PARTE 1
Eran las dos de la tarde de un domingo de agosto en Madrid.
El calor no se podía aguantar ni con el aire acondicionado puesto a tope.
Marta estaba en la cocina, sudando la gota gorda mientras terminaba de preparar el sofrito.
Javi, su marido, estaba peleándose con una bolsa de hielo que se negaba a romperse.
— ¿Crees que tardarán mucho? —preguntó Javi, dándole un golpe seco a la bolsa contra el mármol.
— Tu padre es un reloj, Javi, lo sabes de sobra —respondió Marta sin quitarle el ojo a los pimientos.
— Ya, pero hoy estaba especialmente raro por teléfono.
— ¿Raro cómo?
— No sé, como si tuviera un secreto, como si estuviera tramando algo gordo.
Marta se encogió de hombros y probó el caldo.
— Mientras no traiga otro perro a casa sin preguntar, me da igual.
En ese momento, el timbre de la puerta resonó por todo el pasillo.
Era un sonido estridente, de esos que te ponen los pelos de punta si no te los esperas.
— Ahí están —dijo Javi, dejando el hielo a medio romper.
Marta se secó las manos en el delantal y se recolocó el pelo.
— Pon las cervezas en la mesa, que vienen con sed seguro.
Javi caminó hacia la puerta mientras Marta lo seguía con la mirada desde el umbral de la cocina.
Se escuchó el giro de la llave, el roce de la madera contra el suelo y, de repente, un silencio sepulcral.
Un silencio de esos que pesan, que se te meten en los oídos y te hacen vibrar los tímpanos.
Marta no aguantó la curiosidad y salió al pasillo.
Allí estaba Paco, su suegro, de pie bajo la luz halógena de la entrada.
A su lado, Conchi, su suegra, con una cara que era un poema épico de desolación.
Pero el centro de atención no era la cara de Conchi.
Ni siquiera eran los pasteles que Paco traía en la mano izquierda.
Todo el peso del universo parecía haberse concentrado en la parte superior de la cabeza de Paco.
— Hola, familia —dijo Paco con una sonrisa que intentaba ser triunfal.
Nadie respondió.
Marta parpadeó varias veces, pensando que quizá el vapor de la cocina le había empañado la vista.
Pero no.
Lo que veía era real.
Paco, que el domingo pasado lucía una distinguida cabellera blanca, casi plateada, ahora mostraba algo distinto.
Era un negro.
Pero no un negro cualquiera.
Era un negro abisal, un negro que absorbía la luz, un negro que desafiaba las leyes de la óptica.
Parecía que le habían pegado un trozo de neumático recién pulido en el cuero cabelludo.
— ¿Qué pasa? —preguntó Paco, perdiendo un poco de seguridad—. ¿Os habéis quedado mudos?
Javi dio un paso atrás, como si temiera que el color de su padre fuera contagioso.
— Papá… —alcanzó a decir Javi con la voz quebrada.
— ¿Qué? —insistió Paco, tocándose el flequillo con un gesto que pretendía ser juvenil.
— ¿Qué te has hecho, Paco? —soltó Marta, sin poder contenerse ni un segundo más.
Paco se miró en el espejo del pasillo con orgullo renovado.
— Me he dado un aire nuevo, Marta, que hay que modernizarse.
Conchi, que hasta entonces no había dicho ni mu, soltó un suspiro que sonó como el deshinchado de una colchoneta.
— Un aire nuevo dice… —murmuró Conchi—. Una desgracia es lo que se ha hecho.
— No seas exagerada, mujer, que me queda de cine —replicó Paco, entrando en el salón como si fuera una estrella de Hollywood.
Marta lo seguía de cerca, observando la nuca de su suegro bajo la luz natural que entraba por el ventanal.
Era peor de cerca.
No solo era el color, era la textura.
Parecía que el pelo había perdido su naturaleza orgánica para convertirse en una superficie sintética.
Incluso las orejas tenían unos pequeños restos de manchas oscuras que no habían salido con el lavado.
— Suegro, de verdad se lo digo —comenzó Marta, cruzándose de brazos—. Se ha puesto un tinte que parece que se ha echado betún en la cabeza.
Paco se detuvo en seco y se giró, ofendido.
— ¿Betún? ¿Pero qué dices, criatura?
— Betún del de las botas de los militares, Paco —insistió Marta—. Del que brilla cuando le das con el cepillo.
Javi se sentó en el sofá, tapándose la cara con las manos.
— Es que brilla, papá —dijo Javi entre los dedos—. Tiene un reflejo azulado que da miedo.
— Eso es por la calidad del producto —se defendió Paco, señalando el techo—. Que me lo he comprado en la perfumería esa nueva, la que tiene los botes dorados.
— Pues te han timado, Paco —sentenció Conchi desde el comedor—. Te dije que fuéramos a la peluquería de Mari Pili, que ella sabe lo que hace.
— Mari Pili es una pesada y siempre me deja trasquilado —protestó Paco—. Yo quería algo que me diera vitalidad.
Marta se acercó un poco más, analizando la frontera entre la frente y el nacimiento del pelo.
Había una línea perfecta, casi geométrica, que separaba la piel del “asfalto” capilar.
— Parece que te has puesto un casco de Playmobil, suegro —dijo Marta, aguantándose la risa.
— Es para quitarme diez años de encima, que todavía soy un chaval —respondió Paco, irguiendo la espalda.
— ¿Un chaval? —Javi levantó la vista—. Papá, tienes sesenta y ocho años. Ahora pareces un señor de sesenta y ocho años que ha tenido un accidente con una fotocopiadora.
Paco se sentó a la mesa, ignorando los comentarios.
— Envidiosos, eso es lo que sois.
— No es envidia, Paco, es que es visualmente agresivo —añadió Marta, yendo a por las cervezas.
Desde la cocina, Marta podía oír las quejas de Conchi sobre las manchas en las almohadas.
— ¡Que me ha dejado las fundas de la cama que parecen un mapa de las minas de carbón! —gritaba Conchi.
— Eso se lava, Conchi, no seas dramática —respondía Paco con suficiencia.
Marta volvió al salón con las copas heladas.
— De verdad, suegro, que no exagero. Parece el de Los Morancos, de verdad se lo digo.
Paco se quedó callado un momento, procesando la comparación.
— ¿El de Los Morancos? ¿Cuál de ellos?
— El que hace de Omaíta cuando se pone la peluca de joven —soltó Javi desde el sofá.
Paco se llevó la mano a la cabeza, esta vez con un poco menos de confianza.
— No me comparéis con un humorista, hombre, que esto es serio.
— Tan serio como que nos van a cobrar entrada por verte pasar —dijo Marta, sirviendo la cerveza.
La tensión en la habitación se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Paco miraba su reflejo en el televisor apagado, intentando encontrar el “galán” que él creía ver.
Pero la pantalla solo le devolvía una silueta oscura, casi amenazante.
— ¿Tan mal está? —preguntó Paco, con un hilo de voz que delataba su primera duda real.
Marta suspiró y le puso la mano en el hombro, con cuidado de no mancharse.
— Paco, si bajamos a la calle ahora mismo, los cuervos te van a seguir pensando que eres su líder.
Javi soltó una carcajada que intentó camuflar como una tos.
Conchi simplemente negó con la cabeza mientras empezaba a sacar los cubiertos.
— Yo ya no digo nada —dijo Conchi—. Que luego dice que le corto las alas.
— No son las alas lo que te ha cortado, es el sentido del ridículo —añadió Marta.
Paco se levantó y fue directo al baño del pasillo.
Se escuchó el clic de la luz y luego un silencio sepulcral que duró casi dos minutos.
Desde el salón, los otros tres intercambiaron miradas de pánico.
— ¿Se habrá enfadado? —susurró Javi.
— Se está viendo de verdad —respondió Conchi—. Hasta ahora solo se había mirado en el espejo del pasillo, que tiene poca luz.
De repente, se oyó un grito que venía desde el fondo del pasillo.
— ¡Me cago en todo lo que se menea! —bramó Paco.
Marta y Javi se miraron.
— Ahora empieza lo bueno —dijo Marta.
PARTE 2
Paco salió del cuarto de baño con los ojos como platos.
Tenía un algodón en la mano, empapado en alcohol, con el que intentaba frotarse frenéticamente la zona de las sienes.
— ¡Esto no sale! —gritó, casi con desesperación—. ¡Llevo cinco minutos frotando y el algodón sale igual de negro que mi alma!
Marta se apoyó en el marco de la puerta del salón, observando el espectáculo con una mezcla de lástima y diversión.
— Es que eso no es tinte normal, Paco, eso parece pintura industrial —dijo ella, cruzándose de brazos.
— ¡Pone “Negro Ébano Profundo”! —exclamó Paco, agitando el algodón como si fuera una bandera blanca de rendición—. ¡No ponía “Negro Permanente para Suelos de Garaje”!
Javi se levantó del sofá, atraído por el drama.
— A ver, papá, deja de frotar que te vas a levantar la piel y vas a parecer un dálmata.
— ¡Es que me veo la cara muy blanca! —se quejó Paco, mirándose de reojo en cualquier superficie reflectante—. Entre el pelo este y lo pálido que estoy, parezco un extra de The Walking Dead.
Conchi, desde la mesa, seguía impasible, colocando las servilletas con una precisión quirúrgica.
— Te lo dije, Paco. Te dije que ese bote de tres euros no podía traer nada bueno.
— ¡Eran cuatro con cincuenta, Conchi! —puntualizó él—. ¡Que no escatimé en gastos!
Marta no pudo evitarlo y soltó una carcajada sonora.
— Cuatro cincuenta por arruinarte la identidad pública… Sale barato el kilo de crisis de los setenta, suegro.
— ¡Que no es una crisis! —protestó Paco, volviendo a sentarse a la mesa con el algodón todavía en la mano—. Es que fui al mercado el otro día y la pescadera, la Mari Carmen, me llamó “caballero mayor”.
Javi se sentó a su lado, intentando mantener la compostura.
— Papá, es que eres un caballero mayor. Tienes nietos. Cobras la pensión. Te quejas de las obras de la calle.
— Pero no me sentía mayor hasta que esa mujer me lo dijo —dijo Paco con un tono de tristeza genuina—. Y luego vi el anuncio de la tele, el del hombre ese que sale en un barco con una copa de vino y el pelo como el ala de un cuervo…
— Ese hombre es modelo, Paco —le recordó Marta—. Y probablemente ese pelo sea una peluca o tenga tres horas de edición digital encima.
— Pues yo quería el barco y la copa de vino —murmuró Paco.
— De momento tienes el pelo de un enterrador de película de terror —añadió Conchi sin levantar la vista.
El olor del arroz empezaba a inundar la casa, pero el ambiente estaba demasiado cargado de químicos capilares como para que alguien tuviera hambre de verdad.
Marta decidió que era el momento de pasar a la acción.
— A ver, Paco, traiga aquí ese bote si es que le queda algo, quiero ver qué componentes tiene esa sustancia radioactiva.
Paco sacó del bolsillo de su pantalón un frasco pequeño, de aspecto sospechoso, con una etiqueta donde apenas se leía nada.
Marta lo analizó como si fuera una prueba judicial.
— Pero bueno… si esto tiene más amoníaco que un camión de limpieza —dijo ella, arrugando la nariz—. Y pone claramente: “Evitar contacto prolongado con la piel”.
— ¿Y cuánto es prolongado? —preguntó Paco con miedo.
— Pues usted lo lleva puesto desde hace tres horas, ¿no?
— Desde las diez de la mañana —confesó Paco en voz baja.
— ¡Madre mía! —exclamó Javi—. ¡Papá, se te va a derretir el cráneo!
— No digas tonterías, Javi, que me noto la cabeza bien —dijo Paco, aunque se rascó la nuca con cierta urgencia—. Bueno, un poco de picorcillo sí que tengo, como si tuviera una colonia de hormigas haciendo senderismo por la coronilla.
Marta dejó el bote sobre la mesa.
— Vamos a comer, y después de comer, te vas a meter en la ducha y vamos a intentar quitar eso con lavavajillas o con lo que sea.
— ¡Con lavavajillas no, que eso es para las sartenes! —protestó Paco.
— Pues eso es lo que tienes arriba, Paco, una costra de grasa negra —replicó Conchi.
Se sentaron todos a la mesa.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de observación.
Marta no podía dejar de mirar cómo el reflejo del sol en el balcón golpeaba la cabeza de Paco.
No había matices.
No había canas rebeldes.
No había degradado.
Era una mancha sólida de oscuridad absoluta sobre una cara llena de arrugas y sabiduría.
— ¿Por qué me miráis tanto? —preguntó Paco, intentando pinchar un trozo de pimiento.
— Es que es hipnótico —admitió Javi—. Es como mirar un agujero negro. Siento que si me acerco demasiado, me va a succionar la conciencia.
— Muy gracioso —dijo Paco con la boca llena—. Ya veréis cuando se asiente el color. El segundo día es cuando queda natural.
— ¿Natural? Paco, eso no va a quedar natural ni aunque te nazca césped encima —dijo Marta, sirviéndole un poco de vino—. Usted ahora mismo parece un personaje de un cómic que ha salido mal impreso.
— De verdad, Marta, que no me ayudas —se quejó el suegro—. Yo esperaba un poco de apoyo familiar.
— El apoyo familiar consiste en decirte la verdad antes de que salgas a la calle y te detenga la Guardia Civil por sospechoso —respondió ella.
— ¿Sospechoso de qué?
— De haberle robado el pelo a un muñeco de cera —soltó Conchi.
La comida transcurrió entre chistes indirectos y las miradas de reojo de Paco hacia el espejo del aparador.
Cada vez que se veía, hacía una mueca, como si no reconociera al hombre que le devolvía la mirada.
Empezó a sudar.
Y ahí fue cuando ocurrió el desastre de nivel dos.
Una gota de sudor, oscurecida por el exceso de producto que no se había aclarado bien, empezó a resbalar por su frente.
Era una gota negra, densa, que avanzaba como un riachuelo de petróleo hacia su ceja derecha.
— ¡Paco! —gritó Marta, señalándolo con el tenedor.
— ¿Qué pasa ahora? ¿He manchado el mantel?
— ¡Que te estás derritiendo! —exclamó Javi, horrorizado.
Paco se pasó la mano por la frente y, al mirársela, vio que tenía los dedos manchados de una sustancia oscura y pegajosa.
— ¡Ay, Dios mío! —gritó Paco, levantándose de un salto—. ¡Que se me cae el pelo a trozos!
— No se te cae el pelo, se te cae la dignidad en formato líquido —dijo Conchi, levantándose para ir a por un trapo de cocina.
— ¡Corre al baño, Paco! —ordenó Marta—. ¡Que como esa gota llegue al ojo, vas a acabar en urgencias!
Paco salió disparado hacia el baño mientras Javi y Marta estallaban en una risa incontrolable que llevaban aguantando desde que entraron por la puerta.
— ¡No tiene gracia! —se oía la voz de Paco desde el pasillo—. ¡Que esto pica como si me hubieran echado guindillas en los poros!
Marta se secó las lágrimas de la risa.
— Javi, por favor, sácale una foto antes de que se lave. Esto hay que guardarlo para la posteridad.
— Ni se te ocurra, Javi —dijo Conchi volviendo con el trapo—. Que tu padre es capaz de desheredarnos por menos de esto.
— Mamá, es que es histórico —dijo Javi, recuperando el aliento—. Ni en los mejores sketches de Los Morancos se ve algo así.
— Lo de Los Morancos le ha dolido —comentó Marta—. Pero es que es la pura verdad.
Desde el baño se oía el sonido del agua corriendo y los lamentos de Paco, que maldecía el momento en que decidió entrar en aquella perfumería de botes dorados.
PARTE 3
El sonido del agua cesó de golpe.
Hubo un momento de tensa calma en el comedor.
Marta, Javi y Conchi se quedaron mirando la puerta del pasillo, esperando la aparición del nuevo Paco.
O de lo que quedara de él.
Cuando Paco salió, traía una toalla blanca envuelta en la cabeza, como si fuera un turbante improvisado.
El problema era que la toalla blanca ya no era blanca.
Tenía unos lamparones grises y negros que parecían el test de Rorschach de un psicópata.
— He gastado medio bote de champú —dijo Paco con voz de ultratumba—. Y una pastilla de jabón Lagarto que he encontrado por ahí.
— ¿Y bien? —preguntó Marta—. ¿Ha habido milagro o seguimos en zona catastrófica?
Paco se quitó la toalla con un gesto dramático.
El resultado era, si cabe, más perturbador que antes.
El negro ya no era sólido.
Ahora era un color extraño, una especie de gris verdoso en algunas zonas, con parches de un negro azulado en otras.
Parecía que le había pasado por encima una manada de cebras en mitad de una tormenta.
— Madre de Dios… —susurró Javi—. Ahora pareces un gato que se ha quedado encerrado en una chimenea.
— ¡Ha perdido el brillo! —dijo Paco, tocándose el pelo, que ahora tenía la textura del estropajo de aluminio—. ¡Ahora está mate! ¡Parece que tengo el pelo de cartón piedra!
Marta se acercó y, sin pedir permiso, le pasó los dedos por el flequillo.
— Paco, esto está tieso. Si te soplo un poco fuerte, igual se parte una mecha y cae al suelo como si fuera cristal.
— ¡Es el amoníaco! —se lamentó Conchi—. Te ha quemado el pelo, Paco. Te lo dije. “Paco, que tienes el pelo muy fino”, te dije.
— ¡Yo qué sabía que esto era tan potente! —exclamó Paco, volviendo a su silla—. En la caja salía un tío muy sonriente, con un pelo que parecía de seda.
— El tío de la caja no tenía sesenta y ocho años de canas acumuladas, suegro —apuntó Marta con sensatez—. Las canas son rebeldes, no absorben el tinte igual que el pelo joven. Usted lo que ha hecho es un experimento químico sin supervisión estatal.
Javi empezó a buscar algo en el móvil.
— Estoy buscando “cómo quitar tinte negro casero” —dijo Javi—. Aquí pone que con bicarbonato y vinagre de limpieza.
Paco lo miró con horror.
— ¿Vinagre? ¿Quieres que huela como una ensalada mixta?
— Es eso o ir mañana al banco con esas pintas, papá —le recordó Javi—. Imagínate entrar en la sucursal así. Van a pensar que vas a atracarlos con una máscara de látex mal puesta.
Paco se hundió en su silla.
La imagen de él mismo entrando en el banco de su barrio, donde todo el mundo lo conocía como “Don Francisco el de la mercería”, lo aterrorizó.
— No puedo ir así al banco —murmuró—. Ni a por el pan. El panadero, que es un guasón, me va a poner un mote para toda la vida.
— El “Tiznao” te van a llamar —dijo Conchi con una sonrisa maliciosa que intentó ocultar tras su copa de vino.
— ¡Conchi, por favor! —se quejó Paco.
— Es que te lo has buscado, hijo —continuó ella—. Mira que te dije que las canas te daban un aire de “interesante”, como el Richard Gere ese.
— ¡Richard Gere no tiene que aguantar que le llamen “caballero mayor” en la pescadería! —saltó Paco—. A Richard Gere le pedirán autógrafos. A mí me piden que me aparte para que pase el carrito de la compra.
Marta suspiró y se sentó frente a él.
— Escúcheme bien, suegro. Lo del tinte ha sido un error técnico. Un fallo de cálculo. Pero lo que no puede hacer es intentar arreglarlo solo, porque cada vez que entra en ese baño, sale con un color nuevo del espectro electromagnético.
— ¿Entonces qué hago, Marta? Tú que sabes de estas cosas de estética.
— Yo de estética sé lo justo, pero sé que mañana a las nueve de la mañana voy a llamar a mi peluquera, a Vane, y le voy a decir que tenemos una emergencia nacional.
— ¿Una peluquería de señoras? —Paco arrugó el hocico—. Ni hablar. Yo no me siento allí con las señoras y los rulos.
— Pues entonces quédate con el pelo color “asfalto mojado”, Paco —dijo Javi—. Tú eliges. O rulos o el ridículo eterno.
Paco miró a su hijo, luego a su nuera, y finalmente a su mujer.
Conchi se limitó a encogerse de hombros.
— Yo mañana tengo puente, así que no pienso acompañarte —dijo ella—. Bastante he tenido con aguantar el olor a huevo podrido que sale de tu cabeza.
— ¿Huevo podrido? —preguntó Paco, olisqueándose un mechón—. ¡Es verdad! ¡Huelo a azufre!
— Es la reacción química, Paco —explicó Marta—. Estás desprendiendo gases. Como no abramos las ventanas, vamos a terminar todos colocados.
Paco se levantó, indignado pero derrotado.
Fue hacia el balcón y lo abrió de par en par, dejando que el aire caliente de Madrid entrara en el salón.
Se quedó allí de pie, mirando al horizonte, con su pelo multicolor y su orgullo herido.
— Todo esto por querer verme un poco mejor —dijo con melancolía—. ¿Es que un hombre no tiene derecho a querer ser joven?
— El problema no es querer ser joven, Paco —dijo Marta, acercándose a él—. El problema es no saber envejecer con estilo. Hay una diferencia entre quitarse años y ponerse un disfraz.
— Pero es que las canas me hacen parecer… viejo —insistió él.
— Las canas te hacen parecer un hombre que ha vivido —replicó Javi desde la mesa—. Un hombre que tiene historias que contar. Con ese tinte pareces un hombre que ha perdido una apuesta en una despedida de soltero.
Paco suspiró profundamente.
— Mañana llamamos a esa tal Vane —cedió finalmente—. Pero dile que me dé cita a primera hora, que no quiero que me vea nadie conocido.
— Descuida, Paco —dijo Marta con una sonrisa—. Le diré que es un caso de protección de testigos.
— Y que traiga decapante —añadió Javi—. Del de quitar la pintura de los barcos.
La tensión empezó a disiparse, sustituida por esa atmósfera familiar donde el desastre se convierte en anécdota.
Paco, resignado, volvió a la mesa y se terminó su paella fría.
Incluso hizo un chiste sobre cómo su pelo combinaba ahora con el color de los mejillones.
— Al menos —dijo Paco, dándole un sorbo al vino—, si me quedo calvo con tanto producto, siempre podré decir que es por el estrés de teneros a vosotros de familia.
— De eso nada, Paco —sentenció Conchi—. Si te quedas calvo, será por testarudo.
Todos rieron, incluso Paco, que por un momento olvidó que su cabeza parecía el mapa de una zona de guerra.
Pero el alivio duró poco.
Porque en ese preciso instante, sonó el timbre de nuevo.
— ¿Quién es ahora? —preguntó Marta, frunciendo el ceño.
— ¡Ay! —exclamó Conchi, dándose una palmada en la frente—. ¡Se me había olvidado! ¡He invitado a merendar a los vecinos, a los de la comunión del niño!
Paco se quedó lívido.
Sus vecinos, los García, eran los mayores cotillas de todo el bloque.
— ¡No! —gritó Paco, buscando un sitio donde esconderse—. ¡A ellos no! ¡Que ese hombre tiene una vista de lince para las desgracias ajenas!
— ¡Ponte la toalla, Paco! —ordenó Javi—. ¡Diles que tienes una migraña terrible y que te estás dando baños de agua fría!
Paco corrió hacia el sofá y se tapó con la toalla manchada, pareciendo una especie de profeta del Antiguo Testamento que acababa de salir de una mina de carbón.
Marta fue a abrir la puerta, intentando poner su mejor cara de “aquí no pasa nada raro”.
PARTE 4
Marta abrió la puerta con una sonrisa que le dolía en las mejillas de lo forzada que era.
Allí estaban los García: Ricardo, con su camisa de cuadros impecable, y su mujer, Merche, que traía una bandeja de palmeras de chocolate.
— ¡Hola, familia! —exclamó Merche, entrando como un torbellino—. Traemos algo dulce, que con este calor se bajan las defensas.
— Hola, Merche, hola, Ricardo… pasad, pasad —dijo Marta, intentando bloquear con su cuerpo la vista directa hacia el salón.
— ¿Y Paco? —preguntó Ricardo, olisqueando el aire—. Huele raro aquí, ¿no? Como a peluquería de barrio bajo o a incendio de neumáticos.
Javi salió al rescate, apareciendo desde el comedor con una botella de agua en la mano.
— Es que estamos haciendo una limpieza a fondo de las tuberías con unos productos nuevos —mintió Javi con una rapidez asombrosa—. Muy fuertes, ya sabéis.
— ¡Ah, las tuberías! —asintió Ricardo—. Una pesadilla. Yo el mes pasado tuve que llamar al fontanero tres veces.
Mientras tanto, en el sofá, Paco permanecía inmóvil, con la toalla cubriéndole hasta las cejas.
Parecía una escultura de arte moderno titulada “El Hombre que se Arrepintió de Todo”.
— ¿Qué le pasa a Paco? —preguntó Merche, señalando el bulto del sofá—. ¿Está durmiendo la siesta con una toalla en la cabeza?
— Es… una técnica nueva para la migraña —soltó Conchi, que acababa de aparecer con una cafetera—. Se llama “criofricción craneal”. Le refresca las ideas.
Paco soltó un gruñido ahogado desde debajo de la toalla.
— Pobre hombre —dijo Merche, acercándose peligrosamente—. Con lo activo que es él. Paco, ¿te encuentras bien? ¿Quieres una palmerita?
Paco no respondió. Sabía que si hablaba, la toalla se movería y el desastre quedaría al descubierto.
— Déjalo, Merche —dijo Marta, poniéndose en medio—. Es que el médico le ha dicho que necesita silencio absoluto y nada de luz directa.
— ¿Luz directa? —Ricardo miró el ventanal abierto de par en par—. Pero si tenéis el salón que parece el estadio del Bernabéu.
— ¡Es luz indirecta reflejada! —improvisó Javi, sudando más que su padre—. Es muy complejo de explicar.
Ricardo, que era de naturaleza curiosa y un poco impertinente, no se quedó satisfecho.
— Pues yo creo que lo que necesita Paco es un poco de aire —dijo Ricardo, dirigiéndose al sofá—. Paco, hombre, quítate eso que te vas a asfixiar.
— ¡No! —gritaron Marta, Javi y Conchi al unísono.
Pero fue tarde.
Ricardo, con la confianza de quien lleva veinte años viviendo en la puerta de al lado, le dio un tirón amistoso a la toalla.
El silencio que siguió fue absoluto.
Incluso el tráfico de la calle pareció detenerse.
Paco levantó la cabeza, revelando su cabellera de mil colores, sus sienes manchadas y su mirada de animal acorralado.
Merche soltó un grito ahogado y se llevó la mano a la boca.
Ricardo se quedó con la toalla en la mano, parpadeando sin parar.
— Paco… —comenzó Ricardo—. ¿Te has… te has dado un golpe con un calamar gigante?
Paco, viendo que ya no había nada que perder, se puso en pie con toda la dignidad que pudo reunir.
— Es un tratamiento capilar de vanguardia, Ricardo —dijo Paco con una voz firme pero temblorosa—. Se llama “Negro Ébano Profundo”. Pero tú, como eres un clásico, no entenderás de estas tendencias.
— ¿Tendencias? —Merche se acercó, inspeccionando el cuero cabelludo de Paco como quien mira un accidente de coche—. Pero Paco, si tienes un mechón que es de color azul petróleo y el otro parece que tiene moho.
— ¡Es el proceso de oxidación! —saltó Marta, intentando salvar los muebles—. Luego se iguala. Es como el buen vino, necesita respirar.
Ricardo soltó una carcajada que resonó en todo el edificio.
— ¡Paco, por favor! —dijo entre risas—. ¡Que pareces un personaje de La Familia Addams que ha intentado hacerse un cambio de imagen!
Paco se cruzó de brazos, ofendido de muerte.
— Reíos, reíos. Pero cuando mañana me veáis con el pelo perfecto y parezca el hermano pequeño de Bertín Osborne, no vengáis a preguntarme qué producto uso.
— No te preocupes, Paco —dijo Ricardo, secándose las lágrimas de la risa—. No te lo vamos a preguntar. Nos basta con mirarte y saber qué es lo que NO hay que comprar nunca en el supermercado.
La tarde, contra todo pronóstico, terminó siendo un éxito.
Los vecinos se quedaron a merendar y, tras el impacto inicial, el pelo de Paco se convirtió en el tema principal de conversación.
Paco, haciendo gala de ese humor español que sabe reírse de las propias desgracias cuando ya no hay remedio, empezó a contar cómo se había aplicado el tinte con un pincel de pintar acuarelas porque no encontraba el aplicador.
— ¡Con un pincel! —reía Merche—. ¡Paco, eres único!
— Es que quería precisión —decía él, mientras se comía una palmera de chocolate—. Lo que pasa es que la precisión y mi pulso para robar panderetas no se llevan bien.
Incluso Conchi terminó riendo, viendo que su marido, a pesar de parecer un cuadro de Picasso en su etapa más oscura, seguía siendo el mismo hombre testarudo y divertido de siempre.
Cuando los García se fueron, ya casi anochecía.
Marta y Javi ayudaron a recoger la mesa.
— Bueno, suegro —dijo Marta, dándole un beso en la mejilla (con cuidado de no rozar el pelo)—. Mañana a las nueve, sin falta. Vane te espera.
— Iré —dijo Paco, mirándose una última vez en el espejo—. Pero dile que no me corte mucho, que ahora que tengo color, quiero lucirlo un poco.
— Paco, por lo que más quieras —rogó Conchi—, deja que te lo quiten todo. Vuelve a ser mi “viejo” de siempre. Las canas te quedan mucho mejor que este betún.
Paco suspiró y miró su reflejo.
— Tenéis razón. Las canas se llevan con dignidad. Esto del tinte es para los que no tienen nada que contar. Y yo tengo demasiadas historias como para ir por ahí camuflado.
Javi le puso la mano en el hombro.
— Así se habla, papá. Además, el blanco está de moda. Mira a los modelos esos de Instagram.
— ¿Sí? —preguntó Paco con un brillo de esperanza en los ojos—. ¿Los modelos llevan el pelo blanco?
— Sí, lo llaman “Platinum Blonde” —dijo Marta, guiñándole un ojo a Javi.
— Pues eso —sentenció Paco, recuperando su orgullo—. Mañana le digo a la Vane que me ponga el “Platinum” ese. Que si voy a ser un caballero mayor, voy a ser el que más brille de todo Madrid.
Y así, entre risas y manchas de tinte que tardarían semanas en salir de las toallas, la familia se despidió.
Paco se fue a dormir con una red de pelo de esas antiguas que usaba su madre, para no manchar más la almohada.
Al final, la lección estaba clara.
El tinte para hombres: ¿Sí o mejor llevar las canas con dignidad?
Para Paco, la respuesta fue dolorosamente evidente.
Las canas son el mapa de la vida.
Y el betún… el betún es mejor dejarlo para los zapatos.
Sobre todo si tienes una comida familiar el domingo y tus vecinos tienen las llaves de tu casa y mucha curiosidad.
Porque en España, un secreto dura lo que tarda en hervir el agua del café.
Y un mal tinte de pelo… eso dura para siempre en las fotos del grupo de WhatsApp de la familia.