Parte 1
La luz de la mañana se filtraba por las persianas a medio bajar del dormitorio. Era un sábado cualquiera en Madrid, o eso parecía. Javier estaba sentado en el borde de la cama, con una taza de café en la mano. Llevaba sus pantalones de pijama grises, esos que tenían un agujero sospechoso cerca de la rodilla. Y una camiseta de publicidad de una ferretería que había cerrado hace diez años. Laura, su mujer, estaba de pie frente al armario abierto de par en par. El caos reinaba en su mitad del vestidor. Perchas vacías, blusas amontonadas y zapatos desparejados formaban una barricada. Javier dio un sorbo a su café. Estaba hirviendo, pero no hizo ningún gesto de dolor. Su atención estaba completamente absorta en la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Laura sacó un vestido de la percha. No era un vestido cualquiera. Era el vestido de flores de Zara. Ese que se había hecho viral en TikTok. Ese que le sentaba como un guante. Javier frunció el ceño. La maquinaria de su cerebro de marido con cinco años de matrimonio empezó a funcionar. Calculó las probabilidades. Era sábado. Eran las once de la mañana. No tenían planes de comer con los suegros. No había cumpleaños infantiles a la vista. ¿Para qué demonios se estaba arreglando tanto? Laura se miró en el espejo de cuerpo entero. Se alisó la falda con las manos. Se giró un poco hacia la izquierda para comprobar el perfil. Luego hacia la derecha. Sonrió para sí misma. Javier dejó la taza en la mesita de noche con un golpe sordo. El sonido hizo que Laura se sobresaltara levemente. Se dio la vuelta y le miró.
“¿Qué te parece este?”, preguntó ella, con una inocencia que a Javier le pareció ensayada.
Javier carraspeó.
“¿Para ir a comprar el pan?”, respondió él, arqueando una ceja.
Laura soltó una carcajada rápida.
“Qué tonto eres, Javi.”
“No, en serio, ¿dónde vas?”
Laura volvió a mirar al espejo, esta vez prestándose atención al pelo.
“Voy a tomar un café”, dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo.
“¿Un café?”, repitió Javier, saboreando la palabra como si estuviera envenenada.
“Sí, un café.”
“¿Con quién?”
Hubo una pausa. Una micropausa. Apenas un segundo de duda en la voz de Laura. Pero Javier, que llevaba años entrenando su radar matrimonial, la detectó al instante.
“Con Carlos”, respondió ella, finalmente.
El nombre flotó en el aire de la habitación. Carlos. El maldito Carlos. Javier sintió que una gota de sudor frío le bajaba por la nuca.
“No me gusta nada que quedes a solas con Carlos para tomar un café”, sentenció Javier.
Su voz sonó más grave de lo normal. Intentó darle un tono de autoridad que no terminaba de encajar con su camiseta de “Ferreterías Manolo”. Laura se giró en redondo. Dejó el vestido sobre la cama. Le miró con esa expresión de exasperación que reservaba para cuando Javier perdía las llaves del coche.
“Ay, por favor, Javi, no empieces.”
“No empiezo nada, te digo lo que pienso.”
“Es un café en el centro, a plena luz del día.”
“A plena luz del día también se roban bancos, Laura.”
“¿Me estás comparando tomar un cortado con atracar una sucursal?”
“Estoy estableciendo paralelismos.”
“Estás diciendo gilipolleces.”
Javier se levantó de la cama. Se cruzó de brazos. Intentó meter barriga, un acto reflejo al mencionar a Carlos.
“Solo digo que no lo veo normal.”
“¿No ves normal que quede con un amigo?”
“No veo normal que te pongas el vestido de las flores para ver a un ‘amigo’.”
“Me pongo este vestido porque hace buen tiempo y me apetece, punto.”
“Ayer hizo mejor tiempo y te pusiste el chándal de felpa para ir al Mercadona.”
“¡Porque iba a comprar papel higiénico y pechugas de pollo, Javier!”
“Las pechugas de pollo también merecen respeto.”
Laura puso los ojos en blanco. Se frotó las sienes con dos dedos. Ese era el gesto previo a la tormenta. Javier lo sabía, pero no podía detenerse. Estaba en caída libre. El fantasma de Carlos se había materializado en su dormitorio y tenía que exorcizarlo.
“Javi, escúchame bien.”
Laura dio un paso hacia él.
“Es mi amigo desde el instituto, nunca ha pasado nada entre nosotros.”
Pronunció cada sílaba con una claridad meridiana. Como si estuviera hablando con un niño pequeño o con alguien que no domina el idioma. Javier bufó. Una risa sarcástica, seca, escapó de sus labios. Esa era la excusa de siempre. El comodín del público. La carta trampa. “El amigo del instituto”. Como si el instituto fuera una especie de monasterio sagrado donde se forjaban votos de castidad eterna. Javier caminó hacia la ventana. Miró a la calle sin ver nada. La señora Antonia estaba paseando a su caniche, pero Javier solo veía la cara de Carlos. La nueva cara de Carlos.
“Ya”, dijo Javier, arrastrando la vocal.
Se giró lentamente para enfrentarse a su mujer. Tenía la mirada de un fiscal a punto de presentar la prueba definitiva.
“Ya, pero antes no iba al gimnasio ni se ponía esa colonia.”
Laura parpadeó.
“¿Qué tiene que ver el gimnasio en todo esto?”
“Tiene mucho que ver, Laura, tiene todo que ver.”
“A ver, ilumíname.”
Javier levantó el dedo índice, preparándose para su discurso.
“A mí no me la pegas.”
“¿Que no te la pego con qué?”
“Con el cuento del amiguito inofensivo.”
“¡Es inofensivo!”
“¡Un tío que hace peso muerto con ciento veinte kilos no es inofensivo!”
“¡Va al gimnasio por salud!”
“¡Por salud voy yo a andar media hora los domingos!”
Javier paseaba de un lado a otro de la habitación. La indignación le estaba dando una energía inusual.
“Lo de Carlos no es salud, es exhibicionismo puro y duro.”
“Te estás volviendo loco, te lo juro.”
“No, estoy viendo la realidad.”
Javier se detuvo frente a ella.
“Antes, Carlos era un tirillas.”
“No era un tirillas, era… de complexión delgada.”
“Era un esparrágo, Laura.”
“No le faltes al respeto.”
“Llevaba gafas de culo de vaso y camisetas de grupos indie que no conocía ni su madre.”
“Tenía su estilo.”
“Su estilo era dar pena para que le invitaran a cañas.”
“Eres un exagerado.”
“Y ahora, de repente, míralo.”
Javier hizo un gesto amplio con las manos, dibujando un cuerpo imaginario en el aire.
“Ahora es el puto Capitán América de Chamberí.”
Laura no pudo evitar soltar una pequeña risa. Se tapó la boca rápidamente. No quería darle la razón. Pero la descripción era peligrosamente precisa.
“Solo se ha puesto un poco en forma, Javi, ya está.”
“¿Un poco en forma?”
“Sí.”
“¿Tú has visto sus bíceps?”
“No le voy mirando los bíceps.”
“¡Te obligan a mirarlos!”
Javier agarró la manga de su propia camiseta.
“El tío lleva las camisetas de manga corta tan apretadas que le cortan la circulación.”
“Son camisetas normales.”
“Son de la talla S infantil, Laura.”
“Vale, igual le gusta marcar músculo, ¿y qué?”
“¿Y qué? Que eso es una declaración de intenciones.”
“¿De qué intenciones?”
“De cortejo.”
“¡Por Dios, Javier, que estamos en el siglo veintiuno, no en un documental de La 2!”
“La biología es la biología, cariño.”
Javier se cruzó de brazos, sintiéndose un experto en comportamiento animal.
“El pavo real despliega las plumas, el babuino enseña el culo rojo, y Carlos aprieta los tríceps en la barra del bar.”
Laura se sentó en la cama, rendida. Miró a Javier con una mezcla de ternura y desesperación.
“¿En serio te sientes amenazado por Carlos?”
“¿Yo? ¿Amenazado?”
Javier infló el pecho.
“Para nada.”
“Pues lo disimulas fatal.”
“Solo soy observador, es mi deber como marido.”
“Tu deber es no dar por saco un sábado por la mañana.”
Laura cogió el vestido de flores otra vez.
“Me lo voy a poner.”
“Póntelo, póntelo. Que lo disfrute el míster Olympia.”
“No me lo pongo para él, me lo pongo para mí.”
“Claro, la típica excusa.”
“Es la verdad.”
“Si te lo pusieras para ti, te lo pondrías para estar por casa viendo Netflix.”
“Eso no tiene ningún sentido.”
“Tiene todo el sentido del mundo si aplicas la lógica deductiva.”
Javier se acercó al armario. Abrió uno de los cajones de Laura.
“A ver, ¿qué perfume te vas a echar?”
“¿También vas a auditar mis colonias ahora?”
“Solo pregunto.”
“El de Chanel.”
“Ajá.”
Javier cerró el cajón lentamente.
“El caro.”
“Es el que uso siempre que salgo.”
“Sacas la artillería pesada.”
“Javier, me estás cansando.”
“Solo constato hechos, señorita.”
“Pues métete tus hechos por donde te quepan.”
Laura se levantó, agarró el vestido y se dirigió al baño.
“Me voy a vestir.”
“¡Cuidado no te ciegue el brillo de los dientes de Carlos!”
La puerta del baño se cerró de un portazo. Javier se quedó solo en la habitación. Respiró hondo. Sabía que se había pasado un poco. Pero su instinto le decía que no estaba del todo equivocado. Carlos había cambiado. Y esos cambios, a los treinta y cinco años, nunca son gratuitos. Siempre hay un motivo. Y Javier sospechaba que el motivo se llamaba Laura.
Parte 2
La ducha empezó a sonar en el baño contiguo. Javier volvió a coger su taza de café. Ahora estaba tibio, casi frío, con un sabor a derrota mañanera. Se sentó en la cama, justo en el hueco que había dejado Laura. Su mente, como una máquina del tiempo defectuosa, empezó a proyectar diapositivas del pasado. El instituto. Aquel mítico instituto de Vallecas donde todo empezó. Javier no iba a ese instituto, él era del barrio de al lado. Pero conocía las historias. Laura se las había contado mil veces. Y Carlos siempre estaba ahí. Era como un personaje secundario en una sitcom, el que nunca tiene una trama principal pero sale en todos los capítulos. Javier recordó la primera vez que vio a Carlos. Fue hace unos seis años. Él y Laura llevaban saliendo unos meses. Habían organizado una cena en casa de unos amigos comunes. Laura le dijo: “Hoy conocerás a Carlos, mi mejor amigo del insti, es un amor”. Javier, como buen macho ibérico en fase de cortejo, iba con la escopeta cargada. Pero cuando Carlos cruzó la puerta, Javier bajó la guardia al instante. Aquel chico era inofensivo. Llevaba un jersey de lana con pelotillas, unas gafas de pasta torcidas y tenía una postura que recordaba a un signo de interrogación. Habló durante veinte minutos sobre la cría en cautividad del gecko leopardo. Javier hasta sintió lástima por él. Le pagó unas cervezas. Le dio palmaditas en la espalda. Incluso le dijo a Laura: “Qué majo es tu amigo, hay que invitarle más a menudo”. Javier sonrió con amargura recordando su propia estupidez. Era un iluso. Un ingenuo de manual. No sabía que estaba alimentando al monstruo. Los años pasaron. Javier y Laura se casaron. Carlos seguía por ahí, orbitando, como un satélite triste. Tenía novias esporádicas. Chicas peculiares que le duraban tres meses. Laura siempre le consolaba cuando lo dejaban. “Pobre Carlos”, decía ella. “No encuentra a su media naranja”. Y Javier asentía, comiendo pistachos en el sofá, totalmente despreocupado. Pero entonces llegó el fatídico año 2023. El año del cambio. El año del “glow up”, como dicen los modernos de TikTok. Nadie sabe exactamente qué lo desencadenó. Algunos dicen que fue una crisis de los treinta. Otros especulan que escuchó un podcast de desarrollo personal de esos que duran cuatro horas. El caso es que Carlos desapareció del mapa durante unos meses. Dejó de ir a los cumpleaños. Dejó de contestar en el grupo de WhatsApp de “La Pequeña Familia”. Cuando reapareció, en la barbacoa de primavera del año pasado, nadie le reconoció. Llamó al timbre. Javier fue a abrir con unas pinzas de barbacoa en la mano. Y allí estaba él. Carlos 2.0. Se había operado la vista. Adiós a las gafas de culo de vaso. Llevaba una camisa de lino blanco, remangada hasta los codos, abierta por arriba, mostrando un pecho sospechosamente depilado. Su postura ya no era un signo de interrogación. Ahora era un signo de exclamación. Pero lo peor de todo, lo que destrozó la paz mental de Javier, fue el aura. Carlos irradiaba seguridad. Y olía a dinero. A dinero y a madera de sándalo. Javier se acordaba perfectamente de aquel momento.
“¿Carlos?”, había balbuceado Javier.
“El mismo, Javi, ¿qué pasa, tío?”, había respondido él, con una voz que de repente sonaba como la de un locutor de radio.
Le dio un abrazo a Javier. Un abrazo firme. Un abrazo de oso que casi le cruje las vértebras. Antes, los abrazos de Carlos eran flojos, como un fideo hervido. Ahora eran abrazos de leñador canadiense. Javier se apartó, aturdido, oliendo a esa colonia intensa y penetrante. Era la maldita colonia. Esa fragancia que se quedaba impregnada en los cojines del sofá durante tres días. Javier se frotó la cara con las manos, intentando borrar la imagen de su mente. El ruido de la ducha se detuvo. El enemigo estaba a punto de salir. Javier tenía que afinar su estrategia. No podía prohibirle a Laura que viera a su amigo. Eso sería tóxico, machista, controlador, y todas esas palabras que Laura utilizaba cuando discutían. Él era un hombre moderno. O al menos lo intentaba. Pero la modernidad tiene un límite, y ese límite es un amigo del instituto que hace CrossFit seis días a la semana. La puerta del baño se abrió. Salió una nube de vapor, y tras ella, Laura. Llevaba el pelo envuelto en una toalla, como un turbante. Se había puesto una bata blanca. Olía a gel de vainilla y a victoria inminente. Javier la miró.
“¿Ya has acabado de repasar el archivo fotográfico de tu mente?”, preguntó ella.
“Estaba reflexionando”, contestó él, dignamente.
“¿Sobre qué? ¿Sobre si Carlos usa esteroides o es todo natural?”
“Es obvio que usa batidos de proteínas.”
“Es un suplemento, Javier.”
“Es química pura, Laura, le va a freír el hígado.”
“De verdad, tu preocupación por la salud de sus órganos es conmovedora.”
Laura se acercó al tocador. Empezó a quitarse la toalla del pelo. Javier se acercó a ella por detrás. Miró su reflejo en el espejo.
“Laura, escúchame.”
Su tono ahora era más conciliador, más suave.
“No es que desconfíe de ti.”
“Menos mal.”
“Desconfío de él.”
Laura suspiró, empezando a peinarse.
“Javi, te lo he dicho mil veces. Para Carlos, yo soy como un hermano.”
“Las chicas no sois como hermanos para los tíos.”
“Claro que sí.”
“No. Eso es un mito que os creéis vosotras para sentiros menos culpables.”
“¿Menos culpables de qué?”
“De tener orbitadores.”
“¿Orbitadores? ¿De qué foro de internet has sacado esa palabra?”
“De la vida misma, Laura. De la dura y cruda realidad.”
Javier señaló al vacío, como si un orbitador estuviera flotando en la esquina del techo.
“Los tíos como Carlos, cuando se ponen fuertes, sienten la necesidad de probar su nuevo material.”
“Su nuevo material…”
“Sí, su cuerpo serrano.”
“Y según tú, ¿ha decidido probarlo conmigo?”
“Es lo lógico. Eres su amiga, confías en él, ya tenéis intimidad emocional…”
Javier iba enumerando con los dedos.
“Solo le falta dar el salto a la intimidad física. Está aplicando una estrategia de desgaste.”
Laura soltó el peine de golpe. Hizo un ruido seco contra el cristal del tocador.
“Estrategia de desgaste. Eres alucinante.”
“Lleva años fingiendo ser tu amigo inofensivo.”
“¡No estaba fingiendo, Javi!”
“Era una inversión a largo plazo.”
“¿Pero qué dices?”
“¡Claro! Él sabía que de canijo no tenía posibilidades.”
Javier caminaba de un lado a otro, metido en su papel de detective privado de películas baratas.
“Así que se metió en la zona de amigos. La ‘friendzone’.”
“Odio esa palabra.”
“Acampó en la friendzone. Montó una tienda de campaña, hizo fuego, y esperó.”
“Estás mal de la cabeza.”
“Esperó a que bajaras la guardia. Esperó a ponerse como un toro. Y ahora, boom.”
Javier hizo un gesto de explosión con las manos.
“Ahora sale de la tienda de campaña, oliendo a Acqua di Giò, y te invita a un café.”
Laura le miró fijamente a través del espejo. Sus ojos marrones estaban a medio camino entre la risa y el cabreo.
“¿Tú te estás escuchando, Javier?”
“Estoy verbalizando verdades incómodas.”
“Estás montando una película de espionaje por un puñetero café con leche.”
“Un café es el principio del fin.”
“Ayer tomé un café con mi jefe, ¿también me quiere seducir?”
“Tu jefe tiene sesenta años y huele a Varón Dandy.”
“Bueno, pues entonces el problema no es el café.”
“¡El problema es la suma de los factores!”
Javier se acercó más.
“Café más Carlos más bíceps más vestido de flores.”
“Esa ecuación te la acabas de inventar.”
“Es matemática pura, Laura.”
“Mira, Javier.”
Laura se giró en la silla para encararle.
“Carlos me va a contar que lo ha dejado con Patricia.”
“¿Con la chica esa de la tienda de dietética?”
“Esa.”
“¿Y qué ha pasado? ¿No aguantaba su ritmo de levantamiento de pesas?”
“No sé qué ha pasado, por eso voy a quedar con él, para escucharle y apoyarle.”
“Ah, estupendo. La enfermera de corazones rotos entra en acción.”
“Soy su amiga. Si tú estuvieras mal, ¿no te gustaría que tus amigos te escucharan?”
“Si yo estuviera mal con mi pareja, me iría a tomar unas cañas con Paco y hablaríamos de fútbol hasta olvidarlo.”
“Pues Carlos tiene otra inteligencia emocional.”
“Inteligencia emocional, mis cojones.”
Javier murmuró esto último, pero Laura lo oyó perfectamente.
“¿Qué has dicho?”
“Que me parece muy bien que le escuches.”
“Eso no es lo que has dicho.”
“Es lo que quería decir.”
Javier se rascó la cabeza. Se sentía acorralado. Su argumento del pavo real y el babuino se estaba desmoronando ante la barrera infranqueable de la empatía femenina. Laura se levantó, deshaciendo el nudo de su bata. Javier miró instintivamente hacia otro lado, respetando el espacio de vestuario, aunque estuvieran casados.
“Me voy a poner el vestido, te guste o no”, dijo ella.
“Yo no te he dicho que no te lo pongas.”
“Lo has insinuado.”
“Yo no insinúo, yo argumento.”
“Pues tus argumentos hacen aguas por todas partes.”
Laura sacó el vestido de la cama y se lo empezó a poner.
“Y si te quedas más tranquilo, le diré a Carlos que me has dado recuerdos.”
“No, por favor. No le des recuerdos de mi parte.”
“¿Por qué no? Eres mi marido, es lo educado.”
“Porque si le das recuerdos de mi parte, pensará que sé que estáis tomando un café.”
“¡Obviamente que lo sabes!”
“Sí, pero si le mandas mis saludos, sonará a marcaje de territorio.”
“Pero si eso es exactamente lo que estás haciendo desde hace media hora.”
“No es lo mismo hacerlo aquí, en privado, que enviarle un mensaje subliminal con mi nombre.”
“A veces pienso que tu cerebro funciona como un laberinto en llamas.”
Laura se ajustó el vestido. Se alisó la tela sobre las caderas. Estaba espectacular. Javier sintió una punzada de celos, genuinos y profundos. No celos enfermos, sino el miedo irracional a perder algo muy valioso. Porque, joder, el vestido le sentaba de maravilla.
“Estás muy guapa”, admitió él, en un murmullo.
Laura se sorprendió por el repentino cambio de tono. Le miró, y su expresión se suavizó.
“Gracias, Javi.”
“Pero sigo pensando que ese tío es un peligro.”
El momento tierno duró exactamente dos segundos. Laura bufó.
“Eres incorregible.”
“Soy protector.”
“Eres un plasta.”
“Soy el guardián del muro, Laura. Los caminantes blancos vienen del gimnasio.”
Laura soltó una carcajada limpia, incapaz de aguantar la risa ante la referencia de Juego de Tronos.
“Vale, Jon Nieve. Me voy a secar el pelo.”
Volvió a encender el secador, creando un ruido blanco que ahogó cualquier posibilidad de réplica por parte de Javier. Él se quedó mirándola desde el umbral del baño. La batalla estaba perdida. Pero la guerra… la guerra de Carlos apenas acababa de empezar.
Parte 3
El sonido del secador era ensordecedor. A Javier siempre le había parecido que ese maldito aparato de dos mil vatios sonaba como un reactor de avión despegando en medio del pasillo. Se apoyó en el marco de la puerta del baño, cruzado de brazos, observando la transformación final de su mujer. Laura movía el cepillo redondo con la destreza de una peluquera profesional. Cada pasada alisaba un mechón, dándole un brillo que, a los ojos de Javier, era una señal de alarma más. ¿Por qué tanto esfuerzo capilar para un tío que solo iba a llorar sus penas de desamor? Si alguien te va a contar que le ha dejado la novia, lo normal es ir en chándal, despeinada, para mostrar solidaridad en la miseria. Eso pensaba Javier. Pero claro, la lógica femenina tenía otros derroteros que él jamás lograría comprender. El secador se apagó de repente. El silencio en el piso fue repentino y denso. Laura dejó el aparato sobre la encimera del lavabo. Se miró en el espejo, satisfecha. Sacó un pintalabios rojo del neceser. Javier tragó saliva. Pintalabios rojo. Defcon 2.
“¿Pintalabios rojo también?”, preguntó Javier, sin poder contenerse.
“Es coral, no rojo”, corrigió Laura sin mirarle, concentrada en el perfil de su labio inferior.
“Para mí es rojo semáforo.”
“Pues pide hora en el oculista, cariño.”
“El rojo es el color de la seducción.”
“Y el azul el del cielo, y el verde el del césped. ¿Terminamos con la clase de preescolar?”
Laura guardó el labial con un chasquido.
“Además”, añadió ella, girándose, “con este vestido no pega un tono mate oscuro.”
“¿Y te tienes que pintar los labios para beber un café que va a dejar la taza manchada?”
“Sí, porque me gusta salir de casa viéndome bien.”
Javier suspiró profundamente. Se acercó un poco más, invadiendo el territorio del cuarto de baño.
“Laura, ponte en mi lugar por un segundo.”
“Intento no hacerlo, me daría tortícolis mental.”
“Hablo en serio.”
Javier adoptó un tono solemne.
“Imagina que yo quedo con… con Vanesa.”
“¿Qué Vanesa?”
“Vanesa, la prima de Raúl.”
“La que se fue a vivir a Ibiza y hace retiros de yoga en pelota picada.”
“Esa.”
“¿Y?”
“Imagina que ella de repente se vuelve súper pibón.”
“Siempre fue un pibón, Javier.”
“Vale, pues más pibón todavía. Y de repente me dice: ‘Javi, vamos a tomar un vino a solas, que lo he dejado con el maestro espiritual’.”
Laura se cruzó de brazos, aguantando la risa.
“Sigue.”
“Y yo me pongo mi mejor camisa, me echo medio frasco de Hugo Boss, y me planto en el bar.”
“Te picarían los brazos porque tu mejor camisa te queda pequeña desde las Navidades pasadas.”
“¡Ese no es el punto, joder!”
Javier hizo un aspaviento, frustrado porque su hipótesis estaba siendo boicoteada por la realidad de su dieta.
“El punto es: ¿A ti te haría gracia?”
Laura pareció pensarlo durante unos segundos. Inclinó la cabeza hacia la derecha.
“Pues mira, te diría: ‘Pásatelo bien y no te manches la camisa de vino, que luego no sale la mancha’.”
“¡Mientes!”
Javier la señaló con un dedo acusador.
“Mientes como una bellaca.”
“No miento.”
“Estarías de los nervios. Subiéndote por las paredes.”
“Yo no soy tan insegura como tú, Javier.”
“No es inseguridad, es instinto de supervivencia marital.”
“Es machismo disimulado, que es peor.”
“¡Ah, ya salió la palabra mágica!”
Javier levantó los brazos al cielo, invocando a los dioses de la paciencia masculina.
“Ahora soy un machista por no querer que un cruce entre Rambo y un modelo de Calvin Klein le tire los tejos a mi mujer.”
“Nadie me va a tirar los tejos.”
“¿Te apuestas algo?”
“No apuesto tonterías.”
“Te apuesto cien pavos a que te dice lo guapa que estás.”
“Es mi amigo, es normal que me diga que estoy guapa.”
“Te apuesto otros cien a que te roza la mano cuando te cuente lo de su novia.”
“Se llama buscar consuelo.”
“Se llama buscar otra cosa.”
Laura se acercó a él, acortando la distancia. Le puso las manos en los hombros. Javier notó el olor a perfume. El puto Chanel. Olía de maravilla.
“Javi. Mírame.”
Javier la miró a los ojos.
“Tú y yo estamos casados.”
“Lo sé, tengo el papel firmado.”
“Te quiero a ti.”
“Y yo a ti.”
“Carlos es solo un pedazo de mi pasado. De cuando teníamos quince años.”
“Pero ahora tiene treinta y pico y unos pectorales que rompen nueces.”
“¡Deja en paz sus pectorales!”
“Es que me perturban.”
Laura sonrió de forma dulce y le dio un beso suave en la mejilla.
“Eres un idiota.”
“Un idiota que te quiere.”
“Lo sé.”
Laura se apartó. Fue hacia la entrada del piso para buscar su bolso. Javier la siguió, arrastrando los pies en sus zapatillas de andar por casa. Parecía un perrillo abandonado viendo a su dueño salir por la puerta con la correa.
“¿A qué hora vas a volver?”, preguntó él, desde el final del pasillo.
“No lo sé. Depende de lo deprimido que esté Carlos.”
“Si está muy deprimido, invítale a una manzanilla y mándalo a su casa.”
“No seas rácano con los sentimientos de los demás.”
“No soy rácano, soy eficiente.”
Laura agarró las llaves del cuenco de la entrada. El tintineo metálico sonó como una campana fúnebre para la tranquilidad de Javier.
“Bueno, me voy ya, que he quedado a las doce y no quiero llegar tarde.”
“Claro, no le hagamos esperar al príncipe azul.”
Laura abrió la puerta del piso. Se giró una última vez antes de salir al descansillo.
“¿Qué vas a hacer tú mientras tanto?”
“Pues no sé”, resopló Javier. “Me haré otro café, pondré el chándal feo y buscaré tutoriales de flexiones en YouTube.”
“No te lesiones, por favor. No quiero tener que llevarte a urgencias un sábado.”
“Descuida. Mi ego ya está bastante magullado, mi cuerpo aguantará.”
“Adiós, dramático.”
“Adiós. Y ten cuidado.”
“¿Con qué? ¿Con los coches?”
“Con el magnetismo animal de Carlos.”
Laura puso los ojos en blanco por enésima vez en esa mañana. Cerró la puerta tras ella. Javier se quedó solo en el pasillo oscuro. El silencio de la casa de repente se volvió enorme. Un silencio opresivo, pesado. Suspiró, se dio media vuelta y caminó hacia la cocina. La luz fluorescente parpadeó antes de encenderse del todo, dándole un aire lúgubre a los azulejos blancos. Se preparó un segundo café. Esta vez le echó tres cucharadas de azúcar. Necesitaba un pico de glucosa para afrontar su propia paranoia. Se sentó en la mesa de la cocina. Sacó el móvil del bolsillo del pijama. Entró en Instagram. Fue directamente a la barra de búsqueda. Escribió: ‘carlos_fit90’. Ahí estaba. El perfil era público, maldita sea. La foto de perfil era él, sin camiseta, en la cima de una montaña, con los brazos en jarras, mirando al horizonte como si estuviera conquistando el mundo. Javier sintió un pequeño tic en el ojo derecho. Empezó a hacer scroll. Foto en el gimnasio. Foto comiendo un bol de avena con proteínas. Foto levantando una rueda de tractor. Vídeo haciendo dominadas con una cadena al cuello.
“Pero qué necesidad hay de esto”, murmuró Javier para sí mismo.
Le dio al play en el vídeo de las dominadas. El tío subía y bajaba con una facilidad insultante. Sus músculos se tensaban con cada repetición. Alguien había comentado: “Bestia parda 💪🔥”. Y Carlos había respondido con un emoji de un gorila. Javier bloqueó la pantalla del móvil, asqueado. Dejó el aparato boca abajo sobre la mesa, como si pudiera castigarlo por mostrarle esa realidad. Se frotó la cara con ambas manos. Quizás Laura tenía razón. Quizás él era un machista, un inseguro y un dramático. Al fin y al cabo, ella le había elegido a él. A Javier. Con su barriguita cervecera, su sueldo normalito y su incapacidad para distinguir entre el rojo y el coral. Pero entonces recordó la colonia. El perfume penetrante de Carlos. Ese olor a madera de sándalo y ambición desmedida. Javier lo sabía. En el fondo de su ser, con la sabiduría ancestral que reside en el ADN de todos los maridos celosos, lo sabía. No existe la amistad desinteresada cuando hay de por medio una crisis de los treinta, un cuerpo esculpido a base de pollo y brócoli, y un vestido de flores de Zara. La batalla no había hecho más que empezar.
Parte 4
Dos horas. Habían pasado exactamente dos horas y catorce minutos desde que Laura cerró la puerta de casa. Javier lo sabía porque no había dejado de mirar el reloj del microondas. Los números digitales verdes parecían burlarse de él. 14:14. La hora de comer se acercaba. ¿Irían a comer juntos? Si un café se alargaba a una comida, el protocolo de emergencia debía activarse. Javier ya se había cambiado el pijama por unos vaqueros y una camiseta algo más decente. Por si acaso. Por si tenía que salir corriendo al centro a “tropezarse” casualmente con ellos. “¡Hombre, Laura! ¡Qué casualidad! Pasaba por aquí para comprar… eh… tornillos.” No, sonaba ridículo. Los sábados por la tarde no se compran tornillos de urgencia. Se dejó caer en el sofá. Puso la televisión, pero le quitó el volumen. En la pantalla echaban un documental de animales. Irónicamente, un león joven intentaba disputarle el territorio a un macho alfa ya maduro. Javier sintió que la cadena pública se estaba riendo en su cara. Cogió el móvil de nuevo. Ningún mensaje de Laura. Nada. Ni un “ya hemos terminado”, ni un “está muy triste”, ni un mísero emoticono de una taza de café. El silencio digital era atronador. A las dos y veinticinco, el sonido de una llave girando en la cerradura le hizo saltar del sofá como si tuviera un resorte. Rápidamente se sentó de nuevo, cogió el mando a distancia e hizo como que miraba la tele con muchísimo interés. La puerta se abrió. Laura entró en el pasillo. Dejó las llaves en el cuenco con un sonido sordo, sin la energía de cuando se fue. Javier giró la cabeza, intentando poner cara de relajación absoluta.
“Hombre, ya estás aquí”, dijo, con una voz que pretendía ser casual pero que sonó un par de octavas más aguda de lo normal.
“Hola”, suspiró ella.
Laura entró en el salón. Se quitó los zapatos de tacón bajo con los pies y los dejó tirados cerca de la puerta. Se tiró en el sofá, al lado de Javier, dejando caer la cabeza hacia atrás. Parecía exhausta. Javier escaneó su aspecto en milisegundos. El vestido estaba intacto. El pintalabios coral seguía en su sitio, aunque un poco desdibujado en el centro. No olía a sándalo ni a colonia barata de macho alfa. Olía a café tostado y a Laura. Punto para Javier.
“¿Qué tal?”, preguntó él, sin poder contener la curiosidad.
“Agotada.”
“¿Te ha hecho hacer burpees en la cafetería?”
Laura le miró de reojo, sin levantar la cabeza del respaldo.
“Qué gracioso.”
“Es una pregunta legítima dadas las circunstancias.”
“Carlos está hecho un trapo, Javi. Me da muchísima pena.”
“¿Lloró?”
“Sí, un poco.”
Javier sintió un triunfo mezquino. El titán de Chamberí, el rey de las dominadas, llorando por los rincones en medio de un Starbucks. Esa imagen le curaba un poco el orgullo herido.
“Vaya por Dios”, dijo Javier, intentando sonar compasivo.
“Patricia le dejó por un entrenador personal del gimnasio.”
Javier tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar una carcajada monumental. El karma existía. El universo era un lugar justo y equilibrado. El cazador cazado por un cazador con los cuádriceps aún más grandes.
“Ostras”, logró articular Javier. “Qué putada.”
“Sí, una putada enorme. Dice que se siente un mierda.”
“Bueno, pues ya tiene un motivo para levantar doscientos kilos en vez de ciento veinte.”
“Eres un insensible.”
“Soy un realista. El dolor se cura con hierro, eso lo saben los gymbros.”
Laura se incorporó un poco y le pegó un empujón suave en el hombro.
“¿Sabes qué me ha dicho?”
“¿Que quiere apuntarse a un retiro de silencio en el Tíbet?”
“Me ha dicho que yo soy su único ancla en el mundo real.”
La sonrisa que empezaba a asomar en la cara de Javier se congeló al instante. Ancla. Único ancla en el mundo real. Esa frase era pólvora pura. Esa frase no era la de un amigo. Era la frase de un tío que está tirando la caña con sedal de titanio.
“¿Ancla?”, repitió Javier, con los ojos entrecerrados.
“Sí. Que siempre he estado ahí para él.”
“Ya.”
“Y me ha cogido las manos.”
Javier sintió que la temperatura de la habitación subía diez grados de golpe.
“¿Te ha cogido las manos? ¿Las dos?”
“Sí, por encima de la mesa. Para darme las gracias.”
“¡Lo sabía!”
Javier se levantó de un salto, señalando a la televisión apagada como si fuera el jurado popular.
“¡Te dije lo del roce táctil! ¡El libro de jugadas de seducción capítulo tres!”
“No era seducción, Javi, estaba buscando consuelo.”
“Se empieza buscando consuelo en las manos y se acaba buscando consuelo en Cuenca.”
“¡Pero qué barbaridades dices!”
“La palabra ‘ancla’, Laura, analicemos la palabra ancla.”
Javier empezó a pasear delante del sofá.
“Un ancla es lo que evita que un barco vaya a la deriva.”
“Exacto.”
“Y el barco quiere quedarse amarrado al ancla. Para siempre.”
“Estás rizando el rizo de una manera espectacular.”
“¡Es manipulación emocional de manual!”
“Estaba llorando, Javier, ¡los tíos también lloráis y necesitáis apoyo!”
“Sí, pero nosotros lloramos abrazados a un cojín, no cogiéndole las manos a mujeres casadas en plena Gran Vía.”
Laura se frotó la cara. Estaba perdiendo la poca energía que le quedaba tras aguantar el drama de Carlos.
“Bueno, pues que sepas que me ha invitado a la sierra el fin de semana que viene. A hacer senderismo.”
El silencio que siguió a esta declaración fue absoluto. Se podría haber escuchado el aleteo de una mosca en el salón. Javier se detuvo en seco. Miró a Laura, que le devolvía la mirada con una mezcla de cansancio y desafío.
“¿A la sierra?”, susurró él.
“Sí.”
“¿A hacer senderismo?”
“Para despejarse. Ha dicho que necesita respirar aire puro.”
“Aire puro.”
“Sí, Javi, aire puro.”
“Y supongo que querrá que vayamos los dos, ¿no?”
Laura apartó la mirada hacia la mesa de centro.
“Me lo ha dicho a mí. Como un plan de amigos de toda la vida.”
Javier asintió lentamente. El puzzle encajaba a la perfección. El plan maestro. La estrategia a largo plazo. La maldita friendzone revelando su verdadera y oscura naturaleza. Se sentó de nuevo junto a ella. Esta vez no gritó. Esta vez no hizo aspavientos. Simplemente miró al frente, hacia el león derrotado del documental.
“Chốt”, dijo Javier en voz baja, pronunciando la palabra casi sin darse cuenta, como un resumen de todo el absurdo que les rodeaba.
“¿Qué?” preguntó Laura, confusa.
“Que te hago una pregunta, muy seriamente.”
“Dime.”
Javier giró la cabeza para mirarla a los ojos. La miró con toda la sinceridad y la paranoia que su alma albergaba en ese momento.
“¿Existe la amistad pura entre un hombre y una mujer estando casados?”
Laura le sostuvo la mirada. Sus ojos marrones parpadearon una, dos veces. Abrió la boca para responder. Para soltar su habitual discurso sobre la confianza, los años de amistad y el valor de los vínculos platónicos. Pero se detuvo. Recordó las manos de Carlos sobre las suyas. Recordó la intensidad de su mirada mientras hablaba de ser su “ancla”. Y recordó el bote gigante de proteínas de fresa que Carlos le había ofrecido a modo de “detalle” antes de despedirse. Laura suspiró, esbozó una media sonrisa y se apoyó en el hombro de su marido.
“Javi… vete buscando unas botas de montaña para el sábado.”
Javier sonrió. El macho alfa había ganado esta pequeña batalla territorial. Y por sus narices, que Carlos iba a respirar aire puro hasta atragantarse.