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Eran las cuatro de la tarde de un martes cualquiera en Madrid.

PARTE 1

Eran las cuatro de la tarde de un martes cualquiera en Madrid.

El sol de justicia pegaba con saña contra las persianas a medio bajar del salón de mi suegra.

Se escuchaba de fondo el runrún constante de un ventilador de torre que ya había visto tiempos mejores.

Ese aparato giraba la cabeza de izquierda a derecha con un quejido asmático, como si le doliera el cuello.

Puri, mi suegra, estaba sentada en su sillón de orejas, el que tiene una funda de ganchillo que se te clava en los muslos si llevas pantalón corto.

Me miraba fijamente mientras sostenía una taza de café humeante, a pesar de que hacíamos treinta y dos grados a la sombra.

En esta casa el café se toma hirviendo o no se toma, decía ella siempre.

Yo movía la cucharilla dentro de mi taza, haciendo un tintineo metálico que empezaba a ponerme nerviosa a mí misma.

Hacía tres años que trabajaba en la gestoría de Don Julián.

Tres años picando datos, aguantando a clientes que no saben ni lo que es un IVA repercutido y soportando el olor a cerrado de una oficina que no ha visto una reforma desde el Mundial 82.

Mi suegra dio un sorbo ruidoso, de esos que aspiran aire para no quemarse la lengua.

—¿Te pasa algo, Loli? —me preguntó con ese sexto sentido que tienen las madres para detectar el drama.

—Tienes una cara de acelga que no puedes con ella —añadió sin anestesia.

Yo suspiré, dejando la cucharilla sobre el plato con un golpe seco.

Me ajusté el pelo, que se me pegaba a la nuca por la humedad ambiental.

—Puri, he tomado una decisión —solté, intentando sonar mucho más segura de lo que realmente me sentía.

Ella dejó la taza en la mesa auxiliar, justo encima de un tapete que ella misma había bordado durante el confinamiento.

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