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La cocina de Doña Concha olía a gloria bendita.

PARTE 1

La cocina de Doña Concha olía a gloria bendita.

O al menos, a lo que Doña Concha consideraba gloria bendita un domingo a la una y media de la tarde.

Era ese aroma denso, casi sólido, de un sofrito hecho con la paciencia de un buscador de oro.

La cebolla estaba picada tan fina que resultaba prácticamente invisible al ojo humano.

El pimiento rojo brillaba bajo la luz del fluorescente como si fuera charol recién pulido.

Y el aceite de oliva, por supuesto, era de la cooperativa de su pueblo, ese que viene en garrafas de cinco litros y no tiene etiqueta porque “la etiqueta es para los que no saben lo que compran”.

El extractor zumbaba con un ruido de avión de la Segunda Guerra Mundial.

Era un motor cansado, vibrante, que hacía temblar los azulejos con dibujos de frutas de los años setenta.

Doña Concha removía la paellera con una cuchara de madera que tenía más años que la actual democracia española.

Era una madera oscura, curtida en mil batallas de garbanzos, lentejas y estofados de domingo.

Ella no cocinaba.

Ella oficiaba una misa.

Sus movimientos eran precisos, ritualistas, casi coreografiados por décadas de costumbre.

Echó un vistazo al reloj de pared, uno de esos con forma de sartén que marcaba las horas con un segundero que chirriaba.

—Faltan veinte minutos —murmuró para sí misma, con la autoridad de un controlador aéreo.

En ese momento, la puerta de la entrada se abrió con el estrépito habitual.

Las risas de los niños, el golpe de las llaves en la consola del recibidor y el aroma a aire de calle invadieron el pasillo.

—¡Ya estamos aquí! —gritó Javi, el hijo de Concha, con esa voz de quien viene con hambre y pocas ganas de problemas.

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