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Era un domingo de esos en los que el sol de Madrid parece ensañarse con el asfalto de la calle.

PARTE 1

Era un domingo de esos en los que el sol de Madrid parece ensañarse con el asfalto de la calle.

En el interior del tercero izquierda, el aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra el vapor de un cocido que Paco se empeñaba en servir incluso en pleno agosto.

El comedor olía a una mezcla de garbanzos, detergente barato y esa fragancia antigua que solo emiten los muebles de roble macizo.

Paco presidía la mesa con la solemnidad de un monarca caído en desgracia.

Llevaba puesta una camisa de manga corta, de esas con un bolsillo en el pecho donde siempre guardaba un palillo y un bolígrafo que ya no escribía.

Sus ojos, pequeños y astutos, vigilaban cada movimiento de los comensales.

A su derecha, su hijo Marcos intentaba desesperadamente que su servilleta se quedara quieta sobre sus rodillas.

A su izquierda, Concha, la mujer de Paco, servía el caldo con un pulso que era un milagro de la física.

Y frente a Paco, estaba Elena.

Elena era la nuera, la mujer que había tenido la osadía de entrar en esa familia con ideas sobre la crianza moderna y el teletrabajo.

Ella sostenía el cubierto con una elegancia que Paco siempre había interpretado como una declaración de guerra.

El silencio en la habitación solo lo rompía el tintineo del cucharón contra la sopera de porcelana.

Era un sonido metálico, rítmico, casi una cuenta atrás para el desastre.

Paco observaba el centro de la mesa como si fuera un campo de minas.

Había un jarrón con flores de plástico que habían acumulado polvo desde el mundial de Sudáfrica.

Había un salero de cristal con el tapón un poco oxidado.

Y luego, estaban los dispositivos.

El iPhone de Elena descansaba boca arriba, justo al lado de su copa de vino.

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