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La luz de la tarde entraba con una timidez casi insultante por los ventanales del piso tercero izquierda.a

PARTE 1

La luz de la tarde entraba con una timidez casi insultante por los ventanales del piso tercero izquierda.

Era un piso de techos altos, de esos que en Madrid llaman “con solera” pero que en realidad solo tienen muchas capas de pintura plástica.

Lucía sostenía el plano de la reforma como si fuera el mapa de un tesoro recién descubierto.

A su lado, Javi intentaba mantener un equilibrio precario entre la ilusión de su mujer y la salud cardiovascular de su madre.

Doña Concha, por su parte, no miraba el plano.

Doña Concha escaneaba las paredes con la precisión de un perito judicial buscando pruebas de un crimen inminente.

Llevaba el bolso colgado del antebrazo, apretado contra el pecho, como si temiera que el polvo de la obra fuera a robarle la cartera.

—Entonces, a ver si lo he entendido bien —dijo Concha, rompiendo el silencio con un tono de voz que presagiaba tormenta.

—Dígame, suegra, ¿qué es lo que no ve claro? —preguntó Lucía, forzando una sonrisa de manual de autoayuda.

Concha señaló con un dedo índice, perfectamente manicurado en un tono coral clásico, hacia el espacio vacío donde antes estaba el tabique del pasillo.

—¿Ese hueco de ahí es donde va el salón?

—Exacto —respondió Lucía con entusiasmo—. El salón-comedor, todo integrado.

—¿Y ese otro hueco de allí, donde están los tubos esos que parecen las tripas de un transformer, es la cocina?

Javi asintió, dando un paso adelante para intentar suavizar el terreno.

—Sí, mamá, va a quedar espectacular, ya verás.

Concha soltó un suspiro que recorrió todo el inmueble, levantando una pequeña mota de polvo del suelo de cemento.

—¿Y la pared, Javi?

—¿Qué pared, mamá?

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