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La escalofriante verdad de Rogelio Guerra: ¿Cómo el galán de ‘Los Ricos También Lloran’ terminó despojado de su identidad?

La escalofriante verdad de Rogelio Guerra: ¿Cómo el galán de ‘Los Ricos También Lloran’ terminó despojado de su identidad? El infierno del ídolo desterrado por la ley, desvalijado de su fortuna por corporaciones y sentenciado por una enfermedad terminal que le borró el recuerdo del nombre que le prohibieron usar.

Rogelio Guerra: La Tragedia de “Los Ricos También Lloran”… Le ROBARON su Nombre y Fortuna. 

19 de diciembre de 2012. Ciudad de México. En una sala fría de tribunal, lejos de los reflectores que durante décadas lo convirtieron en el hombre más deseado de la televisión latinoamericana. Un juez firmó una sentencia que sonó como una ejecución pública. No estaba condenando a un criminal, estaba destruyendo a una leyenda.

 Al hombre que hizo suspirar a medio continente con los ricos. También lloran al rostro que México exportó a Rusia, Japón y decenas de países como si fuera un símbolo de romance eterno. Ese día Rogelio Guerra dejó de ser intocable. En unas cuantas líneas le hicieron tres cosas que a cualquier ser humano lo quiebran por dentro.

 Le impusieron una deuda de más de 26 millones de pesos. Le congelaron cuentas, bienes, regalías y todo ingreso futuro. Y lo más humillante de todo, le arrebataron el derecho de usar comercialmente el nombre que había construido durante medio siglo. Noilegardo Francisco Guerra Martínez. Ese hombre había nacido en 1936. El que el mundo adoraba era Rogelio Guerra.

 Y de pronto la ley le dijo que ya no podía ser él. Eso ya era una tragedia. Pero apenas era el principio, porque después de perder el nombre empezó a perder algo todavía peor. La memoria, el cuerpo, la voz, la autoridad dentro de su propia familia. Los años siguientes no fueron los de una estrella en decadencia, fueron los de un hombre cercado por deudas, humillado por un sistema más grande que él, desgastado por heridas familiares que nunca cerraron.

 Y finalmente, aplastado por una enfermedad que parecía completar el castigo, primero le arrebataron el nombre, después la enfermedad le arrebató el recuerdo de ese nombre. ¿Cómo terminó así un ídolo que había conquistado más de 150 países? ¿Cómo pasó de ser el galán perfecto de 1979 a un hombre obligado a pelear por su identidad, su patrimonio y su dignidad? ¿Quién sembró la ruina? la televisión, la ambición, sus propias decisiones o una herida que venía de mucho antes.

Para entender cómo un hombre adorado por millones terminó peleando por su propio nombre, hay que regresar al principio. Nació el 8 de octubre de 1936 en Aguas Calientes con un hombre que parecía demasiado pesado para caber en una marquesina. Ildegardo Francisco Guerra Martínez. Suena a acta de nacimiento, a escritorio, a escuela pública, a vida común. No suena a ídolo.

 No suena al hombre que años después iba a hacer llorar a medio planeta desde una pantalla de televisión. Y sin embargo, ahí empezó todo. Antes de que existiera el galán, antes de que existiera la sonrisa perfecta, antes de que una corte le quitara el derecho de usar el nombre que el mundo entero había aprendido a venerar.

Primero existió Hilegardo y ese detalle importa más de lo que parece, porque en el espectáculo el nombre nunca es solo un nombre, es una armadura, es una promesa, es una máscara que con el tiempo termina devorando al hombre que la lleva puesta. Hildegardo entendió eso muy pronto. Después del divorcio de sus padres, tuvo que buscarse la vida como pudo.

 No venía de una dinastía poderosa ni de una familia blindada por apellidos ilustres. Venía de una grieta, de una infancia donde la estabilidad no estaba garantizada. Y quizá por eso entendió desde joven que si quería sobrevivir tenía que inventarse de nuevo. Así nació Rogelio Guerra. No como un simple cambio de nombre, sino como una operación de destino.

 Hildegardo podía tener dudas, miedos, vacíos. Rogelio Guerra no. Rogelio Guerra tenía que entrar a un set y parecer invencible. Tenía que mirar a la cámara y convencer al público de que el amor todavía era posible. Tenía que ser el hombre que no tiembla, el hombre que protege, el hombre que llega para quedarse y durante años lo logró.

 En la década de 1960 empezó a abrirse paso como modelo y luego en el cine, en aquellos westerns mexicanos donde el polvo, los caballos y la virilidad fabricaban héroes a toda velocidad. apareció en títulos como El padrecito y las Hijas del Zorro en 1964. Tenía el rostro correcto, la estatura correcta, la voz correcta, pero sobre todo tenía algo más difícil de explicar, presencia.

Ese tipo de presencia que hace que cuando alguien entra a una habitación, los demás se acomoden sin saber por qué. Luego llegó 1979 y con 1979 llegó la explosión. Los ricos también no fue solo una telenovela exitosa, fue una invasión emocional. Fue México exportando melodrama como si exportara petróleo. Fue Verónica Castro por un lado y Rogelio Guerra por el otro, convertidos en una pareja capaz de paralizar calles, salas, hogares enteros.

En Rusia lo adoraban, en Japón lo reconocían, en Croacia sabían su nombre. En muchos países no era solo un actor mexicano, era la imagen misma del romance, un rostro que cruzó fronteras, idiomas y sistemas políticos. Guarda este dato porque más adelante va a doler más. Cuanto más grande se volvió ese nombre, más brutal sería el momento en que se lo arrebataran.

 Pero mientras el mundo veía perfección, adentro ya había grietas. En la pantalla era fidelidad, ternura, certeza. Fuera de ella, su vida sentimental parecía un hombre corriendo desesperadamente detrás de una idea de hogar que nunca lograba sostener. En 1967 se casó con la cantante Durcy Denis. El matrimonio duró dos semanas. Dos.

Lo suficiente para dejar un hijo, Rogelio Ramón, y una primera señal de algo inquietante. No era solo mala suerte, era impulsividad, era hambre emocional. Ese mismo año se lanzó a otro matrimonio, ahora con Otilia la Rañaga. La unión duró hasta 1974 y dejó una hija Hildegard. Desde fuera parecían una pareja dorada.

Desde dentro la historia ya se estaba resquebrajando, porque mientras su carrera subía como un cohete, su intimidad empezaba a llenarse de vacíos que ni la fama, ni el dinero, ni los aplausos podían tapar. Y cuando un hombre intenta construir una familia como quien levanta un decorado, tarde o temprano el decorado se viene abajo.

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