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La luz de la mañana se filtraba por las persianas a medio bajar del dormitorio.đ

Parte 1

La luz de la mañana se filtraba por las persianas a medio bajar del dormitorio. Era un sábado cualquiera en Madrid, o eso parecía. Javier estaba sentado en el borde de la cama, con una taza de café en la mano. Llevaba sus pantalones de pijama grises, esos que tenían un agujero sospechoso cerca de la rodilla. Y una camiseta de publicidad de una ferretería que había cerrado hace diez años. Laura, su mujer, estaba de pie frente al armario abierto de par en par. El caos reinaba en su mitad del vestidor. Perchas vacías, blusas amontonadas y zapatos desparejados formaban una barricada. Javier dio un sorbo a su café. Estaba hirviendo, pero no hizo ningún gesto de dolor. Su atención estaba completamente absorta en la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Laura sacó un vestido de la percha. No era un vestido cualquiera. Era el vestido de flores de Zara. Ese que se había hecho viral en TikTok. Ese que le sentaba como un guante. Javier frunció el ceño. La maquinaria de su cerebro de marido con cinco años de matrimonio empezó a funcionar. Calculó las probabilidades. Era sábado. Eran las once de la mañana. No tenían planes de comer con los suegros. No había cumpleaños infantiles a la vista. ¿Para qué demonios se estaba arreglando tanto? Laura se miró en el espejo de cuerpo entero. Se alisó la falda con las manos. Se giró un poco hacia la izquierda para comprobar el perfil. Luego hacia la derecha. Sonrió para sí misma. Javier dejó la taza en la mesita de noche con un golpe sordo. El sonido hizo que Laura se sobresaltara levemente. Se dio la vuelta y le miró.

“¿Qué te parece este?”, preguntó ella, con una inocencia que a Javier le pareció ensayada.

Javier carraspeó.

“¿Para ir a comprar el pan?”, respondió él, arqueando una ceja.

Laura soltó una carcajada rápida.

“Qué tonto eres, Javi.”

“No, en serio, ¿dónde vas?”

Laura volvió a mirar al espejo, esta vez prestándose atención al pelo.

“Voy a tomar un café”, dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo.

“¿Un café?”, repitió Javier, saboreando la palabra como si estuviera envenenada.

“Sí, un café.”

“¿Con quién?”

Hubo una pausa. Una micropausa. Apenas un segundo de duda en la voz de Laura. Pero Javier, que llevaba años entrenando su radar matrimonial, la detectó al instante.

“Con Carlos”, respondió ella, finalmente.

El nombre flotó en el aire de la habitación. Carlos. El maldito Carlos. Javier sintió que una gota de sudor frío le bajaba por la nuca.

“No me gusta nada que quedes a solas con Carlos para tomar un café”, sentenció Javier.

Su voz sonó más grave de lo normal. Intentó darle un tono de autoridad que no terminaba de encajar con su camiseta de “Ferreterías Manolo”. Laura se giró en redondo. Dejó el vestido sobre la cama. Le miró con esa expresión de exasperación que reservaba para cuando Javier perdía las llaves del coche.

“Ay, por favor, Javi, no empieces.”

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