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¡HARFUCH ARRESTA a LOS HOMIC1D4S de LA FAMILIA en AZCAPOTZALCO: LOS DEJARON AHI Y ROBARON SUS COSAS!i

¡HARFUCH ARRESTA a LOS HOMIC1D4S de LA FAMILIA en AZCAPOTZALCO: LOS DEJARON AHI Y ROBARON SUS COSAS!i

Hoy se reveló una escena de terror. Esta tarde fueron localizados cuatro integrantes de una familia asesinados adentro de su propia casa. Atención, atención. Cayeron los cuatro asesinos de la familia de Azcapotzalco. Y lo que vas a escuchar ahora te va a partir el corazón. El que los mató a todos, a los papás, a las dos niñas, era el novio de la hija mayor.

 Entró a esa casa como si fuera su casa. Salió con sus cosas en bolsas de plástico y los dejó a los cuatro muertos en una recámara. Omar García Harfuch activó el protocolo de respuesta metropolitana a la 03:47 de la madrugada del 29 de abril, no porque le avisaran de un homicidio, sino porque sus analistas del C2 Poniente ya habían identificado dos camionetas en movimiento y sabían exactamente a quién pertenecían.

 Lo que los noticieros te van a contar esta semana es que la Unión Tepito mató a una familia en Azcapotzalco por no pagar el derecho de piso. Lo que no te van a contar es que esa cartulina fue puesta ahí deliberadamente para que tú y la policía miraran hacia el lado equivocado. Porque el asesino no llegó a esa casa a cobrar una deuda del cártel.

Llegó porque alguien le abrió la puerta y ese alguien lo conocía. Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Detrás de los cuatro detenidos hay una arquitectura, un esquema diseñado para infiltrar familias, cartografiar sus activos y despojarlas con violencia. Y el hombre que diseñó ese esquema esta noche no tiene ninguna esposada en las manos.

 Esa pregunta tiene nombre en los archivos de Harf. La familia Sejudobo Berríos llevaba 4 años viviendo en el número 146 de la calle Guanábana en la colonia Nueva Santa María, Asca Potzalco. Una casa de dos pisos en una zona urbana consolidada con persianas metálicas en la planta baja y macetas en la entrada. No era una familia rica. Era una familia que había construido algo.

Una farmacia en operación, dos camionetas de alta gama, una propiedad propia. El tipo de familia que en la ciudad de México representa años de trabajo acumulado. Él tenía 47 años, ella también. Sus hijas 17 y 12. A las 3 horas del martes 28 de abril, la colonia Nueva Santa María dormía. La avenida de los Maestros estaba vacía.

 Las lámparas de sodio pintaban el asfalto de naranja opaco. Los perros del vecindario comenzaron a ladrar. Un sonido que los residentes de la zona atribuirían horas después a ruidos extraños. provenientes del número 146. Nadie llamó esa noche. El error de cálculo de la familia Sejudo Berríos no fue vivir en Azcapotzalco, no fue tener una farmacia, no fue tener camionetas.

Su error fue creer que conocer a alguien era lo mismo que estar seguros, que la familiaridad era una forma de protección. Apenas 15 días antes, el 13 de abril, la jefa de gobierno, Clara Brugada había encabezado la firma del pacto contra la extorsión junto con cámaras empresariales, organizaciones civiles e instituciones académicas.

Endurecimiento de penas, protección a testigos, grupos especiales para denuncias, un pacto firmado mientras la célula que mataría a esta familia ya tenía su plan en marcha. Y entonces llegó el dato que lo cambió todo. No había cerraduras forzadas, no había puertas rotas, no había ventanas violentadas.

 La familia Sejudó Berríos abrió la puerta ella misma. Y al otro lado estaba alguien que conocían por su nombre. Emiliano tenía 20 años y una estrategia. 3 meses antes del 28 de abril, Emiliano comenzó una relación sentimental con la hija mayor de la familia de 17 años. Frecuentó el domicilio de la calle Guanábana con regularidad.

 Se ganó la confianza del padre, de la madre. Conoció la distribución de la casa, qué había en la planta baja, qué había arriba, dónde guardaban los documentos, dónde estaban las llaves de las camionetas. Cartografió los activos de una familia entera usando como herramienta algo que la familia nunca sospechó que fuera un arma, la confianza.

 Esa decisión le pareció inteligente. Era inteligente en su lógica. Lo que Emiliano no sabía era que cada visita a esa casa quedaba registrada en las cámaras del C2 Poniente. Su rostro, su vehículo, sus horarios de entrada y salida. 3 meses de visitas construyeron sin que él lo supiera, un expediente visual completo. Cuando el crimen ocurrió, los analistas no necesitaron investigar quién frecuentaba esa dirección. Ya lo sabían.

Ese fue el o el primero, el segundo error lo cometió la semana antes del operativo. Al coordinar con su hermano José María y con Francisco Javier los detalles del despojo, el grupo tomó una decisión que consideraron brillante, usar el nombre de la Unión Tepito. Prepararon una cartulina, la frase era simple, por no pagar a la unión.

 El plan era que el nombre del cártel generara suficiente terror para paralizar cualquier resistencia y que si algo salía mal, la investigación apuntara hacia una organización grande, invisible, imposible de desmantelar en una noche. Lo que no calcularon es que esa cartulina activó de inmediato los protocolos de crimen organizado de la S, SCC y la Fiscalía General de Justicia.

Recursos que un robo doméstico ordinario nunca habría movilizado. Prioridad política máxima. Coordinación interinstitucional entre CDMX, Estado de México y Federación. Escribir esa cartulina fue equivalente a prender una señal de emergencia sobre sus propias cabezas. Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor.

 El tercer error ocurrió en los minutos posteriores al crimen a las 0320 horas del 28 de abril con cuatro cuerpos en la recámara del número 146. El grupo tomó las llaves de las dos camionetas de la familia y huyeron en ellas dos vehículos de alta gama, uno con placas de Morelos, otro con placas de San Luis Potosí. La decisión pareció perfecta.

 vehículos rápidos, no vinculados a sus nombres, con suficiente espacio para cargarlo robado. Lo que Emiliana no sabía era que ambas placas ya estaban en el sistema del C2 Poniente desde sus visitas previas, que los analistas del Centro de Comando y Control, en el momento en que identificaron la escena del crimen, buscaron en tiempo real qué vehículos habían salido de esa dirección en las últimas horas.

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