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¡Escándalo Nacional! El aterrador secreto oculto bajo la camisa de López Portillo que Sasha Montenegro intentó enterrar:

¡Escándalo Nacional! El aterrador secreto oculto bajo la camisa de López Portillo que Sasha Montenegro intentó enterrar: marcas de maltrato, una herencia millonaria y la mansión del pecado demolida. ¿Fue la actriz de ficheras una sobreviviente o la mente maestra detrás de la agonía del expresidente más polémico de México?

Sasha Montenegro: Lo Que Descubrieron en el Cuerpo de López Portillo Cambió TODO 

Un expresidente de México pasó sus últimos años en una mansión que él mismo había construido, rodeado de muros que alguna vez representaron su poder y, según los testimonios de su propia familia, vivía con miedo. Su hermana mayor entró un día sin avisar a la habitación donde él descansaba. le tocó el brazo.

 Él dio un respingo de dolor. Cuando ella le levantó la manga de la camisa, encontró marcas. Lo que descubrió esa tarde desató una batalla legal que duró años. Involucró cinco juicios distintos. Llegó hasta los tribunales federales y terminó sin que nadie pagara ninguna consecuencia legal. La mujer en el centro de esa historia no era una enfermera ni una empleada.

doméstica. Era su esposa, una actriz yugoslava que había llegado a México sola a los 23 años, que se convirtió en la cara más reconocida del cine de ficheras y que en una tarde de Semana Santa en Sevilla tomó una decisión que cambiaría el rumbo de varios destinos. Su nombre artístico era Sasha Montenegro. Esta es la historia completa, no la versión de los obituarios neutrales que recordaban sus películas y mencionaban de pasada su matrimonio, la historia entera con todo lo que ocurrió entre esas cuatro paredes y con

todo lo que vino después. Antes de continuar, una cosa importante. Si crees que historias como esta merecen ser contadas con honestidad y sin filtros, suscríbete ahora mismo. Dale like si llegaste buscando algo más profundo que el titular de dos párrafos y déjame un comentario con esto. ¿Sabías quién era Sasha Montenegro antes de este video? Porque lo que vas a escuchar en los próximos minutos conecta puntos que rara vez se presentan juntos y cuando los ves completos, la historia cambia completamente.

Empecemos desde el principio e desde antes del principio en realidad. El 20 de enero de 1946 en Bari, una ciudad del sur de Italia que todavía olía a escombros de la guerra, nació una niña llamada Alexandra Achimovic Popovic. Ese apellido Slavo escondía una historia que la marcó antes de aprender a caminar. Sus padres no eran italianos, eran refugiados.

Habían escapado de Yugoslavia con una maleta y los recuerdos colgando como cadenas. Siboy Nachimovic y Silvia Popovic pertenecían a una familia aristócrata de Montenegro, ese pequeño país montañoso de los Balcanes. Una familia con apellido, con tierras, con historia, hasta que llegaron los nazis. Los soldados alemanes barrieron Yugoslavia y con ellos la familia entera de la madre de Sasha. Desapareció.

Tíos, primos, abuelos, hombres, mujeres, niños cargados en trenes hacia un campo de concentración del que nadie regresó. Alexandra creció escuchando en susurros los nombres de los muertos. Creció con la sensación de estar viva por accidente, por suerte, por error. Y esa sensación, según quienes la conocieron, explicaría años después muchas de las decisiones que tomó.

 y muchas de las cosas que dejó hacer. La Italia de la posguerra no tenía nada que ofrecerles. El país estaba quebrado y lleno de fantasmas. El padre de Alexandra tomó una decisión, cruzar el Atlántico. En julio de 1946, con la niña de meses en brazos, la familia llegó a Mendoza, Argentina. No llegaron a un palacio, llegaron a empezar de cero y entonces la tragedia volvió a tocar la puerta.

El padre murió cuando Alexandra era todavía muy pequeña. La madre, viuda sola en un país que no era el suyo, se volvió a casar con un empresario argentino. La familia se mudó a Buenos Aires. Alexandra creció hablando español con acento porteño, leyendo en silencio, observando todo. Una niña que aprendió desde muy temprano una lección que nunca olvidaría.

En este mundo sobrevive el que se adapta y el que se adapta más rápido sobrevive mejor. Esa lección iba a acompañarla durante toda su vida y en algunos momentos iba a convertirla en una persona temible. Argentina de finales de los años 60 era un país en llamas. Golpes militares, persecuciones políticas, universidades cerradas.

Alexandra quería estudiar periodismo. Ese sueño se evaporó. En 1969, con 23 años, recibió una llamada de un productor mexicano. Querían conocerla, querían ofrecerle un papel. Ella aceptó casi por curiosidad. Subió a un avión sin saber que ese viaje supuestamente de unas semanas iba a durar el resto de su vida.

Llegó a la ciudad de México sola, sin familia, sin amigos, sin entender los códigos ni las jerarquías de ese país gigante. Una mujer llamada Blanca Estela Limón se le acercó en una comida y le dijo que tenía algo que el cine mexicano no tenía. Esos ojos eslavos sobre una piel mediterránea, esa presencia que no encajaba en ningún molde.

Le ofrecieron un papel en una película junto a José José y Verónica Castro. El productor le dijo algo más. Su nombre real no funcionaba para los carteles. Era impronunciable. Era extraño. Le pidieron que eligiera otro. Ella pensó en su madre, en esa familia montenegrina que los nazis habían convertido en humo.

 Tomó la palabra Sasha, diminutivo de Alejandra, y le sumó el nombre del lugar del que su madre había escapado siendo niña. Sasha Montenegro. Ese fue el nombre con el que México la conoció. Y ese fue el nombre que más de 50 años después aparecería en los titulares de los periódicos por razones muy distintas al cine. En 1972 protagonizó su primera película.

La crítica no la trató bien, la taquilla tampoco. Pero los directores entendieron algo. Esa mujer enciende la pantalla. En 1975 le ofrecieron el papel principal en Bellas de noche, dirigida por Miguel M. Delgado. El guion proponía algo que el cine mexicano no había hecho de manera tan abierta.

 Mostrar mujeres en cabarets contando historias de prostitución, de soledad, de violencia. Ella leyó el guion y dijo que no. No quería desnudarse, no quería hacer esa película. El productor insistió, le ofreció más dinero, le explicó que solo eran 30 segundos de desnudo, que el resto era una historia con peso, con alma, con denuncia social.

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