PARTE 1
Era un sábado de los que en España llamamos de “justicia”.
El sol caía sobre el asfalto de la urbanización con la mala leche de quien tiene algo personal contra la humanidad.
En el centro de la calle, reluciendo como un lingote de plata bajo una lupa, estaba el coche.
No era un coche cualquiera.
Era el orgullo de la familia, el símbolo de un ascenso social que Paco, el suegro, todavía no terminaba de procesar.
Paco estaba allí, de pie, con las manos en jarra y la mirada de un cirujano antes de una operación a corazón abierto.
Llevaba puesta su camiseta de tirantes blanca, la de “faena”, y unos pantalones cortos que habían visto mejores décadas.
En la mano derecha sostenía una bayeta de microfibra de color azul eléctrico.
La pasaba por el capó con una delicadeza que jamás había mostrado con sus propios hijos.
El coche olía a concesionario, a plástico virgen y a esa fragancia de “pino mediterráneo” que solo dura tres días pero que cuesta una fortuna.
Paco dio un paso atrás para admirar el brillo de la llanta delantera izquierda.
—Ni un mosquito —susurró para sí mismo, con una sonrisa de satisfacción—.
—Ni una mota de polvo se atreve a posarse en esta maravilla.
En ese momento, la puerta del chalé se abrió con un estruendo que rompió el silencio místico de la mañana.
Elena, su nuera, salió cargada con tres bolsas de la compra, una nevera portátil y una sombrilla que parecía un arma de asedio medieval.
Paco frunció el ceño.
—Elena, cuidado con la sombrilla, que las puntas las carga el diablo —advirtió, sin dejar de mirar el lateral del vehículo—.
—Tranquilo, Paco, que no le va a pasar nada al niño de tus ojos —respondió ella, dejando las cosas en el suelo con un suspiro de agotamiento—.
Elena era una mujer de armas tomar, de esas que no se amilanan ante los gruñidos de un suegro que se cree el guardián del Santo Grial sobre ruedas.
Se secó el sudor de la frente con el antebrazo y miró el maletero.
Paco se acercó a ella, bloqueándole el paso de forma sutil pero decidida.
—¿Vas a meter todo eso ahí dentro? —preguntó él, con un tono de voz que sugería que estaba a punto de presenciar un sacrilegio—.
—Pues claro, Paco, nos vamos de excursión, ¿no? —dijo Elena, abriendo el maletero con el mando a distancia—.
El mecanismo eléctrico hizo un zumbido suave, un sonido de lujo que a Paco le provocaba un escalofrío de placer.
Pero el placer se transformó en pánico cuando vio que Elena se daba la vuelta hacia la casa y gritaba.
—¡Boby! ¡Ven aquí, corre!
Paco se quedó petrificado.
Su corazón, curtido en mil batallas de bar y discusiones sobre el precio del aceite, dio un vuelco.
Desde el fondo del pasillo de la casa, apareció una mancha de pelo color canela, orejas desproporcionadas y una lengua que colgaba como una corbata mal puesta.
Boby, un Golden Retriever que pesaba lo mismo que un saco de cemento y tenía el triple de energía, salió disparado hacia la calle.
Sus garras chocaron contra el pavimento con un sonido que a Paco le supo a lija sobre terciopelo.
El perro llegó al coche y, antes de que nadie pudiera reaccionar, apoyó sus patas delanteras en el parachoques trasero.
Paco soltó un alarido que se escuchó en tres provincias limítrofes.
—¡No! ¡Quita bicho! ¡Las uñas! ¡Que me ralla la pintura metalizada!
Elena se rió, una risa que a Paco le pareció una provocación directa a su autoridad.
—No le hace nada, Paco, no seas exagerado —dijo ella, acariciando la cabeza del animal—.
—¿Exagerado? ¡Elena, que este coche tiene menos de cien kilómetros! —gritó el suegro, acercándose para inspeccionar los daños—.
—¡Mira esto! ¡Aquí hay una marca! —señaló una mota de polvo invisible—.
—Eso es una sombra, Paco, por favor —respondió Elena, abriendo la puerta trasera del habitáculo—.
Paco vio entonces el objeto que ella llevaba en la otra mano.
Un trasportín de plástico rígido, de esos que ocupan medio mundo y huelen a perro encerrado.
Se le abrieron los ojos como platos.
La tensión en la calle se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Paco se interpuso entre Elena y la puerta abierta, protegiendo el interior de cuero sintético con su propio cuerpo.
—¿Vas a meter al perro en el coche nuevo? —preguntó, con una voz que vibraba por la indignación—.
Elena se detuvo, con el trasportín a medio levantar.
—Me lo vas a llenar de pelos y olor —sentenció Paco, cruzándose de brazos—.
La nuera respiró hondo, buscando esa paciencia que solo se tiene con los parientes políticos en días festivos.
—El perro va en su trasportín y el coche es mío —le recordó ella, remarcando cada palabra—.
—Él también viene de excursión —añadió, con una sonrisa desafiante—.
Paco miró al perro, que ahora intentaba lamer la maneta cromada de la puerta.
—A los animales se los deja en el corral, no se los lleva de paseo —sentenció el anciano, recurriendo a la sabiduría ancestral de su pueblo en la Sierra de Madrid—.
—En mis tiempos, el perro se quedaba cuidando la casa o en el patio, dándole a los huesos —continuó Paco, gesticulando con la bayeta azul—.
—¿Qué va a ser lo próximo? ¿Ponerle un cinturón de seguridad y comprarle un helado? —añadió, con sarcasmo—.
Elena no bajó la guardia.
—Paco, estamos en el siglo veintiuno, Boby es parte de la familia —dijo ella, metiendo el trasportín en el asiento trasero con un golpe seco—.
El coche crujió ligeramente bajo el peso del plástico.
Paco sintió el crujido en su propia columna vertebral.
—¿Parte de la familia? —exclamó él, elevando el tono—.
—¡Tu hermano es parte de la familia y lo dejamos en su casa porque no cabía con tanta maleta! —reprochó—.
—¡Y ese no suelta pelo ni huele a alfombra mojada cuando llueve! —continuó su perorata—.
Elena ignoró el comentario sobre su hermano y empezó a empujar el trasportín para ajustarlo.
—Boby va aquí, y punto —dijo ella, con firmeza—.
Paco se acercó al cristal, mirando hacia el interior como si estuviera viendo un grafiti en una catedral.
—Mira esos asientos, Elena —dijo él, bajando el tono a uno de súplica—.
—Es un tapizado “Grey Moon”, edición especial —explicó, como si recitara un folleto publicitario—.
—¿Sabes lo que cuesta quitar el olor a perro de un Grey Moon? —preguntó, con dramatismo—.
—No lo quitas ni con lejía, ni con incienso, ni llamando a un exorcista —añadió—.
Elena se giró, mirándole fijamente a los ojos.
—Paco, el coche lo he pagado yo con mi sueldo de los últimos cinco años —le recordó—.
—Y si quiero meter una manada de ñus hambrientos, la meto —sentenció—.
Paco se quedó mudo por un segundo, procesando la derrota temporal.
Pero un suegro de pura cepa nunca se rinde del todo.
Miró al perro, que ahora estaba sentado en el asfalto, mirándoles con una expresión de absoluta incomprensión.
—Ese perro tiene cara de tener ganas de marearse —dijo Paco, cambiando de táctica—.
—¿Y si vomita? —preguntó, con un brillo de esperanza malvada en los ojos—.
—¿Y si se le escapa un “asuntillo” en plena autopista? —insistió—.
—Te vas a quedar con un coche que huele a vertedero municipal de por vida —sentenció—.
Elena soltó una carcajada seca.
—Paco, Boby viaja mejor que tú, que siempre te estás quejando del aire acondicionado —le espetó—.
—¡Porque el aire acondicionado me da en las cervicales! —se defendió él inmediatamente—.
—Y este coche tiene un climatizador bizona que parece que estás en el Polo Norte —añadió—.
Paco volvió a mirar el interior del coche, sufriendo por cada centímetro de espacio que el trasportín robaba a su preciada visión del orden.
—Es una lástima —dijo, negando con la cabeza—.
—Un coche así, destinado a grandes cosas, convertido en una perrera con ruedas —se lamentó—.
—Venga, Paco, sube ya, que nos dan las uvas y no hemos llegado ni a la gasolinera —dijo Elena, cerrando la puerta trasera con un “clac” que hizo que Paco cerrara los ojos con dolor—.
El hombre se quedó solo un momento frente al capó.
Acarició el emblema de la marca con el dedo índice.
—Perdónalos, que no saben lo que hacen —murmuró entre dientes—.
Boby soltó un ladrido alegre, como si hubiera entendido la disculpa.
Paco le lanzó una mirada de pocos amigos.
—Tú cállate, que como vea un solo pelo en la alfombrilla, te vuelves a casa corriendo detrás del coche —amenazó—.
Elena asomó la cabeza por la ventanilla del conductor.
—¡Paco! ¡Mueve el culo!
El suegro, refunfuñando y guardando la bayeta en el bolsillo trasero del pantalón, se dirigió a la puerta del copiloto.
La abrió con una cautela exagerada, como si la maneta fuera a explotar.
Se sentó, ajustó el asiento, se puso el cinturón y miró el salpicadero con una mezcla de amor y profunda preocupación.
El viaje no había hecho más que empezar.
PARTE 2
El habitáculo del coche se había convertido en un campo de batalla silencioso.
A un lado, Elena, con las manos firmes en el volante y la mirada puesta en el horizonte de la carretera nacional.
Al otro, Paco, que parecía un inspector de sanidad buscando una bacteria invisible en el salpicadero.
Y detrás, en su fortaleza de plástico, Boby.
El perro no paraba de moverse.
El sonido de sus garras rascando el fondo del trasportín era para Paco como el chirrido de una tiza en una pizarra.
Cada vez que el animal cambiaba de posición, el suegro daba un pequeño respingo en su asiento.
—¿Has oído eso? —preguntó Paco, con los ojos entrecerrados—.
—¿El qué, Paco? —respondió Elena, intentando mantener la calma—.
—Ese rascado. Está intentando hacer un túnel hacia el maletero —afirmó él con total seguridad—.
—Está cavando. Lo lleva en el instinto. Va a destrozar el respaldo del asiento —sentenció—.
Elena suspiró, apretando el volante con un poco más de fuerza.
—Está acomodándose, nada más. Los perros dan vueltas antes de tumbarse —explicó ella—.
—Sí, vueltas. Como las que da una apisonadora antes de aplanar el asfalto —replicó Paco—.
De repente, un olor sutil empezó a flotar por el aire acondicionado.
No era un olor desagradable, pero era, inequívocamente, olor a perro vivo.
Paco arrugó la nariz de inmediato.
—Ya está —dijo, con un tono de victoria amarga—.
—¿Ya está el qué? —preguntó Elena—.
—Las partículas —respondió él, como si fuera un físico nuclear—.
—Las partículas de olor a perro ya están en el sistema de ventilación —explicó—.
—Ahora mismo están entrando en el filtro de polen y se van a quedar ahí para siempre —continuó—.
—Mañana pondremos el aire para ir a misa y oleremos a golden retriever mojado aunque haga cuarenta grados a la sombra —vaticinó con dramatismo—.
Elena puso los ojos en blanco y pulsó un botón en la consola central.
—Bajo las ventanillas un poco y listo, Paco. No hagas un drama de esto —dijo ella—.
—¡No! ¡Las ventanillas no! —gritó Paco, casi saltando de su asiento—.
—¿Por qué no? —preguntó ella, sorprendida—.
—Porque entra el polvo de la carretera, Elena. ¡El polvo! —exclamó él—.
—¿Tú sabes lo que le hace el polvo al acabado negro piano de la consola? —le preguntó, señalando la zona de la palanca de cambios—.
—Lo raya. Lo vuelve mate. Es como pasarle una lija de grano fino —explicó con voz trémula—.
Elena cerró las ventanillas de nuevo con un gesto brusco.
—Pues entonces te aguantas con el olor a Boby —sentenció—.
—Es que no es solo el olor —continuó Paco, que no sabía estar callado—.
—Es la humedad de su respiración. Los perros sueltan mucho vapor de agua por la lengua —teorizó—.
—Ese vapor se condensa en el techo del coche y luego salen manchas —afirmó—.
Elena se echó a reír, una risa que ya empezaba a sonar un poco histérica.
—Paco, por Dios, que es un perro, no una locomotora de vapor —le recordó—.
—Tú ríete, ríete —dijo él, mirando por el espejo retrovisor al animal—.
Boby, sintiéndose observado, soltó un bostezo ruidoso que terminó en un pequeño gemido.
Paco se horrorizó.
—¡Ha soltado saliva! —gritó—.
—¡He visto una gota volar por el aire y aterrizar cerca de la hebilla del cinturón! —denunció—.
—¡Elena, para el coche! ¡Dame la bayeta! —exigió—.
—No voy a parar en mitad de la autovía porque el perro haya bostezado, Paco —respondió ella, aumentando ligeramente la velocidad—.
—¡Es negligencia! —exclamó el suegro—.
—Este coche es un templo de la tecnología moderna y lo estamos tratando como un carro de mulas —se quejó—.
Paco se quedó un momento en silencio, pero su mente no descansaba.
Empezó a juguetear con los botones del asiento eléctrico, subiéndolo y bajándolo rítmicamente.
—¿Qué haces? —le preguntó Elena, sin apartar la vista de la carretera—.
—Compruebo si el peso extra en la parte trasera está afectando a la suspensión —respondió él seriamente—.
—Noto que el coche se va un poco hacia la izquierda. Es el perro. Está mal distribuido —afirmó—.
—Boby pesa treinta kilos, Paco. Este coche está diseñado para llevar a cinco adultos y su equipaje —le recordó ella—.
—Sí, pero los adultos no se mueven como si tuvieran hormigas en el culo —replicó él—.
—El centro de gravedad del perro es variable. Eso es peligroso para la estabilidad —añadió—.
Elena decidió que la mejor defensa era un buen ataque.
—¿Sabes qué es peligroso para la estabilidad, Paco? —preguntó ella con un tono gélido—.
—Que el copiloto no deje de dar la tabarra y me ponga de los nervios —le soltó—.
Paco se indignó profundamente.
—¡Yo solo me preocupo por tu patrimonio! —exclamó—.
—¡Que este coche cuesta más que mi primera casa! —le recordó—.
—Y mi primera casa todavía no tiene ni una grieta porque yo la cuidaba, no metía animales dentro —añadió—.
En ese momento, pasaron por encima de un pequeño bache en la carretera.
Fue un impacto suave, casi imperceptible para un conductor normal.
Pero para Paco, fue el fin del mundo.
—¡Ay! —gritó, agarrándose al asa del techo—.
—¡La llanta! ¡He sentido cómo sufría la llanta! —exclamó—.
—Paco, ha sido una junta de dilatación del puente, no un bache —dijo Elena, suspirando—.
—Una junta de dilatación que el perro ha aprovechado para dar un salto —observó Paco—.
—He oído cómo el trasportín golpeaba contra el cuero —dijo con voz de funeral—.
—Si hay una marca en el asiento, te aseguro que me va a dar un parraque —advirtió—.
Elena no pudo más y puso la radio.
Empezó a sonar una canción de pop animada, pero Paco no tardó ni cinco segundos en protestar.
—Bájale el volumen, Elena —pidió—.
—¿Ahora qué pasa? —preguntó ella, al límite de su paciencia—.
—Las vibraciones del bajo —explicó Paco—.
—Los altavoces son nuevos. Si les das mucha caña tan pronto, se deforma la membrana —dijo con aire de experto—.
—Además, el perro se puede estresar con la música y entonces es cuando suelta más pelo —añadió su teoría pseudocientífica—.
—Es un mecanismo de defensa canino: el estrés capilar —afirmó—.
Elena apagó la radio de golpe. El silencio regresó al coche, solo roto por el rodar de los neumáticos.
—Gracias —dijo Paco, acomodándose—.
—Ahora puedo oír si el motor suena bien —añadió—.
Se inclinó hacia delante, pegando la oreja al salpicadero.
—Me parece que oigo un “clic” en la zona de los inyectores —comentó—.
—Es el perro, Paco. El “clic” es el perro moviéndose detrás —dijo Elena con los dientes apretados—.
—No, no. Es un “clic” metálico. Un “clic” de algo que no está bien lubricado —insistió el suegro—.
—¿Sabes por qué puede ser? —preguntó retóricamente—.
—Por el exceso de peso en el eje trasero. Lo que yo te decía —se auto-confirmó—.
Elena vio una salida de la autopista y decidió que necesitaban parar antes de que ella cometiera un crimen.
—Vamos a parar en esa estación de servicio —anunció—.
—¡No! ¡Ahí no! —protestó Paco—.
—¿Por qué no ahora? —preguntó ella desesperada—.
—Esa gasolinera tiene el suelo de gravilla —explicó Paco—.
—Si entramos ahí, las ruedas van a proyectar piedras contra los pasos de rueda —dijo con horror—.
—Y se va a saltar la pintura de la parte de abajo —vaticinó—.
—¡Busca una que tenga asfalto pulido! —le ordenó—.
Elena ignoró la orden y giró el volante, entrando en la estación de servicio de gravilla con una determinación feroz.
Paco cerró los ojos y se encogió en el asiento, escuchando el crujir de las piedras bajo los neumáticos como si fueran disparos.
—Mi corazón… —susurró Paco—.
—Mi pobre corazón no va a aguantar este viaje —se lamentó—.
Cuando el coche se detuvo, Elena apagó el motor y respiró hondo.
—Bajamos todos. Yo a por café, tú a estirar las piernas y Boby a hacer sus cosas —ordenó—.
Paco abrió la puerta y salió con la agilidad de un hombre que huye de un incendio.
Se fue directo a mirar los pasos de rueda.
—Lo sabía —dijo en voz alta, aunque no había nadie cerca—.
—Una micra de pintura menos. Esto ya no es un coche nuevo, es un coche de ocasión —sentenció con amargura—.
Elena abrió la puerta trasera para sacar a Boby.
Paco se abalanzó sobre ella.
—¡Espera! —gritó—.
—¿Qué pasa ahora, Paco? —preguntó ella, ya con el perro medio fuera—.
—¡Pon un cartón en el suelo! —exigió—.
—¿Un cartón para qué? —quiso saber Elena—.
—Para que el perro no pise la gravilla y luego meta piedras en las ranuras de la alfombrilla —explicó como si fuera lo más lógico del mundo—.
—¡Que esas alfombrillas son de terciopelo belga! —exclamó—.
Elena soltó al perro, que saltó felizmente sobre la gravilla, levantando una pequeña nube de polvo que aterrizó directamente sobre el zapato de Paco.
El suegro miró su zapato, luego miró al perro y finalmente miró al cielo.
—Señor, dame paciencia —pidió—.
—Porque si me das fuerzas, el perro acaba en el corral y el coche en un museo —añadió—.
PARTE 3
Después de quince minutos de tensión en la gasolinera, donde Paco intentó “limpiar” el aire que entraba al coche agitando su bayeta, volvieron a la carretera.
La situación no había mejorado.
Boby, después de su paseo, estaba más excitado que antes.
Además, el perro había bebido agua y ahora jadeaba con un entusiasmo que para Paco era comparable a tener un humidificador industrial en el asiento trasero.
—Elena, esto es insoportable —dijo Paco, tapándose la boca con la mano—.
—¿Qué pasa ahora? ¿Te molesta el aire que respira el animal? —preguntó ella, sin mirarle—.
—No es el aire, es la humedad relativa del habitáculo —explicó él con tono de perito—.
—Estamos llegando a niveles de selva tropical —afirmó—.
—Se me están empañando las gafas y eso es culpa de la lengua de ese animal —denunció—.
Elena subió el aire acondicionado al máximo.
—Ahí tienes, frío seco. ¿Contento? —preguntó ella—.
Paco se encogió de hombros, hundiéndose en su asiento.
—Ahora el perro va a coger una pulmonía y me vas a echar la culpa a mí —refunfuñó—.
—Y no solo eso. Mira el trasportín. Se ha movido dos centímetros a la derecha —señaló con el dedo—.
—Eso significa que ya no está alineado con el eje central del coche —dijo con preocupación—.
—Elena, la aerodinámica interna se está viendo comprometida —sentenció—.
Elena se rió de forma seca, una risa que ya denotaba que su salud mental pendía de un hilo.
—Paco, por favor, deja de inventarte leyes de la física —le pidió—.
—No me invento nada. Es pura observación —replicó él—.
De repente, un ruido nuevo se sumó a la orquesta de quejas de Paco.
Un pequeño “clack” rítmico que venía de la parte trasera.
Paco se puso rígido como un poste.
—¿Has oído eso? —preguntó, con voz casi inaudible por el miedo—.
—Es un ruido metálico. Algo se ha soltado —aseguró—.
Elena intentó ignorarlo, pero el ruido persistía.
—Es el collar del perro golpeando contra la reja del trasportín, Paco —explicó ella con paciencia infinita—.
—¡No! Ese sonido tiene una frecuencia distinta —insistió él—.
—Es la amortiguación. El peso del perro ha vencido el muelle trasero derecho —vaticinó—.
—Lo sabía. No debimos cargar la nevera en el mismo lado que el animal —se lamentó—.
—El coche está cojo, Elena. Lo noto en el culo —afirmó con rotundidad—.
Elena, para callarlo, decidió cambiar de tema.
—¿Has visto qué paisajes más bonitos hay por aquí? —intentó distraerlo—.
Paco miró por la ventanilla con desprecio.
—Mucho árbol —dijo—.
—Y los árboles significan pájaros —añadió—.
—Y los pájaros significan… —dejó la frase en el aire con una mirada significativa—.
—Paco, no vas a empezar ahora con los pájaros —le advirtió Elena—.
—Solo digo que si un bicho de esos decide hacer sus necesidades mientras pasamos, el ácido de la deposición se come el barniz en tres segundos —explicó—.
—Tengo un producto en casa que neutraliza el pH de la caca de gorrion, pero aquí estamos indefensos —dijo con angustia—.
—Estamos a merced de la naturaleza, Elena. Es una temeridad —sentenció—.
En ese momento, Boby decidió que era un buen momento para soltar un ladrido potente.
El sonido retumbó en el espacio cerrado del coche.
Paco dio tal salto que su cabeza casi golpeó el techo.
—¡Mis oídos! —gritó, tapándose las orejas—.
—¡Y los cristales! ¡La vibración sónica ha hecho vibrar la luna delantera! —exclamó—.
—¿Tú sabes que los cristales templados pueden estallar por una frecuencia determinada? —le preguntó a su nuera—.
—¡Ese perro ha intentado rompernos las ventanas desde dentro! —acusó—.
Elena frenó un poco, sorprendida por el exabrupto de su suegro.
—¡Paco, que es un perro! ¡Los perros ladran! —gritó ella finalmente—.
—¡Y los suegros nos quejamos! ¡Es ley de vida! —respondió él con la misma intensidad—.
—¡Pero es que este coche no se merece esto! —insistió—.
—Mira allí —señaló Paco hacia la cuneta—.
—Un coche igual que este, pero en rojo —observó—.
—Fíjate cómo brilla. Ese dueño sí que lo cuida —dijo con envidia—.
—Seguro que no lleva un zoológico en los asientos de atrás —añadió con veneno—.
Elena respiró hondo diez veces. Contó hasta cien. Luego hasta mil.
—Paco, si vuelves a mencionar al perro, al coche o a la pintura, te juro que te bajo en la próxima gasolinera y te vuelves en autobús —amenazó ella con un tono que no admitía bromas—.
Paco se quedó callado. Sabía cuándo había cruzado la línea.
Se cruzó de brazos y miró fijamente al frente, con expresión de mártir.
Pero el silencio de Paco era casi peor que sus quejas.
Empezó a emitir unos pequeños suspiros sonoros cada vez que el coche pasaba por una irregularidad del terreno.
—¡Hmph! —hacía Paco—.
—¡Ay! —susurraba ante una piedrecita—.
—¡Uff! —exclamaba cuando Elena giraba un poco más de la cuenta—.
A los diez minutos, Elena volvió a hablar, con voz monótona.
—¿Qué te pasa ahora, Paco? —preguntó sin mirarle—.
—Nada, nada. No he dicho nada —respondió él rápidamente—.
—Solo que me duele el alma cada vez que oigo los neumáticos sufrir —confesó—.
—¿Sabes que cada vez que frenas así de fuerte, se desprenden micropartículas de ferodo de las pastillas de freno? —le informó—.
—Esas partículas son negras. Y se pegan a la llanta —explicó—.
—Si no las limpiamos hoy mismo con agua ionizada, se van a quedar incrustadas como si fueran tatuajes —vaticinó—.
Elena no respondió. Se limitó a apretar los dientes.
Llegaron a una zona de curvas. El coche se balanceaba suavemente.
Boby, dentro de su trasportín, se deslizaba un poco de lado a lado.
Paco miraba el movimiento con horror, como quien ve un péndulo de demolición.
—La fuerza centrífuga… —empezó a decir Paco—.
—¡Paco! —le cortó Elena—.
—Solo iba a decir que la fuerza centrífuga está haciendo que el perro presione contra el panel de la puerta —dijo él bajando la voz—.
—Y el panel es de un polímero sensible —añadió—.
—Si el perro sigue presionando, vamos a tener una abolladura de dentro hacia fuera —explicó—.
—Un coche con celulitis, Elena. ¿Es eso lo que quieres? —le preguntó con gravedad—.
Elena decidió que la única forma de sobrevivir al viaje era ignorar completamente la existencia de Paco.
Puso la radio de nuevo, esta vez a un volumen considerable, para tapar cualquier comentario sobre polímeros o ferodos.
Paco, al ver que ya no le escuchaban, sacó su bayeta del bolsillo.
Empezó a limpiar el aire que salía por las toberas de su lado.
—Si no puedo salvar la carrocería, al menos salvaré mis pulmones del pelo en suspensión —murmuró para sí mismo—.
El perro, al ver el movimiento de la bayeta azul, se emocionó y empezó a mover la cola dentro del trasportín.
El “thump, thump, thump” de la cola contra el plástico era rítmico.
Paco cerró los ojos y empezó a rezar el rosario mentalmente.
Cada “thump” era para él un martillazo en su cuenta bancaria imaginaria.
—Nueve mil euros de depreciación en una hora —calculó Paco en voz baja—.
—A este paso, cuando lleguemos al pueblo, el coche vale lo que una bicicleta vieja —se lamentó—.
Elena subió aún más la radio.
PARTE 4
Finalmente, tras lo que para Paco parecieron tres años de tortura china cruzando la meseta, el coche se detuvo en el destino.
Era un pequeño pueblo de piedra, con calles estrechas y cuestas que desafiaban la gravedad.
Paco abrió la puerta antes incluso de que el motor terminara de vibrar.
Saltó al exterior y, de rodillas en el suelo, empezó a besar el borde del parachoques.
—¡Estamos vivos! ¡Has sobrevivido, pequeño! —exclamaba, ante la mirada atónita de un par de vecinos que pasaban por allí—.
Elena bajó del coche, estirando la espalda con un crujido sonoro.
—Venga, Paco, levántate del suelo que vas a dar un espectáculo —le riñó ella—.
—¡Me da igual! ¡El aire puro! —gritó él, señalando el entorno—.
—¿Sabes qué es lo mejor de este aire? —preguntó retóricamente—.
—Que no tiene pelo de perro en suspensión —se respondió él mismo con una sonrisa de maníaco—.
Elena abrió la puerta trasera para liberar a la bestia.
Boby salió disparado del trasportín como un corcho de una botella de champán.
El perro, loco de alegría por haber recuperado su libertad, empezó a dar vueltas alrededor del coche.
Paco entró en pánico de nuevo.
—¡Cuidado con la pintura! ¡Boby, por lo que más quieras, mantén una distancia de seguridad de dos metros! —ordenaba el suegro, agitando la bayeta como si fuera un capote de torero—.
El perro, interpretando los gestos de Paco como una invitación al juego, se lanzó hacia él.
En un descuido, Boby se apoyó con las patas llenas de polvo de la gasolinera directamente sobre el capó recién abrillantado.
Hubo un silencio sepulcral en toda la comarca.
Paco se quedó blanco, de un tono muy similar al “White Pearl” opcional que tanto había defendido.
Sus ojos se fijaron en las huellas de barro que ahora adornaban el morro del vehículo.
—Huellas… —susurró Paco, con una voz que parecía venir de ultratumba—.
—Huellas de perro en mi altar de acero —continuó, con un tic nervioso en el ojo izquierdo—.
Elena, viendo que la situación podía escalar a un conflicto internacional, se acercó rápidamente.
—No es nada, Paco. Un poco de agua y como nuevo —dijo ella, intentando restarle importancia—.
Paco se giró hacia ella con una lentitud dramática.
—¿Un poco de agua? —preguntó, con una calma aterradora—.
—El barro de este pueblo es arcilloso, Elena. Contiene sílice —explicó con tono de geólogo—.
—El sílice es un abrasivo natural —añadió—.
—Si le echamos agua ahora mismo, las partículas se van a arrastrar por la superficie y van a crear micro-arañazos circulares —vaticinó—.
—Bajo la luz del sol de mediodía, el coche va a parecer una pista de patinaje después de una final de hockey —dijo con amargura—.
Elena suspiró, sacó al perro de allí y lo ató a una farola cercana.
—Paco, es un coche. Sirve para llevarnos de un sitio a otro —le recordó ella, ya cansada de la letanía—.
—¡No es un coche! ¡Es una inversión emocional! —corrigió él—.
—¡Es el fruto de décadas de madrugar para ir a la fábrica! —exclamó—.
Paco se acercó a la mancha de barro y, con la precisión de un restaurador del Museo del Prado, empezó a soplar sobre ella.
—¡Fúuu, fúuu! —hacía, intentando que el aire de sus pulmones desplazara el polvo—.
Elena decidió que era el momento de la verdad.
—Escúchame bien, suegro —dijo ella, cruzándose de brazos—.
—A partir de ahora, el perro va a venir en cada viaje que hagamos —anunció con firmeza—.
Paco dejó de soplar y la miró horrorizado.
—¿Cada viaje? ¿Incluso si vamos a la boda de tu prima en Sevilla? —preguntó con voz quebrada—.
—Incluso si vamos a la Luna —respondió ella—.
—Y más te vale ir acostumbrándote, porque tengo pensado comprarle una manta especial para el asiento, para que pueda ir fuera del trasportín —soltó la bomba—.
Paco se tambaleó. Tuvo que apoyarse en la farola, justo al lado de Boby.
El perro aprovechó la cercanía para lamerle la mano con entusiasmo.
—¡Quita, bicho! ¡Que me dejas babas ácidas! —gritó Paco, retirando la mano como si le hubiera quemado—.
Elena se rió y empezó a sacar las maletas del maletero.
—¿Vas a ayudarme o vas a seguir analizando la composición química del barro? —le preguntó—.
Paco, derrotado, se acercó al maletero.
Miró el interior.
Vio un par de pelos dorados que habían escapado del trasportín y descansaban sobre la moqueta.
Sintió una punzada en el pecho, pero por primera vez en todo el día, no dijo nada.
Sacó un pequeño aspirador de mano de su propia maleta —que había traído en secreto— y lo encendió.
El ruido del aspirador llenó la calle del pueblo.
—Solo un momento, Elena. Es para evitar la colonización capilar definitiva —se justificó él mientras pasaba la boquilla por cada rincón—.
Elena negó con la cabeza y empezó a caminar hacia la casa rural.
—Estás loco, Paco. Pero loco de remate —le dijo desde la distancia—.
Paco terminó de aspirar, cerró el maletero con una suavidad extrema y miró al perro.
Boby le miraba con sus grandes ojos marrones, moviendo la cola rítmicamente contra la farola.
—Escúchame bien, peludo —le dijo Paco en voz baja, asegurándose de que Elena no le oía—.
—Mañana te voy a bañar con champú neutro antes de subir al coche —amenazó—.
—Y te voy a poner unos calcetines en las patas para que no rayes nada —añadió—.
El perro soltó un ladrido corto y alegre.
Paco, a pesar de sí mismo, soltó una pequeña carcajada.
—Bueno, al menos no eres como el hermano de Elena, que siempre me toca la radio —admitió—.
Caminó hacia la casa, pero a mitad de camino se dio la vuelta.
Sacó su bayeta azul por última vez y le dio un pequeño retoque al espejo retrovisor.
—Perfecto —murmuró—.
El sol seguía brillando sobre el coche nuevo, que ahora, a pesar de las huellas y los pelos invisibles, parecía estar disfrutando de su primera aventura en familia.
Paco entró en la casa, mascullando algo sobre cómo el aire de la sierra era demasiado húmedo para el sistema eléctrico.
Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que el coche ya no era solo un objeto brillante en un concesionario.
Ahora tenía historias que contar.
Y pelos que aspirar.
Muchos pelos.
¿Vuestra familia acepta a vuestras mascotas en los viajes?