Eran las nueve y cuarto de una mañana de domingo en un barrio cualquiera de Madrid.
El sol entraba por la persiana a medio bajar, dibujando rayas de luz sobre el parqué desgastado.
Elena respiró hondo, sintiendo el peso de la semana en los párpados.
Sus párpados pesaban como si estuvieran hechos de hormigón armado.
Había trabajado sesenta horas esa semana en la gestoría, aguantando a clientes que no sabían ni lo que era un IVA soportado.
Se quedó mirando el techo, contando las grietas de la moldura de yeso.
Una, dos, tres… y esa mancha que parecía el mapa de Italia.
A su lado, Carlos roncaba con la cadencia de un tractor de los años setenta.
Era un ronquido rítmico, casi reconfortante si no fuera porque Elena tenía una misión.
Miró el rincón de la habitación.
Allí estaba ella.
La Dyson.
El arma de destrucción masiva contra la pelusa y el abandono doméstico.
Elena sabía que encenderla un domingo a esa hora era el equivalente a declarar la guerra en los Balcanes.
Pero no tenía otra opción.
El pasillo era un desierto de bolas de polvo que parecían tener vida propia.
Había visto una rodar por el salón que casi le saluda al pasar.
Se levantó de la cama con el sigilo de un ninja con lumbago.
Sus pies descalzos tocaron el suelo frío y soltó un siseo entre dientes.
Caminó por el pasillo, esquivando los juguetes del perro y una zapatilla solitaria de Carlos.
Llegó al armario de la limpieza.
Abrió la puerta con cuidado, pero el palo de la mopa decidió suicidarse y cayó con un estrépito metálico contra el suelo.
—¡Mierda! —susurró Elena, congelada en el sitio.
Escuchó el silencio de la casa.
Carlos ni se inmutó.
Ese hombre podría dormir a través de un bombardeo si el colchón fuera el suyo.
Elena agarró la aspiradora.
Sintió el gatillo bajo su dedo índice.
Era una sensación de poder peligrosa.
Sabía que fuera, en el descansillo, la vida dominical seguía su curso lento.
El vecino del 3ºB probablemente estaría bajando a por el Marca y los churros.
La señora Conchi estaría ya regando sus macetas con ese agua que siempre acababa goteando en el toldo de Elena.
Y entonces, el pensamiento prohibido cruzó su mente.
“Si empiezo ahora, a las diez he acabado y puedo ver el programa de cocina tranquila”.
Encendió la máquina.
El zumbido agudo desgarró el silencio del salón como una sierra eléctrica en una biblioteca.
Zzzzzzzzzzzzzzzzz.
Elena empezó por el sofá, moviendo la boquilla con saña profesional.
Absorbía migas de patatas de la noche anterior, pelos de perro y esperanzas frustradas de un descanso real.
Estaba en pleno trance, casi disfrutando de la succión perfecta sobre la alfombra de IKEA, cuando escuchó el sonido.
No era la aspiradora.
Era algo más terrorífico.
Tres golpes secos en la puerta principal.
Y el sonido de una llave girando en la cerradura.
Solo había una persona en todo el código postal 28045 que tuviera llave y la audacia de entrar sin llamar al timbre.
Elena soltó el gatillo.
El motor de la aspiradora murió con un lamento descendente.
El silencio que siguió fue más ruidoso que el estruendo de antes.
La puerta se abrió de par en par.
Apareció ella.
Doña Paquita.
Iba impecable, con su pelo cardado a prueba de huracanes y una chaqueta de punto color lavanda que olía a suavizante y a juicio final.
Llevaba una bolsa de la panadería en una mano y su bolso de piel en la otra, colgado del antebrazo con una elegancia marcial.
Paquita se quedó en el umbral, mirando fijamente la aspiradora que Elena aún sostenía como si fuera un fusil de asalto.
Se hizo un silencio espeso, de esos que se pueden cortar con un cuchillo de sierra.
Paquita levantó una ceja, una maniobra que en ella equivalía a una declaración de guerra de la ONU.
—¿Pasando la aspiradora un domingo por la mañana? —preguntó Paquita, con esa voz que parecía terciopelo sobre lija.
Elena sintió que un sudor frío le recorría la nuca.
—Hola, Paquita… no te esperaba tan temprano —balbuceó Elena.
Paquita entró en el salón, evitando cuidadosamente una zona que Elena aún no había limpiado.
—Los vecinos van a pensar que no tienes otro momento, hija —sentenció la suegra, dejando la bolsa de cruasanes sobre la mesa llena de revistas.
Elena apretó el mango de la Dyson con más fuerza.
—Es que no tengo otro momento, suegra —dijo, intentando mantener la voz plana—. Trabajo de lunes a sábado, ya lo sabe.
Paquita suspiró profundamente, un suspiro cargado de siglos de tradición matriarcal española.
Se acercó a una estantería y, con un gesto casi imperceptible, pasó el dedo índice por el borde.
Luego miró su dedo.
No dijo nada, pero la mirada que le lanzó a Elena fue suficiente para hundir una flota.
—El domingo es para descansar y dar un paseo —dijo Paquita, sacando un pañuelo de encaje de su manga—. No para dar el ruido con la máquina y molestar a los que quieren tener un día del Señor tranquilo.
Elena sintió que la vena de la sien empezaba a latirle al ritmo de la música tecno.
—No molesto a nadie, Paquita. Son las nueve y media pasadas.
—A las nueve y media la gente de bien está desayunando o vistiéndose para ir a ver a la familia —replicó Paquita, sentándose en el borde del sofá como si temiera contaminarse—. No levantando el polvo para que se le meta a la pobre señora del cuarto en los pulmones.
—La señora del cuarto está sorda como una tapia, usted lo sabe perfectamente —replicó Elena, dando un paso adelante.
—Pero siente las vibraciones, Elena. Las vibraciones son lo peor para los nervios.
Paquita miró la aspiradora con una mezcla de desprecio y curiosidad tecnológica.
—En mis tiempos usábamos la escoba. No hacía falta despertar a todo el vecindario para quitar cuatro pelusas.
—Esas “cuatro pelusas” son el ecosistema propio de este piso desde que no paramos por casa —dijo Elena, empezando a perder la paciencia—. Y la escoba solo mueve el polvo de un sitio a otro, Paquita. Esto lo aspira.
—Lo que tú digas, hija. Pero tienes la casa que parece una zona de guerra. ¿Es que Carlos no te ayuda?
Elena puso los ojos en blanco, aunque sabía que Paquita no la veía porque estaba ocupada examinando una mancha de café en la mesa.
—Carlos está durmiendo. Ha tenido una semana dura también.
—Pobre mío —susurró Paquita—. Normal que duerma, con este estrépito de turbinas que tienes montado.
Elena respiró hondo, contando hasta diez en tres idiomas diferentes.
—Suegra, si he empezado a limpiar es precisamente para que cuando Carlos se levante podamos ir a dar ese paseo que usted dice.
Paquita se levantó y empezó a caminar hacia la cocina.
Elena la siguió, arrastrando la aspiradora como si fuera un perro de caza que se niega a soltar la presa.
—Yo he venido porque os traía unos cruasanes de los de la esquina, de los que le gustan a mi hijo —dijo Paquita mientras abría los armarios con una familiaridad irritante—. Pero veo que aquí no se puede ni poner un café sin tropezar con un cable.
—El cable es retráctil —dijo Elena, aunque sabía que era una batalla perdida.
—¿Y esta cafetera? —preguntó Paquita, señalando la Nespresso como si fuera un artefacto alienígena—. ¿Todavía no habéis comprado una de las de toda la vida? El café de cápsula es agua sucia, Elena. Se nota que no tienes tiempo ni para que suba el aroma.
—Es más rápido, Paquita.
—Lo rápido no siempre es bueno. Mira este suelo.
Paquita señaló una esquina donde la aspiradora aún no había llegado.
—Hay ahí una familia de ácaros planeando la conquista del pasillo.
Elena sintió que el sarcasmo le subía por la garganta como el reflujo.
—Pues dígales que esperen, que ahora mismo paso la “máquina del ruido” y los mando al exilio.
—No me hables así, que yo solo quiero ayudar —dijo Paquita, adoptando de repente un tono de víctima profesional—. Una viene aquí con toda su buena voluntad, cargada con el desayuno, y se encuentra con que la reciben como si fuera la inquisición.
—Es que a veces se parece un poco, suegra.
Paquita se llevó una mano al pecho, fingiendo un microinfarto de indignación.
—¿La inquisición yo? ¡Por Dios, Elena! Solo digo que un domingo a estas horas no son formas. ¿Qué va a pensar la de abajo?
—La de abajo trabaja de noche en el hospital, a esta hora está en el séptimo sueño —argumentó Elena.
—Peor me lo pones. La vas a despertar con ese zumbido de avión a reacción.
Paquita se acercó a la encimera y empezó a mover los botes de especias.
—Esto está todo desordenado. ¿El pimentón al lado de la sal? ¿Quién hace eso?
—Yo lo hago, Paquita. Es mi cocina.
—Es la cocina de mi hijo también. Y él siempre ha sido muy ordenado. Lo saqué yo así.
Elena estuvo a punto de decir que el “hijo ordenado” no sabía dónde estaba el cesto de la ropa sucia aunque tropezara con él todos los días, pero se calló.
La tensión en la cocina era tan densa que se podría haber untado en los cruasanes.
Paquita se dio la vuelta, con una bayeta que había aparecido mágicamente en su mano.
—Dame eso —dijo, señalando la aspiradora.
—¿Qué? No, ni hablar.
—Que me la des. Si vas a hacer ruido, al menos hazlo bien. Se nota que no llegas a los rincones.
—Paquita, por favor, deje la aspiradora. Es moderna, tiene tres velocidades y un filtro HEPA que usted no sabría ni pronunciar.
—Hija, que yo he limpiado casas más grandes que este piso antes de que tú supieras andar —replicó la suegra, arrebatándole el mango con una agilidad sorprendente—. Y no necesito filtros de esos para ver dónde está la roña.
Elena se quedó con las manos vacías, mirando cómo su suegra empuñaba la Dyson como si fuera el cetro de una reina guerrera.
Paquita pulsó el botón.
La máquina rugió de nuevo.
Pero Paquita no aspiraba como Elena.
Paquita aspiraba con una técnica de asalto, moviendo los muebles con una mano y pasando el cabezal con la otra, mientras murmuraba cosas sobre la juventud de hoy en día.
—¡Paquita, va a rayar el suelo! —gritó Elena por encima del ruido.
—¡Esto no raya nada, esto está más suave que la seda! —gritó Paquita sin dejar de avanzar hacia el pasillo.
En ese momento, la puerta del dormitorio se abrió.
Apareció Carlos, con el pelo alborotado, en calzoncillos y una camiseta de “I love Benidorm” que le quedaba pequeña.
Se quedó mirando la escena: su mujer con cara de querer asesinar a alguien y su madre pasando la aspiradora a toda potencia por el pasillo.
—¿Qué pasa? —preguntó Carlos, frotándose los ojos—. ¿Ha habido un terremoto?
Paquita detuvo la máquina en seco.
—Lo que ha habido es una falta de consideración, hijo mío —dijo Paquita, mirando de arriba abajo las pintas de su hijo—. Mira cómo vas. Tu padre nunca se levantaba después de las ocho un domingo.
Carlos miró a Elena buscando auxilio.
Elena solo señaló la aspiradora con un gesto amargo.
—Tu madre dice que hago mucho ruido —dijo Elena—. Así que ahora lo está haciendo ella, pero con estilo.
Carlos suspiró, sabiendo que se acababa de meter en un campo de minas sin calzado adecuado.
—Mamá, ¿qué haces aquí tan pronto?
—Traeros el desayuno, Carlos. Pero vuestra mujer prefiere despertar a todo el barrio antes que sentarse a tomar un café como personas normales.
Elena cruzó los brazos sobre el pecho.
—He dicho que no tengo otro momento.
—Y yo digo que el domingo es sagrado —sentenció Paquita—. Pero ya que he empezado, voy a terminar este pasillo, porque si esperamos a que tú veas ese nido de arañas, nos comen los bichos.
Paquita volvió a encender la aspiradora con un gesto triunfal.
Carlos miró el reloj de la pared.
Eran las nueve y cuarenta y cinco.
Sabía que el domingo acababa de ser oficialmente cancelado.
Parte 2
El zumbido de la aspiradora en manos de Paquita era diferente.
No era un ruido funcional, era un ruido acusador.
Cada vez que el cabezal golpeaba contra un rodapié, Elena sentía una punzada en la base del cráneo.
Carlos, mientras tanto, intentaba mantener el equilibrio entre el sueño y la supervivencia.
—Mamá, deja eso, de verdad —dijo Carlos, acercándose a su madre—. Que Elena ya lo estaba haciendo.
Paquita no soltaba el aparato.
Lo manejaba como si estuviera desminando un campo en la frontera.
—Tu mujer lo hace por encima, Carlos. Por donde ve la suegra, como decía mi madre.
Elena, que seguía en la puerta de la cocina, soltó una carcajada seca.
—¡Paquita, que yo soy la nuera! ¡Ese refrán no tiene sentido aquí!
Paquita se detuvo, dejando que el motor bajara de revoluciones.
Miró a Elena con una sonrisa de esas que esconden un puñal de plata.
—Es una forma de hablar, hija. No te lo tomes todo a la tremenda, que tienes los nervios de punta.
—Tengo los nervios de punta porque no puedo ni limpiar mi casa en paz —replicó Elena, entrando de nuevo en el salón—. Primero que si hago ruido, y ahora que si no limpio bien. ¿En qué quedamos?
Paquita dejó la aspiradora apoyada contra la pared.
Se sacudió las manos como si acabara de terminar una jornada de trabajos forzados.
—Quedamos en que sois unos desorganizados. Carlos, ve a vestirte, que pareces un náufrago de los que salen en las noticias.
Carlos miró su camiseta de Benidorm con cariño herido.
—Es mi pijama de los domingos, mamá.
—Pues es una vergüenza de pijama. Si entra alguien y te ve así, se piensa que en esta casa no hay para ropa.
—No va a entrar nadie, Paquita —dijo Elena—. Es domingo por la mañana. Excepto usted, claro.
Paquita ignoró el dardo con la maestría de un torero veterano.
Se dirigió a la mesa del salón y empezó a sacar los cruasanes de la bolsa de papel.
El olor a mantequilla empezó a flotar por el aire, compitiendo con el olor a ozono y polvo quemado de la aspiradora.
—Sentaros —ordenó Paquita—. Vamos a desayunar como Dios manda y a dejarnos de máquinas.
Elena miró el pasillo a medio aspirar.
La Dyson se quedó allí, como un monumento al esfuerzo interrumpido.
—No puedo desayunar ahora, Paquita. Si me paro, ya no termino —dijo Elena—. Y esta tarde vienen tus sobrinos a ver el fútbol con Carlos, y no quiero que vean esto así.
Paquita se detuvo con un cruasán en la mano.
—¿Vienen los sobrinos? ¿Los de Guadalajara?
—Sí, mamá —dijo Carlos, rascándose la nuca—. Me llamó ayer Paco y me dijo que bajaban a Madrid y que si podíamos ver el partido aquí.
Paquita cambió de expresión en un segundo.
De la indignación pasó a la alerta roja de anfitriona por poderes.
—¿Y me lo decís ahora? —exclamó Paquita—. ¡Esos chicos son como limas! ¡Comen por siete!
—Solo vienen a ver el fútbol, Paquita. Traerán unas cervezas y ya está —intentó calmarla Elena.
—¿Cervezas? ¿Y qué les vas a poner de picar? ¿Las pelusas que estabas aspirando? —Paquita se puso en modo general de brigada—. Carlos, ve a la ducha ahora mismo. Elena, olvida la aspiradora. Hay que ir al mercado.
—El mercado está cerrado, suegra —dijo Elena con una sonrisa triunfal—. Es domingo.
Paquita la miró como si Elena acabara de decir que la Tierra era plana.
—El mercado de la plaza abre los domingos por la mañana para los puestos de fruta y la charcutería de Manuel. Parece que vivas en una cueva, hija.
Elena suspiró. Había olvidado el pequeño enclave de comercio tradicional que resistía al domingo en el barrio.
—No voy a ir al mercado —dijo Elena, cruzando los brazos—. Tengo la nevera llena.
Paquita abrió la nevera antes de que Elena pudiera dar un paso.
La examinó con la minuciosidad de un inspector de sanidad buscando una cepa de botulismo.
—Tres yogures caducados, un trozo de queso que tiene más años que el Papa y… ¿esto qué es? ¿Salsa de esa de soja? —Paquita sacó el bote de cristal como si fuera veneno—. Con esto no se alimenta a unos invitados, Elena. Esto es modernidad mal entendida.
—Es para hacer sushi, mamá —dijo Carlos desde la puerta, intentando participar.
—¿Sushi? ¿Pescado crudo? ¡A mis sobrinos les pones pescado crudo y te tiran por el balcón! Esos chicos necesitan sustancia. Unas tajadas de lomo, un poco de jamón del bueno…
Paquita cerró la nevera con un golpe seco.
—Yo me encargo. Carlos, vístete. Elena, tú sigue con tu ruidito si quieres, pero que sepas que cuando lleguen tus primos y vean que no hay ni una aceituna en esta mesa, la vergüenza va a ser para ti.
—No va a haber vergüenza porque no es una cena de gala, Paquita —dijo Elena, levantando la voz—. ¡Es un partido de fútbol! ¡Se supone que es un rato relajado!
—En mi familia nunca se está relajado cuando hay hambre —sentenció Paquita—. Carlos, las llaves del coche.
—¿Vas a ir tú sola? —preguntó Carlos, asustado por la seguridad vial de los vecinos.
—No, vas a venir tú a cargar con las bolsas. Y así te da el aire, que tienes cara de estar oxidado.
Carlos miró a Elena. Sus ojos pedían clemencia.
Elena sintió una mezcla de lástima por su marido y una rabia sorda por haber perdido el control de su propia mañana.
—Vete, Carlos —dijo Elena—. Vete antes de que decida que la aspiradora es un arma arrojadiza.
Paquita sonrió, satisfecha con su victoria territorial.
—Ves, si es que en el fondo nos entendemos —dijo la suegra, dándole una palmadita en el brazo a Elena que dolió más que un bofetón—. Tú termina de limpiar los rincones, que yo te traigo algo de fundamento para la despensa.
Paquita y Carlos salieron del piso.
Elena escuchó el portazo y se quedó sola en el silencio del salón.
Miró la Dyson.
La Dyson parecía burlarse de ella.
Estaba ahí, a medio camino entre el mueble de la tele y la alfombra.
Elena se dejó caer en el sofá y agarró uno de los cruasanes que Paquita había dejado.
Estaba frío.
Le dio un mordisco y sintió el sabor de la derrota envuelto en hojaldre.
—Un domingo tranquilo —susurró para sí misma—. “Vamos a descansar”, decía Carlos.
Se levantó con una energía renovada por la indignación.
Si Paquita quería limpieza, iba a tener limpieza.
Pero no la limpieza de “donde ve la suegra”.
Elena encendió la aspiradora de nuevo, esta vez en modo “Turbo Max”.
El motor rugió con una potencia que hizo que las luces del salón parpadearan un poco.
Empezó a mover los sillones ella sola, arrastrándolos por el parqué sin importarle el ruido.
¡PAM!
El sillón golpeó la pared.
—¡Toma vibraciones, señora del cuarto! —gritó Elena.
Empezó a aspirar las cortinas, las lámparas, incluso el interior de los cajones.
Estaba en un frenesí de higiene doméstica.
De repente, el timbre volvió a sonar.
Elena se detuvo, con el corazón a mil por hora.
“¿Ya han vuelto? No les ha dado tiempo ni a salir del garaje”, pensó.
Fue a la puerta y miró por la mirilla.
No era Paquita.
Era el vecino del 3ºB, el de los churros.
Elena abrió la puerta, todavía con la aspiradora en la mano y el pelo desgreñado.
El vecino la miró con los ojos como platos.
—¿Pasa algo, Elena? Se oyen unos golpes… parece que estás tirando el tabique.
Elena forzó una sonrisa que probablemente daba miedo.
—No pasa nada, Manolo. Es que estoy haciendo limpieza general. De esa que solo se puede hacer los domingos, ¿sabes?
Manolo miró la bolsa de churros que llevaba en la mano y luego a Elena.
—Ya… pero es que mi mujer está intentando dormir y dice que parece que tienes un helicóptero aparcado en el salón.
—Dile a tu mujer que es el sonido del progreso, Manolo —dijo Elena—. Y que si quiere, le presto la máquina cuando termine, que por lo visto en este edificio somos todos muy amantes de la higiene dominical.
Manolo retrocedió un paso, intimidado por la mirada de loca de Elena.
—Vale, vale… yo solo decía… que si podías bajar un poco el pistón.
—Lo intentaré, Manolo. Pero el polvo no descansa, ¿sabes? El polvo es como el pecado, siempre está acechando.
Elena cerró la puerta con una suavidad exagerada.
Se apoyó contra la madera, respirando hondo.
Se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en lo que más temía.
Se estaba convirtiendo en una persona que discutía con los vecinos por la limpieza.
Miró el reloj. Diez y cuarto.
En ese momento, su teléfono móvil vibró en el bolsillo de su bata.
Era un mensaje de Carlos.
“Socorro. Estamos en la charcutería y mamá está discutiendo con Manuel sobre si el jamón tiene que ser de bellota o de cebo. Dice que si es de cebo, no lo compra. Manuel está sacando el cuchillo grande. No sé si para el jamón o para nosotros. Ayuda”.
Elena sonrió para sus adentros.
Sintió un pequeño momento de justicia divina.
“Que te den, Carlos”, pensó. “Eso por no defenderme antes”.
Pero la sonrisa se le borró cuando escuchó un ruido extraño proveniente de la cocina.
Un goteo.
Ploc. Ploc. Ploc.
Elena caminó hacia la cocina y miró al techo.
Justo encima de la encimera, una mancha de humedad empezaba a expandirse a una velocidad alarmante.
—No puede ser —susurró.
El agua caía rítmicamente sobre sus botes de especias, mojando el pimentón que Paquita tanto había criticado.
—¡Lo que me faltaba! —gritó Elena al techo—. ¡La señora del cuarto me está inundando!
Agarró el teléfono y llamó a Carlos.
—¡Vuelve ahora mismo! —le gritó en cuanto descolgó—. ¡Dile a tu madre que se olvide del jamón! ¡Tenemos una catarata en la cocina!
—¿Qué? —la voz de Carlos sonaba lejana, entre gritos de Paquita de fondo—. ¿Qué catarata?
—¡Que la sorda del cuarto ha dejado el grifo abierto! ¡Y mi domingo se está yendo literalmente por el desagüe!
Elena colgó y se quedó mirando cómo el agua empezaba a formar un charco en el suelo que ella acababa de limpiar.
Miró la aspiradora.
—Y tú no sirves para recoger agua, ¿verdad, bonita?
La Dyson permaneció en silencio, como si supiera que aquel era un problema que escapaba a su tecnología HEPA.
Parte 3
Elena estaba subida a una escalera plegable, tratando de contener la inundación con un cubo de fregar y tres toallas de playa que habían visto tiempos mejores.
El agua caía con una parsimonia irritante, como si disfrutara del caos que estaba provocando.
De repente, la puerta se abrió de nuevo con la violencia de un comando de asalto.
Entró Carlos, cargado con cuatro bolsas de la compra y una cara de pánico que no se le quitaba desde la boda.
Detrás de él, Paquita, que no soltaba su bolso de piel por nada del mundo.
—¡Madre del amor hermoso! —exclamó Paquita al ver la escena—. ¡Si parece que estamos en las fuentes de la Granja!
—¡No digas tonterías, mamá, que esto es serio! —dijo Carlos, soltando las bolsas en el suelo con un estrépito de botes de conserva.
Elena, desde lo alto de la escalera, lo miró con los ojos inyectados en sangre.
—¿Has tardado mucho en llegar a esa conclusión, Carlos? —preguntó Elena—. Porque yo llevo diez minutos bautizando la encimera.
Carlos se acercó, intentando ayudar, pero solo consiguió tropezar con la aspiradora que seguía en medio del pasillo.
—¡Cuidado con la máquina! —gritó Paquita—. ¡Que cuesta un riñón y ahora es lo único seco que nos queda!
—¡Me importa un bledo la máquina, Paquita! —estalló Elena—. ¡Subid al cuarto ahora mismo y decidle a esa mujer que cierre el grifo!
Carlos salió disparado hacia la puerta de la calle.
Paquita se quedó en la cocina, mirando el techo con ojos de experta en catástrofes domésticas.
—Eso es de la bajante —dictaminó la suegra, cruzando los brazos—. Se lo dije yo a tu suegro cuando comprasteis el piso: “Eustaquio, esas tuberías son de mírame y no me toques”.
—Paquita, por favor, no es momento de profecías —dijo Elena, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—No son profecías, son realidades. Y mira cómo tienes las especias. El pimentón está hecho una pasta. Te dije que no debía estar ahí.
Elena cerró los ojos y contó hasta veinte.
—¿De verdad me va a regañar por la ubicación del pimentón mientras se nos cae el techo encima?
—Es que una cosa lleva a la otra, Elena. La falta de orden atrae a la mala suerte. Es una ley de la vida.
En ese momento, se oyeron voces arriba.
Gritos.
Muchos gritos.
Y luego, el sonido de alguien bajando las escaleras a toda velocidad.
Carlos volvió a entrar, jadeando.
—No es la sorda —dijo Carlos, recuperando el aliento—. La sorda ni siquiera está en casa. Se ha ido al pueblo con su hijo.
—¿Entonces? —preguntó Elena, bajando de la escalera.
—Es el del quinto —respondió Carlos—. Se le ha roto un manguito de la lavadora y el agua ha bajado por el hueco del cuarto, pero como ella no está, se ha acumulado en su techo hasta que ha filtrado al nuestro.
Paquita asintió con una superioridad moral aplastante.
—Lo que yo decía. Desorganización general. Pones la lavadora un domingo y te vas a comprar el pan, y pasa lo que pasa.
—¿Y el del quinto quién es? —preguntó Paquita.
—El chico ese nuevo, el que tiene los tatuajes —dijo Carlos.
Paquita se santiguó.
—Lo sabía. Tanta tinta en los brazos no puede traer nada bueno para la fontanería.
Elena tiró la toalla mojada al suelo con un ruido sordo.
—Me da igual quién sea. El caso es que mi salón está lleno de polvo, mi cocina llena de agua, y tus sobrinos vienen en tres horas.
Paquita miró el reloj de la cocina.
—Dos horas y media, para ser exactos. Los de Guadalajara son muy puntuales para lo que quieren.
Se hizo un silencio sepulcral en la cocina.
Solo se oía el ploc, ploc del agua, que por suerte parecía ir remitiendo.
Elena se sentó en una de las sillas de la cocina, derrotada.
Tenía el pelo pegado a la cara por la humedad y la camiseta manchada de no sabía qué.
Carlos se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Lo siento, cariño. Vaya domingo te estamos dando.
Paquita, que hasta ese momento había estado en modo crítico, de repente cambió el chip.
Se quitó la chaqueta de punto lavanda y la colgó con cuidado en el respaldo de una silla.
Se remangó la blusa blanca con una determinación que daba miedo.
—Bueno —dijo Paquita—. Se acabó el funeral.
Elena la miró, extrañada.
—¿Qué va a hacer?
—Lo que sé hacer —respondió la suegra—. Carlos, coge el cubo y la mopa. Ve al cuarto y dile al de los tatuajes que baje ahora mismo con una fregona si no quiere que llame a la Guardia Civil por terrorismo hídrico.
—Pero mamá…
—¡Ni pero ni pera! ¡Muévete!
Carlos salió de la cocina como si le hubieran prendido fuego.
Paquita se giró hacia Elena.
—Y tú, deja de poner cara de acelga. Coge esa máquina moderna tuya y termina el salón mientras yo limpio este desastre.
—¿Usted? ¿Va a fregar mi cocina? —preguntó Elena, incrédula.
—Si espero a que tú te motives, los sobrinos cenan en una piscina olímpica —dijo Paquita, agarrando un estropajo con una fuerza que hubiera envidiado un culturista—. Además, así me aseguro de que el pimentón se queda donde yo diga.
Elena no supo si reír o llorar.
Se levantó, agarró la Dyson y volvió al salón.
Durante la siguiente hora, el piso se convirtió en una colmena de actividad frenética.
Carlos bajó con el vecino del quinto, un chico de veinte años que estaba más pálido que la pared y que pedía perdón cada tres segundos mientras fregaba el pasillo bajo la vigilancia de Paquita.
Paquita lo dirigía como a un esclavo de galeras.
—¡Más fuerte en las esquinas, muchacho! ¡Que ahí hay más mugre que en el rastro! —le gritaba.
Elena, contagiada por la energía dictatorial de su suegra, terminó de aspirar hasta la última mota de polvo de la casa.
Limpió los cristales con una velocidad que desafiaba las leyes de la física.
Incluso sacudió las alfombras por la ventana, sin importarle ya lo que pensara la de abajo o el de los churros.
A las doce y cuarto, el milagro se había producido.
El techo seguía teniendo una mancha, pero ya no goteaba.
El suelo brillaba como si fuera un anuncio de Don Limpio.
Y el olor a humedad había sido derrotado por el aroma del sofrito que Paquita ya estaba preparando en la cocina.
Elena entró en la cocina y vio a su suegra picando cebolla con una precisión quirúrgica.
—Paquita… —dijo Elena.
—Dime.
—Gracias. De verdad. No sé cómo lo ha hecho.
Paquita no dejó de picar, pero se le escapó una sonrisilla de satisfacción.
—Experiencia, hija. La experiencia es un grado. Y que sé que en el fondo me necesitas, aunque te hagas la moderna con tus máquinas sin cable.
Elena se rió y se acercó a la olla.
—¿Qué está haciendo?
—Unas patatas con carne. Algo que aguante en el estómago mientras esos animales gritan a la tele —respondió Paquita—. Y he comprado jamón del bueno, del que le gusta a Carlos. Me ha costado convencer a Manuel, pero al final ha cedido.
—Seguro que le ha dado miedo —bromeó Elena.
—El miedo es una herramienta de negociación muy infravalorada —sentenció la suegra.
Carlos apareció por la puerta, con la camiseta de Benidorm ahora empapada de agua y jabón, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
—El del quinto ha prometido pagarnos la pintura del techo —dijo—. Y me ha regalado un pack de cervezas artesanales para compensar.
Paquita resopló.
—Cervezas de esas que tienen posos. No se las des a tus primos, que les da gases. Dáselas a tu mujer, que hoy se las ha ganado.
Elena miró a Paquita. Fue la primera vez en años que sintió que su suegra le lanzaba un cumplido real.
—Bueno —dijo Elena—. ¿Entonces puedo terminar de pasar la aspiradora en el dormitorio? Solo me queda un trocito debajo de la cama.
Paquita se detuvo, con el cuchillo en el aire.
Miró el reloj.
—Son las doce y media, Elena.
Elena se tensó, esperando la reprimenda por el ruido.
Paquita suspiró.
—Pásala rápido. Pero si el vecino del 3ºB vuelve a llamar, dile que estoy yo aquí. A ese no le aguanta la mirada ni su propia madre.
Elena asintió, agarró su Dyson y se fue al dormitorio.
Pero justo cuando iba a pulsar el botón, escuchó un estruendo en la calle.
Una banda de música.
Era la procesión de no sabía qué santo, que pasaba justo por debajo de su ventana con trompetas y tambores a todo volumen.
Elena se asomó a la ventana.
La gente gritaba, los niños corrían y los tambores hacían vibrar hasta los cristales.
Se echó a reír con ganas.
Tanto drama por el ruido de una aspiradora de última generación, y ahora el santo del barrio decidía pasar con una orquesta entera.
—¡Paquita! —gritó Elena hacia la cocina.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó la suegra apareciendo en la puerta.
—¡Que ya no hace falta que me preocupe por el ruido! ¡San Judas Tadeo nos ha dado permiso oficial para limpiar!
Paquita miró por la ventana, vio la procesión y se encogió de hombros.
—Ese santo siempre ha sido muy oportuno. Venga, dale a la máquina, que el guiso necesita media hora de chup-chup y todavía tengo que poner la mesa.
Parte 4
El resto de la mañana transcurrió en una especie de tregua armada que, sorprendentemente, funcionaba.
Elena terminó el dormitorio con la sensación de que cada partícula de polvo eliminada era una pequeña victoria personal sobre el caos.
Carlos se había duchado y cambiado la camiseta de Benidorm por un polo azul que le hacía parecer, según palabras de su madre, “una persona que paga sus impuestos”.
La mesa estaba puesta con el mantel de hilo que Paquita solo sacaba en ocasiones especiales (y que convenientemente siempre llevaba en el maletero del coche “por si acaso”).
El olor que salía de la cocina era tan potente que Elena estaba segura de que los vecinos, en lugar de quejarse por el ruido, estaban ahora mismo muriendo de envidia gástrica.
—¿Estás lista? —preguntó Carlos, entrando en el salón con un par de cervezas artesanales del vecino—. Van a llegar en diez minutos.
Elena se miró en el espejo del pasillo.
No estaba impecable, pero al menos no parecía una superviviente de un naufragio.
—Estoy lista. Aunque sigo pensando que pasar la aspiradora un domingo es un derecho constitucional —dijo con una sonrisa.
—Y yo sigo pensando que mi madre es un fenómeno de la naturaleza que debería ser estudiado por la NASA —replicó Carlos, dándole un trago a la cerveza—. Oye, esto no está malo. Sabe a regaliz.
—No se lo digas a ella —advirtió Elena.
En ese momento, sonó el timbre.
No eran tres golpes secos. Era un repiqueteo alegre y ruidoso.
—¡Ya están aquí! —gritó Paquita desde la cocina, mientras salía secándose las manos en el delantal—. ¡Carlos, abre! ¡Elena, mira si el pan está cortado!
Entraron los primos de Guadalajara. Paco y Luis.
Eran dos torres humanas con voces de trueno que llenaron el salón al instante.
—¡Qué pasa, familia! —rugió Paco, dándole un abrazo a Carlos que casi le saca el aire—. ¡Vaya olorcito bueno hay en esta casa! ¡Se nota que aquí vive una mujer con fundamento!
Paco miró a Elena y le dio dos besos que sonaron como disparos.
—¡Elena, cada día estás más guapa! ¿Cómo lo haces trabajando tanto?
Elena sonrió, sintiendo que la tensión de la mañana se disipaba.
—Es el ejercicio de domingo, Paco. El entrenamiento con aspiradora ayuda mucho.
Paquita salió de la cocina como una reina recibiendo a sus embajadores.
—¡Hijos míos! —exclamó, dejándose abrazar—. ¡Menos mal que he venido, que si no os dan de comer pescado crudo y aire comprimido!
Los primos se rieron, ajenos al drama que se había vivido hacía solo un par de horas.
Se sentaron a la mesa y el ambiente se llenó de risas, anécdotas de Guadalajara y discusiones sobre el partido que estaba a punto de empezar.
Elena servía las patatas con carne mientras Paquita vigilaba que nadie se quedara con el plato vacío.
—Come más, Luis, que estás en los huesos —decía Paquita, echándole otra ración a un hombre que pesaba por lo menos cien kilos.
Elena se sentó al final, disfrutando de su plato.
Realmente, la carne estaba espectacular.
—Oye, Elena —dijo Luis entre bocado y bocado—. ¿A qué hora decías que empezabas con la limpieza los fines de semana?
Elena se quedó congelada con el tenedor a mitad de camino.
Carlos miró al techo. Paquita dejó de servir el vino.
—¿Por qué lo preguntas, Luis? —quiso saber Elena con cautela.
—Es que mi mujer dice que los domingos por la mañana son para dormir, pero yo le digo que si queremos tener la casa como la vuestra, habrá que pegarse el madrugón y darle a la máquina —continuó Luis, ajeno al campo de minas—. Se ve todo tan limpio… hasta el techo brilla.
Elena miró la mancha de humedad, que bajo la luz de la lámpara parecía un diseño vanguardista.
Luego miró a Paquita.
La suegra la miraba fijamente, esperando la respuesta.
Elena tomó un sorbo de agua, se limpió los labios con la servilleta de hilo y sonrió.
—Pues mira, Luis… empezamos a hacer ruido en cuanto el cuerpo nos pide guerra.
—¿Y eso a qué hora es? —insistió el primo.
—A la hora en que los vecinos empiezan a pensar que no tenemos otro momento —respondió Elena, guiñándole un ojo a su suegra.
Paquita soltó una carcajada corta y sonora.
—¡Eso es verdad! —dijo la suegra, levantando su copa de vino—. ¡Y el que no quiera ruido, que se mude a un chalet en la sierra!
Carlos respiró aliviado.
El partido empezó en la televisión y los gritos de los primos taparon cualquier otro sonido posible en el edificio.
Ya no importaba la aspiradora, ni el vecino del quinto, ni la mancha del techo.
El domingo, de alguna manera retorcida y caótica, se había salvado.
Cuando los primos se fueron, ya atardecía.
Paquita se puso su chaqueta de punto lavanda y recogió su bolso.
—Bueno, me voy. Que vuestro padre estará ya preguntándose si me han secuestrado —dijo en la puerta.
—Gracias por todo, mamá —dijo Carlos, dándole un beso.
Paquita miró a Elena.
—Elena, la próxima vez… —empezó a decir.
Elena se preparó para la crítica final.
—La próxima vez, avísame el sábado. Así vengo yo antes y te ayudo con los rincones, que esa máquina corre mucho pero no tiene ojos.
Elena se rió y abrazó a su suegra.
—Trato hecho, Paquita. Pero el pimentón se queda donde está.
Paquita hizo un gesto de resignación con la mano mientras salía por la puerta.
—Modernas… sois todas unas modernas.
Elena cerró la puerta y se apoyó en ella.
El piso estaba en silencio.
Un silencio limpio.
Miró a Carlos, que estaba tirado en el sofá, exhausto.
—¿Sabes qué? —dijo Elena.
—¿Qué?
—Que el domingo que viene… no pienso mover ni un dedo.
—Me parece perfecto —dijo Carlos—. Yo tampoco.
—Excepto para pasar la aspiradora —añadió Elena con una chispa de malicia en los ojos—. Solo un poquito. Por el qué dirán.
Carlos se tapó la cara con un cojín.
Elena caminó hacia la Dyson, la guardó en su armario y le dio una palmadita afectuosa.
—Buen trabajo, compañera.
Se fue al sofá, se acurrucó al lado de su marido y, por fin, se quedó dormida.
Habían sido el domingo más ruidoso de su vida.
Y curiosamente, el más satisfactorio.
Porque en el fondo, en ese barrio de Madrid, el ruido de la limpieza no era más que el sonido de una casa que, a pesar de las prisas, las suegras y las humedades, seguía estando muy viva.