PARTE 1
Eran las ocho y cuarto de la mañana de un sábado que prometía ser, cuanto menos, agotador.
El sol de Madrid empezaba a filtrarse por las rendijas de la persiana de la cocina, dibujando líneas de polvo suspendido en el aire.
Pero no era el sol lo que despertaba a Lucía, sino ese sonido rítmico, constante y desesperante.
Ploc.
Tres segundos de silencio.
Ploc.
Era el grifo del fregadero, una pieza de acero inoxidable que, según el folleto de la tienda, tenía “garantía de por vida”.
Al parecer, la vida de aquel grifo había decidido terminar justo después de que la garantía expirase.
Lucía suspiró, apretando los párpados con fuerza mientras buscaba a ciegas la cafetera en la encimera.
Tenía el pelo revuelto, las ojeras de quien no ha dormido más de cinco horas y una paciencia que se deshilachaba por momentos.
Bajó la mirada hacia el fregadero y vio el pequeño charco que ya empezaba a desbordarse hacia el mármol.
— Javi, por favor, dime que has llamado al fontanero —gritó hacia el pasillo, con la voz todavía pastosa.
No hubo respuesta inmediata, solo el sonido de un bostezo lejano y el arrastrar de unas pantuflas.
Javi apareció en el umbral de la cocina, rascándose la nuca y mirando el grifo con la misma cara con la que un neandertal miraría un motor de combustión.
— He llamado a tres, Lucía —contestó él, con tono de disculpa—.
— ¿Y? —insistió ella, cruzándose de brazos.
— Pues que es sábado, cari.
— Uno me ha dicho que hasta el lunes nada.
— El otro ni me ha cogido el teléfono.
— Y el tercero, un tal “Manolo Instalaciones”, me ha dado un presupuesto que casi me hace soltar el móvil.
Lucía levantó una ceja, esperando la cifra.
— Cien euros —soltó Javi, como quien anuncia una tragedia nacional.
— Cien euros solo por venir, cambiar la junta o el cartucho y darme los buenos días.
Lucía se quedó mirando la gota que colgaba del caño, burlona, antes de estrellarse contra el fondo de metal.
— Pues págalos, Javi, págalos y que esto deje de sonar antes de que me vuelva loca.
En ese preciso instante, el timbre de la puerta resonó en toda la casa con una energía que solo podía pertenecer a una persona.
Era un timbre insistente, un código de tres toques rápidos que Lucía conocía demasiado bien.
— No puede ser —susurró ella, mirando el reloj de la pared—. Son las ocho y veinte.
— Es mi padre —dijo Javi, con un brillo de terror y alivio mezclados en los ojos—. Se le habrá olvidado que hoy íbamos nosotros a su casa.
Javi corrió a abrir la puerta mientras Lucía intentaba, en vano, recogerse el pelo con una goma elástica.
Paco entró en el piso como un vendaval, con su gorra de una caja de ahorros que ya no existía y un chaleco multibolsillos que pesaba más que él.
— ¡Buenos días, familia! —exclamó Paco, cuya voz tenía el volumen de un megáfono en una plaza de toros.
— ¿Qué hacéis todavía en pijama? ¡A estas horas ya se ha levantado el país entero!
Paco no esperó invitación; se dirigió directo a la cocina, olfateando el aire como un sabueso.
— No hay café puesto, ¿eh? Si es que esta juventud no tiene ritmo de vida.
Se detuvo en seco frente al fregadero.
Sus ojos, expertos en detectar cualquier anomalía doméstica, se clavaron en la gota rebelde.
Ploc.
Paco frunció el ceño, se ajustó las gafas de cerca que llevaba colgadas del cuello y se inclinó sobre el grifo.
— ¿Y esto? —preguntó, con un tono que denotaba una decepción profunda hacia la ingeniería moderna.
— El grifo, suegro —respondió Lucía, intentando mantener la compostura—. Se ha roto.
— Javi ha estado mirando presupuestos y nos piden cien euros por arreglarlo.
Paco se echó hacia atrás, como si le hubieran dado una bofetada física.
Se llevó las manos a la cintura y soltó una carcajada seca, de esas que solo sueltan los señores que creen saberlo todo sobre la vida.
— ¿Cien euros por cambiar un grifo? —repitió Paco, incrédulo.
Miró a su hijo y luego a Lucía, con una expresión de pura lástima.
— ¡Pero si eso es un robo a mano armada! ¡Eso es aprovecharse de la gente que no sabe ni coger un destornillador!
Paco se remangó la camisa a cuadros con una determinación que hizo que a Lucía le diera un vuelco el corazón.
— Trae un alambre, Javi, que eso te lo arreglo yo en cinco minutos.
Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda al oír la palabra “alambre”.
Recordó, con una nitidez dolorosa, el verano de 2022.
Aquel verano, Paco decidió que no hacía falta llamar a un técnico para la caldera.
El resultado fue que el trastero acabó pareciendo una piscina olímpica y tuvieron que tirar tres cajas de recuerdos de la infancia de Javi.
— Suegro, de verdad —intervino Lucía, dando un paso hacia adelante—. No se moleste.
— Que la última vez que arregló algo inundó el trastero y casi nos echan de la comunidad.
— Mejor que venga un profesional, preferimos pagar los cien euros y dormir tranquilos.
Paco la miró con una mezcla de ofensa y superioridad moral.
— Lucía, hija, no compares —dijo él, agitando una mano en el aire—. Aquello fue culpa de la presión de la calle, que es una vergüenza en este barrio.
— Además, lo del trastero fue un imprevisto técnico, una carambola del destino.
Se volvió hacia su hijo, buscando un aliado en su propia sangre.
— Javi, ¿tú vas a dejar que tu mujer tire cien euros a la basura por una tontería de estas?
Javi miró a Lucía, que le lanzaba rayos láser con los ojos.
Luego miró a su padre, que representaba toda la autoridad patriarcal y la testarudez de una generación que no cree en los manuales de instrucciones.
— Es que… hombre, cien pavos sí que duelen, Lucía —balbuceó Javi, rindiéndose a la primera de cambio.
Paco asintió, triunfante, y empezó a hurgar en los cajones de la cocina sin pedir permiso.
— ¡Es que hoy en día no tenéis ni idea de lo que es el mantenimiento de un piso! —exclamó Paco mientras sacaba un pelapatatas y lo dejaba sobre la encimera.
— Os creéis que todo se soluciona dando a un botón o llamando a una aplicación de esas del móvil.
— En mis tiempos, si algo se rompía, se arreglaba.
— Y si no se podía arreglar, se inventaba algo para que funcionara.
Paco se agachó con una agilidad sorprendente para su edad y se metió debajo del fregadero.
— ¡Aquí está el problema! —gritó desde el interior del armario, con la voz amortiguada por las botellas de detergente—. ¡Esto es una chapuza de las gordas!
Lucía miró a Javi y señaló la puerta, gesticulando para que hiciera algo.
Javi solo se encogió de hombros y se puso a preparar el café, esperando que la cafeína le diera fuerzas para lo que se avecinaba.
— ¡Javi, el alambre! —insistió Paco desde el submundo de las tuberías—. ¡Y pásame una linterna, que aquí no se ve ni jurar!
Lucía se sentó en una banqueta, apoyó la cabeza en las manos y cerró los ojos.
Podía oír el metal chocando contra el metal, el crujido de las juntas de plástico y el resoplido de Paco.
Sabía que esto no iba a acabar bien.
Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el café de Javi iba a estar quemado.
Pero ahí estaban, en una mañana de sábado, a punto de desafiar las leyes de la fontanería con un trozo de alambre y mucha soberbia.
Paco asomó la cabeza, rojo como un tomate, con una telaraña pegada a la oreja.
— ¿No tenéis un alambre de los de cerrar el pan de molde? —preguntó, totalmente serio.
— Con eso y un poco de maña, este grifo va a durar más que el edificio entero.
Lucía suspiró, preguntándose si el seguro del hogar cubría los daños causados por suegros demasiado optimistas.
La batalla por el grifo no había hecho más que empezar.
PARTE 2
Paco seguía metido bajo el mueble del fregadero, revolviendo botes de lejía y desengrasante como si buscara el Santo Grial.
— ¡Javi! —volvió a rugir—. ¿Dónde guardas las herramientas en esta casa?
— ¿En una caja de bombones? Porque aquí no encuentro ni una llave inglesa decente.
Javi, que intentaba verter el café sin que le temblara el pulso, dejó la jarra sobre la encimera.
— Papá, las herramientas están en el armario del pasillo, pero solo tengo un destornillador reversible y unos alicates chinos.
Paco soltó un bufido de desprecio que resonó en toda la tubería.
— Alicates chinos… si es que os gusta vivir al límite —refunfuñó Paco mientras salía de debajo del mueble.
Se puso en pie, se sacudió las rodillas del pantalón de pinzas y miró a Lucía con una sonrisa desafiante.
— No te preocupes, Lucía, que con el alambre del pan de molde y un poco de cinta aislante que he visto por ahí, esto queda niquelado.
Lucía sentía una pulsación en la sien derecha.
— Suegro, por favor, se lo ruego —dijo ella, con voz melosa pero cargada de una advertencia letal—.
— El alambre del pan de molde es para el pan de molde.
— Los grifos necesitan juntas de estanqueidad, teflón y, probablemente, una mano que no sea la de alguien que confunde el mantenimiento con el bricolaje de supervivencia.
Paco ni la escuchaba; ya estaba en el pasillo, saqueando el armario de las herramientas como si fuera un vikingo entrando en una aldea.
— ¡Aquí está! —exclamó, regresando con el destornillador en alto—.
— Y mira, Javi, he encontrado un rollo de hilo de pescar en este cajón. ¡Esto es oro puro para las fugas!
Lucía miró a Javi, esperando una intervención divina, pero Javi estaba demasiado ocupado mirando el suelo.
— Papá, ¿estás seguro de que el hilo de pescar sirve para esto? —preguntó Javi con timidez.
Paco se detuvo, mirando a su hijo con una expresión de “me duele que dudes de mi linaje”.
— Hijo, en la mili arreglé el motor de un camión con una cuerda de guitarra y el muelle de un bolígrafo.
— ¿Y tú me preguntas si un poco de nailon puede con una gotita de nada?
Paco volvió a su puesto de combate bajo el fregadero.
Lucía se acercó a Javi y le susurró al oído:
— Si mañana tengo que ducharme en el gimnasio porque no hay agua en casa, te juro que te pido el divorcio.
Javi tragó saliva y asintió, aunque sabía que no tenía el valor de llevarle la contraria a su padre cuando este entraba en “modo ingeniero”.
Desde debajo del mueble empezaron a salir ruidos inquietantes.
Golpes secos.
Metales que chirriaban.
Y el sonido de agua corriendo, que no debería estar corriendo en ese momento.
— ¡Cierra la llave de paso, Paco! —gritó Lucía, perdiendo la paciencia.
— ¡Está cerrada! —respondió Paco, aunque su voz sonaba un poco insegura—.
— Lo que pasa es que estas tuberías modernas tienen mucha “memoria de agua”. Es normal que suelte un poco al principio.
— ¿Memoria de agua? —repitió Lucía, mirando al techo como buscando ayuda—. ¿Qué invento es ese?
— Es un término técnico, Lucía, tú a tus cosas —sentenció Paco.
De repente, un chorro de agua fría salió disparado desde el armario del fregadero, impactando directamente en el pecho de Paco.
— ¡Ay, carajo! —gritó el suegro, intentando tapar la fuga con el pulgar.
Javi soltó el café y se lanzó al suelo para ayudar, pero lo único que consiguió fue resbalar con el agua y terminar sentado en el charco.
— ¡La llave de paso! ¡Que alguien cierre la llave de paso de verdad! —gritaba Javi mientras intentaba recuperar la verticalidad.
Lucía, con una calma que daba miedo, se dirigió al cuarto de baño, cerró la llave general de la casa y volvió a la cocina.
El silencio volvió a reinar, roto solo por el goteo del agua que caía desde el pecho empapado de Paco al suelo de baldosas.
Paco salió de debajo del mueble, chorreando, con la gorra torcida y el alambre del pan de molde todavía en la mano.
— Ha sido un fallo del retén —dijo Paco, intentando salvar la dignidad—. Estaba pasado, se ha desintegrado en mis manos.
— ¿En serio, Paco? —dijo Lucía, señalando el desastre—. ¿Esa es tu explicación profesional?
— Es que me habéis dado un destornillador que no tiene la punta imantada —se defendió él—. Así no hay quien trabaje con precisión.
Paco se quitó el chaleco multibolsillos, que ahora pesaba cinco kilos más por el agua, y lo dejó sobre la mesa de la cocina.
— Pero no os preocupéis, que ya sé lo que falla.
— Solo necesito bajar un momento a la ferretería de la esquina a comprar una “T” de cobre y un poco de masilla.
— ¡Ni se le ocurra! —gritó Lucía—.
— De aquí no sale nadie a comprar nada que no sea un grifo nuevo y un fontanero que sepa lo que hace.
Paco se puso digno.
Se irguió todo lo que le permitía su estatura y miró a Lucía con ojos entrecerrados.
— Cien euros, Lucía. Cien euros por un trabajo de diez minutos.
— Prefiero gastarme diez euros en materiales y usar el cerebro, que para algo lo tengo.
— Además, la ferretería de aquí abajo es de un amigo mío, Pepe. Él me dará el consejo técnico necesario.
Paco no esperó réplica.
Agarró las llaves de su coche y salió de la casa dejando un rastro de agua por el pasillo.
Lucía miró a Javi.
Javi miró a Lucía.
— Javi —dijo ella con una voz gélida—.
— Dime, cariño.
— Como tu padre vuelva con una pieza de cobre y un soplete, me voy a vivir a un hotel y te paso la factura a ti.
Javi se puso a fregar el suelo en silencio, sabiendo que su padre, cuando se ponía cabezón, era capaz de reconstruir la red de alcantarillado de Madrid antes de admitir que no sabía arreglar un grifo.
Mientras tanto, en la calle, Paco caminaba con paso firme hacia la ferretería, convencido de que estaba a punto de salvar la economía familiar de un desfalco de cien euros.
Para él, no era solo un grifo.
Era una cuestión de principios.
Era la lucha del hombre contra la obsolescencia programada y contra esos fontaneros que, según él, llevaban la tarifa de precios escrita en el lateral de un yate.
— Cien euros… —refunfuñaba Paco entre dientes—. ¡Por mis muelas que esto lo arreglo yo por menos de lo que cuesta un menú del día!
Llegó a la ferretería y saludó a Pepe con un gesto de complicidad masculina.
— Pepe, dame algo para un grifo de esos modernos, de los que se rompen con mirarlos.
— Y que no sea muy caro, que mi nuera se cree que somos millonarios.
Pepe, que conocía a Paco desde hacía treinta años, suspiró y sacó una caja de juntas de goma.
Sabía que la mañana iba a ser larga.
PARTE 3
La ferretería de Pepe era un santuario de estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, repletas de tornillos, botes de pintura y herramientas que parecían sacadas de una película de tortura medieval.
Paco se movía por allí como si estuviera en su propio salón.
— A ver, Pepe —dijo Paco, apoyando los codos en el mostrador—. El grifo es monomando. De esos que tienen un diseño muy bonito pero que por dentro son de mírame y no me toques.
Pepe examinó a Paco, que todavía tenía la camisa húmeda y el pelo despeinado.
— Paco, si el cartucho del monomando se ha ido, lo mejor es que compres uno nuevo —le aconsejó el ferretero con sinceridad—.
— Los arreglos con alambre y masilla solo duran tres días y al cuarto tienes que llamarme a mí para que te venda el grifo completo.
Paco se indignó.
— ¡Qué cartucho ni qué niño muerto! —exclamó—. Eso es lo que dicen para venderte la pieza entera.
— Yo lo que necesito es una solución de ingeniería de campo.
— Dame una junta tórica, un poco de estopa y ese pegamento de contacto que aguanta hasta una explosión nuclear.
Pepe suspiró, sabiendo que discutir con Paco era como intentar convencer a una pared de que se moviera tres centímetros a la izquierda.
Le puso sobre el mostrador un surtido de piezas que, en manos de Paco, eran armas de destrucción masiva para la fontanería doméstica.
— Son ocho con cincuenta, Paco. Pero te lo advierto: como inundes el piso, no digas que has venido aquí.
Paco pagó con un billete de diez, orgulloso de su ahorro.
— ¿Lo ves? Ocho cincuenta frente a cien pavos. ¡Noventa y un euros con cincuenta de beneficio neto!
Regresó al piso de Lucía y Javi con el pecho inflado como un palomo.
Al entrar, se encontró a Lucía sentada en el sofá, mirando el vacío, con una taza de tila entre las manos.
Javi estaba sentado a su lado, en una posición de sumisión absoluta.
— ¡Ya tengo la solución! —anunció Paco, agitando la bolsa de la ferretería—.
— Pepe me ha dado los componentes de élite. Esto no lo rompe ni un terremoto.
Lucía ni siquiera levantó la vista.
— Suegro, el fontanero de los cien euros ha llamado. Dice que puede venir en media hora porque se le ha caído un aviso.
Paco se detuvo en seco, con la bolsa en el aire.
— ¿En media hora? —preguntó, con un tono de traición—. ¿Habéis llamado a escondidas?
— No ha sido a escondidas, papá —intervino Javi—. Es que hemos visto que el agua empezaba a filtrarse por el suelo hacia el vecino de abajo.
Paco soltó una carcajada de incredulidad.
— ¿El vecino de abajo? ¡Pero si ese hombre siempre se está quejando por todo!
— ¡Dile al fontanero que no venga! ¡Que no tire vuestro dinero!
— Paco, por favor… —suplicó Lucía—.
— ¡Nada de “por favor”! ¡Dejad paso al experto!
Paco se dirigió a la cocina con una energía renovada, casi mística.
Se metió de nuevo bajo el fregadero, pero esta vez con una técnica diferente.
Empezó a aplicar el pegamento de contacto con una generosidad alarmante.
— ¡Esto es lo que le faltaba! ¡Un buen sellado estructural! —gritaba Paco desde las profundidades del mueble.
El olor a pegamento empezó a invadir toda la casa, un aroma químico que hacía que los ojos escocieran.
— Papá, ¿no crees que estás echando mucho pegamento? —preguntó Javi, asomándose con precaución.
— El pegamento nunca es mucho, Javi. El pegamento es seguridad.
De repente, se oyó un sonido seco.
Crack.
Un silencio sepulcral inundó la cocina.
— ¿Qué ha sido eso? —preguntó Lucía, poniéndose de pie de un salto.
Paco no respondió de inmediato.
Se oyó un forcejeo, un resoplido y, finalmente, Paco salió de debajo del mueble.
Tenía la mano derecha completamente cubierta de pegamento y pegada a una de las tuberías de cobre que, inexplicablemente, se había soltado de la pared.
— Tenemos un pequeño contratiempo —dijo Paco, intentando mantener la calma mientras tiraba de su mano sin éxito.
— ¡Te has pegado a la tubería! —gritó Javi, sin saber si reír o llorar.
— No me he pegado, Javi. Estoy… sujetándola para que el pegamento fragüe correctamente —mintió Paco descaradamente.
Lucía entró en la cocina y vio la escena.
Su suegro, un hombre de sesenta y pico años, estaba de rodillas, unido físicamente a la instalación de agua de la casa.
— Esto es el colmo —dijo Lucía, sacando el móvil—.
— ¿A quién llamas? —preguntó Paco, con un hilo de sudor recorriéndole la frente.
— Al fontanero no. Voy a llamar a los bomberos para que te corten la mano o a un exorcista, porque esto no es normal.
— ¡No exageres, Lucía! —protestó Paco—. Trae un poco de acetona y esto sale en un periquete.
Javi corrió a por la acetona del neceser de Lucía.
Mientras intentaban despegar a Paco de la tubería, el timbre volvió a sonar.
Era el fontanero de los cien euros.
Un hombre alto, con un uniforme limpio y un maletín de herramientas que brillaba como si fuera de oro.
Entró en la cocina, miró a Paco pegado a la pared, miró el charco de agua, el hilo de pescar esparcido por el suelo y el alambre del pan de molde.
El fontanero suspiró, dejó su maletín en el suelo y se cruzó de brazos.
— Buenos días —dijo el profesional con una calma envidiable—.
— Supongo que ustedes son los del “arreglo de cinco minutos”, ¿verdad?
Paco, todavía pegado a la tubería, le lanzó una mirada de odio.
— ¡Esto es un imprevisto técnico! —rugió el suegro—. ¡Yo sé perfectamente lo que estoy haciendo!
El fontanero miró a Lucía.
— Señora, mi tarifa de cien euros era por cambiar un grifo.
— Por despegar a un señor de la red de agua general y arreglar el desastre que ha montado… eso va a ser otra tarifa diferente.
Lucía cerró los ojos y asintió.
— Pida lo que quiera. Como si quiere las escrituras del piso. Solo sáquenos de esta.
Paco intentó protestar, pero Javi le echó un chorro de acetona en la mano y el suegro soltó un alarido que se oyó en todo el barrio.
La batalla del grifo estaba llegando a su clímax, y el presupuesto de cien euros empezaba a parecer una ganga.
PARTE 4
El fontanero, cuyo nombre resultó ser Ricardo, observaba la escena con la paciencia de un monje tibetano que ha visto demasiados tutoriales de YouTube cobrarse víctimas inocentes.
Con un movimiento experto y un disolvente profesional, logró liberar a Paco de la tubería de cobre en menos de dos minutos.
Paco se miraba la mano, roja y con restos de pegamento, como si fuera una herida de guerra de la que sentirse orgulloso.
— Ves, Ricardo —dijo Paco, intentando recuperar el mando de la situación—. El problema es que el material de esta casa es de baja calidad.
— Si las tuberías fueran de las de antes, de plomo, esto no pasaba.
Ricardo ni siquiera le contestó; se limitó a sacar una llave de grifa y empezar a desmontar el desastre que Paco había creado.
— Mire, caballero —dijo el fontanero mientras sacaba trozos de hilo de pescar del interior del desagüe—.
— He visto gente creativa, pero lo del hilo de pescar es nuevo.
— Casi consigue crear un tapón que habría reventado la tubería del vecino.
Lucía estaba apoyada en la encimera, mirando cómo Ricardo trabajaba con una eficiencia que le devolvía la fe en la humanidad.
En diez minutos, el grifo viejo estaba fuera.
En otros diez, un grifo nuevo, brillante y funcional estaba instalado en su lugar.
Sin alambres.
Sin pegamento de contacto.
Sin dramas familiares.
Ricardo abrió la llave de paso y el agua fluyó con un sonido limpio y constante.
Luego la cerró.
Ni una gota.
Ni un rastro de humedad.
— Ahí lo tienen —dijo Ricardo, recogiendo sus herramientas—. Grifo nuevo, latiguillos reforzados y la instalación revisada.
Paco miraba el grifo con desconfianza, como si esperara que fuera a explotar en cualquier momento.
— ¿Y cuánto es la broma al final? —preguntó el suegro, preparando el contraataque verbal.
Ricardo miró su libreta.
— Por el trabajo de fontanería, el material extra y el “plus de rescate de suegro”… son ciento ochenta euros.
Lucía sintió un pequeño mareo, pero sacó la tarjeta de crédito sin rechistar.
Paco, por su parte, estuvo a punto de sufrir una apoplejía.
— ¡Ciento ochenta euros! —gritó, escandalizado—. ¡Si con eso me compro yo tres grifos y una cena para toda la familia!
— ¡Os lo dije! ¡Os dije que esto era una estafa!
Ricardo le entregó la factura a Lucía y le guiñó un ojo.
— Señora, un consejo: la próxima vez que su suegro diga “trae un alambre”, esconda la caja de herramientas bajo llave.
El fontanero se marchó, dejando tras de él un silencio denso en la cocina.
Paco se sentó a la mesa, todavía con la mano algo pegajosa, y miró a Javi y a Lucía con una expresión de profunda decepción.
— No tenéis ni idea de lo que vale el dinero —sentenció Paco, recuperando su tono de sabio incomprendido—.
— Habéis tirado ciento ochenta euros por algo que yo tenía casi controlado.
— ¿Casi controlado? —estalló Lucía, riendo por no llorar—. ¡Estabas pegado a la tubería como un cromo, Paco!
— ¡Casi nos dejas sin agua y sin cocina!
— Detalles, Lucía, puros detalles —respondió él, restándole importancia con un gesto de la mano—.
— Lo importante es que ahora el grifo funciona, pero que sepáis que ese fontanero os ha timado.
— Ese grifo lo he visto yo en el bazar de debajo de mi casa por la mitad de precio.
Javi, intentando suavizar las cosas, le puso un café recién hecho a su padre.
— Venga, papá, no te enfades. Al menos ya no gotea.
Paco bebió un sorbo de café, arrugó la nariz y miró el grifo nuevo.
Se levantó, se acercó al fregadero y lo examinó de cerca.
— No sé yo… —murmuró—. El monomando va un poco duro.
— Si me traes un poco de aceite de oliva y un palillo, te lo ajusto en un momento para que vaya más suave.
Lucía y Javi se miraron al unísono.
Sin decir una palabra, Lucía agarró a Paco por el brazo y Javi por el otro, y lo escoltaron amablemente hacia la puerta de salida.
— ¡Eh, eh! ¡Que todavía no he terminado el café! —protestaba Paco mientras era empujado por el pasillo.
— Suegro, se ha terminado el mantenimiento por hoy —dijo Lucía con una sonrisa forzada—.
— Váyase a dar un paseo, disfrute del sábado y, por lo que más quiera, no mire ninguna alcantarilla por el camino.
Cerraron la puerta y echaron la llave.
Se quedaron los dos apoyados contra la madera, respirando hondo.
Desde el otro lado, se oía la voz de Paco alejándose por el rellano:
— ¡Es que hoy en día no aguantáis nada! ¡En mis tiempos las reparaciones eran una aventura!
Lucía miró a Javi.
Javi miró a Lucía.
— Javi —dijo ella—.
— ¿Sí?
— Si alguna vez te pareces a tu padre y me pides un alambre para arreglar algo, duermes en el rellano.
Javi asintió vigorosamente.
— Entendido, jefa.
Se dirigieron a la cocina, se sirvieron dos cafés y se quedaron mirando el grifo nuevo en silencio.
Era un grifo precioso.
Costoso, accidentado y motivo de una crisis familiar, pero funcionaba perfectamente.
Y lo mejor de todo: no había ni un solo trozo de alambre a la vista.
Al menos hasta que se rompiera la persiana del salón, que Paco ya le había echado el ojo antes de irse.
Pero esa era una batalla para otro sábado.
Uno en el que Lucía pensaba esconder todas las herramientas en el congelador.