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La cocina olía a una mezcla indescifrable entre calamares a la romana y tabaco de contrabando.sd

Parte 1

La cocina olía a una mezcla indescifrable entre calamares a la romana y tabaco de contrabando.

Marta permanecía de pie junto a la encimera de granito con los brazos cruzados.

El reloj de pared con la silueta de un gato mecía la cola marcando las dos y cuarto de la madrugada.

Carlos intentaba descalzarse en el recibidor apoyando una mano en la pared para no perder el equilibrio.

Un zapato de ante marrón se resistía a salir como si tuviera vida propia.

La puerta del pasillo crujió con un lamento sordo que rompió el silencio de la casa.

Marta no parpadeó ni un solo segundo mientras observaba la silueta de su marido.

Carlos esbozó una sonrisa que pretendía ser conciliadora pero que resultó completamente torcida.

Él sabía perfectamente que el silencio de Marta era el peor de los augurios posibles.

Un silencio de esos que en España preceden a las grandes tormentas de verano.

—Buenas noches, mi amor —dijo Carlos con una voz excesivamente cantarina.

Marta no se movió ni un milímetro de su posición estratégica junto al fregadero.

—No quiero que salgas más con Javi, cada vez que vuelves vienes oliendo a problemas.

La frase cayó en el salón como un bloque de hormigón armado de cinco toneladas.

Carlos se quedó congelado con el segundo zapato a medio quitar en la mano derecha.

El olor a cerveza barata y a humo de terraza madrileña flotaba a su alrededor como un aura maldita.

—Por favor, Marta, ya estamos otra vez con la misma cantinela de todos los viernes —suspiró él.

Dejó el zapato en el suelo con un cuidado exagerado para no hacer el menor ruido.

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