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La mañana en el barrio de Salamanca no empezaba con el sol.

PARTE 1

La mañana en el barrio de Salamanca no empezaba con el sol.

Empezaba con el silbido de la cafetera italiana de Doña Virtudes.

Era un sonido agudo, imperial, casi una orden militar que recorría el pasillo del piso.

Doña Virtudes, a sus sesenta y ocho años, ya estaba perfectamente armada para el día.

Llevaba un conjunto de punto color beige que gritaba «respetabilidad» a los cuatro vientos.

Su pelo, un casco de laca inamovible, desafiaba las leyes de la gravedad y de la física moderna.

Ni un solo cabello se atrevía a desobedecer la disciplina de la peluquería de los viernes.

Se sentó a la mesa de roble, esa mesa que había sobrevivido a tres mudanzas y a una guerra fría familiar.

Frente a ella, una tostada con aceite de oliva virgen extra.

Ni una miga se atrevía a caer fuera del plato de porcelana de la Cartuja.

Entonces, se oyó el sonido.

Un roce suave, rítmico, un «fiu-fiu» sintético que subía por el pasillo.

Era el sonido de la licra rozando contra la licra.

Era el sonido del siglo veintiuno entrando en colisión frontal con el siglo veinte.

Clara apareció en el umbral de la cocina.

Llevaba unas mallas de color «berenjena eléctrica» que le llegaban hasta el ombligo.

Eran tan ajustadas que se podía adivinar lo que había desayunado la semana pasada.

Acompañaba el conjunto con un top corto y una sudadera atada a la cintura con una dejadez estudiada.

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