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Eran las once y media de una mañana de domingo que pesaba como el plomo.

PARTE 1

Eran las once y media de una mañana de domingo que pesaba como el plomo.

El sol de Madrid entraba por el ventanuco del patio interior, ese que siempre huele a suavizante y a guiso ajeno.

Doña Pura, armada con un delantal de flores que había sobrevivido a tres mudanzas y a dos crisis económicas, reinaba en su cocina.

Aquel era su ecosistema, su santuario de azulejos color crema y olor a lejía con limón.

Elena, su nuera, permanecía de pie junto a la encimera de granito, sintiéndose como una intrusa en una excavación arqueológica.

Llevaba un delantal nuevo, de esos que venden en las tiendas de diseño del centro, que ponía algo así como “Chef en prácticas”.

Pura lo miró de reojo, con esa superioridad que solo te dan cuarenta años de hipoteca pagada y una salud de hierro.

—Pásame la puntilla, Elena, que este pelador moderno no saca bien el ojo de la patata —dijo Pura, extendiendo la mano sin mirar.

Elena le entregó el cuchillo pequeño, ese que estaba tan afilado que daba miedo solo con verlo.

Habían comprado cinco kilos de patatas Monalisa, porque Pura decía que las otras soltaban mucha agua y eso era “pecado mortal”.

El sonido del cuchillo rascando la piel de la patata era lo único que rompía el silencio tenso de la cocina.

Fuera, en el salón, se oía de fondo el murmullo de la televisión y los gritos ahogados de Javi viendo el previo de las motos.

Javi, el hijo de Pura y el marido de Elena, el hombre atrapado entre dos tierras, entre dos mujeres y, sobre todo, entre dos formas de entender la gastronomía.

—¿Cuántas vas a echar, Pura? —preguntó Elena, tratando de sonar colaboradora.

—Las que pida el aceite, niña, que la cocina no es una clase de matemáticas, es un sentimiento —respondió la suegra con una solemnidad casi religiosa.

Pura empezó a laminar las patatas, con una precisión quirúrgica, dejando caer los trozos en un bol de cristal que tenía desconchado el borde.

Elena observaba el ritmo, ese “clac, clac, clac” rítmico que marcaba el pulso de la mañana.

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