevivido a una junta de accionistas y a un trauma estético.
Se sentó a la mesa, miró a Clara —ahora debidamente enfundada en sus vaqueros— y soltó un suspiro de alivio que se oyó hasta en el portal.
—¿Qué tal la mañana, cariño? —preguntó Alberto, atacando su primer garbanzo.
—Muy movidita —respondió Clara, lanzando una mirada cómplice a Virtudes—. He estado socializando con el barrio.
—Don Ricardo no ha parado de hablar de lo «deportista» que es mi familia —dijo Alberto, sin levantar la vista del plato.
—¿Ves? —intervino Virtudes, sirviéndole más caldo a su hijo—. Hasta el jefe se ha quedado impresionado por la falta de etiqueta.
—Bueno, mamá, tampoco ha sido para tanto —intentó defender Alberto, aunque con poca convicción.
—Que no ha sido para tanto… —murmuró Virtudes—. Iba que parecía que se había escapado de una carrera de galgos.
Clara bebió un sorbo de agua y decidió que era el momento del contraataque final.
—¿Sabe qué, suegra? —dijo Clara con una calma absoluta—. Mañana es el día de la comunidad en el parque y hay una clase abierta de gimnasia para todas las edades.
Virtudes la miró con sospecha, manteniendo la cuchara suspendida en el aire.
—¿Y a mí qué me cuentas? Yo mi gimnasia ya la hago subiendo la compra —respondió la mujer.
—He pensado que podrías venir conmigo —propuso Clara con una sonrisa angelical.
Alberto se atragantó con un trozo de chorizo.
—¿Yo? ¿En un parque? ¿Haciendo aspavientos? —Virtudes estaba escandalizada—. Antes me meto en un convento de clausura.
—Es por salud, mamá —apuntó Alberto, recuperando el aliento—. El médico te dijo que tenías que mover más las articulaciones.
—Me muevo perfectamente —dijo ella, irguiéndose—. Mis articulaciones tienen una disciplina de hierro.
—Te he comprado un conjunto, suegra —soltó Clara, soltando el golpe de gracia.
El silencio que siguió a esa frase fue el más dramático de toda la jornada.
Virtudes dejó la cuchara sobre la mesa. No en el plato, sino sobre el mantel, algo inaudito en ella.
—¿Un conjunto? —preguntó con voz de ultratumba.
—Sí. Un chándal de terciopelo azul marino. Muy elegante. Muy de «señora que sabe lo que hace» —mintió Clara descaradamente.
En realidad, le había comprado un conjunto de algodón, pero sabía que la palabra «terciopelo» era el cebo perfecto para Virtudes.
—¿Terciopelo? —la curiosidad empezó a batallar con el orgullo en la cara de la suegra—. Bueno… el terciopelo tiene otro empaque.
—Es muy cómodo para caminar, suegra. Y no marca nada —añadió Clara, sabiendo dónde apretar.
—¿Nada de nada? —preguntó Virtudes, entrecerrando los ojos.
—Parecerá usted una marquesa en una estación de esquí —aseguró Clara.
Alberto miró a su mujer con una mezcla de admiración y miedo. Sabía que Clara estaba jugando una partida de ajedrez de alto nivel.
Después de la comida, Clara trajo la bolsa con el regalo.
Virtudes sacó la prenda con la delicadeza de quien manipula un artefacto explosivo.
Era, efectivamente, un pantalón de deporte de corte recto y una chaqueta a juego. No era terciopelo, pero era un algodón mercerizado con un brillo suave que daba el pego.
Virtudes lo examinó. Tocó la tela. Comprobó las costuras.
—No está mal —admitió finalmente—. Al menos tiene bolsillos de verdad y no esos dibujos que llevas tú que parecen tatuajes.
—Pruébatelo, mamá —insistió Alberto.
Virtudes se retiró a su habitación. Pasaron diez minutos.
Cuando salió, Clara y Alberto se quedaron mudos.
Doña Virtudes llevaba el chándal azul marino. Se había puesto debajo una blusa de seda blanca y, por supuesto, sus perlas.
Incluso con calzado deportivo, seguía pareciendo que iba a inaugurar un ala de un hospital.
—Bueno —dijo Virtudes, mirándose en el espejo del pasillo—. No es que vaya hecha un pincel, pero al menos no parezco un embutido de Teruel.
—Está usted estupenda, suegra —dijo Clara, sinceramente sorprendida.
—Si salgo así a la calle, que conste que es por prescripción médica —advirtió Virtudes—. Y si veo a la Puri, diré que es un tratamiento nuevo de una clínica privada.
Al día siguiente, las dos salieron juntas al parque.
Clara llevaba sus mallas verde neón (porque las promesas se cumplen) y Doña Virtudes su conjunto azul marino con perlas.
Eran la viva imagen del contraste generacional de la España moderna.
Caminaban por la avenida principal del barrio bajo el sol de la mañana.
La gente se quedaba mirando, pero esta vez era distinto.
Ya no miraban solo a la «chica en pañales». Miraban a la extraña pareja.
—¡Virtudes! —gritó una voz conocida desde un banco.
Era la Puri. Estaba allí sentada con su perro, un caniche que llevaba un lazo a juego con su correa.
La Puri se levantó de un salto, con los ojos como platos al ver a su amiga en chándal.
—¿Virtudes? ¿Eres tú o es una visión? —preguntó la Puri, acercándose a toda prisa.
Virtudes se detuvo, se ajustó las perlas y miró a la Puri con una superioridad olímpica.
—Hola, Purificación. Sí, soy yo —dijo Virtudes con una calma heladora.
—Pero… ¿vas de deporte? —la Puri casi no podía articular palabra.
—Es «athleisure», Puri —dijo Virtudes, usando la palabra que Clara le había enseñado el día anterior—. Una tendencia internacional para mujeres que no tenemos tiempo que perder con planchas innecesarias.
Clara tuvo que morderse la lengua para no soltar una carcajada que se oyera en la Puerta del Sol.
—¿Ath-qué? —preguntó la Puri, totalmente descolocada.
—Es una cuestión de respeto a una misma, Puri —continuó Virtudes, repitiendo su propio mantra pero dándole la vuelta—. Respeto a mi propia salud y a mi libertad de movimiento.
La Puri se quedó muda. No tenía respuesta para eso.
Virtudes miró a Clara y le hizo un gesto con la cabeza para seguir caminando.
—Vamos, Clara, que se nos hace tarde para la clase de estiramientos —dijo la suegra con paso firme.
Mientras se alejaban, Clara se acercó a su suegra.
—Suegra, ha estado usted magistral —le susurró.
—Hija, si no puedes con el enemigo, confúndelo con un vocabulario extraño —respondió Virtudes sin perder la compostura.
Llegaron al centro del parque, donde un grupo de personas seguía las instrucciones de un monitor de gimnasia.
El monitor, un chico joven con una energía desbordante, las saludó.
—¡Venga, señoras! ¡A moverse! ¡Todo el mundo arriba esos brazos!
Virtudes miró al monitor como si fuera un bicho molesto.
—Yo no voy a levantar los brazos así como así —murmuró—. Que luego se me sube la chaqueta y se me ve la blusa.
—Solo un poco, suegra —animó Clara, empezando a saltar suavemente.
Clara, en su verde neón, era el foco de atención de toda la clase.
Pero Virtudes, con sus perlas y su azul marino, era la que realmente acaparaba las miradas de respeto.
Al cabo de veinte minutos, Virtudes estaba sudando un poco, pero mantenía la dignidad intacta.
Se detuvieron un momento para beber agua.
—¿Y bien? ¿Salir en mallas a la calle: SÍ o NO? —le preguntó Clara con picardía, señalando su propio atuendo brillante.
Virtudes miró las mallas verde neón de Clara. Luego miró su propio chándal azul.
Después miró a la gente del parque, a los corredores, a las madres con carritos, a los abuelos paseando.
Vio a un mundo que corría, que se movía, que no tenía tiempo para esperar a que la laca se secase.
—Mira, Clara —dijo Virtudes, secándose la frente con un pañuelo de hilo que había sacado del bolsillo—. Salir en mallas es una ordinariez.
Clara suspiró, pensando que no había servido de nada.
—Pero —continuó la suegra—, ser una esclava de la falda de tubo a los setenta años es una tontería.
Clara sonrió. Era lo máximo que iba a conseguir de ella.
—Así que —concluyó Virtudes—, mi respuesta es: SÍ a la comodidad, pero NO a ese color verde, que pareces un moco de gigante, hija mía.
Ambas se echaron a reír, una risa que borraba las diferencias entre los años cincuenta y el presente.
—¿Mañana volvemos? —preguntó Clara.
—Mañana vuelvo —dijo Virtudes—. Pero me vas a comprar una sudadera más larga. Que no quiero que la Puri piense que he perdido el juicio por completo.
Caminaron de vuelta a casa, compartiendo el pan que habían comprado en el camino.
Clara ya no sentía que las miradas le pesaran.
Y Virtudes, por primera vez en décadas, caminaba sin que le apretaran los zapatos.
Al final, la cuestión no era la ropa de deporte por la calle.
La cuestión era quién llevaba la ropa y con cuánta cara dura lo hacía.
Y en eso, Doña Virtudes acababa de dar una lección de nivel avanzado.
Entraron en el portal y Manolo, el portero, las saludó de nuevo.
—Vaya, doña Virtudes, ¡qué juvenil la veo! —exclamó Manolo.
Virtudes se detuvo, se colocó bien las gafas y miró a Manolo de arriba abajo.
—No es juvenil, Manolo. Es aerodinámico. Infórmese un poco —sentenció la suegra antes de entrar en el ascensor.
Clara cerró la puerta del ascensor y apretó el botón del tercer piso.
Se miró al espejo junto a su suegra.
Una de verde neón y otra de azul marino con perlas.
La imagen era, efectivamente, de película.
—Suegra —dijo Clara antes de llegar a su planta—, creo que me gusta más su estilo que el mío.
—Normal, hija —respondió Virtudes con un guiño—. Para ser moderna hay que tener mucha clase. Y para tener clase, hay que saber cuándo ponerse el chándal.
El ascensor se detuvo con un suave tintineo.
Salieron al rellano, listas para enfrentarse a la tarde, a la Puri y a lo que hiciera falta.
Porque en el fondo, la licra y el terciopelo podían convivir, siempre que hubiera un buen cocido esperando en la mesa.