Era una tarde de domingo en Madrid, de esas en las que el sol entra de lado por la ventana y saca a relucir hasta la última mota de polvo sobre el aparador de cerezo.
El aire en el salón de Doña Purificación olía a una mezcla letal de café recién hecho, pastas de té de las que se pegan al paladar y un rastro persistente de ambientador de pino.
Puri, como la llamaba todo el mundo excepto cuando se ponía solemne, observaba su taza con una fijeza casi mística.
Elena, sentada justo enfrente, sentía que el sofá de escay le succionaba la energía vital y, probablemente, también un poco de piel de los muslos.
Javi, el hijo de una y marido de la otra, había desaparecido estratégicamente hacia la cocina con la excusa de buscar una cucharilla limpia.
Llevaba allí dentro diez minutos.
Elena sabía perfectamente que no estaba buscando una cucharilla.
Probablemente estaba mirando fijamente la pared de los azulejos, rezando para que el tiempo se detuviera o para que un agujero negro se tragara el edificio entero.
Puri dejó la taza sobre el platito de porcelana con un tintineo que sonó como una campana de boxeador anunciando el primer asalto.
Se recolocó la rebeca de punto, aunque en el salón hacía una temperatura cercana a la de un horno de leña.
Suspiró.
No fue un suspiro cualquiera.
Fue un suspiro con denominación de origen, cargado de décadas de abnegación, de sufrimientos silenciosos y de una ligera acidez de estómago por el cocido.
—Hay que ver cómo está el pasillo, Elena —soltó Puri, lanzando la primera piedra sin mirar siquiera a su interlocutora.
Elena, que estaba intentando descifrar el dibujo de la alfombra para no entrar al trapo, levantó la vista.
—¿El pasillo, Puri? Si yo lo veo igual que siempre.
—Precisamente —replicó la suegra, entornando los ojos—. Ese es el problema.
Hizo una pausa dramática, de esas que aprendió viendo las telenovelas de la tarde después del telediario.
—Ayer me fijé bien mientras iba al baño por la noche y casi me da un síncope.
—No será para tanto, mujer.
—¿Que no? Hay un desconchón cerca del interruptor que tiene la forma exacta de la cara de un demonio, te lo juro por la Virgen de la Almudena.
Elena apretó los dientes, sintiendo cómo el músculo de la mandíbula empezaba a protestar.
—Es una mancha de humedad, Puri, o de rozar con el bolso al entrar.
—Es una señal de abandono, hija, de abandono absoluto.
Puri se levantó con una agilidad sorprendente para alguien que llevaba toda la comida quejándose de la ciática.
Caminó hacia la entrada del salón y señaló el pasillo con el dedo índice, como si estuviera señalando el lugar de un crimen atroz.
—Mira eso. ¿Ves ese gris? Eso antes era blanco roto. Ahora es blanco roto por el dolor.
Elena soltó una carcajada nerviosa que intentó camuflar como una tos inoportuna.
—Es pintura plástica normal, Puri, lo que pasa es que han pasado diez años.
—Once —corrigió la suegra con precisión quirúrgica—. Once años desde que mi difunto Manuel, que en paz descanse, le dio la última mano.
Se hizo un silencio espeso, de esos que se pueden cortar con un cuchillo de sierra.
Javi seguía sin aparecer en el salón.
Elena podía oír el leve sonido de un cajón abriéndose y cerrándose en la cocina.
“Cobarde”, pensó Elena con un cariño teñido de desesperación.
—Por eso —continuó Puri, volviendo a sentarse con la parsimonia de una reina regente—, he pensado que este sábado mi hijo podría venir a pintarme el pasillo.
Ahí estaba.
El misil tierra-aire había sido lanzado.
Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la corriente de aire que entraba por el balcón.
—¿Este sábado? —preguntó Elena, manteniendo la voz en un tono peligrosamente neutro.
—Claro, el sábado es el mejor día. Así tiene el domingo para que se seque y yo puedo ventilar bien sin que me dé el pasmo.
Elena dejó su propia taza sobre la mesa, con un poco más de fuerza de la estrictamente necesaria.
—Puri, el sábado no puede ser.
La suegra arqueó una ceja, una técnica de intimidación que había perfeccionado durante cuarenta años de matrimonio y tres hijos varones.
—¿Y eso por qué, si se puede saber? ¿Es que mi hijo tiene planes más importantes que evitar que la casa de su madre se caiga a pedazos?
—No es que se caiga a pedazos, es solo pintura —dijo Elena, intentando mantener la calma—. Y sí, tenemos planes.
Puri se llevó una mano al pecho, rozando el camafeo que siempre llevaba colgado.
—¿Planes? ¿Qué planes pueden ser esos?
—Este sábado su hijo se va conmigo a la sierra, que necesitamos desconectar.
La palabra “sierra” flotó en el aire como si fuera un insulto de grueso calibre.
Puri repitió la palabra en voz baja, paladeándola con amargura.
—La sierra…
—Sí, la sierra —reafirmó Elena—. Hemos alquilado una casita rural en Navacerrada desde hace un mes.
—Vaya por Dios —exclamó la suegra—. Navacerrada. Con el frío que debe de hacer allí arriba ahora que refresca.
—No hace frío, Puri, hace una temperatura estupenda para caminar y respirar aire puro.
—Aire puro —bufó Puri—. Para aire puro el que entra aquí cuando abro el patio de luces, que no veas cómo corre la brisa.
En ese momento, Javi apareció por fin en el umbral de la puerta, sosteniendo una cucharilla de café como si fuera un escudo sagrado.
Su cara era un poema de versos tristes y rimas forzadas.
Miró a su madre. Miró a su mujer.
Detectó el nivel de tensión ambiental y consideró seriamente la posibilidad de fingir un desmayo.
—¿Pasa algo? —preguntó con una voz sospechosamente aguda.
—Pasa, hijo —dijo Puri con un tono de voz que habría hecho llorar a un sargento de la legión—, que tu mujer dice que no puedes venir a pintarme el pasillo.
Javi miró a Elena, buscando auxilio.
Elena le devolvió una mirada que decía claramente: “Como digas que sí, duermes en el rellano hasta el 2030”.
—Mamá… es que lo de la sierra lo tenemos reservado desde hace mucho —balbuceó Javi.
Puri se recostó en el sofá, adoptando la postura de una mártir de las catacumbas romanas.
—No, si yo lo entiendo. La sierra es fundamental. El aire puro es vital.
Hizo una pausa y miró de reojo la mancha de la pared.
—Que yo me quede aquí encerrada entre paredes desconchadas y grisáceas no tiene ninguna importancia.
—Mamá, no seas dramática —pidió Javi, acercándose un poco.
—¿Dramática yo? —Puri se rió, una risa seca, sin rastro de humor—. Si yo soy la mujer más práctica del mundo.
Miró fijamente a Elena.
Sus ojos brillaban con la chispa de la batalla dialéctica inminente.
—Mi hijo siempre ha sido muy atento con su madre hasta que te conoció —soltó la frase con la precisión de un francotirador.
El silencio que siguió fue atómico.
Elena sintió un calor súbito subiéndole por el cuello, una mezcla de indignación y ganas de reírse por lo absurdo de la situación.
—Puri, por favor, no meta eso ahora —dijo Elena, tratando de no perder los papeles.
—No meto nada, hija, es la pura verdad. Antes, Javi venía todos los sábados a ver si me faltaba algo.
—Antes Javi vivía aquí y no tenía treinta y cinco años —apuntó Elena.
—Y tenía la cara más sonrosada —añadió Puri, ignorando el comentario de la nuera—. Ahora se le ve ojeroso. Debe de ser por tanto caminar por la sierra esa.
Javi se rascó la nuca, un gesto que hacía siempre que se sentía acorralado por las dos mujeres de su vida.
—Mamá, el pasillo puede esperar a la semana que viene.
—¿A la semana que viene? —Puri se puso en pie de nuevo—. ¡A la semana que viene tengo la reunión de las Hijas de María!
—Pues a la siguiente —sugirió Javi con esperanza.
—A la siguiente tengo que ir a por los resultados del colesterol, que ya sabes que me sale por las nubes solo de pensar en las cosas.
Elena se cruzó de brazos. Sabía por dónde iba esto.
Era una partida de ajedrez donde Puri siempre jugaba con las blancas y movía tres veces seguidas.
—Puri, el pasillo no es una emergencia nacional —dijo Elena con firmeza.
—Para ti no, que no vives aquí. Pero yo me levanto cada mañana y lo primero que veo es esa pared pidiendo auxilio.
Puri se acercó a su hijo y le puso una mano en el hombro, con un gesto de ternura que escondía una garra de acero.
—Hijo, que son solo unas horas. Si te das prisa, para mediodía está listo.
—No son unas horas, mamá, hay que lijar, dar imprimación y luego dos manos —explicó Javi, cometiendo el error de entrar en detalles técnicos.
—¿Lijar? ¿Para qué quieres lijar? Si con un brochazo por encima se queda como nuevo —dijo Puri, que no había pintado nada en su vida.
—No funciona así, Puri —intervino Elena—. Y de todas formas, el sábado nos vamos a las ocho de la mañana.
Puri soltó el hombro de su hijo como si quemara.
—A las ocho de la mañana. Qué barbaridad. A esa hora las calles todavía no están ni puestas.
—Queremos aprovechar el día —dijo Elena, levantándose también para nivelar el campo de batalla visual.
—Claro, aprovechar el día. Porque estar con tu madre que te parió con dolor y te crió a base de sopas de pan y mucho sacrificio no es aprovechar el día.
Javi suspiró con tal fuerza que una de las cortinas de ganchillo se movió levemente.
—Mamá, no empieces con lo de las sopas de pan, que yo comía filetes como todo el mundo.
—Filetes que yo te cortaba muy finitos para que no te atragantaras —remachó ella sin perder el ritmo—. Y mira ahora. No tienes tiempo ni para pintarme un pasillo de tres metros.
Elena miró a su marido, esperando una reacción contundente.
Javi miró el techo, como si buscara una trampilla de escape hacia otra dimensión.
La tensión cómica empezaba a vibrar en las paredes del salón, justo al lado del desconchón con forma de demonio.
—Puri —dijo Elena, dando un paso adelante—, Javi necesita descansar. Trabaja cincuenta horas a la semana.
—¿Y yo? ¿Acaso yo no descanso? —preguntó Puri con indignación—. Llevo descansando desde que me jubilé y te digo que es agotador.
—No es lo mismo.
—Por supuesto que no es lo mismo. Mi hijo tiene fuerzas para subir montes y bajar valles, pero no para subir una escalera de dos peldaños.
Puri se dirigió a la cocina, arrastrando un poco las zapatillas, pero con la cabeza muy alta.
Se oyó el ruido de platos moviéndose.
—Voy a sacar el dulce de membrillo que hice el otro día —gritó desde la cocina—. Aunque igual ni lo queréis, como ahora sois de la sierra y de comer aire puro…
Javi aprovechó para susurrarle a Elena.
—Cariño, igual si voy el viernes por la tarde un momento…
—Ni se te ocurra, Javier —susurró Elena de vuelta—. El viernes tenemos que hacer las maletas y comprar los suministros.
—Es que la veo muy mal, Elena.
—La ves muy mal porque es una actriz digna de un Goya.
Puri regresó con un plato de membrillo cortado en cuadrados perfectos, como si fueran ladrillos de una muralla emocional.
—Tomad, comed —dijo, ofreciéndoles el plato con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Para que tengáis fuerzas para el viaje ese tan importante.
Elena cogió un trozo por cortesía, aunque sentía que se le iba a hacer una bola en el estómago.
—Gracias, Puri. El membrillo está muy bueno.
—Está hecho con las manos de una madre que se queda sola el sábado —respondió ella, sentándose de nuevo.
Javi masticó su trozo de membrillo con la expresión de alguien que está comiendo serrín.
—Mamá, que solo es un fin de semana. El lunes estamos aquí.
—El lunes ya será tarde —sentenció Puri—. El lunes habré tenido que ver el desconchón cuarenta y ocho veces más.
—¿Cuarenta y ocho veces? —preguntó Elena, incrédula.
—Sí, cuento las veces que paso por el pasillo. Es mi única distracción ahora que la tele solo echa tonterías.
Elena se dio cuenta de que Puri estaba entrando en la fase de “soledad absoluta y abandono institucional”.
Era una fase peligrosa.
Si no se frenaba a tiempo, Puri acabaría diciendo que se iba a meter en una residencia ese mismo lunes.
—Escuche, Puri —dijo Elena, intentando un nuevo enfoque—. ¿Por qué no contratamos a un pintor profesional? Nosotros lo pagamos.
Puri se quedó petrificada, con un trozo de membrillo a medio camino de la boca.
—¿Un pintor? ¿Un extraño metido en mi casa?
—Sería rápido y quedaría perfecto —insistió Elena.
—¿Un hombre que yo no conozco, tocando mis paredes con sus manos de vete a saber dónde? —Puri parecía genuinamente horrorizada—. ¿Y si me roba las cucharas de plata de la tía abuela Encarna?
—Nadie le va a robar las cucharas, mamá —dijo Javi.
—Eso dices tú, porque eres un inocente. Pero el mundo está lleno de gente que se aprovecha de las viudas que tienen el pasillo gris.
Puri dejó el plato de membrillo en la mesa con un golpe seco.
—No. O lo pinta mi hijo, o no se pinta.
Miró a Javi con una mezcla de reproche y esperanza.
—Porque un hijo sabe dónde están los límites. Un hijo sabe que el rodapié no se mancha.
Javi bajó la mirada hacia sus zapatos. Estaba perdiendo la batalla.
Elena lo veía claudicar segundo a segundo.
—Puri, es que no es solo el hecho de pintar —dijo Elena—. Es que Javi y yo no tenemos tiempo para estar juntos con el ritmo que llevamos.
—Pues idos a la sierra el domingo —propuso la suegra con una lógica aplastante—. Así el sábado pintas, y el domingo os vais a ver las cabras esas.
—El domingo tenemos que volver pronto para organizar la semana, Puri.
—¡Ay, qué organización! —exclamó la suegra, lanzando las manos al aire—. En mis tiempos no nos organizábamos tanto y aquí estamos, vivitos y coleando.
Puri se levantó de nuevo y fue hacia la ventana, mirando hacia la calle con melancolía impostada.
—Ahí va el hijo de la vecina del cuarto, el de la Sole. ¿Lo ves, Javi?
Javi se asomó a la ventana por inercia.
—Sí, lo veo.
—Pues ese chico le ha reformado el baño entero a su madre. Él solo. Sin quejarse ni una sola vez.
—Ese chico es fontanero, mamá —recordó Javi.
—Da igual lo que sea. Es un hijo atento. La Sole no tiene que mendigar un brochazo como si fuera una pobre de pedir en la puerta de la iglesia.
Elena sintió que la presión arterial le estaba subiendo a niveles de riesgo.
Miró a su suegra, que permanecía de espaldas, con los hombros ligeramente hundidos, interpretando el papel de su vida.
—Puri —dijo Elena, levantándose—, lo del sábado no se negocia.
La suegra se giró lentamente, como una villana de película del oeste.
—¿Ah, no?
—No. Nos vamos a la sierra. Javi necesita desconectar del trabajo y de… de todo.
Puri miró a Javi, buscando el eslabón débil de la cadena.
—¿Eso es verdad, hijo? ¿Necesitas desconectar de tu madre?
—No ha dicho de ti, mamá, ha dicho de todo.
—”De todo” me incluye a mí, que soy parte del todo de este mundo —dijo Puri, con una lógica circular imbatible.
Se hizo otro silencio.
Esta vez, el silencio no era espeso, era eléctrico.
Las dos mujeres se miraban fijamente, mientras Javi se sentía como un pequeño barco de papel atrapado en medio de un huracán en el Atlántico Norte.
—Bueno —dijo Puri al fin, con un tono de voz gélido—. Si esa es vuestra decisión, yo no puedo decir nada.
—Gracias, Puri —dijo Elena, respirando por primera vez en media hora.
—No me des las gracias —cortó la suegra—. Al fin y al cabo, solo soy una vieja que se queda en una casa que se cae a trozos.
—No exagere…
—No exagero. Mañana mismo iré a la ferretería a ver si me venden una brocha pequeña.
Javi se tensó.
—¿Para qué quieres una brocha, mamá?
—Para intentarlo yo —dijo Puri con un tono de mártir sublime—. Aunque con mi espalda igual me quedo enganchada a mitad de la pared.
—¡Mamá!
—No te preocupes, hijo. Si me quedo allí pegada, ya vendrá algún vecino a despegarme cuando huela que la comida se está quemando.
Elena cerró los ojos y contó hasta diez. En su cabeza, ya no estaba en la sierra, estaba en un lugar mucho más lejano y tranquilo.
Pero sabía que la batalla no había hecho más que empezar.
Porque Puri no se rendía nunca. Solo se replegaba para preparar un ataque más sofisticado.
Y el sábado estaba a solo seis días de distancia.
Seis días de llamadas telefónicas, de suspiros por WhatsApp y de fotos del pasillo enviadas “por error”.
La guerra del pasillo acababa de declararse formalmente.
Parte 2
La semana comenzó con una calma tensa, de esas que preceden a las grandes tormentas de verano en la meseta central.
Elena intentaba concentrarse en su trabajo, pero el teléfono no dejaba de vibrar sobre la mesa de la oficina.
Era el grupo de WhatsApp de la familia, ese rincón del infierno digital donde Puri reinaba con mano de hierro y emojis de flores.
A las diez de la mañana del lunes, llegó el primer mensaje.
“Buenos días, hijos. Aquí os mando una foto del desayuno. El café me ha salido un poco amargo, como mi destino.”
Debajo, una foto desenfocada de una taza de café y una galleta María rota por la mitad.
Elena no contestó.
A las once, llegó la segunda entrega.
Era una foto del pasillo, tomada desde un ángulo picado que hacía que la mancha de la pared pareciera el cráter de un volcán activo.
“Me parece que la grieta ha crecido dos milímetros desde ayer. ¿Será que el edificio se está moviendo?”
Javi, que solía ser más débil ante estas provocaciones, contestó con un escueto: “Mamá, los edificios no se mueven así. Es el calor”.
Puri tardó exactamente treinta segundos en replicar.
“El calor será. O el peso de los años. Por cierto, ¿qué tiempo dicen que hará en la sierra? He visto en el telediario que va a caer una que no se vio otra igual desde el año de la polca.”
Elena leyó el mensaje y puso los ojos en blanco.
Sabía perfectamente que el pronóstico daba sol radiante y cielos despejados.
Pero para Puri, si su hijo no estaba a su lado pintando, el mundo exterior era un paraje hostil lleno de ventiscas y lobos hambrientos.
Llegó el martes.
Elena volvió a casa y encontró a Javi mirando fijamente el catálogo de una conocida tienda de bricolaje.
—¿Qué haces? —preguntó ella, dejando las llaves con un tintineo acusador.
Javi cerró el catálogo de golpe, como si lo hubieran pillado viendo contenido prohibido.
—Nada, solo miraba… colores.
—Javi…
—Es que me ha llamado tres veces hoy, Elena. Dice que le ha subido la tensión.
—Le ha subido la tensión porque se ha comido medio kilo de bacalao en salazón para celebrar que es martes —dijo Elena, quitándose los zapatos.
—Dice que si el pasillo estuviera pintado de un azul relajante, se sentiría mejor.
—El azul relajante no baja la tensión, Javi. Lo que baja la tensión es dejar de chantajear emocionalmente a tu hijo.
Javi suspiró y se pasó la mano por la cara.
—Lo sé, lo sé. Pero me siento mal.
Elena se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Escúchame bien. Nos vamos a la sierra. Tú, yo y el silencio. Sin pasillos, sin madres y sin dramas.
—Tienes razón —dijo Javi, aunque su voz carecía de la convicción necesaria.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Pero las promesas de Javi cuando se trataba de su madre tenían la solidez de una gelatina bajo el sol de agosto.
El miércoles, el ataque de Puri cambió de táctica.
Ya no era el pasillo. Ahora era la salud física.
“He tenido un sueño muy raro”, escribió en el grupo a las tres de la tarde.
“Soñé que Javi se caía por un barranco en la sierra y yo intentaba agarrarlo, pero mis manos estaban llenas de pintura gris y resbalaba.”
Elena se quedó mirando la pantalla del móvil, asombrada por la capacidad creativa de su suegra.
—Esto ya es de nivel profesional —le dijo a su compañera de trabajo—. Ha mezclado el pasillo con la premonición de muerte. Es una genio.
Su compañera se rió.
—La mía dice que le duele el bazo cada vez que me voy de vacaciones. El bazo, ¿te lo puedes creer? Ni siquiera sabe dónde está el bazo.
—Es el manual de la madre española, volumen uno —suspiró Elena.
Al llegar la noche, Javi estaba más callado de lo habitual.
—¿Ha vuelto a llamar? —preguntó Elena.
—No —dijo Javi—. Ha enviado un audio.
—A ver.
Javi pulsó el play. La voz de Puri sonaba débil, como si estuviera hablando desde el fondo de una cueva.
“Hijo… si vas a la sierra, por favor, llévate el abrigo bueno. El de lana. Ese que te compré yo hace cinco años. No te pongas esas chaquetas finas que usa tu mujer, que eso no abriga nada. Y si ves que el cielo se pone oscuro, corre. No mires atrás. Corre.”
Elena no pudo evitarlo y soltó una carcajada.
—¿Chaquetas finas? ¡Si mi chaqueta es técnica, aguanta hasta diez bajo cero!
—Para mi madre, si no pesa cinco kilos y pica, no es abrigo —dijo Javi con una media sonrisa triste.
—Es una manipulación de manual, Javi. Quiere que asocies la sierra con el peligro y el pasillo con la seguridad del hogar materno.
—Lo sé, pero es que me lo dice con una pena…
El jueves fue el día de la “Gran Renuncia”.
Puri envió un mensaje que parecía una carta de despedida de una película de la Primera Guerra Mundial.
“He decidido que no voy a pintar el pasillo. Me acostumbraré a la oscuridad. Al fin y al cabo, ya me queda poco tiempo en este mundo y para qué voy a querer una casa bonita si no tengo a los míos cerca.”
—Ya está —dijo Elena—. Ya ha sacado la carta de la muerte inminente.
—Es el movimiento final —coincidió Javi—. Después de esto, solo queda la huelga de hambre.
—O que se presente en la puerta con una maleta.
—No me des ideas, por favor.
El viernes por la tarde, el ambiente en el piso de Elena y Javi era frenético.
Estaban haciendo las maletas, comprobando que tenían las botas de senderismo, el protector solar y los bocadillos para el camino.
El teléfono de Javi sonó.
Era una videollamada de Puri.
Javi miró a Elena. Elena le hizo un gesto de “no lo cojas”.
Javi lo cogió.
La imagen que apareció en pantalla era digna de una tragedia griega.
Puri aparecía sentada en una silla de madera en medio del pasillo.
Llevaba puesto un pañuelo en la cabeza y sostenía un rodillo viejo que parecía haber sido usado para pintar las cuevas de Altamira.
Estaba llorando. Pero no un llanto ruidoso, sino unas lágrimas silenciosas y dignas que rodaban por sus mejillas.
—¿Mamá? ¿Qué haces? —preguntó Javi, alarmado.
—Nada, hijo… intentando empezar —dijo ella con voz entrecortada—. He movido el aparador yo sola y me ha dado un tirón en el costado, pero no pasa nada.
—¿Has movido el aparador sola? ¡Pero si pesa un quintal! —exclamó Javi.
—Con la fuerza de la desesperación se mueve todo, hijo —respondió ella, mirando a cámara con los ojos enrojecidos—. Solo quería que estuviera listo para cuando volvierais, para que no tuvierais que ver este horror.
Elena se asomó a la pantalla.
—Puri, por favor, deje eso ahora mismo. Se va a hacer daño.
—No te preocupes por mí, Elena —dijo Puri, clavándole una mirada de acero—. Disfrutad de vuestro aire puro. Yo me quedaré aquí, con mi tirón y mi rodillo.
Puri cortó la comunicación antes de que pudieran decir nada más.
Javi se quedó mirando la pantalla en negro, con la maleta a medio cerrar a sus pies.
—Elena… —empezó a decir.
—No.
—Elena, ha movido el aparador sola.
—Javi, es mentira. Ese aparador no lo mueven ni tres tíos del gimnasio. Lo habrá empujado un centímetro y se habrá sentado a llorar.
—¿Y si es verdad? ¿Y si se ha hecho una hernia?
—Es el truco más viejo del mundo. La “lesión por autosuficiencia”.
Javi se sentó en la cama, derrotado.
—No puedo irme a la sierra pensando que mi madre está tirada en el suelo del pasillo con un rodillo en la mano.
Elena suspiró profundamente. Sabía que había perdido.
Puri había jugado su mejor carta en el último minuto del partido.
—Está bien —dijo Elena, dejando caer una sudadera dentro de la maleta—. Vamos a verla.
—¿De verdad?
—Vamos a verla, comprobamos que está perfectamente, y luego nos vamos. Aunque salgamos de noche.
—Gracias, cariño. Eres una santa.
—No soy una santa, soy una persona que sabe que si no vamos, me vas a dar el fin de semana con tu cara de culpa.
Media hora después, estaban en el coche atravesando Madrid hacia el barrio de Puri.
Al llegar, subieron las escaleras a toda prisa.
Javi abrió la puerta con su llave.
—¡Mamá! ¡Ya estamos aquí!
El pasillo estaba tal y como lo habían visto en la videollamada.
El aparador estaba ligeramente desplazado, unos tres centímetros de la pared.
Puri estaba sentada en el suelo, con el rodillo al lado y una mano en la zona lumbar.
Al verlos entrar, soltó un pequeño gemido de dolor.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó con voz débil—. ¿No estabais camino de la sierra?
—Hemos venido a ver cómo estabas —dijo Javi, agachándose a su lado.
—Estoy… estoy —dijo ella, intentando levantarse con mucha dificultad—. Ay, mi espalda. Creo que he oído un “crack”.
Elena se quedó apoyada en el marco de la puerta, observando la escena con los brazos cruzados.
Se fijó en un detalle.
Puri llevaba puesto el delantal limpio, el que usaba para las visitas, y no tenía ni una sola gota de pintura en las manos.
Ni siquiera había abierto el bote de pintura que estaba allí al lado.
—Vaya, Puri —dijo Elena—. Qué puntería. Lesionarse antes de abrir el bote.
Puri la miró con resentimiento.
—Es que el esfuerzo de mover el mueble ha sido sobrehumano, Elena. Vosotros los jóvenes no sabéis lo que es el desgaste de los huesos.
Javi ayudó a su madre a levantarse y la llevó hasta el sofá del salón.
—Venga, mamá, descansa. No tenías que haber hecho esto.
—Es que quería que estuviera bonito… —sollozó Puri—. Para que vierais que vuestra madre todavía sirve para algo.
Elena sintió que la rabia se mezclaba con una especie de admiración perversa.
La puesta en escena era impecable.
—Bueno —dijo Javi, mirando a Elena con cara de súplica—. Ya que estamos aquí… igual puedo darle una mano rápida a esta pared, ¿no?
Elena suspiró. El plan de la sierra se estaba hundiendo más rápido que el Titanic.
—Javi, son las ocho de la tarde.
—Si empiezo ahora, para las once he terminado la primera mano. Mañana por la mañana doy la segunda y a mediodía nos vamos. Solo perdemos medio día.
Puri, desde el sofá, dejó de sollozar instantáneamente.
—¿De verdad harías eso por tu madre, hijo?
—Claro, mamá.
Puri miró a Elena con un destello de triunfo en los ojos.
Un destello que decía claramente: “He ganado. Mi hijo está en mi pasillo y tú estás aquí mirando”.
Elena supo que si cedía ahora, el resto de su vida matrimonial estaría marcado por pasillos grises y tirones de espalda oportunos.
—De eso nada —dijo Elena con una sonrisa gélida—. Javi no va a pintar nada esta noche.
Puri se tensó. Javi se quedó helado.
—¿Cómo que no? —preguntó la suegra.
—Porque esta noche nos vamos a quedar a dormir aquí —anunció Elena—. Para cuidarte, Puri. No podemos dejarte sola con ese tirón tan terrible.
Javi la miró confundido.
—¿A dormir aquí?
—Sí. En tu antigua habitación. Y mañana por la mañana, bien temprano, llamaremos al fisioterapeuta de la esquina para que venga a verte la espalda.
A Puri se le mudó el color de la cara.
—¿Un fisioterapeuta? No, no hace falta, si con un poco de Reflex se me pasa…
—No, no —insistió Elena, acercándose a ella con falsa preocupación—. Un “crack” en la espalda es algo muy serio. Podría ser un pinzamiento. No debes moverte del sofá en todo el fin de semana.
Puri tragó saliva. El plan de tener a su hijo trabajando para ella mientras ella le daba instrucciones desde la cocina se estaba torciendo.
—Y por supuesto —continuó Elena—, Javi no pintará nada. El ruido del rodillo y el olor a pintura podrían empeorar tus migrañas, ¿verdad, Puri?
—Yo… yo no tengo migrañas ahora —balbuceó la suegra.
—Pero podrían aparecer. Así que, plan decidido. Fin de semana de cuidados intensivos para la abuela. Nada de sierra y nada de pintura. Silencio absoluto y reposo.
Javi miró a una y a otra, dándose cuenta de que Elena acababa de contraatacar con una genialidad táctica.
Había convertido el chantaje de la madre en una prisión para la propia madre.
—Bueno —dijo Javi, pillando el tono—, pues voy a traer las maletas del coche.
—Eso, hijo —dijo Elena—. Trae las maletas. Nos vamos a instalar aquí hasta el lunes por la mañana.
Puri miró su pasillo gris.
Miró a su nuera, que le sonreía con una amabilidad que daba miedo.
Y por primera vez en su vida, Doña Purificación comprendió que se había metido en un callejón sin salida.
Pero la guerra, amigos míos, no había terminado. Solo había cambiado de escenario.
Parte 3
La noche en casa de Puri fue un ejercicio de supervivencia psicológica digno de un programa de televisión extremo.
Elena y Javi se instalaron en la antigua habitación de este último, un cubículo que todavía conservaba pósteres de grupos de rock de los noventa y un olor a naftalina que se te metía en las pestañas.
Puri, por su parte, se había tomado muy en serio su papel de inválida.
Cada vez que oía un ruido en el pasillo, soltaba un quejido lastimero que retumbaba por toda la casa.
—¡Ay! —exclamaba desde el salón—. ¡Qué aire me ha dado en la rabadilla!
Javi se levantaba de un salto, pero Elena le ponía una mano en el pecho.
—Quieto —susurraba ella—. Es un señuelo. Si vas, te pedirá que le traigas agua. Luego que le muevas el cojín. Luego que, ya que estás de pie, le des una pasadita a la mancha con un trapo húmedo.
—Pero Elena, suena como si se estuviera muriendo.
—Se está muriendo de ganas de que agarres la brocha, que es distinto.
A las tres de la mañana, el silencio fue interrumpido por el sonido de algo metálico cayendo al suelo.
Javi y Elena salieron al pasillo a toda prisa.
Allí estaba Puri, en camisón y bata de boatiné, intentando abrir el bote de pintura con una cuchara sopera.
—¿Mamá? —preguntó Javi, frotándose los ojos—. ¿Qué haces a estas horas?
Puri dio un respingo y escondió la cuchara detrás de la espalda, como si fuera un arma delictiva.
—Yo… es que no podía dormir con la angustia —dijo, intentando recuperar la compostura—. Pensé que si le daba una manita yo sola, así a oscuras, mañana estaríais libres para iros a vuestros montes.
—¡A oscuras! —exclamó Elena—. Se va a dejar la pared hecha un eccehomo, Puri.
—Mejor un eccehomo que este gris que me quita la alegría de vivir —replicó la suegra con un arranque de orgullo.
—Vuelva a la cama ahora mismo —ordenó Elena con voz de capitana general—. O llamo a la ambulancia ahora mismo diciendo que tiene delirios.
Puri refunfuñó algo sobre las nueras modernas y se retiró a sus aposentos, arrastrando las zapatillas con una cadencia que recordaba a una marcha fúnebre.
El sábado amaneció con un sol espléndido que entraba por las persianas, burlándose de los tres habitantes de la casa.
Elena se levantó primero y preparó café. Un café fuerte, de los que despiertan hasta las conciencias más dormidas.
Puri apareció en la cocina caminando perfectamente, hasta que vio a Elena.
En ese preciso instante, su espalda se encorvó treinta grados y empezó a cojear de la pierna izquierda.
—Buenos días, Puri. ¿Cómo está esa espalda? —preguntó Elena, sirviendo una taza.
—Peor —dijo ella, dejándose caer en la silla—. He soñado que la pintura se me metía en los pulmones. Un horror.
Javi entró en la cocina, con el pelo alborotado y cara de no haber pegado ojo.
—Buenos días. ¿Qué vamos a hacer hoy?
Puri miró el pasillo a través de la puerta abierta de la cocina.
—Yo hoy no puedo ni mover un dedo —dijo ella—. Pero hijo, he pensado una cosa.
—Dime, mamá.
—Si tú pintas el pasillo hoy, mientras yo estoy aquí en el sofá vigilando que no te canses demasiado… igual para la noche te da tiempo a llevar a Elena a cenar a algún sitio bonito.
Elena intervino antes de que Javi pudiera abrir la boca.
—No, Puri. Dijimos reposo absoluto. Y para que no te sientas tentada de hacer nada, he decidido que hoy vamos a hacer limpieza general de los armarios de la cocina.
Puri palideció.
—¿Limpieza de armarios? Pero si están limpios…
—No, no lo están —dijo Elena, abriendo uno y sacando un bote de especias que caducó cuando todavía existía la peseta—. Hay que sacar todo, limpiar el polvillo y volver a colocarlo. Es una actividad muy relajante y se puede hacer sentada.
—Pero… ¿y el pasillo? —preguntó Puri, desesperada.
—El pasillo se queda gris. Es el color de la temporada en Nueva York, debería estar contenta de estar a la última —dijo Elena con una sonrisa triunfal.
La mañana transcurrió en un ambiente de tensión doméstica insoportable.
Elena obligó a Puri a sentarse en una silla cómoda mientras ella y Javi vaciaban los armarios.
Puri intentaba dirigir la operación, pero Elena la cortaba constantemente.
—Puri, no se mueva. El tirón. Acuérdese del tirón.
—Pero es que estáis poniendo las legumbres junto al detergente, y eso es pecado mortal —protestaba la suegra.
—Es una nueva organización, más moderna —decía Elena, mientras Javi sudaba la gota gorda moviendo sacos de arroz de cinco kilos.
A mediodía, el teléfono de la casa sonó.
Puri lo cogió con una agilidad que desmentía cualquier lesión vertebral.
—¿Sí? ¡Ah, Hola, Sole! —exclamó, mirando de reojo a su nuera.
Se hizo un silencio mientras escuchaba al otro lado.
—¿Que tu hijo qué? ¿Que ya ha terminado el baño y ahora le va a barnizar las puertas? —Puri suspiró tan fuerte que casi apaga la cafetera—. Qué suerte tienes, hija. Un hijo que es un tesoro. Aquí los míos… bueno, aquí los míos están reorganizando los botes de garbanzos.
Colgó el teléfono y miró a Javi con una expresión de decepción infinita.
Javi bajó la cabeza, sintiéndose el peor hijo del mundo, del sistema solar y de las tres galaxias adyacentes.
—Mamá, que si quieres lo pinto, de verdad —dijo Javi, dejando un bote de pimentón sobre la mesa.
—¡No! —gritó Elena—. ¡No lo va a pintar!
—¿Y por qué no, Elena? —preguntó Javi, empezando a enfadarse—. Es solo una pared. Tardamos dos horas y mi madre se queda tranquila.
—No es la pared, Javi, es el principio de las cosas —dijo Elena, plantándose frente a él—. Si hoy pintas la pared porque ella finge un tirón, el mes que viene tendrás que cambiarle el tejado porque dirá que tiene mareos.
—¿Que yo finjo? —Puri se levantó, indignada—. ¿Me estás llamando mentirosa en mi propia casa?
—Le estoy llamando estratega, Puri. Que suena más fino —dijo Elena.
—¡Esto es el colmo! —Puri se llevó las manos a la cabeza—. Mi propio hijo permitiendo que me insulten en mi cocina. ¡Javi, haz algo!
Javi miró a una. Miró a la otra.
La tensión había llegado al punto de no retorno.
—¡Basta! —rugió Javi, haciendo que los botes de garbanzos tintinearan—. ¡Basta ya las dos!
Se hizo un silencio sepulcral. Javi nunca gritaba. Era el hombre más pacífico del mundo, el tipo de persona que pide perdón a las farolas si se choca con ellas.
—Mamá —dijo Javi, señalando a Puri—, sé perfectamente que no tienes ningún tirón en la espalda. Te he visto agacharte a recoger una moneda de diez céntimos esta mañana con la agilidad de un gato.
Puri abrió la boca para protestar, pero Javi levantó la mano.
—Y tú, Elena —dijo, girándose hacia su mujer—, sé que tienes razón, pero me estás volviendo loco con la limpieza de los botes. Odio limpiar botes. Prefiero pintar diez pasillos antes que volver a tocar un bote de canela caducado.
Javi se dirigió al pasillo con paso firme.
Agarró el bote de pintura, lo abrió con un destornillador y empezó a removerlo con una vara de madera.
—Voy a pintar este pasillo ahora mismo —anunció—. Y cuando termine, nos vamos a la sierra. Aunque lleguemos a las tres de la mañana. Y mamá, tú te vas a quedar aquí, calladita, y vas a preparar unos bocadillos de tortilla para el viaje.
Puri y Elena se quedaron petrificadas en la cocina.
El equilibrio de poder se había roto de la forma más inesperada posible.
Javi empezó a dar brochazos en la pared con una energía casi furiosa.
—¡Mira, mamá! —gritaba mientras pintaba—. ¡Mira qué blanco! ¡Mira cómo desaparece el demonio del desconchón!
Puri se acercó a la puerta del pasillo, con una mezcla de orgullo y miedo.
—Hijo, ten cuidado con las salpicaduras…
—¡No tengo cuidado nada! ¡La pintura es libertad! —exclamó Javi, dándole al rodillo como si estuviera pintando la Capilla Sixtina en tiempo récord.
Elena se acercó a él y le puso la mano en el hombro.
—Javi… para un momento.
—¿Qué? ¿Vas a decirme que no debo hacerlo?
—No —dijo Elena, sonriendo—. Voy a decirte que me des otro rodillo. Si lo hacemos los dos, terminamos en una hora.
Javi se detuvo y miró a su mujer. La rabia se le pasó de golpe.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Javi.
Elena miró a Puri, que seguía observando desde la cocina.
—Que Puri nos ayude.
La suegra dio un paso atrás, horrorizada.
—¿Yo? ¿Pintar? Pero si yo soy una señora mayor…
—Usted dijo que anoche intentó abrir el bote, Puri —recordó Elena—. Eso significa que tiene voluntad. Así que, o nos ayuda a pintar, o Javi deja el rodillo ahora mismo y nos vamos.
Puri miró la pared a medio pintar. Miró a su hijo. Miró a su nuera.
Se dio cuenta de que el juego había cambiado de reglas.
—Está bien —suspiró Puri—. Pero ponedme un papel de periódico en la cabeza, que no quiero que se me estropee la permanente.
Diez minutos después, la escena era digna de una postal surrealista.
Javi arriba en la escalera, Elena en el medio y Puri abajo, dándole al rodillo con una técnica dudosa pero con mucha determinación.
—Dale fuerte ahí, Puri, que se vea el blanco —decía Elena.
—Le estoy dando, hija, le estoy dando. ¡Hay que ver lo que cansa esto! —se quejaba la suegra, pero por primera vez, no era un quejido de manipulación, sino de cansancio real.
La tensión cómica se había disuelto en un mar de pintura blanca y risas contenidas.
Trabajaron juntos durante dos horas.
Puri acabó con una gota de pintura en la punta de la nariz y los periódicos de la cabeza un poco ladeados.
Elena tenía los pantalones perdidos, pero se sentía extrañamente ligera.
Javi, por fin, sonreía de verdad.
Al terminar, el pasillo resplandecía. Ya no había demonios, ni manchas, ni grisura.
—Pues ha quedado bien —admitió Puri, contemplando su obra con los brazos en jarras.
—Ha quedado de lujo, mamá —dijo Javi, dándole un beso en la frente.
—Bueno —dijo Elena, mirando el reloj—. Son las seis de la tarde. Si salimos ya, llegamos para la cena en la sierra.
Puri miró a la pareja. Se acercó a la cocina y sacó un paquete envuelto en papel de aluminio.
—Aquí tenéis los bocadillos de tortilla —dijo, entregándoselos a Elena—. Y he puesto también unos filetes empanados, por si os da hambre por el camino.
Elena cogió el paquete y, por primera vez en años, le dio un abrazo sincero a su suegra.
—Gracias, Puri. De verdad.
Puri se quedó un poco rígida, pero luego le devolvió el abrazo con palmaditas en la espalda.
—Andad, idos ya —dijo la suegra—. Que tengo que fregar el suelo, que me lo habéis puesto todo perdido de gotas.
Javi y Elena bajaron a la calle, cargaron las maletas y se subieron al coche.
Mientras salían del barrio, Javi suspiró de alivio.
—Lo hemos conseguido, Elena. El pasillo está blanco y estamos vivos.
—Y lo más importante —añadió Elena—, Puri ha aprendido que si quiere pintura, tiene que mancharse las manos.
—No cantes victoria todavía —dijo Javi—. Conociéndola, mañana nos llama para decir que el blanco le da reflejos y que prefiere el color crema.
Elena se rió y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.
—Mañana no pienso coger el móvil, Javi. Mañana solo existe la sierra.
Parte 4: El cierre del plan
El coche avanzaba por la carretera de Colmenar mientras el sol empezaba a teñir de naranja las cumbres de la Sierra de Guadarrama.
El silencio dentro del vehículo era, por fin, un silencio de paz.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —preguntó Javi, rompiendo la calma.
—¿Qué?
—Que al final, mi madre pintaba mejor que yo. ¿Viste cómo recortaba las esquinas?
Elena soltó una carcajada.
—Es una perfeccionista, Javi. Lo que pasa es que prefiere que el perfeccionismo lo ejecuten otros.
—Pues me ha dejado impresionado. Creo que le ha cogido el gusto.
—No me extrañaría que el mes que viene nos llame para decir que quiere pintar el salón de color “salmón místico”.
Javi se estremeció al volante.
—Ni se te ocurra mencionarlo. El salmón místico es el fin de nuestra civilización.
Llegaron a la casita rural en Navacerrada cuando ya era noche cerrada.
El aire era fresco, puro y olía a pino y tierra húmeda, tal como Elena había prometido.
Se instalaron en la cabaña, encendieron la chimenea y abrieron una botella de vino.
—Por el pasillo blanco —brindó Elena, chocando su copa con la de Javi.
—Y por la sierra —añadió él.
Estaban a punto de relajarse de verdad cuando el móvil de Javi iluminó la mesa de madera.
Era un mensaje en el grupo de familia.
Elena sintió que se le tensaban los hombros por instinto.
—No lo abras —advirtió ella.
—Tengo que abrirlo, Elena. Podría ser una emergencia real.
—La única emergencia de tu madre es que se ha quedado sin alguien a quien mandar.
Javi suspiró y desbloqueó la pantalla.
Era una foto del pasillo recién pintado, iluminado por la luz de la lámpara de la entrada.
Debajo, un texto largo.
“Hijos, estoy aquí sentada mirando la pared. Ha quedado preciosa. Gracias por venir a ayudar a esta pobre vieja que a veces se pone un poco pesada.”
Elena leyó el mensaje por encima del hombro de Javi y sintió que su corazón se ablandaba un milímetro.
—Vaya —dijo ella—. Un mensaje de agradecimiento sin rastro de reproche. Esto es histórico.
Pero entonces, apareció el segundo mensaje.
“Lo único malo es que, ahora que el pasillo está tan blanco, me he dado cuenta de que el techo del salón está amarillento. Parecen nubes de tabaco, aunque yo no fumo.”
Javi y Elena se miraron en silencio.
“He pensado que, como el fin de semana que viene no tenéis planes, Javi podría venir a darme una opinión experta. Solo a mirar, ¿eh? Nada de trabajar.”
Javi dejó el móvil boca abajo sobre la mesa.
—¿Qué vas a contestar? —preguntó Elena con una ceja levantada.
Javi le dio un sorbo largo a su vino, miró el fuego de la chimenea y luego miró a su mujer con una sonrisa pícara.
—Voy a contestar que el fin de semana que viene nos vamos a la playa.
—¿A la playa? Pero si todavía no hace tiempo de playa.
—Da igual —dijo Javi—. Como si nos vamos a un desierto en Almería. Mientras no haya techos que pintar ni pasillos que retocar…
Elena se rió y se acurrucó a su lado.
—Sabes que acabaremos yendo a ver ese techo, ¿verdad?
—Sí —admitió Javi—. Pero será bajo mis condiciones. Y con un rodillo para ella también.
—Eso es trato hecho.
Afuera, el viento de la sierra soplaba suavemente entre los árboles, lejos de las tensiones del asfalto y los dramas familiares.
En Madrid, Doña Purificación se terminaba su bocadillo de tortilla, satisfecha.
Sabía que no irían el próximo sábado, ni quizá el siguiente.
Pero también sabía que la semilla del techo amarillento ya estaba plantada en la cabeza de su hijo.
Y las semillas de Puri, tarde o temprano, siempre acababan floreciendo.
Se levantó, caminó por su pasillo blanco inmaculado y se fue a dormir con una sonrisa de victoria en los labios.
Había perdido una batalla, sí. Había tenido que trabajar, también.
Pero había conseguido lo más importante: que su hijo y su nuera pasaran un sábado entero con ella.
Y para Puri, eso valía todos los botes de pintura del mundo.
El plan del fin de semana había sido, después de todo, un éxito rotundo para todas las partes.
Incluso para el desconchón con forma de demonio, que ahora descansaba en paz bajo tres capas de blanco mate.