Parte 1
La cocina olía a una mezcla indescifrable entre calamares a la romana y tabaco de contrabando.
Marta permanecía de pie junto a la encimera de granito con los brazos cruzados.
El reloj de pared con la silueta de un gato mecía la cola marcando las dos y cuarto de la madrugada.
Carlos intentaba descalzarse en el recibidor apoyando una mano en la pared para no perder el equilibrio.
Un zapato de ante marrón se resistía a salir como si tuviera vida propia.
La puerta del pasillo crujió con un lamento sordo que rompió el silencio de la casa.
Marta no parpadeó ni un solo segundo mientras observaba la silueta de su marido.
Carlos esbozó una sonrisa que pretendía ser conciliadora pero que resultó completamente torcida.
Él sabía perfectamente que el silencio de Marta era el peor de los augurios posibles.
Un silencio de esos que en España preceden a las grandes tormentas de verano.
—Buenas noches, mi amor —dijo Carlos con una voz excesivamente cantarina.
Marta no se movió ni un milímetro de su posición estratégica junto al fregadero.
—No quiero que salgas más con Javi, cada vez que vuelves vienes oliendo a problemas.
La frase cayó en el salón como un bloque de hormigón armado de cinco toneladas.
Carlos se quedó congelado con el segundo zapato a medio quitar en la mano derecha.
El olor a cerveza barata y a humo de terraza madrileña flotaba a su alrededor como un aura maldita.
—Por favor, Marta, ya estamos otra vez con la misma cantinela de todos los viernes —suspiró él.
Dejó el zapato en el suelo con un cuidado exagerado para no hacer el menor ruido.
Se enderezó intentando fingir una sobriedad que la gravedad de la situación desmentía.
—Hueles a fritanga de bar de polígono y a desesperación masculina —sentenció Marta con voz gélida.
—Hemos estado en el bar de Paco jugando al dominó, nada más, te lo prometo por mi madre.
—Paco cerró el bar hace tres meses por una inspección de sanidad, Carlos, no me mientas a la cara.
Carlos tragó saliva y buscó mentalmente una coartada que no hiciera aguas por todas partes.
La verdad era que Javi lo había arrastrado a un local nuevo con luces de neón y camareros con pajarita.
Un sitio donde la música estaba tan alta que tenías que gritar para pedir una ración de bravas.
—Bueno, fuimos al local nuevo ese que han abierto al lado de la gasolinera —admitió él en voz baja.
—Ese local donde la policía tuvo que ir la semana pasada por una pelea de cuñados, ¿verdad?
—Fue un malentendido con un partido de fútbol, Javi no tuvo nada que ver en ese jaleo.
Marta se acercó a él despacio con la cadencia de un alguacil que va a ejecutar una sentencia judicial.
Le clavó la mirada directamente en los ojos buscando cualquier rastro de culpabilidad o de embriaguez.
—Tengo 40 años, a mí nadie me influye mal —declaró Carlos inflando el pecho con orgullo impostado.
—Es mi amigo de toda la vida, mi amigo del instituto, y punto en boca, Marta.
—Ese argumento de los cuarenta años caducó el día que te tuviste que operar de la rodilla por jugar al pádel.
—Eso fue un accidente deportivo que le podría haber pasado a cualquiera, incluso a un profesional.
—Te pasó porque Javi te apostó una cena a que no eras capaz de hacer un remate liftado de espaldas.
Carlos desvió la mirada hacia el cuadro del pasillo porque sabía que ella tenía toda la razón del mundo.
Aún le dolía el menisco cada vez que cambiaba el tiempo o cuando llovía en la capital.
—Javi es una buena influencia a su manera, me ayuda a desconectar del estrés de la oficina —insistió él.
—Javi es un peligro público con pantalones de pitillo y complejo de Peter Pan rezagado —replicó Marta.
Se cruzó de nuevo de brazos y se apoyó contra el marco de la puerta del salón con gesto severo.
La luz de la farola de la calle entraba por la ventana dibujando sombras alargadas sobre el parqué.
—Tiene tres divorcios a la espalda, parece que te quiere arrastrar a ti también al abismo.
—Eso de los divorcios es una racha de mala suerte que la vida le ha puesto por delante, pobrecito.
—¿Mala suerte es que tu primera mujer te pille en Benidorm con una monitora de aquagym, Carlos?
—Aquello fue un malentendido de los gordos, la chica solo le estaba enseñando a flotar correctamente.
—¿Y la segunda que lo demandó porque se gastó el dinero de la comunión del niño en un dron gigante?
—El dron era para hacer un vídeo familiar espectacular desde el aire, era una inversión de futuro.
—¿Y la tercera que se fue con el fontanero porque Javi se pasaba los domingos jugando a la Play?
Carlos guardó silencio un instante buscando una justificación que resultara mínimamente creíble.
No encontró ninguna que pudiera sostenerse ante el tribunal supremo que representaba su esposa.
—La Play es un entretenimiento muy sano que previene el alzheimer en los hombres adultos —murmuró él.
—La Play es lo que te va a tocar jugar a ti en el sofá si sigues defendiendo lo indefendible.
Marta dio un paso hacia el pasillo haciendo que Carlos tuviera que retroceder instintivamente hacia la puerta.
El ambiente de la casa se había vuelto tan tenso que se podría haber cortado con un cuchillo jamonero.
—No entiendo por qué le tienes tanta manía si el chaval siempre te trae bombones cuando viene a casa.
—Trae bombones caducados que compra en la tienda de la gasolinera porque le dan puntos para el lavado.
—Bueno, pero el detalle es lo que cuenta en esta sociedad tan materialista en la que vivimos.
—El detalle es que la última vez pasé tres días con descomposición estomacal por culpa de sus trufas.
Carlos recordó aquella semana infernal en la que el cuarto de baño pareció convertirse en su segunda residencia.
Aun así, la lealtad hacia un amigo de la infancia pesaba más que cualquier intoxicación alimentaria menor.
Ellos habían compartido pupitre en los Maristas cuando los profesores aún daban collejas de colección.
Habían aprendido a fumar juntos detrás de los contenedores de basura del barrio de la Concepción.
Habían llorado juntos cuando España ganó el Mundial de Sudáfrica en aquella prórroga agónica.
Esas cosas unen a dos hombres españoles de una forma que las mujeres jamás alcanzarán a comprender del todo.
O al menos eso era lo que Javi le repetía constantemente cada vez que se tomaban la tercera caña.
—Tú lo ves como un monstruo, pero en el fondo es un trozo de pan que necesita cariño y comprensión —dijo Carlos.
—Es un trozo de pan duro que sirve para hacer migas o para tirárselo a las palomas del parque.
—Estás exagerando las cosas como haces siempre que salgo un viernes por la noche con los de siempre.
—No exagero nada, Carlos, que te conozco desde que tenías pelo y usabas gomina barata de supermercado.
—Oye, que todavía tengo pelo, solo que ahora tengo la frente un poco más despejada e intelectual.
—Tienes una autopista hacia el cogote que Javi te aconseja tapar con gorras de rapero trasnochado.
Carlos se llevó la mano a la cabeza de forma inconsciente para comprobar el estado de su coronilla.
La vanidad masculina a los cuarenta años es un cristal extremadamente fino y fácil de romper.
—Las gorras me quedan bien, me dan un aire juvenil y urbano que se lleva mucho en el centro.
—Te dan un aire de sospechoso de atraco a una sucursal bancaria de extrarradio, no te equivoques.
Marta suspiró hondo dando muestras de una paciencia que empezaba a agotarse por momentos.
Se dio la vuelta hacia la cocina para apagar la luz pequeña que siempre dejaba encendida para él.
—Vete a dormir al sofá antes de que me arrepienta y te mande directamente a la pensión de la esquina.
—¿Al sofá? Pero si tengo la espalda destrozada del viaje de trabajo de la semana pasada a Albacete.
—Pues que Javi te haga un masaje con esos aceites raros que dice que compra en sus viajes de soltero.
Parte 2
La mañana del sábado amaneció con un sol radiante que entraba sin piedad por las rendijas de la persiana.
Carlos se despertó con el cuello torcido en un ángulo inverosímil debido a la estrechez del sofá del salón.
El cojín de estampado de flores tenía una mancha de saliva que delataba un sueño profundo y accidentado.
Le dolía hasta el carné de identidad y el sabor de boca era una mezcla de cerveza rancia y remordimiento.
Desde la cocina llegaba el sonido celestial de la cafetera italiana anunciando que el desayuno estaba listo.
Se levantó como pudo arrastrando los pies y sujetándose las lumbares con ambas manos como un anciano.
Marta estaba sentada en la mesa leyendo las noticias en la tableta digital mientras apuraba su taza de café.
Llevaba el pelo recogido en un moño alto que indicaba que estaba en modo operativo de limpieza general.
—Buenos días —aventuró Carlos con una voz que parecía salir del fondo de una cueva subterránea.
Marta ni siquiera levantó la vista de la pantalla del dispositivo electrónico para contestarle.
—Tienes el café en la encimera, si es que todavía te queda algo de dignidad para bebértelo de pie.
—Marta, de verdad, creo que anoche nos pusimos demasiado dramáticos por una simple salida nocturna.
—Tú perdiste la noción del drama cuando decidiste que era buena idea volver a casa a las dos de la mañana.
—Es que Javi me estaba contando sus penas sobre la tercera exmujer y el juicio por la custodia del perro.
—¿Qué perro? Si Javi lo único que tiene es un hámster que se llama “Chispa” y que cuida su madre.
Carlos se quedó parado con la taza de café a mitad de camino hacia la boca con cara de estupefacción.
—Me dijo que era un Golden Retriever precioso que se llamaba “Thor” y que extrañaba mucho su presencia.
—Te mintió para dar pena y quedarse una hora más bebiendo gin-tonics a tu costa en la barra del bar.
—No puede ser, me enseñó fotos del perro en el móvil y todo, salía corriendo por la playa.
—Esa foto es la que viene por defecto en el fondo de pantalla de los teléfonos de esa marca francesa.
Carlos se sentó en la silla de enfrente sintiéndose el hombre más ingenuo de toda la península ibérica.
La capacidad de Javi para inventar tragedias griegas con tal de prolongar la juerga era ciertamente legendaria.
Recordó el día que inventó que se le había inundado el piso para que Carlos fuera a ayudarle a sacar agua.
Cuando llegó allí la única inundación era una lata de cerveza que se había caído encima de la alfombra del pasillo.
—Es un manipulador profesional de manual, Carlos, y tú caes siempre como un bendito en todas sus trampas.
—Bueno, pero lo hace porque se siente solo, la soledad a los cuarenta es muy dura para un hombre soltero.
—Se siente solo porque nadie aguanta a un tío que cuenta el mismo chiste del tonto del pueblo desde 1998.
—Ese chiste es un clásico de nuestro grupo, tiene gracia si sabes imitar bien el acento del pueblo de Cuenca.
—No tiene gracia ni en Cuenca, ni en Albacete, ni en ninguna parte de la Unión Europea, te lo aseguro.
Marta dejó la tableta sobre la mesa de madera con un golpe seco que hizo temblar el azucarero de cerámica.
Miró a su marido con una mezcla de lástima conyugal y de firmeza militar que infundía verdadero respeto.
—El problema no es Javi, el auténtico problema aquí eres tú que no sabes decirle que no a nada de lo que propone.
—Yo sé decir que no perfectamente cuando la situación lo requiere de manera evidente.
—¿Ah sí? ¿Y por qué terminamos el verano pasado con una lancha hinchable en el trastero que no hemos usado?
—Porque Javi dijo que iban a subir los precios del petróleo y que el turismo marítimo era el futuro del ocio.
—Vivimos a trescientos kilómetros del mar más cercano, Carlos, que para ver agua tenemos que ir al pantano.
—En el pantano nos lo pasamos muy bien el día que fuimos a probarla con los bocadillos de tortilla.
—Nos multó la Guardia Civil porque no teníamos el permiso de navegación fluvial para balsas de plástico.
Carlos dio un sorbo largo a su café intentando ahogar los recuerdos de aquella tarde tan bochornosa.
La Guardia Civil de Tráfico se había reído de ellos durante media hora antes de extender la receta correspondiente.
Javi intentó convencer al agente de que eran náufragos de un barco pesquero que se había desviado del rumbo.
El agente miró el coche con la baca puesta y les recomendó que volvieran a Madrid por la nacional.
—Ese permiso era una normativa nueva que nadie conocía en el pueblo, fue pura mala pata —defendió él.
—Fue pura estupidez por hacerle caso a un tío que confunde el norte con el sur en el navegador del coche.
—Javi tiene un sentido de la orientación muy particular, es un hombre de la naturaleza profunda.
—Javi se perdió en el aparcamiento del centro comercial y estuvimos dos horas buscando el coche con las bolsas de la compra.
Marta se levantó de la mesa y empezó a recoger las tazas con una energía que a Carlos le pareció sobrehumana.
Él solo pensaba en la cantidad de paracetamol que necesitaría para sobrevivir a las próximas veinticuatro horas.
El teléfono móvil de Carlos empezó a vibrar encima de la mesa con un zumbido insistente y molesto.
La pantalla iluminada mostraba una foto de Javi con unas gafas de sol de espejo y una peluca de fiesta de disfraces.
El nombre en los contactos aparecía como “Javi El Ansias”, un apodo que se había ganado a pulso con los años.
Marta miró la pantalla del teléfono con la misma expresión que pondría ante un bicho repugnante de alcantarilla.
—No se te ocurra descolgar ese teléfono si aprecias tu vida familiar y tu integridad física —advirtió ella.
—A lo mejor es una emergencia médica o ha tenido un accidente con el coche volviendo a su casa.
—Las únicas emergencias que tiene Javi son que se ha quedado sin tabaco o que quiere ir de raciones a otra parte.
El teléfono siguió sonando tres veces más antes de que la llamada se desviara finalmente al buzón de voz.
Carlos sintió una punzada de culpa en el pecho por no atender a su compañero de fatigas juveniles.
—¿Ves? Ya estás controlando mis amistades como si fuera un adolescente que necesita un tutor legal.
—No controlo tus amistades, controlo los daños colaterales que esas amistades provocan en mi tranquilidad doméstica.
—¿Qué daños colaterales? Si soy un hombre ejemplar que trabaja de lunes a viernes sin quejarse nunca.
—Eres un hombre ejemplar hasta que Javi te dice la palabra mágica y te conviertes en un descerebrado de quince años.
—¿Qué palabra mágica según tú? Porque yo no tengo ningún código secreto con nadie.
—”¿A que no hay huevos?”, esa es la frase maldita que te destruye las neuronas por completo, Carlos.
Carlos tragó saliva de nuevo porque esa frase era efectivamente el talón de Aquiles de toda su generación.
Ningún hombre español digno de ese nombre puede resistirse a semejante desafío sin perder el honor.
Es una ley no escrita que viene directamente de los tiempos del Cid Campeador o de Don Quijote de la Mancha.
—Eso es una cuestión de amor propio y de hombría básica, Marta, tú no lo puedes entender de ninguna forma.
—Lo entiendo tanto que la última vez que te dijeron eso terminaste ingresado con un esguince intercostal de caballo.
—Eso fue porque el toro mecánico de las fiestas del pueblo estaba mal calibrado por los feriantes.
—Te subiste al nivel cinco cuando el operario te dijo que eso solo era para gente de Bilbao, que te vi yo.
—¡Es que yo nací en el norte y el orgullo herido me dolió más que la propia caída contra la colchoneta!
Marta se apoyó en la mesa mirándolo fijamente con los ojos entornados y expresión de absoluta incredulidad.
—Naciste en el hospital de la Paz de Madrid, Carlos, que lo más al norte que has estado es en una casa rural en Segovia.
—Mi abuelo era de Santander, por lo tanto tengo sangre del Cantábrico corriendo por mis venas aunque no se note.
—Tu sangre es madrileña cien por cien y lo único que corre por tus venas ahora mismo es alcohol de garrafón.
Parte 3
A las doce de la mañana el timbre de la puerta sonó con tres toques cortos y uno largo muy característicos.
Carlos se tensó en el sillón como un resorte mientras Marta dejaba el plumero encima del mueble de la entrada.
—Como sea él, te juro que le tiro el cubo de la fregona por la cabeza desde el balcón —amenazó Marta.
Abrió la puerta de la entrada con una brusquedad que pretendía intimidar a cualquiera que estuviera al otro lado.
Efectivamente, Javi estaba plantado en el felpudo luciendo unas gafas de sol gigantescas a pesar de estar en el pasillo interior.
Llevaba una bolsa de panadería en la mano izquierda de la que salía un olor sospechosamente apetitoso a porras recién hechas.
—¡Hola, Marta de mi vida! —exclamó Javi con un desparpajo que rozaba la inconsciencia absoluta.
—¿Está el enfermo de la casa disponible para una misión de rescate gastronómico de urgencia en el barrio?
Marta se plantó en medio de la puerta bloqueando el paso de manera total con su propio cuerpo.
—El enfermo está en la UVI domiciliaria y tiene prohibido el contacto con agentes infecciosos como tú, Javi.
—Venga, marianita, no seas dura con el chaval, que vengo en son de paz y con el desayuno de los campeones.
—Traigo porras calientes del puesto de la plaza, de esas que crujen y que resucitan a los muertos del cementerio.
Carlos asomó la cabeza por detrás de la puerta del salón como un perrillo que huele la comida desde lejos.
Las porras eran su debilidad absoluta desde que era pequeño y Javi lo sabía perfectamente el muy canalla.
—Marta, déjale entrar un momento, que las porras se van a quedar frías y luego se ponen correosas como el cuero.
Marta miró a uno y luego al otro con una expresión que alternaba entre el desprecio y la resignación más absoluta.
—Entra, Javi, pero como dejes una sola gota de grasa en la mesa te hago limpiar los azulejos de toda la casa.
Javi entró en la vivienda dando saltitos como si hubiera ganado la lotería primitiva del jueves santo.
Se quitó las gafas de sol revelando unas ojeras que parecían pintadas con carbón de barbacoa de carbón vegetal.
—Qué bonita tienes la casa siempre, Marta, se nota que aquí hay mano de mujer de las de antes, de las buenas.
—No me hagas la pelota, Javi, que el truco de los halagos de manual no te va a servir para salvarte esta vez.
Se sentaron los tres en la cocina en un silencio sepulcral que solo se rompía por el crujido del papel de estraza.
Javi colocó las porras en el centro con la solemnidad de quien presenta el Santo Grial a los caballeros de la tabla redonda.
—A ver, Carlos, que te he llamado antes porque tenemos que ir a ver un negocio que nos va a hacer ricos de verdad.
Marta interrumpió el movimiento de la taza de café con una fijeza que hizo que Javi tragara saliva con dificultad.
—¿Qué negocio es ese si se puede saber por el amor de Dios? —preguntó Marta con voz peligrosa.
—Un criadero de caracoles ecológicos en el pueblo de mi tío, una cosa moderna y con subvenciones de la comunidad autónoma.
—Los caracoles se crían solos, solo necesitan lechuga y humedad, es un dinero que cae del cielo prácticamente.
Carlos miró a Marta intentando calibrar el nivel de hostilidad que generaba la nueva propuesta empresarial de su amigo.
El termómetro de la paciencia de su mujer estaba ya rozando el punto de ebullición absoluta.
—¿Un criadero de caracoles? —repitió Marta con una calma fingida que daba más miedo que sus gritos.
—¿Y dónde vais a meter los caracoles ecológicos mientras llegan las famosas subvenciones del gobierno?
—Habíamos pensado que el trastero de esta casa tiene las condiciones ideales de oscuridad y de ventilación —dijo Javi.
Carlos se llevó las manos a la cabeza deseando que la tierra se tragara a su amigo en ese mismo instante.
Javi tenía la delicadeza de un elefante en una tienda de figuras de porcelana fina de Lladró.
—¡En mi trastero no entra ni un solo bicho que no sea una polilla muerta de los abrigos antiguos! —gritó Marta.
—Pero Marta, si el metro cuadrado de caracol de Borgoña se paga a precio de oro en los restaurantes del centro.
—Que se pague como el caviar ruso me da exactamente lo mismo, Javi, a mí no me llenas la casa de babas.
—Eres una mujer de miras estrechas para los negocios del siglo veintiuno, con todo el respeto te lo digo.
—Soy una mujer que tiene que pagar la hipoteca todos los meses mientras vosotros jugáis a ser empresarios de Silicon Valley.
La tensión cómica se elevaba por segundos mientras Carlos masticaba su porra intentando pasar desapercibido para todos.
Sentía que cualquier palabra que pronunciara en falso podría desatar la tercera guerra mundial en el piso de tres habitaciones.
—Carlos, di algo, defiéndeme que el negocio es a medias y tú ibas a ser el director de marketing digital —pidió Javi.
—Yo es que veo el tema de los caracoles un poco lento para el mercado actual, Javi —balbuceó Carlos.
—¿Lento? ¡Claro que son lentos, son caracoles, chaval, esa es la gracia del producto artesanal y de proximidad!
Marta se levantó de la silla de golpe haciendo un ruido tremendo que asustó al propio Javi en su sitio.
—Se acabó la reunión del consejo de administración de los caracoles espaciales, Javi, te vas ahora mismo de mi casa.
—Pero si todavía me queda media porra y el café se está quedando templado en la taza.
—Te la comes por el camino del pasillo o te la pongo de sombrero para que te combine con las gafas de sol.
Javi se levantó de la silla con la dignidad herida de un aristócrata incomprendido por las masas populares.
Agarró su bolsa de porras y se encaminó hacia la salida con andares de mártir de la patria de los amigos pesados.
Parte 4
Carlos acompañó a Javi hasta la puerta del piso bajo la mirada atenta e implacable de Marta desde la cocina.
—Tu mujer tiene un carácter militar que no se veía desde la época del Imperio Romano, de verdad te lo digo —susurró Javi.
—Es que la tienes frita con tus ideas de bombero jubilado, Javi, ponte en su lugar por un momento.
—Yo solo quiero que prosperemos en la vida y que no seamos unos esclavos del sistema de oficinas de ocho a tres.
—Ya, pero el trastero es sagrado para ella, ahí guarda las cajas de los zapatos de invierno y las decoraciones de Navidad.
Javi suspiró con tristeza infinita y le dio una palmadita en el hombro a Carlos antes de salir al descansillo de la escalera.
—Nos vemos el viernes que viene para el torneo de futbolín del bar de la esquina, no me faltes que dependemos de ti.
—Ya veremos, Javi, que tengo que negociar los términos del tratado de paz de esta semana con la autoridad competente.
Carlos cerró la puerta de madera blindada y se quedó apoyado contra ella exhalando un largo suspiro de alivio.
Caminó de vuelta hacia la cocina sabiendo que la verdadera conversación crucial estaba a punto de comenzar ahora mismo.
Marta estaba limpiando la mesa con un paño húmedo con movimientos concéntricos, lentos, casi ceremoniales.
—¿Tiene derecho tu pareja a elegir con qué amigos puedes salir en esta vida? —preguntó Carlos con tono reflexivo.
Marta se detuvo en seco con el paño en la mano y miró fijamente a su marido a los ojos.
La pregunta flotó en el espacio de la cocina con el peso de una cuestión filosófica de gran calado existencial.
—No tengo derecho a elegir tus amigos, Carlos, porque eres un adulto con los pelos de los huevos negros desde hace tiempo.
—Pero tengo todo el derecho del mundo a elegir con qué clase de irresponsable comparto mis fines de semana y mi tranquilidad.
—Si tus amigos son una amenaza para nuestra salud mental y financiera, entonces la cosa cambia por completo.
Carlos se sentó de nuevo en la silla de madera sintiendo el peso de la madurez sobre sus hombros cansados.
—Javi es un desastre, lo reconozco, pero es el único que me recuerda cómo era antes de tener que pagar el impuesto de bienes inmuebles.
—Antes de tener que preocuparme por el colesterol, por las reuniones de vecinos del edificio y por las revisiones del coche.
Marta suavizó la mirada y dejó el paño de cocina sobre el mármol gris de la encimera con suavidad.
Se acercó a él y le puso una mano en el hombro con un afecto que Carlos no esperaba recibir tan pronto.
—Yo no quiero que dejes de ser joven, Carlos, solo quiero que no termines en la comisaría de policía por una tontería de tu amigo.
—Quiero que sigas teniendo cuarenta años y no quince, porque con un adolescente en casa ya tendría bastante paciencia.
Carlos sonrió de verdad por primera vez en toda la mañana y le tomó la mano a su mujer con ternura.
—Te prometo que la próxima vez que me diga la frase de los huevos le diré que tengo una cita con el podólogo.
—Esa es la excusa más de cuarentón que he oído en toda mi vida, Carlos, me parece una elección fantástica.
—¿Y qué hacemos con la media porra que ha dejado Javi encima de la encimera del mueble de la cocina?
—Nos la comemos a medias con el café caliente antes de empezar a limpiar el polvo del salón como dos personas respetables.
Carlos asintió con la cabeza sintiendo que el equilibrio del universo conyugal había vuelto a su cauce natural en Madrid.
La puerta del trastero permanecería libre de caracoles ecológicos por el momento y la vida seguía su curso normal de fin de semana.
Al final del día, tener una pareja que te baje los pies a la tierra es lo único que te salva de terminar flotando en el espacio exterior de la inmadurez permanente.