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El umbral del infinito

PARTE 1: El umbral del infinito

Eran las once de la noche de un domingo de mayo en Madrid.

El calor empezaba a pegarse a las paredes de aquel piso en el barrio de Chamberí.

Elena sostenía el pomo de la puerta de entrada con una fuerza que le estaba dejando los nudillos blancos.

En el rellano, con un pie fuera y otro dentro, estaba Concha.

Su suegra.

Llevaba el abrigo puesto, aunque hacían veinticinco grados.

Llevaba el bolso colgado del antebrazo, como si fuera una pieza de artillería pesada.

Y, sobre todo, llevaba esa sonrisa.

Esa sonrisa de quien sabe que ha ganado la batalla del postre, pero aún tiene munición para la retirada.

—Bueno, hija —dijo Concha, ajustándose el fular de seda que no pegaba con nada.

Elena forzó una mueca que pretendía ser una sonrisa amable.

—Bueno, Concha.

—Que no se diga que no lo hemos intentado hoy —continuó la suegra.

—¿El qué, Concha? —preguntó Elena, sintiendo un tic nervioso en el párpado izquierdo.

—Pues esto del entendimiento.

—Si hemos estado muy bien, ¿no?

Concha soltó un suspiro que pareció recorrer todo el pasillo de la casa.

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