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EL VIGILANTE DEL CONTADOR

PARTE 1: EL VIGILANTE DEL CONTADOR

El sol de julio en Madrid no perdona.

Cae a plomo sobre las persianas bajadas a cal y canto de la casa de Paco.

Dentro de aquel piso, el tiempo parece haberse detenido en 1994.

El aire es denso, cargado con el aroma de un estofado que lleva tres horas al chup-chup.

Paco, jubilado de la construcción y cinturón negro en el arte del ahorro extremo, está sentado en su sillón de orejas.

No tiene el aire acondicionado puesto.

Dice que el abanico de publicidad de la Caja Rural mueve el aire con más fundamento.

Sus ojos, sin embargo, no están en la televisión que emite un documental sobre pingüinos.

Sus ojos están fijos en el pasillo.

Como un francotirador que espera el movimiento del enemigo en la maleza.

Paco tiene un superpoder.

No vuela, no es invisible, ni tiene superfuerza.

Paco puede detectar un flujo de electrones innecesario a cincuenta metros de distancia.

Es capaz de escuchar el zumbido de un cargador de móvil enchufado sin el teléfono.

Para él, ese sonido es como el grito de un alma en pena.

O peor aún, como el sonido de una moneda de un euro cayendo por una alcantarilla.

Elena, su nuera, ha cometido el error de ir al baño.

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