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Eran las cinco de la tarde de un domingo cualquiera en Madrid.

PARTE 1

Eran las cinco de la tarde de un domingo cualquiera en Madrid.

El sol de mayo pegaba contra las persianas bajadas del salón de Marta.

Marta estaba estirada en el sofá, intentando disfrutar de los últimos minutos de paz antes del desastre.

Porque el desastre tenía nombre, apellidos y un bolso de piel de imitación que siempre olía a laca y a caramelos de violeta.

El desastre se llamaba Doña Virtudes.

Su suegra.

Marta miró a su alrededor con una mezcla de orgullo y pánico.

Había pasado toda la mañana limpiando la casa como si fuera a recibir una inspección de sanidad.

Había pasado la mopa tres veces por el pasillo.

Había quitado el polvo de encima de los marcos de las fotos, incluso de esas que están tan altas que nadie mira.

Había escondido la ropa sucia en el tambor de la lavadora, aunque no pensara ponerla.

Y, sobre todo, había hecho el cambio.

El gran cambio decorativo que, según ella, iba a salvar su salud mental esa tarde.

Marta fijó la vista en la esquina del salón.

Allí, en una maceta de cerámica blanca impecable, se alzaba un ficus de un verde insultante.

Un verde que no se marchitaba.

Un verde que no pedía agua.

Un verde que, básicamente, era polipropileno de alta densidad comprado en una tienda de decoración de bajo coste.

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