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Eran las dos y cuarto de la tarde en un domingo de esos en los que el sol de Madrid no perdona.aa

PARTE 1

Eran las dos y cuarto de la tarde en un domingo de esos en los que el sol de Madrid no perdona.

El asfalto de la calle parecía derretirse bajo los neumáticos de los coches aparcados.

Dentro del salón de los García, el aire acondicionado hacía lo que podía, que no era mucho.

El zumbido del aparato era el único sonido que competía con el tintineo de los cubiertos.

Don Manuel presidía la mesa con la rectitud de un general en tiempos de paz.

Tenía el bigote perfectamente recortado y la camisa de lino impecablemente planchada por él mismo.

Porque Don Manuel no confiaba en nadie para el planchado de sus camisas, ni siquiera en su mujer, Carmen.

Carmen, por su parte, estaba en la cocina terminando de dar el último toque a la paella.

El olor a azafrán y a sofrito de calidad inundaba cada rincón del pasillo.

Sentada frente a Don Manuel estaba Clara, su nuera desde hace una década.

Clara sostenía una jarra de agua fría, esperando el momento exacto para interrumpir el silencio.

Llevaba diez años sentándose en esa misma silla, frente a ese mismo hombre.

Diez años de cenas de Navidad, de veranos en la playa y de discusiones sobre el precio de la luz.

Clara sentía que ya era parte del mobiliario, una pieza indispensable del puzle familiar.

Se sentía cómoda, quizá demasiado cómoda para lo que estaba a punto de ocurrir.

—¿Te sirvo un poco más de agua, Manuel? —preguntó Clara con una sonrisa natural.

El silencio que siguió a esa frase fue más denso que el hormigón armado.

Don Manuel dejó el tenedor sobre el mantel individual de hilo.

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