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La llegada del monolito

PARTE 1: La llegada del monolito

El timbre sonó a las diez y media de la mañana.

Era un sábado cualquiera en el barrio de Moratalaz.

Un sábado de esos en los que el sol de Madrid ya empieza a picar aunque sea temprano.

Carmen estaba en la cocina, apurando el último sorbo de un café que sabía a gloria.

Llevaba puesta su bata de franela de cuadros.

No importaba que estuviéramos ya casi en junio y el calor asomara.

La bata era una institución en esa casa, un escudo protector contra los madrugones.

Tenía la mano puesta en la manivela de la tostadora cuando el estruendo del timbre la sobresaltó.

“¡Ya va, ya va!”, gritó desde la cocina.

Nadie más iba a abrir.

Su marido, Javi, supuestamente estaba en el trastero ordenando cajas.

O eso le había dicho hacía una hora.

Carmen arrastró las zapatillas por el pasillo de terrazo.

Llegó a la puerta principal y miró por la mirilla.

No vio nada.

Solo un enorme bloque de cartón marrón que tapaba toda la visión.

Abrió la puerta con desconfianza.

Allí estaba un repartidor, sudando a mares, sosteniendo un paquete del tamaño de un frigorífico.

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