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El sol de mediodía golpeaba con una saña particular las persianas de plástico verde del salón de Doña Paquita.

PARTE 1

El sol de mediodía golpeaba con una saña particular las persianas de plástico verde del salón de Doña Paquita.

Era ese domingo de mayo en el que el calor ya empieza a avisar, pero todavía no ha convencido a nadie de encender el aire acondicionado.

En el rellano del tercero derecha, Clara se ajustó la cazadora de cuero sobre los hombros, aunque le sobraba.

Se miró los pies, o mejor dicho, se miró las rodillas.

Llevaba sus vaqueros nuevos, los de la edición limitada que le habían costado media nómina y tres discusiones con su conciencia.

Eran unos “distressed jeans”, según la etiqueta de la tienda de la calle Serrano.

Para el resto del mundo, eran unos pantalones que habían sobrevivido a un ataque de una manada de lobos hambrientos.

Javi, su pareja, buscaba las llaves en el fondo de un bolsillo que parecía no tener fin.

—¿Estás segura de que quieres entrar así? —preguntó Javi, sin mirarla, concentrado en el tintineo del llavero.

—¿Así cómo, Javi? —respondió Clara, arqueando una ceja con esa precisión que él ya conocía.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Es moda, Javi. Es un concepto estético.

—Para mi madre, el único concepto estético aceptable implica que la tela cubra la piel.

—Tu madre tiene que entender que el mundo ha avanzado desde 1974.

—Suerte con eso. Yo solo te digo que hoy hay cocido, y el cocido de mi madre viene con ración extra de juicio crítico.

Javi finalmente encontró la llave y la introdujo en la cerradura con la parsimonia de quien entra en un campo de minas.

El olor a garbanzos, chorizo y pimentón los golpeó nada más abrir la puerta.

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