PARTE 1
El sol de mediodía golpeaba con una saña particular las persianas de plástico verde del salón de Doña Paquita.
Era ese domingo de mayo en el que el calor ya empieza a avisar, pero todavía no ha convencido a nadie de encender el aire acondicionado.
En el rellano del tercero derecha, Clara se ajustó la cazadora de cuero sobre los hombros, aunque le sobraba.
Se miró los pies, o mejor dicho, se miró las rodillas.
Llevaba sus vaqueros nuevos, los de la edición limitada que le habían costado media nómina y tres discusiones con su conciencia.
Eran unos “distressed jeans”, según la etiqueta de la tienda de la calle Serrano.
Para el resto del mundo, eran unos pantalones que habían sobrevivido a un ataque de una manada de lobos hambrientos.
Javi, su pareja, buscaba las llaves en el fondo de un bolsillo que parecía no tener fin.
—¿Estás segura de que quieres entrar así? —preguntó Javi, sin mirarla, concentrado en el tintineo del llavero.
—¿Así cómo, Javi? —respondió Clara, arqueando una ceja con esa precisión que él ya conocía.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Es moda, Javi. Es un concepto estético.
—Para mi madre, el único concepto estético aceptable implica que la tela cubra la piel.
—Tu madre tiene que entender que el mundo ha avanzado desde 1974.
—Suerte con eso. Yo solo te digo que hoy hay cocido, y el cocido de mi madre viene con ración extra de juicio crítico.
Javi finalmente encontró la llave y la introdujo en la cerradura con la parsimonia de quien entra en un campo de minas.
El olor a garbanzos, chorizo y pimentón los golpeó nada más abrir la puerta.
Era un olor denso, familiar, un olor que te abraza y te dice que no vas a poder moverte del sofá en las próximas seis horas.
—¡Ya estamos aquí, mamá! —gritó Javi hacia el fondo del pasillo.
Doña Paquita apareció al final del corredor, enmarcada por el marco de la cocina como una aparición mariana con delantal de flores.
Llevaba una espumadera en la mano derecha, empuñándola como si fuera un cetro real.
—¡Ya era hora! Que los fideos se pasan y luego me decís que la sopa está blanda —exclamó con esa energía incombustible de las madres españolas.
Se acercó a ellos con pasos cortos y decididos, distribuyendo besos sonoros que dejaban rastro en las mejillas.
Primero a Javi, con ese escrutinio maternal que busca señales de anemia o falta de sueño.
Luego a Clara, con una sonrisa que, aunque amable, siempre guardaba una reserva de observación profunda.
—Hola, Clara, hija, qué guapa vienes hoy —dijo Paquita, iniciando el escaneo visual de rigor.
Clara mantuvo la respiración, sintiendo el escáner de Doña Paquita bajar por su cuello, pasar por la cazadora y detenerse bruscamente a la altura de la cintura.
Hubo un silencio.
Un silencio de esos que en las películas de vaqueros preceden al primer disparo.
La mirada de Paquita descendió hasta las rodillas de su nuera.
Los ojos de la mujer se abrieron como si estuviera presenciando un accidente de tráfico a cámara lenta.
Sus labios se apretaron en una línea fina, casi invisible.
La espumadera tembló ligeramente.
—Pero… —empezó Paquita, y la palabra quedó suspendida en el aire, cargada de una mezcla de horror y lástima.
—Hola, Paquita, ¿cómo estás? —intentó intervenir Clara, fingiendo una normalidad que no sentía.
—¿Qué te ha pasado, hija mía? —preguntó la suegra, ignorando el saludo.
—¿A qué te refieres? —Clara dio un paso atrás, como si quisiera ocultar sus piernas detrás de Javi.
—¿Has tenido un accidente con el coche? ¿Te has caído por las escaleras del metro?
Paquita se inclinó, sin soltar la espumadera, para observar mejor el desastre textil.
—No me he caído, Paquita. Son así.
—¿Cómo que son así? —Paquita se llevó la mano libre al pecho, cerca del rosario que solía llevar bajo la blusa.
—Es el diseño. Se llevan así. Se llama “efecto desgastado”.
Paquita soltó una carcajada seca, una de esas que nacen de la incredulidad más absoluta.
—¿Desgastado? Hija, eso no está desgastado. Eso está para echarlo a la caldera del bloque.
—Te aseguro que están perfectamente. De hecho, son muy cómodos.
—Cómodos dice… Si te va a entrar una pulmonía por las rótulas, que hoy corre aire de sierra.
Javi intentó mediar, sabiendo que el terreno era pantanoso.
—Mamá, deja a la chica, que es la moda de ahora. En la oficina de Clara todos van así.
—Pues en la oficina de tu novia deben de estar pasando una racha muy mala, porque parece que les pagan con cupones de racionamiento —sentenció Paquita.
La mujer no podía apartar la vista de los hilos blancos que colgaban de los muslos de Clara.
Eran unos hilos estratégicamente colocados por un diseñador en Milán, pero para Paquita eran gritos de auxilio de una prenda moribunda.
—Trae, Clara, no te preocupes —dijo de pronto Paquita, cambiando el tono a uno de resolución heroica.
—¿Traer el qué? —preguntó Clara, alarmada.
—Trae esos pantalones. Quítatelos ahora mismo, que te presto yo una falda de las mías de estar por casa.
—¿Para qué me los voy a quitar?
—Para que te los cosa en un momento, alma de Dios. No puedes estar aquí sentada a la mesa con esas trazas.
—¡No los toque, Paquita! —exclamó Clara, un poco más alto de lo que pretendía.
Javi cerró los ojos. Sabía que ese era el punto de no retorno.
—¿Cómo que no los toque? Si tienes los hilos colgando que parece que te ha pillado una cosechadora.
—El diseño es así, Paquita. Es moderno. Es una tendencia internacional.
Paquita se irguió, recuperando toda su estatura, que no era mucha, pero en ese momento parecía llenar el pasillo.
—Moderno es ir limpia y sin remiendos, Clara. Eso es lo que me enseñó a mí mi madre y lo que yo le he enseñado a este que tienes al lado.
Señaló a Javi con la espumadera como si fuera el ejemplo vivo de la rectitud moral.
Javi, que llevaba una camiseta básica que Paquita le había planchado el día anterior, asintió débilmente.
—Mamá, de verdad, que la gente paga mucho dinero por esto —dijo Javi, intentando ayudar y empeorándolo todo.
Paquita se giró hacia su hijo con los ojos como platos.
—¿Me estás diciendo que ha pagado dinero por unos pantalones que vienen rotos?
Clara sintió un sudor frío recorriéndole la nuca.
—Es una marca muy buena, Paquita… —murmuró Clara.
—¡Dinero! ¡Dinero de verdad! —Paquita levantó las manos al cielo—. ¡Ay, Señor, llévame pronto, que yo esto no puedo procesarlo!
—No es para tanto, de verdad. Es solo tela —insistió Clara, intentando avanzar hacia el salón para cambiar de tema.
Pero Paquita era como un portero de discoteca con cuarenta años de experiencia en el sector de la costura.
No se movió ni un milímetro.
—¿Cómo que no es para tanto? Es una ofensa a la aguja y al dedal.
—Son pantalones de diseñador, Paquita. Están hechos así a propósito en una fábrica.
—Pues en esa fábrica se han quedado sin hilo a mitad de turno y os han cobrado el precio completo. ¡Menuda estafa!
Clara miró a Javi pidiendo ayuda muda, pero Javi estaba muy ocupado inspeccionando un cuadro de una marina que colgaba en el pasillo.
—Mira, Clara, no te lo digo por mal —continuó Paquita, suavizando un poco el tono pero manteniendo la firmeza—. Pero me duele el alma verte así.
—Paquita, le agradezco mucho la intención, pero me gustan así. Me siento bien con ellos.
—Te sientes bien porque no te has visto por detrás. ¿También están rotos por el culo?
Clara se quedó paralizada.
—No… creo que no.
—Menos mal, porque entonces ya estaríamos llamando a la policía por exhibicionismo.
Paquita suspiró profundamente, un suspiro que recorrió todas las décadas de su vida, desde la postguerra hasta la llegada de internet.
—Trae, de verdad. En lo que Javi pone las bebidas, yo te doy un par de puntadas con la Singer.
—¡Que no! —Clara se protegió las piernas con el bolso.
—No te va a doler, hija, que es a la tela, no a la carne. Aunque tal y como están, poco falta para que te cosa el pellejo.
—Es que si los cose, se estropean. El valor del pantalón es precisamente el roto.
Paquita se quedó en silencio, procesando la frase.
“El valor del pantalón es el roto”.
Era una frase que chocaba frontalmente con toda su cosmogonía.
En el mundo de Paquita, el valor de las cosas residía en su integridad, en su mantenimiento, en el brillo de la plata y en la ausencia de manchas de aceite.
Un roto era un fracaso. Un roto era un descuido. Un roto era, por encima de todo, una vergüenza pública.
—¿Y tú qué piensas de esto, Javier? —preguntó Paquita, lanzando el anzuelo a su hijo.
Javi se vio atrapado entre el amor de su vida y la mujer que le había dado la vida.
Miró los pantalones de Clara. Vio la rodilla izquierda asomando con timidez.
Miró a su madre. Vio la espumadera lista para entrar en combate.
—Yo… yo creo que a Clara le quedan muy bien —dijo, optando por la diplomacia suicida.
—No te he preguntado si le quedan bien, te he preguntado si te parece normal ir por la calle como si te hubieras peleado con un gato montés.
—Es que es lo que se lleva ahora, mamá. Si vas por el centro, verás a todo el mundo igual.
—Si todo el mundo se tira por un puente, ¿tú también te tiras? —disparó Paquita el clásico proyectil materno.
Javi no respondió. Nadie gana esa discusión. Nunca.
—Bueno, basta de charla en el pasillo, que se enfría el cocido —dijo Paquita, dando media vuelta—. Pero que sepas, Clara, que esa Singer que tengo en el cuarto está llorando aceite ahora mismo.
Paquita se retiró hacia la cocina, murmurando algo sobre la “juventud perdida” y “el fin de la civilización tal y como la conocemos”.
Clara y Javi se quedaron solos en el pasillo durante un segundo.
—Te lo dije —susurró Javi.
—Cállate y vamos a comer —respondió Clara, tratando de recomponer su dignidad de fashionista.
Caminaron hacia el comedor, donde la mesa estaba dispuesta con un mantel de hilo blanco impecable.
Un mantel que Paquita sacaba solo para las grandes ocasiones y que, por supuesto, no tenía ni un solo hilo fuera de su sitio.
Clara se sentó con cuidado, intentando que las aberturas de sus pantalones quedaran ocultas bajo la mesa.
Pero sabía que la batalla no había terminado.
Solo se habían retirado a los cuarteles de invierno para cargar los platos de sopa.
PARTE 2
La sopa de fideos humeaba en los platos de porcelana con borde dorado.
Era una sopa con sustancia, de esas que dejan una película de brillo en los labios y te calientan hasta los pensamientos.
Paquita servía con una precisión quirúrgica, asegurándose de que cada plato tuviera la proporción exacta de fideos y caldo.
Clara intentaba mantener una postura erguida, pero sentía la mirada de su suegra clavada en sus piernas, incluso a través de la madera de la mesa de roble.
—¿Quieres más fideos, Clara? Estás muy delgada, parece que no comes nada en esa casa vuestra —dijo Paquita, con ese tono que es a la vez oferta y reproche.
—No, gracias, Paquita, así está perfecto. Tiene un aspecto increíble.
—El aspecto es lo de menos, lo importante es el alimento. Como tus pantalones, que tienen mucho aspecto pero poco abrigo.
Clara apretó la cuchara. El tema de los pantalones iba a ser el hilo conductor de la comida, nunca mejor dicho.
—Mamá, por favor, deja los pantalones en paz —pidió Javi, soplando su sopa.
—Yo solo digo lo que veo, hijo. Y lo que veo es una necesidad imperiosa de entrar en faena con la costura.
Paquita se sentó a la mesa, pero no empezó a comer de inmediato.
Se quedó mirando fijamente el mantel, justo en la dirección donde se encontraban las rodillas de Clara.
—Dime una cosa, Clara, por curiosidad de vieja… ¿Cuánto te han cobrado por esos… jirones?
Clara dudó. Sabía que decir la verdad era equivalente a confesar un crimen de guerra.
—No me acuerdo exactamente, Paquita. Fue en las rebajas.
—No me mientas, que te conozco —insistió la suegra—. Esos pantalones tienen pinta de costar lo que yo gano de pensión en un mes.
—Bueno, costaron… ciento veinte euros.
Se hizo un silencio sepulcral en el comedor.
Incluso el reloj de pared pareció detener su tictac por un instante para procesar la cifra.
Javi se atragantó con un fideo y tuvo que beber agua precipitadamente.
Paquita dejó caer la cuchara dentro del plato con un sonido metálico que resonó como una campana fúnebre.
—¿Ciento… veinte… euros? —repitió, paladeando cada sílaba como si fuera veneno.
—Estaban rebajados, de verdad. Su precio original era casi el doble —intentó justificar Clara, dándose cuenta de que estaba empeorando las cosas.
—¿Doscientos cuarenta euros por algo que está roto? —Paquita se santiguó—. ¡Virgen de la Fuencisla, si por ese precio te compras un traje completo en El Corte Inglés y te sobra para unos zapatos de piel de los buenos!
—Es que no es solo la tela, Paquita. Es la marca, el corte, el diseño del roto…
—¡El diseño del roto! —Paquita se echó a reír con una mezcla de histeria y sarcasmo—. Javi, por favor, dile a tu novia que la están timando en su cara.
—Mamá, cada uno se gasta su dinero en lo que quiere —respondió Javi, tratando de mantener la neutralidad.
—No es gastar el dinero, Javier, es tirarlo a la basura. Es como si yo voy a la carnicería y pido dos kilos de filetes, pero le digo al carnicero: “Oiga, córteme los filetes a trozos y quíteles la mitad de la carne, pero cóbreme el doble”. ¿A que no tiene sentido?
Clara intentó explicar el concepto de la estética deconstruida, pero se dio cuenta de que era como intentar explicarle física cuántica a un canario.
—Es una cuestión de estilo, Paquita. A mi generación le gusta este tipo de ropa porque es… desenfadada.
—Desenfadada no, hija. Desaliñada. Parece que vienes de trabajar en la mina o de que te haya perseguido un perro rabioso por todo el barrio.
Paquita se levantó de pronto y se dirigió a un aparador antiguo.
Abrió un cajón y sacó una caja de metal de galletas danesas.
Cualquier español sabe que en esa caja nunca hay galletas.
Efectivamente, al abrirla, aparecieron bobinas de hilo de todos los colores, botones sueltos, cintas métricas y una colección de agujas que brillaban con una luz amenazante.
—Mira —dijo Paquita, volviendo a la mesa y rebuscando en la caja—. Tengo aquí un azul denim que es clavadito al de tus pantalones.
—Paquita, no, de verdad.
—Es un hilo fuerte, de los de antes. Ni se nota. Te cierro esos boquetes en un periquete y te quedan como nuevos.
—¡Es que no quiero que queden como nuevos! —exclamó Clara, perdiendo un poco la paciencia—. ¡Me gustan con los boquetes!
Paquita se detuvo, con una aguja entre los dedos, y miró a Clara con una tristeza genuina.
—Pero hija… ¿por qué? ¿Por qué quieres enseñar las rodillas de esa manera? Que las rodillas son la parte más fea del cuerpo humano, eso lo sabe cualquiera.
—No es por enseñar las rodillas, es por la textura, por el contraste…
—¿Contraste con qué? ¿Con la decencia?
Javi intervino de nuevo, esta vez con un tono más firme.
—Mamá, guarda la caja de los hilos. Estamos comiendo.
—Estoy ayudando a tu futura mujer a no parecer una indigente, Javier. Deberías agradecérmelo.
—No soy una indigente, Paquita —dijo Clara, tratando de mantener la voz calmada—. Trabajo en una multinacional y este estilo es perfectamente aceptable en mi entorno.
—Pues tu entorno tiene el gusto en los pies, que quieres que te diga. Si yo fuera tu jefa, te mandaba a casa a cambiarte y te descontaba el día.
Paquita volvió a guardar la aguja, pero dejó la caja de galletas sobre el aparador, como una advertencia de que la oferta seguía en pie.
Regresó a su plato de sopa, pero ya no comía con el mismo entusiasmo.
Daba pequeñas cucharadas, suspirando de vez en cuando y lanzando miradas furtivas a las piernas de Clara.
—Y dime, ¿tus padres saben que te gastas el dinero en esto? —preguntó Paquita tras un largo silencio.
—A mi madre le gustan —mintió Clara descaradamente.
—No me lo creo. Conozco a tu madre, es una mujer limpia y aseada. No puede gustarle que su hija vaya con los hilos colgando.
—Bueno, quizás no le entusiasman, pero respeta mis decisiones.
—Respetar es una palabra muy moderna para decir que se ha rendido —sentenció la suegra.
Terminaron la sopa en un ambiente de tensa calma.
El plato principal llegó: el vuelco del cocido.
Una bandeja enorme con garbanzos, repollo, patatas, zanahorias y otra bandeja con las carnes: chorizo, morcilla, tocino, gallina y un trozo de ternera que se deshacía con solo mirarlo.
Paquita servía con generosidad, llenando el plato de Clara hasta los bordes.
—Come, come, que para aguantar tanto aire en las piernas vas a necesitar calorías —dijo Paquita.
Clara empezó a comer, pero cada vez que se movía en la silla, el roce de la tela rota le recordaba que estaba siendo juzgada.
—¿Sabes qué me ha recordado esto de tus pantalones? —dijo Paquita de repente, mientras cortaba un trozo de chorizo.
—No, ¿qué? —preguntó Clara, temiendo la respuesta.
—A la tía abuela Encarna. La de Cuenca.
—¿La que era monja? —preguntó Javi.
—No, la otra. La que se quedó un poco allá de la cabeza después de la guerra.
Clara suspiró. Empezaban las comparaciones con parientes con problemas mentales.
—La tía Encarna un día decidió que toda su ropa le apretaba —continuó Paquita—. Y se dedicó a hacerle agujeros a las sábanas para hacerse vestidos.
—Mamá, eso no tiene nada que ver —dijo Javi.
—Tiene todo que ver. La pobre Encarna lo hacía porque no regía bien. Pero Clara lo hace pagando ciento veinte euros. ¿Quién creéis que está peor de las dos?
Clara sintió que el trozo de ternera se le quedaba atascado en la garganta.
—Paquita, con todo el respeto, creo que está exagerando un poco. Son solo unos pantalones de moda.
—Moda… —Paquita escupió la palabra—. La moda es la excusa que usan los listos para sacarle el dinero a los que quieren parecer lo que no son.
—¿Y qué es lo que quiero parecer yo según usted?
—Alguien que no tiene una suegra que se preocupe por ella —respondió Paquita con una lógica aplastante.
La comida continuó entre anécdotas de la familia, todas ellas impregnadas de una moralidad textil impecable.
Paquita recordó la vez que Javi, con ocho años, se rompió los pantalones del colegio jugando al fútbol.
—Me puse a llorar —dijo Paquita—. Me puse a llorar porque pensaba que la gente iba a creer que no tenía dinero para comprarle unos nuevos. Me pasé toda la noche zurciendo para que no se notara nada.
Clara miró a Javi. Él evitó la mirada.
—Y ahora —continuó Paquita—, veo que la gente paga por lo que yo antes escondía con vergüenza. Es el mundo al revés, os lo digo yo.
—Es el progreso, mamá —dijo Javi.
—El progreso es tener lavadora, Javier. Ir con los pantalones rotos es retroceder a la época de las cavernas, pero con tarjeta de crédito.
Paquita terminó su plato y se levantó para recoger.
—No te muevas, Clara, que ya recojo yo —dijo, pero su mirada volvió a bajar a las rodillas de su nuera.
—De verdad, Paquita, déjeme ayudarla.
—¡No! Tú quédate ahí, no sea que al levantarte se te terminen de deshacer los pantalones y tengamos un disgusto mayor.
Paquita salió hacia la cocina con una pila de platos, dejando tras de sí un rastro de desaprobación.
Clara se hundió en la silla.
—Javi, juro que la próxima vez vengo en chándal —susurró.
—Peor —respondió Javi—. Dirá que vas vestida para ir a tirar la basura y que no respetas su casa.
—¿Entonces qué hago? ¿Me compro un traje de flamenca?
—Ni se te ocurra. Le sacaría una mancha imaginaria y acabaría metiéndolo en lejía.
De pronto, desde la cocina, se oyó el ruido de un cajón abriéndose con fuerza.
Luego, el inconfundible sonido metálico de unas tijeras.
Clara y Javi se miraron con pánico.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Clara.
—No lo sé, pero nada bueno sale de mi madre combinada con unas tijeras y un ataque de nervios textil.
Paquita volvió al comedor. No traía tijeras, pero traía una mirada de determinación absoluta.
En sus manos llevaba una pequeña bolsa de plástico blanca con el logo de una farmacia.
—Toma —dijo, dejando la bolsa sobre la mesa, frente a Clara.
—¿Qué es esto? —preguntó Clara, abriendo la bolsa.
Dentro había un bote de alcohol, un paquete de algodón y una caja de tiritas grandes.
—Para tus rodillas —dijo Paquita.
—Pero si no me he hecho nada, Paquita.
—Aún no. Pero con esos boquetes, cualquier roce con la silla o con el aire te va a levantar la piel. Más vale prevenir que curar.
Clara miró el alcohol y las tiritas.
Luego miró a Paquita, que la observaba con una mezcla de triunfo y caridad cristiana.
—Gracias, Paquita —dijo Clara, dándose por vencida—. Es usted muy precavida.
—Lo soy, hija. Porque si tú no te cuidas, alguien tendrá que hacerlo.
Paquita se dio la vuelta y volvió a la cocina, tarareando una copla.
Clara suspiró y se guardó una tira de algodón en el bolsillo de los vaqueros rotos.
La tarde no había hecho más que empezar.
PARTE 3
El postre fue arroz con leche, servido en cuencos individuales con una capa de canela que formaba dibujos abstractos.
Paquita siempre decía que el secreto estaba en remover durante dos horas sin parar, algo que Clara consideraba una forma de meditación extrema o una tortura medieval.
El ambiente parecía haberse relajado un poco, pero Clara sabía que era una tregua táctica.
Paquita estaba sentada en su sillón orejero, con el café en la mano, observando a Clara como un halcón observa a una presa que lleva unos pantalones de ciento veinte euros.
—¿Y dices que esos rotos los hacen máquinas en la fábrica? —preguntó Paquita, retomando el tema sin previo aviso.
—Sí, Paquita. Usan láseres o piedras volcánicas para desgastar la tela —explicó Clara, intentando sonar técnica.
—¿Piedras volcánicas? —Paquita se rió—. ¡Vaya tela! En mis tiempos, las piedras se usaban para frotar los talones, no para destrozar la ropa buena.
—Es para darle carácter a la prenda —intervino Javi, que ya había perdido toda esperanza de cambiar de conversación.
—Carácter… —Paquita dejó la taza de café sobre la mesa auxiliar con un golpe seco—. Carácter tiene mi abrigo de visón, que tiene treinta años y está como el primer día. Eso no tiene carácter, eso tiene una falta de respeto al trabajo del sastre.
De repente, Paquita se levantó con una agilidad sorprendente para su edad.
—Venid conmigo un momento —dijo, haciendo un gesto con la mano.
Clara y Javi la siguieron por el pasillo hasta la habitación del fondo, esa que Paquita llamaba “el cuarto de la costura”.
Era un santuario dedicado a la industria textil doméstica.
En el centro presidía la famosa Singer, una máquina de hierro negro con decoraciones doradas que parecía un artefacto salido de una novela de Julio Verne.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías con cajas de hilos ordenadas por colores, patrones de papel de seda y trozos de tela sobrantes de proyectos que se remontaban a la Transición.
—Mirad esto —dijo Paquita, señalando un maniquí que había en la esquina.
Sobre el maniquí había una falda de tubo a medio terminar, de un color azul marino impecable.
—¿Véis estas costuras? —Paquita pasó la mano por la tela—. Esto es trabajo. Esto es orden. Ni un hilo fuera de su sitio. Esto es lo que se llama ir bien vestida.
—Es muy bonita, Paquita —dijo Clara con sinceridad—. Tiene usted muy buena mano.
—Tengo la mano que Dios me ha dado y que yo he cultivado —respondió Paquita—. Y por eso mismo no puedo soportar ver lo que llevas puesto. Me quema la vista, Clara.
Paquita se acercó a Clara y, antes de que esta pudiera reaccionar, le cogió un trozo de la tela rota de la rodilla.
—Mira esto —dijo Paquita, tirando suavemente de un hilo colgante—. Si yo tiro de aquí, se te queda el pantalón en dos mitades en menos de lo que tardo en decir “amén”.
—No tire, Paquita, por favor —suplicó Clara.
—No voy a tirar, pero es que esto es una provocación. Es como dejar una puerta abierta en una casa de ladrones. El hilo está pidiendo a gritos que lo corten.
Paquita soltó la tela y miró a Clara a los ojos.
—Dime la verdad, hija… ¿Tú no te sientes un poco… desprotegida?
—¿Desprotegida? —Clara frunció el ceño.
—Sí. Como si te faltara un trozo de ti misma. Yo cuando veo a alguien con la ropa rota, me dan ganas de arroparlo con una manta.
—Es solo moda, de verdad. En un par de años se llevará la ropa llena de parches o de pintura, y nos reiremos de esto.
—Yo no me voy a reír, te lo aseguro. Yo estaré ahí con mi aguja, esperando a que recuperéis el juicio.
Paquita se sentó frente a su máquina de coser y acarició el pedal de hierro.
—Javi, vete al salón a ver el fútbol o lo que sea que hagáis los hombres ahora. Yo quiero hablar con Clara de mujer a mujer.
Javi miró a Clara con cara de “sálvese quien pueda” y desapareció por el pasillo más rápido que una bala.
Clara se quedó sola en el cuarto de la costura, rodeada de hilos y del aroma a aceite de máquina.
—Siéntate, hija —dijo Paquita, señalando una silla de madera.
Clara se sentó, sintiéndose como si estuviera en el confesionario.
—Escúchame bien —empezó Paquita con tono confidencial—. Yo sé que las nueras pensáis que las suegras somos unas pesadas y que estamos chapadas a la antigua.
Clara intentó protestar, pero Paquita levantó una mano.
—No digas nada, que es verdad. Pero lo hacemos por vuestro bien.
—Lo sé, Paquita, pero a veces…
—A veces somos unas entrometidas —completó Paquita—. Pero mira, Clara, la ropa es como la vida. Si dejas que los rotos se hagan grandes y no los arreglas a tiempo, al final te quedas sin nada.
—Es una metáfora muy bonita, pero estos rotos son… voluntarios.
—Ahí está el problema. ¿Por qué alguien querría romperse a propósito? ¿Por qué alguien querría lucir sus defectos como si fueran medallas?
Clara se quedó pensativa. No esperaba una deriva filosófica en la discusión sobre sus vaqueros.
—No son defectos, Paquita. Son… señales de autenticidad.
—La autenticidad es ser una persona de palabra, no llevar las rodillas al aire. La autenticidad es tener el armario limpio y la conciencia tranquila.
Paquita abrió un cajón de la Singer y sacó una tijera pequeña, de esas de bordar, con forma de cigüeña dorada.
—Dame la mano —pidió.
Clara, desconcertada, le dio la mano.
Paquita le puso las tijeras en la palma.
—Si de verdad te gustan esos pantalones, si de verdad crees que esos rotos son “arte” o “diseño”, entonces corta un trozo más.
—¿Qué? —Clara se quedó de piedra.
—Lo que oyes. Hazle un roto nuevo. Aquí mismo, en el muslo. Si es tan bueno y tan moderno, ¿qué más da uno más que uno menos?
Clara miró las tijeras. Eran afiladas, precisas.
Miró sus vaqueros de ciento veinte euros.
Se imaginó hundiendo las puntas de la cigüeña en la tela denim y rasgando hacia arriba.
Sintió un escalofrío.
—No… no puedo —dijo Clara finalmente.
—¿Por qué no? —preguntó Paquita con una sonrisita triunfal.
—Porque… porque están diseñados así. Si corto yo, quedaría mal.
—¡Ah! —exclamó Paquita, señalándola con el dedo—. ¡Entonces reconoces que hay un límite entre lo que está bien y lo que está mal!
—Reconozco que no soy una diseñadora de moda, Paquita.
—No, lo que reconoces es que te da miedo romperlos más de la cuenta porque sabes que, en el fondo, son una prenda delicada que se está cayendo a pedazos.
Paquita recuperó sus tijeras con un gesto elegante.
—Lo ves, hija. Te gusta el “look”, pero no te gusta la realidad del roto. Te gusta jugar a ser moderna, pero te aterra que la ropa se te deshaga de verdad.
Clara se sintió atrapada en su propia lógica.
—Es una trampa, Paquita.
—Es la vida, Clara. La moda os vende la ilusión de la rebeldía, pero os cobra el precio de la sumisión. Estáis pagando por ir como si no tuvierais nada, cuando en realidad lo tenéis todo.
Paquita se levantó y le dio un beso en la frente, un beso que sabía a victoria y a ternura maternal.
—Anda, vamos al salón antes de que Javi se beba todo el anís pensando que nos estamos matando aquí dentro.
Salieron del cuarto de la costura. Clara caminaba ahora con una sensación extraña.
Se miró las rodillas. Ya no veía “diseño internacional”.
Veía, por primera vez, lo que Paquita veía: hilos sueltos, tela debilitada y una extraña contradicción entre el precio y el valor.
En el salón, Javi estaba efectivamente viendo un partido de fútbol, pero tenía la oreja puesta en el pasillo.
—¿Todo bien? —preguntó, mirando a las dos mujeres.
—De maravilla —dijo Paquita—. Clara y yo hemos llegado a un entendimiento.
—¿Ah, sí? ¿Vas a coserle los pantalones?
—No —respondió Paquita, sentándose en su sillón—. He decidido que no voy a gastar mi hilo de calidad en algo que ya nació con vocación de trapo.
Clara se sentó a su lado, sintiendo el peso de la derrota más dulce que había experimentado nunca.
—Pero —añadió Paquita, mirando a Javi—, la próxima vez que vengáis, si Clara trae unos pantalones enteros, le regalo la falda azul marino que estoy terminando.
Javi se rió.
—Mamá, que Clara no se pone faldas de tubo.
—Se las pondrá cuando se dé cuenta de que lo moderno pasa de moda, pero lo bien hecho dura para siempre.
La tarde transcurrió entre risas, más café y la inevitable caja de bombones que Javi había traído.
Pero la tensión cómica no se había disipado del todo.
Cada vez que Clara se movía, Paquita hacía una mueca de dolor, como si el roce de los vaqueros rotos contra el sofá fuera un ataque personal a su mobiliario.
—¿Sabéis qué es lo peor? —dijo Paquita mientras buscaba un bombón de chocolate negro.
—¿Qué, mamá?
—Que ahora, cuando vaya por la calle, me voy a fijar en todo el mundo. Voy a ir por el barrio pensando: “A esa le falta un remiendo”, “a aquel le han timado en la tienda”. Me habéis arruinado la jubilación.
—No exagere, Paquita —dijo Clara, riendo.
—No exagero. Mañana mismo me bajo al mercadillo con un cesto lleno de agujas e hilos. Me voy a forrar arreglándole la ropa a toda esa juventud que va por ahí hecha un cristo.
—Igual monta usted un negocio próspero —bromeó Javi.
—”Remiendos Paquita: Devolvemos la dignidad a su armario” —dijo la mujer, haciendo un gesto en el aire como si dibujara un cartel luminoso.
Se rieron los tres, pero en el fondo, Clara sabía que Paquita hablaba muy en serio.
La mujer no se rendiría. Su Singer seguía aceitada y lista para la batalla.
PARTE 4
Cuando empezaba a oscurecer, Clara y Javi se prepararon para marcharse.
El ritual de despedida en casa de Doña Paquita era casi tan largo como la comida misma.
Implicaba el reparto de sobras en táperes (que debían ser devueltos en la próxima visita, lavados y sin olores), más besos, recomendaciones sobre el tráfico y recordatorios de que “hay que llamar más”.
—Toma, Clara —dijo Paquita, entregándole una bolsa de papel—. Para que te lo lleves.
—¿Qué es? ¿Más cocido? —preguntó Clara.
—No. Es un poco de cordoncillo de algodón y una muestra de tela denim oscura. Por si acaso.
Clara aceptó la bolsa con una sonrisa resignada.
—Gracias, Paquita. Prometo… tenerlo en cuenta.
—Hazlo, hija. Que el aire de la noche es traicionero y las rodillas se enfrían muy pronto.
Bajaron por las escaleras, ya que el ascensor estaba ocupado por una vecina que subía la compra.
En el portal, Clara se detuvo y se miró en el espejo del rellano.
Sus vaqueros de ciento veinte euros seguían ahí, con sus rotos estratégicos y su aire de modernidad cosmopolita.
Pero algo había cambiado.
Ya no se sentía la mujer más “trendy” de Madrid.
Se sentía como alguien que había sobrevivido a un interrogatorio de la Gestapo de la Costura y había salido con vida, aunque con una bolsa de hilos en la mano.
—Ha sido intenso, ¿eh? —dijo Javi, abriendo la puerta del portal.
—Tu madre es una fuerza de la naturaleza, Javi. No se la puede combatir con argumentos lógicos.
—Mi madre vive en un mundo donde la ropa es una armadura contra el desorden del universo. Un roto es una grieta en su realidad.
—Lo entiendo. Pero me duele que piense que me han estafado.
—Bueno —Javi sonrió con malicia—, técnicamente has pagado por menos tela de la que correspondería a tu talla.
Clara le dio un codazo juguetón.
Caminaron hacia el coche bajo las luces de las farolas que empezaban a encenderse.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —preguntó Clara mientras se abrochaba el cinturón.
—¿Qué?
—Que ahora me pica la rodilla. Y no sé si es por el frío o porque tu madre me ha sugestionado de tal manera que mi cerebro cree que estoy herida.
Javi se rió y arrancó el coche.
—Es el “efecto Paquita”. Mañana estarás buscando tutoriales en YouTube sobre cómo hacer costuras invisibles.
—¡Jamás! —exclamó Clara, aunque en su interior una pequeña parte de ella estaba de acuerdo con la suegra—. Mis vaqueros seguirán rotos hasta que la moda diga lo contrario.
Llegaron a su piso una media hora después.
Clara se quitó los pantalones y los dejó sobre la cama.
Se quedó mirándolos un buen rato.
Vio el hilo del que Paquita había amenazado con tirar.
Estaba ahí, balanceándose, desafiante.
Clara fue a la cocina, buscó unas tijeras normales y, con un movimiento rápido, cortó el hilo sobrante.
“Solo el hilo”, se dijo a sí misma. “El roto se queda”.
Pero mientras guardaba las tijeras, no pudo evitar pensar en la Singer de Paquita, esperando en la penumbra del cuarto de costura.
Esa máquina representaba un mundo de orden, de esfuerzo y de cosas que duran toda la vida.
Un mundo que, quizás, no era tan aburrido como ella pensaba.
Al día siguiente, en la oficina, Clara entró en la sala de reuniones para una presentación importante.
Llevaba sus vaqueros rotos, una americana negra impecable y unos tacones que le daban un aire de autoridad moderna.
Se sentó frente a sus clientes, dos hombres de unos cincuenta años con trajes grises y corbatas de seda.
A mitad de la reunión, notó que uno de los clientes no dejaba de mirar hacia abajo.
Hacia su rodilla izquierda.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—Perdone, señorita Clara —dijo el cliente, señalando discretamente—. No quiero ser impertinente, pero… creo que se le ha enganchado el pantalón con algo. Si quiere, tenemos un kit de costura en recepción.
Clara sintió que la voz de Paquita resonaba en su cabeza con la fuerza de un trueno.
“Moderno es ir limpia y sin remiendos”.
Se quedó en silencio un segundo, debatiéndose entre la defensa de su estilo personal o la rendición ante el sentido común corporativo.
—Es el diseño, caballero —respondió Clara con una sonrisa profesional, aunque por dentro se estaba encogiendo—. Pero tiene razón, quizás para la próxima reunión opte por algo más… íntegro.
Al salir de la oficina, Clara no fue a una tienda de lujo.
Fue a la mercería del barrio.
Compró un dedal de metal y una caja de agujas nuevas.
No es que fuera a cerrar todos los rotos de sus vaqueros, pero sentía que debía tener las herramientas listas por si acaso.
Llegó a casa y llamó por teléfono.
—¿Diga? —respondió la voz enérgica de Paquita.
—Hola, Paquita. Soy Clara.
—¡Hola, hija! ¿Qué pasa? ¿Se te han terminado de deshacer los pantalones en el metro?
Clara se rió, una risa limpia y sincera.
—No, todavía aguantan. Pero escuché lo que me dijo ayer… y he estado pensando.
—Malo —dijo Paquita, aunque se le notaba la alegría en la voz—. Pensar es el primer paso para darse cuenta de las tonterías de la juventud.
—Dígame, Paquita… ¿Esa falda azul marino que estaba cosiendo… todavía está disponible?
Se oyó un silencio al otro lado de la línea.
Luego, el sonido de algo que se movía, probablemente Paquita ajustándose el delantal con satisfacción.
—Para ti siempre está disponible, Clara. Pero tienes que venir el domingo que viene a probártela. Y trae los vaqueros esos.
—¿Para qué, Paquita?
—Para que los usemos de trapo para limpiar el polvo de la Singer. Se han ganado una jubilación digna.
Clara colgó el teléfono sonriendo.
A veces, la moda no es lo que llevas puesto, sino la capacidad de admitir que tu suegra tiene un punto de razón, aunque te duela en el bolsillo.
Miró sus vaqueros sobre el sofá.
Eran bonitos, sí. Eran caros, también.
Pero no tenían el poder de una madre que sabe que un hilo suelto puede ser el principio del fin o el comienzo de una gran historia.
Cierre dramático y reflexivo:
La vida es un tejido complejo, lleno de tramas cruzadas y colores vibrantes.
A veces elegimos los rotos porque nos hacen sentir diferentes, únicos, rebeldes contra la perfección impuesta.
Pero en el fondo, todos buscamos a alguien que esté dispuesto a sacar la Singer y darnos esas puntadas necesarias cuando el mundo intenta deshilacharnos.
¿Os gustan los vaqueros con rotos o los preferís enteros?
¿Es la moda una forma de arte o simplemente un timo para cobrarnos por lo que falta?
Sea como sea, aseguraos de que, si vais por la vida con rotos, sea porque vosotros lo habéis decidido, y no porque os falte alguien que os quiera lo suficiente como para coseros el alma a base de puntadas y cocido.