Los vi juntos por primera vez en una reunión nocturna. Fidel hablaba de estrategia, de tomar Santiago, de derrocar al dictador. Chea sentía, pero de vez en cuando decía algo y cuando lo hacía todos callaban. Incluso Fidel, un día me hirieron en una emboscada. Una bala me rozó el hombro. No era grave, pero sangraba mucho. Me llevaron a la enfermería improvisada.
Che estaba ahí. Me limpió la herida sin decir palabra. Después me miró fijo y me preguntó, “¿Sabes leer?” Le dije que no. Sacó un libro de su mochila. “Mañana empiezas. Un revolucionario que no sabe leer. Es un soldado a medias. Esa noche me dio mi primer libro. Era de poesía. No entendí ni la mitad, pero no importaba.
Che había decidido que yo iba a aprender y cuando Che decidía algo sucedía. Durante los meses siguientes, Che se convirtió en mi maestro. No solo me enseñó a leer, me enseñó a pensar. Me hablaba de Marx, de Lenin, de la injusticia del mundo, pero también me hablaba de cosas simples, de por qué un hombre debe ser honesto, de por qué un revolucionario no roba, no miente, no traiciona.
Un revolucionario de verdad me decía, no sigue órdenes ciegamente sigue su conciencia. Esas palabras se me quedaron grabadas y años después me perseguirían. Che y Fidel. En esos días parecían hermanos. Se veían todos los días. Discutían, sí, pero con respeto. Fidel era el estratega político, que era el idealista.
Fidel hablaba de ganar la guerra. Che hablaba de qué haríamos después de ganarla. Fidel decía, “Primero el poder, después los principios.” Che decía, “Sin principios, el poder no vale nada.” Yo escuchaba esas conversaciones y pensaba que ambos tenían razón. No entendía todavía que esas diferencias, con el tiempo se convertirían en un abismo.
Enero de 1959, triunfo de la revolución. Entramos a La Habana como héroes, las calles llenas de gente gritando, llorando de alegría. Che y Fidel abrazados en la tarima. Yo estaba ahí unos metros detrás viendo como dos hombres cambiaban la historia. En ese momento pensé, esto es para siempre. Esta hermandad es inquebrantable. Qué ingenuo era.
Los primeros años fueron intensos. Che trabajaba día y noche. Fue presidente del Banco Nacional, ministro de Industria. Organizaba la alfabetización, construía fábricas. Yo me quedé cerca de él, primero como escolta, después como asistente. Lo veía reunirse con Fidel regularmente, pero empecé a notar algo. Las conversaciones ya no eran fraternas, eran tensas.
Che criticaba los acuerdos con los soviéticos. Decía que estábamos cambiando un amo por otro. Fidel respondía que sin los soviéticos Estados Unidos nos aplastaría. Che decía que había que exportar la revolución a toda América Latina. Fidel decía que primero había que consolidar Cuba. 1962. Crisis de los misiles. Chequería que Cuba disparara las armas nucleares contra Estados Unidos, incluso si eso significaba nuestra destrucción.
Es preferible morir de pie que vivir de rodillas, decía. Fidel aceptó el acuerdo soviético de retirar los misiles. Chelo vivió como una traición. Esa noche lo vi regresar a casa furioso. Me dijo. Fidel eligió la supervivencia sobre la victoria. Está empezando a volverse político. Y un revolucionario político es una contradicción.
No entendí entonces lo que quería decir. Ahora sí. Las grietas se hicieron más grandes. Chedí un discurso en Argelia criticando a la Unión Soviética. Fidel estaba furioso. Cuba dependía de la ayuda soviética y Che acababa de insultar a nuestros aliados. Cuando Che regresó, hubo una reunión a puertas cerradas. Duró horas. Yo esperaba afuera.
Escuchaba voces elevadas, pero no las palabras exactas. Cuando Che salió, tenía los ojos enrojecidos. me miró y me dijo, “Pombo, prepárate. Nos vamos.” Le pregunté a dónde. No respondió. Marzo de 1965. Che escribió una carta, una carta de despedida a Fidel. En ella renunciaba a todo.
Su ciudadanía cubana, sus cargos en el gobierno, su rango militar. Decía que iba a luchar por la revolución en otros lugares del mundo. La carta era hermosa, llena de agradecimiento hacia Fidel. Pero yo sabía leer entre líneas. Esa carta no era un adiós fraterno, era un divorcio. Che estaba diciendo, “Tú elegiste un camino, yo elijo otro.
” Y Fidel guardó esa carta en secreto durante dos años. La hizo pública solo después de que Che murió. Eso me dice todo lo que necesito saber sobre lo que realmente pasó entre ellos. Abril de 1965. Che partió hacia el Congo. Yo fui con él. Una misión desastrosa. El Congo no estaba listo para la revolución. Los guerrilleros locales no confiaban en nosotros.
No hablábamos su idioma, no entendíamos su cultura. Cha intentó con todas sus fuerzas, pero después de 7 meses tuvimos que retirarnos. Fue la primera vez que vi a Che derrotado, no militarmente, espiritualmente. Una noche, sentados junto al fuego, me dijo, “Pombo, a veces me pregunto si Fidel tiene razón, si soy un idealista que vive en un mundo de fantasías.
” Le dije que no, que él era el corazón de la revolución. Me miró con tristeza y dijo, “Tal vez la revolución ya no necesita corazón, solo necesita cerebro. 1966, Che decidió ir a Bolivia. Yo me ofrecía acompañarlo sin dudarlo. Esta vez sería diferente, decía. Bolivia era el corazón de Sudamérica.
Si triunfábamos allí, la revolución se expandiría a Argentina, a Perú, a Chile. Seríamos la chispa que incendiaría el continente. Le creí, todos le creímos. Éramos menos de 50 hombres, pero pensábamos que éramos invencibles porque Che nos guiaba. Llegamos a Ñancahu en noviembre, un lugar remoto, montañoso, lleno de selva, perfecto para una guerrilla, pensábamos.
Pero desde el principio todo salió mal. Los campesinos locales no nos apoyaban, tenían miedo. El Partido Comunista Boliviano no nos ayudó. Decían que Che era un aventurero y lo peor, la Habana no enviaba los refuerzos prometidos. che mandaba mensajes por radio. Necesitamos hombres, necesitamos armas, necesitamos medicinas. Las respuestas eran vagas.
Siempre pronto, siempre estamos trabajando en ello. Pero nunca llegaba nada. Che empezó a escribir en su diario. Lo vi anotando cada día. A veces me mostraba lo que escribía. Una entrada decía. Pombo me preguntó hoy por qué Fidel no nos envía ayuda. No le respondí porque la respuesta es demasiado dolorosa. Fidel quiere que yo muera porque soy su conciencia y la conciencia a veces es muy incómoda.
Cuando leí esas líneas sentí un escalofrío. No podía ser verdad. Fidel no haría eso. Che paranoico por el hambre, por el asma, por meses de aislamiento. O eso quería creer yo. Los meses pasaron. Nos dividimos en dos grupos para buscar comida. Perdimos contacto. Cuando nos reunimos éramos menos. Algunos habían muerto, otros habían desertado.
Che estaba físicamente destruido. Su asma empeoraba cada día. No teníamos inhaladores. A veces pasábamos días enteros sin comer nada más que raíces y hojas. Lo veía adelgazar, debilitarse, pero su determinación nunca flaqueaba. Una noche me dijo, “Pombo, si no salimos de aquí vivos, quiero que sepas algo. Esto valió la pena.
Morir por tus principios es mejor que vivir traicionándolos. Septiembre de 1967. Éramos menos de 20. El ejército boliviano, entrenado por la CIA nos perseguía. Sabían dónde estábamos. Tenían helicópteros, radios, mapas. Nosotros teníamos hambre y esperanza. Che lo sabía. Todos lo sabíamos. Esto era el final, pero nadie lo decía en voz alta. 7 de octubre. Nos emboscaron.
Fue caótico. Disparos por todas partes. Che me agarró del brazo y me dijo esas palabras. Si yo caigo, dile a Fidel que tenía razón. Y después me empujó. Corre. Corrí. Miré atrás. Una vez. VH disparando cubierto de polvo y humo. Esa imagen está grabada en mi mente para siempre. 9 de octubre. La radio anuncia: “Cheuevara ha sido ejecutado.
Me derrumbé. Lloré como no había llorado desde niño. Mis compañeros sobrevivientes me abrazaban, pero no había consuelo posible. El hombre que me enseñó a leer, a pensar, hacer algo más que un campesino ignorante, estaba muerto y yo había sobrevivido. La culpa me carcomía. Porque él y no yo, porque el mejor de nosotros tuvo que caer.
Pero había algo más, el mensaje. Dile a Fidel que tenía razón. Razón sobre qué. Pasé días pensándolo y finalmente lo entendí. Che tenía razón sobre todo, sobre no venderse a los soviéticos, sobre mantener la pureza de la revolución, sobre no convertirse en políticos pragmáticos, sobre el hecho de que Fidel lo había abandonado.
Che sabía que Fidel podía haberlo salvado y eligió no hacerlo. Y me pedía que le dijera eso a Fidel, que le dijera, “Tú me dejaste morir y con eso mataste lo mejor de la revolución.” Enero de 1968. Después de meses escondiéndonos, logramos escapar de Bolivia. Caminamos más de 1000 km hasta llegar a Chile. De ahí, en secreto, regresamos a Cuba.
Cuando llegué a La Habana, todo había cambiado. Chey era un mártir. Su imagen estaba en todas partes. Fidel había leído públicamente la carta de despedida. Hablaba de Che como su hermano inseparable. organizaban homenajes, ceremonias, discursos interminables y yo tenía que decidir. Le decía a Fidel lo que Che realmente me había dicho o me callaba.
Una tarde Fidel me llamó a su oficina, me abrazó. Lamento lo del Che Pombo, era como un hermano para mí. Me miró a los ojos y me preguntó, “¿Cuáles fueron sus últimas palabras?” Ahí estaba el momento, la decisión que cambiaría mi vida. Abrí la boca. Las palabras estaban ahí. Dile a Fidel que tenía razón, pero en lugar de eso dije, dijo que amaba la revolución, comandante.
Fidel asintió satisfecho. Y yo acababa de traicionar a Che. Fidel me miró con una expresión extraña, como si supiera que había más, pero no insistió. En cambio me dijo, “Che se perdió en su idealismo. Pombo era un soñador. Nosotros somos realistas, sobrevivimos. Esa es nuestra victoria.” En ese momento lo entendí todo. Fidel sabía.
Sabía que Che lo había acusado. Sabía que yo traía un mensaje, pero me estaba dando una salida, una manera de no convertirme en un traidor a la revolución. Y yo, cobarde, la tomé. Durante 50 años viví con esa decisión. Me hicieron general, me dieron medallas, me pusieron en ceremonias junto a Fidel. Cada vez que él hablaba de Che, yo estaba ahí aplaudiendo, sonriendo, fingiendo, pero por dentro me moría porque yo sabía la verdad.
Che había muerto sintiéndose traicionado y yo había validado esa traición con mi silencio. Me había convertido en cómplice en todo lo que Che odiaba, un revolucionario que elegía la política sobre los principios. 50 años es mucho tiempo para cargar con una mentira. 50 años despertándote cada mañana, sabiendo que traicionaste al hombre que más admirabas.
50 años viendo su rostro en cada esquina, en cada pancarta, convertido en un icono vacío, mientras tú guardas la verdad que podría cambiar todo. Hubo momentos en los que casi hablo. En 1997, cuando encontraron los restos de Che en Bolivia y los trajeron de vuelta a Cuba, Fidel organizó un funeral masivo en Santa Clara.
Yo estaba ahí, vi el ataúd, vi a miles de personas llorando y pensé, “Ahora! Ahora es el momento de decir la verdad.” Pero no lo hice. Me dije a mí mismo que no era el momento apropiado, que sería irrespetuoso. Excusas. Siempre excusas. En el 2006, Fidel enfermó gravemente. Le pasó el poder a su hermano Raúl. Durante esos años, Fidel se volvió más reflexivo, más humano.
Yo lo visitaba ocasionalmente. Las conversaciones eran diferentes. Hablaba del Che con frecuencia. Una vez me dijo, “Ernesto era el más puro de todos nosotros. No se corrompió. Pagó el precio más alto por mantenerse fiel a sí mismo. Le pregunté, ¿y tú, Fidel, te corrompiste?” Se quedó callado largo rato. Finalmente dijo, “Sobreviví.
” Y para sobrevivir en el poder, a veces tienes que comprometer tu pureza. Esa conversación me obsesionó durante meses, porque Fidel estaba admitiendo a su manera que Che tenía razón, que la revolución se había corrompido, que él, Fidel, había elegido el pragmatismo sobre los principios, pero incluso entonces no le conté lo que Che realmente me había dicho, porque decírselo habría significado admitir mi propia cobardía.
Habría significado confesar que durante 50 años había sido un mentiroso. 25 de noviembre de 2016, Fidel Castro murió. Tenía 90 años. Toda Cuba lloró. Yo fui al funeral. Viso ataú y pensé en Che. Fidel vivió 49 años más que Che. 49 años de poder, de control, de ser el comandante. Che murió a los 39. en una escuela miserable en Bolivia, ejecutado como un perro.
Y me pregunté, ¿quién tuvo una vida mejor? ¿El que murió joven y puro o el que vivió largo y complicado? Después de la muerte de Fidel, algo cambió en mí. Ya no tenía que protegerlo, ya no tenía que temer sus represalias. Fidel ya no estaba, pero Che seguía ahí en cada muro, en cada camiseta, en cada discurso vacío. Y yo, el último testigo, seguía callado.
Me di cuenta de que ya no estaba protegiéndolo a él, me estaba protegiendo a mí mismo, protegiéndome de admitir que había sido un cobarde. Empecéan a hablar poco a poco. Primero, en entrevistas pequeñas, contaba anécdotas de Bolivia. describía cómo era che en persona, no el mito, sino el hombre.
Sudoroso, asmático, terco, brillante. La gente escuchaba fascinada. Pero yo seguía sin decir lo más importante. Seguía guardando el mensaje hasta hoy. Marzo de 2017, 50 años exactos desde que Che murió. Tengo 80 años. Los doctores me dicen que me quedan pocos años, tal vez meses. Si no hablo ahora, el secreto morirá conmigo. Y Che, donde quiera que esté, nunca sabrá que finalmente cumplí su última voluntad. Así que voy a decirlo.
Voy a decir lo que Che realmente me pidió que le dijera a Fidel y voy a explicar por qué significaba tanto. Dile a Fidel que tenía razón. Eso fue lo que Che me dijo. Pero razón sobre qué. Durante 50 años lo he pensado y la respuesta es clara. Che tenía razón, sobre todo tenía razón cuando le dijo a Fidel que no debíamos depender de los soviéticos, que estábamos cambiando un amo por otro.
Y miren lo que pasó cuando cayó la Unión Soviética. Cuba entró en crisis. Che lo vio venir 30 años antes. Che tenía razón cuando dijo que la revolución no podía convertirse en un negocio, en una burocracia. dijo que si empezábamos a usar incentivos materiales en lugar de conciencia revolucionaria, nos convertiríamos en capitalistas con bandera roja. Y miren, Cuba hoy.
Hoteles de lujo para turistas, una economía de dos niveles, dólares y privilegios para unos pocos. Exactamente lo que Che temía. Che tenía razón cuando le advirtió a Fidel que el poder corrompe, que un revolucionario en el poder demasiado tiempo deja de ser revolucionario y se convierte en gobernante.
Y Fidel gobernó durante casi 60 años. Se convirtió exactamente en lo que combatió. Un dictador benevolente quizás, pero dictador al fin. Iche tenía razón sobre algo más, algo que me duele admitir incluso ahora. Fidel lo abandonó en Bolivia. pudo haberlo salvado, pudo haber enviado refuerzos, armas, medicinas, eligió no hacerlo, no por crueldad, sino porque un che victorioso en Bolivia habría sido un problema político, habría desafiado el liderazgo de Fidel, habría probado que el idealismo funciona mejor que el pragmatismo y Fidel no podía permitir
eso. Che lo sabía en sus últimos días lo sabía, por eso me dio ese mensaje. No era una petición, era una acusación. Dile a Fidel que tenía razón significaba. Dile que él estaba equivocado. Dile que eligió mal. Dile que su revolución se pudrió porque abandonó los principios. Dile que yo preferí morir con honor que vivir sin él.
Yo, cobarde, no entregué ese mensaje. Durante 50 años dejé que Fidel viviera en paz, creyendo que su decisión había sido correcta. Dejé que Che fuera recordado como un soñador ingenuo en lugar de un profeta que vio la verdad antes que nadie. Lo traicioné. Lo traicioné con mi silencio, pero hoy lo estoy corrigiendo.
Hoy el mundo sabe lo que Che realmente dijo. Y sí, llega 50 años tarde. Sí, todos los protagonistas están muertos, pero la verdad no tiene fecha de caducidad. La verdad simplemente es, si Che estuviera aquí hoy, no sé qué me diría. Tal vez Pombo 50 años tarde. Pero al menos lo dijiste. Tal vez eres igual que Fidel, un pragmático que elige su comodidad sobre sus principios. No lo sé.
Lo que sí sé es que ahora puedo dormir en paz porque finalmente cumplí con mi deber. Finalmente fui leal al hombre correcto. Che tenía razón, siempre tuvo razón. Y durante 50 años yo lo dejé en el error. Pero hoy en 2017 frente a esta cámara lo pongo en lo correcto. La historia lo recordará no solo como un guerrillero romántico, sino como un visionario que entendió que una revolución sin principios no es revolución.
Es solo otro cambio de tiranos. Mi nombre es Harry Villegas, me llaman Pombo. Fui el último hombre que estuvo con Chegevara en sus últimos días. Durante 50 años guardé un secreto, hoy lo conté, no para destruir mitos, no para vengarme, sino porque finalmente entendí que la verdadera lealtad no es proteger la imagen de alguien, es honrar su verdad.
Y la verdad de Che era que tenía razón, incluso cuando todos pensábamos que estaba equivocado, especialmente entonces. Ahora soy libre. Libre de la mentira, libre de la culpa, libre de 50 años de traición. Iche, donde quiera que esté, finalmente puede descansar sabiendo que su mensaje llegó 50 años tarde. Pero llegó. Esta es mi confesión. Este es mi testimonio.
Esta es la historia que el mundo necesitaba escuchar. La historia del último testigo. La historia de un mensaje que cambió todo. La historia de cómo hasta los revolucionarios más leales pueden traicionar y de como incluso 50 años después, nunca es demasiado tarde para decir la ¿Verdad?