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¿La foto de un muerto vivo? El macabro secreto nuclear que Hollywood ocultó por décadas y exterminó a Pedro Armendáriz junto a la mitad de su rodaje

¿La foto de un muerto vivo? El macabro secreto nuclear que Hollywood ocultó por décadas y exterminó a Pedro Armendáriz junto a la mitad de su rodaje. Descubre la terrorífica verdad sobre el polvo invisible que envenenó sus pulmones y el desgarrador y silencioso sacrificio final del gran ídolo mexicano.

El ASQUEROSO secreto que mató a Pedro Armendáriz 

Hay una foto de Pedro Armendaris sonriendo en mitad de un desierto. En esa foto ya está muerto, solo que va a tardar 7 años en enterarse. Esto estuvo escondido durante décadas en reportajes que nadie volvió a abrir y en datos que tardaron años en salir a la luz. Hoy te lo cuento entero.

 Lo que se le metió en los pulmones en aquel rodaje no se veía y no olía a nada. ¿Qué había enterrado en el lugar donde Pedro Armendaris filmó su película? Quédate hasta el final. Porque la respuesta también explica por qué casi la mitad de esa producción terminó como él. ¿Cómo termina el hombre más deseado del cine en español encerrado en la habitación de un hospital de Los Ángeles tomando una decisión que su familia tardaría décadas en poder nombrar? Para entenderlo, hay que volver atrás mucho antes del desierto, hasta un niño de 9 años que se

quedó solo. Pedro Armendaris nació en la ciudad de México el 9 de mayo de 1912. El padre mexicano, la madre Adela Hastings, estadounidense, una casa de dos idiomas y dos banderas en el barrio de Churubusco. Y en 1921 esa casa se vino abajo de golpe. Sus padres murieron los dos y Pedro se quedó huérfano con 9 años.

Un tío suyo, Francisco, se hizo cargo de su educación y la decisión que tomó marcó al niño para siempre porque lo mandó al norte, a Estados Unidos, a estudiar. San Antonio, Texas, primero, California después. Un niño mexicano recién huérfano, metido en escuelas donde su apellido se pronunciaba mal y su acento lo delataba en cada frase que decía.

Ahí aprendió la primera lección de su vida, la que lo iba a acompañar hasta el último día. Aprendió a que lo miraran. Aprendió a sostener esa mirada sin que se le notara nada por dentro. y aprendió algo todavía más peligroso, porque entendió que enseñar el dolor no servía de nada, así que era mejor guardarlo.

Vale la pena detenerse en lo que significó aquel año, 1921, para ese niño, un año, dos entierros, el padre y la madre en cuestión de meses. Pedro y sus hermanos pasaron de un día para otro a hacer un asunto que alguien tenía que resolver. El tío Francisco resolvió la parte práctica, pagó colegios, organizó traslados, cumplió.

Lo que nadie pudo organizar fue el resto, el hueco de llegar a una casa en vacaciones y que ya no estuvieran. La sensación de ser de repente responsabilidad de gente que te quiere, pero que no te eligió. Y encima el idioma y la sangre lo dejaron en tierra de nadie. En Texas era el mexicano, el del apellido raro.

 Cuando volvía a México por la madre estadounidense y por el inglés perfecto, había quien lo miraba como al medio extranjero. Pedro creció siendo de dos sitios y sintiendo a la vez que no terminaba de pertenecer del todo a ninguno. Así que hizo lo que hace un niño listo que quiere encajar. empezó a estudiar a la gente cómo hablaban los de un lado, cómo se movían los del otro, qué esperaban de él en cada sitio y les daba esa versión.

 Sin saberlo, con 12 o 13 años ya estaba ensayando el oficio de su vida. Observar a un ser humano hasta entenderlo por dentro y después convertirse en él. Lo que el mundo iba a aplaudir más tarde como un talento enorme empezó siendo simplemente la herramienta de supervivencia de un huérfano que no quería sentirse solo en el comedor de un internado.

Estudió ingeniería en el Politécnico de California. Se estaba construyendo una vida ordenada con un título y un oficio, lejos de cualquier escenario. Pero volvió a México y la vida ordenada no apareció por ningún lado. Trabajó de empleado del ferrocarril, vendió seguros, hizo de guía para los turistas americanos que querían conocer la capital.

Hasta que un día, recitando de memoria un monólogo de Hamlet en inglés para uno de esos turistas, lo escuchó el director Miguel Zacarías. Pedro tenía 22 años cuando rodó su primera película. Lo que vino después fue una carrera que parecía no tener techo, pero la lección de aquel niño huérfano no se borró nunca.

 Se quedó dentro funcionando en silencio. Aguanta, no te quiebres delante de nadie. No enseñes la grieta. Guárdate esa frase porque casi 30 años más tarde, ese mismo hombre va a rodar una película entera de James Bond con un dolor que lo está partiendo por dentro. Y nadie en ese set se van a dar cuenta.

 México, mediados de los años 30. El cine del país está naciendo y necesita rostros. Pedro tiene uno que la cámara no suelta. 1,85 de estatura, la mandíbula dura. Unos ojos que pasan de la ternura a la furia en lo que dura un parpadeo. Encadena papeles pequeños al principio, después protagonistas. Pero su carrera no arranca de verdad hasta que se cruza con un hombre tan difícil como brillante, el director Emilio Fernández.

 Todos lo llamaban el indio. El indio Fernández tenía una obsesión. Quería un cine mexicano que no imitara a nadie, que pusiera en la pantalla, la tierra y el dolor de su país. Y para eso necesitaba un actor capaz de ser general y campesino, héroe y hombre roto, a veces dentro de la misma película. Encontró a Pedro.

 Juntos hicieron historia. En 1943 estrenaron María Candelaria con Dolores del Río. La película contaba la tragedia de una mujer indígena despreciada por su propio pueblo. Y Pedro hacía del hombre que la amaba. 3 años después, esa película se llevó el premio principal del festival de KS. Era la primera vez que un cine de América Latina ganaba algo así.

La primera vez que Europa miraba a México como un país que hacía arte de verdad. Y para entender lo que eso significaba, hay que recordar lo que era el cine en aquella América Latina. No había una televisión en cada casa, no había pantallas en los bolsillos. El cine era el acontecimiento de la semana, el sitio al que iba la familia entera, el lugar donde la gente aprendía cómo hablar, cómo vestirse, cómo enamorarse.

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