PARTE 1
El sol de mediodía entraba con una saña particular por el ventanal del salón.
Era ese tipo de luz castiza que no perdona ni una mota de polvo sobre el aparador de cerezo.
En el centro de la escena, la mesa de comedor lucía su mejor mantel de hilo, ese que solo salía a pasear en los domingos de “visita oficial”.
Doña Puri presidía el banquete con la autoridad de un general que nunca ha perdido una batalla de croquetas.
Frente a ella, Sandra intentaba desmenuzar un trozo de carne con una elegancia que rozaba el nerviosismo.
Entre ambas, el silencio se podía cortar con el mismo cuchillo de sierra que Puri usaba para el pan de hogaza.
Debajo de la mesa, un Golden Retriever de mirada melancólica llamado Toby suspiraba como si cargara con los pecados de toda la humanidad.
Puri dejó caer la cuchara sobre el plato de porcelana, provocando un tintineo que resonó en toda la estancia.
Se limpió la comisura de los labios con una parsimonia estudiada, doblando la servilleta con precisión de origami.
—¿Y dices que el animalito no come porque está triste? —preguntó Puri, arqueando una ceja con la maestría de quien ha visto pasar tres dictaduras y dos crisis del petróleo.
Sandra levantó la vista, sintiendo ya el primer pinchazo de la migraña dominical.
—No es que esté triste, suegra, es que padece un cuadro agudo de ansiedad por separación —explicó Sandra, tratando de sonar clínica y profesional.
Puri soltó una carcajada seca, una de esas que nacen en la garganta y mueren antes de llegar a los ojos.
—Ansiedad… —repitió la mujer mayor, saboreando la palabra como si fuera un bocado de fruta podrida.
—Eso es lo que tiene tu marido cuando ve la cuenta de la luz, Sandra, no un perro que vive como un obispo —añadió Puri, señalando con el dedo índice a la criatura que yacía a sus pies.
Toby, al verse señalado, soltó un pequeño gemido y escondió el hocico entre sus patas peludas.
—¿Ves? —dijo Sandra, señalando al animal con entusiasmo— ¡Ese es el síntoma claro de una desregulación emocional!
Puri suspiró profundamente, un suspiro largo que parecía recorrer toda la historia de España desde la Reconquista.
—Niña, por el amor de Dios, que es un perro —sentenció la suegra, volviendo a su guiso.
—Es un miembro más de la familia, suegra, y como tal, merece atención especializada —replicó Sandra, manteniendo el tono firme pero educado.
—Atención especializada dice… —masculló Puri entre dientes mientras masticaba un trozo de patata.
—Pues por eso hemos decidido que lo mejor es que lo vea un profesional de la conducta —soltó Sandra, soltando la bomba informativa de la jornada.
Alberto, el hijo de Puri y marido de Sandra, que hasta ese momento había intentado mimetizarse con el papel de la pared, dejó de masticar de golpe.
Puri se quedó petrificada, con el tenedor a medio camino entre el plato y la boca.
—¿Un profesional de la conducta? —repitió Puri, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro peligroso.
—Sí, un etólogo canino —matizó Sandra, tratando de darle un aire más científico al asunto.
Puri dejó el tenedor sobre la mesa, esta vez con una suavidad que daba mucho más miedo que el golpe anterior.
—¿Un psicólogo para el perro? —preguntó por fin, con la voz cargada de una incredulidad absoluta.
—Exactamente eso —confirmó Sandra, asintiendo con la cabeza.
Puri se echó hacia atrás en su silla de madera, mirando al techo como si buscara una explicación divina a lo que acababa de escuchar.
—¡Lo que me faltaba por oír! —exclamó la mujer, elevando el tono hasta el nivel de un pregón de fiestas patronales.
—En mis tiempos, a los perros se les sacaba a pasear, se les daba de comer las sobras y eran los seres más felices del barrio —continuó Puri, gesticulando con las manos.
—Los tiempos han cambiado, suegra, ahora sabemos mucho más sobre la psique animal —argumentó Sandra, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¡La psique! —gritó Puri, rompiendo finalmente la compostura—. ¡Psique tiene mi vecina del cuarto, que habla con las macetas porque el marido la dejó por una de Benidorm!
Toby, asustado por el grito, se levantó de debajo de la mesa y se fue a un rincón, caminando con la cola entre las piernas.
—¿Ves? ¡Ya lo has asustado! —le recriminó Sandra, levantándose para ir tras el perro.
—¡Se ha asustado porque sabe que lo que estás diciendo es una tontería soberana! —replicó Puri desde su asiento.
—Tiene ansiedad por separación, suegra —insistió Sandra desde el rincón, mientras acariciaba las orejas del animal—. Hay que cuidarlo, es uno más de nosotros.
Puri se sirvió un poco más de vino tinto, con el pulso sorprendentemente firme a pesar de la indignación.
—Mira, Sandra, hija mía, te lo voy a decir como si fueras mi propia hija —empezó Puri, adoptando ese tono de falsa dulzura que precede a las mayores ofensas.
—Un buen correazo a tiempo y se le quita la ansiedad de golpe —soltó la mujer, con la naturalidad de quien da una receta de cocina.
Sandra se giró bruscamente, con los ojos abiertos de par en par.
—¿Un correazo? —preguntó Sandra, incrédula—. ¿Me está sugiriendo que maltrate a Toby?
—¡No me seas moderna, que aquí nadie habla de maltrato! —se defendió Puri, agitando la mano—. Hablo de disciplina, de la de toda la vida.
—La disciplina de toda la vida se basaba en el miedo, suegra, y eso es lo que genera estos traumas —dijo Sandra, volviendo a la mesa.
—¡Traumas! —volvió a reír Puri—. Los traumas que tengo yo de fregar escaleras para que este de aquí pudiera ir a la universidad y ahora se gaste el dinero en loqueros para chuchos.
Alberto, sintiéndose aludido, intentó intervenir por fin.
—Mamá, es que Toby llora mucho cuando nos vamos a trabajar —dijo Alberto con voz tímida.
—¡Pues que llore! —sentenció Puri—. ¿Acaso no lloras tú cuando tienes que ir a la oficina los lunes y nadie te paga un psicólogo?
—No es lo mismo, mamá —suspiró Alberto, volviendo a su plato de carne.
—Claro que no es lo mismo —añadió Puri—, porque tú eres un ser humano con hipoteca y el perro es un animal que no paga ni el IBI ni el seguro de decesos.
Sandra se sentó de nuevo, decidida a no dar su brazo a torcer ante la visión prehistórica de su suegra.
—El tratamiento incluye seis sesiones de modificación de conducta y una dieta rica en triptófano —explicó Sandra, ignorando los bufidos de Puri.
—¿Tripto-qué? —preguntó Puri, frunciendo el ceño—. ¿Eso es un veneno o una marca de detergente?
—Es un aminoácido que ayuda a producir serotonina, para que el perro esté más relajado —aclaró Sandra.
Puri se echó a reír con tantas ganas que se le saltaron las lágrimas.
—¡Un perro dopado! —exclamó entre carcajadas—. ¡Lo que hay que ver, un perro que necesita pastillitas para la alegría!
—No son pastillas, es suplementación natural —corrigió Sandra, aunque sabía que la batalla estaba perdida en ese frente.
Puri dejó de reír y recuperó su rictus de seriedad absoluta.
—¿Y cuánto nos va a costar la broma de la felicidad perruna? —preguntó la suegra, yendo directamente al grano del asunto.
Sandra dudó un segundo antes de responder.
—Cincuenta euros la sesión —dijo Sandra en voz baja, esperando la explosión inminente.
El silencio que siguió a esa cifra fue tan denso que parecía que el aire se había convertido en hormigón armado.
Puri cerró los ojos, respiró hondo y se apoyó en el respaldo de la silla.
—Cincuenta euros… —susurró la mujer, como si estuviera recitando un salmo fúnebre.
—Por sesión —recalcó Puri, para asegurarse de que no había oído mal.
—Sí, mamá, pero es una inversión en su bienestar —intentó suavizar Alberto.
Puri abrió los ojos y miró a su hijo con una mezcla de lástima y decepción.
—Hijo, por cincuenta euros te compro yo una correa de cuero de las buenas y te sobra para un solomillo de ternera —dijo Puri con una lógica aplastante.
—Y te aseguro yo que con el primer toque que le dé en el lomo, el perro se olvida de la ansiedad, de la separación y de hasta cómo se llama —añadió la mujer.
Sandra sintió que la sangre le hervía en las venas.
—Es que no se trata de que se olvide, se trata de que sea un perro equilibrado —protestó Sandra.
—Equilibrado está cuando no se muerde la cola ni se caga en la alfombra —replicó Puri sin pestañear.
—Usted no entiende que los animales tienen sentimientos —dijo Sandra, empezando a perder la paciencia.
—Lo que yo entiendo es que hay mucha gente con mucho cuento y muy pocas ganas de trabajar de verdad —respondió Puri, mirando fijamente a Sandra.
—¿Insinúa que el etólogo es un estafador? —preguntó Sandra, desafiante.
—Insinúo que si yo me pongo una bata blanca y digo que entiendo lo que dice el gato del vecino, también podría cobrar cincuenta euros la hora —afirmó la suegra.
Toby volvió a asomar la cabeza por el marco de la puerta, observando la tensión con sus grandes ojos oscuros.
—Míralo —dijo Puri, señalando al perro—. Si tiene cara de estar pensando: “¡Qué tontos son mis dueños, que me van a pagar un terapeuta en vez de darme un trozo de jamón!”
—No está pensando eso, está analizando el conflicto ambiental —corrigió Sandra, aunque por dentro empezaba a dudar de todo.
—¡Conflicto ambiental! —bufó Puri—. El único conflicto que hay aquí es que el mundo se ha vuelto loco.
—Antes, si un perro ladraba mucho, se le echaba fuera al patio y santas pascuas —recordó la mujer, con nostalgia de otros tiempos más sencillos.
—Y ahora, si el perro tiene un mal día, hay que llevarlo al diván para ver si tiene traumas de cuando era un cachorro —continuó Puri, con un sarcasmo que cortaba el aire.
Sandra se frotó las sienes, sintiendo cómo el almuerzo se le empezaba a hacer bola en el estómago.
La discusión no había hecho más que empezar, y sabía que con su suegra, los argumentos científicos eran como intentar apagar un incendio con un pulverizador de agua.
—Mañana viene el especialista a casa para la primera sesión de evaluación —anunció Sandra, lanzando el órdago final.
Puri se quedó muda por un instante, procesando la información.
—¿A esta casa? —preguntó Puri, con un tono que sugería que la casa era un templo sagrado que estaba a punto de ser profanado.
—Sí, la terapia en el entorno doméstico es fundamental para un diagnóstico preciso —explicó Sandra.
Puri miró a su alrededor, como esperando ver aparecer al psicólogo canino por detrás de las cortinas.
—Pues espero que el “especialista” traiga sus propias zapatillas —dijo Puri, recuperando su tono de mando—, porque no pienso dejar que un hombre que se gana la vida hablando con chuchos me pise el parqué recién encerado.
Alberto suspiró, sabiendo que el lunes sería un día largo, muy largo.
Y mientras tanto, ajeno a la crisis financiera y existencial que había provocado, Toby aprovechó el descuido general para lamer un poco de salsa que había caído al suelo.
Puri lo vio, pero esta vez no dijo nada, simplemente observó al animal con una mezcla de sospecha y curiosidad mal disimulada.
El domingo seguía su curso, y el aroma a café empezaba a mezclarse con el olor a conflicto familiar inminente.
PARTE 2
La mañana del lunes amaneció con ese gris plomizo que solo Madrid sabe lucir cuando se propone ser antipática.
Puri se había levantado a las seis de la mañana, no porque tuviera nada que hacer, sino por pura disciplina táctica.
Había pasado la mopa tres veces por el pasillo, dejando el suelo tan brillante que el propio Toby resbalaba cada vez que intentaba dar un paso firme.
—¡Cuidado, animal, que me vas a rayar el barniz con esas garras de oso! —le gritó Puri mientras el perro intentaba mantener el equilibrio.
Toby la miró con esa expresión de “no entiendo nada, pero por si acaso pido perdón” que tanto irritaba a la mujer.
A las diez en punto, sonó el timbre.
No fue un timbrazo normal; fue un toque rítmico, casi melódico, que hizo que Puri frunciera el ceño de inmediato.
Sandra corrió a la puerta, secándose las manos en el delantal.
—¡Ya está aquí! —exclamó Sandra con un entusiasmo que Puri consideró excesivo y algo patológico.
Puri se colocó en el umbral de la cocina, con los brazos cruzados y la mirada de un inspector de hacienda a punto de realizar una auditoría.
Entró un hombre joven, vestido con pantalones multibolsillos de color caqui y una camiseta que rezaba: “Comprende a tu perro, comprende tu vida”.
Llevaba una mochila enorme y una riñonera llena de trocitos de algo que olía sospechosamente a hígado desecado.
—Hola, soy Borja, el facilitador de vínculos interespecies —se presentó el joven con una sonrisa blanca y reluciente.
Puri soltó un bufido que se escuchó hasta en el descansillo.
—¿Facilitador de qué? —preguntó Puri, sin moverse de su sitio.
—De vínculos, señora —respondió Borja, sin perder la sonrisa—. Ayudo a que humanos y caninos hablen el mismo idioma emocional.
—En esta casa hablamos castellano de toda la vida —sentenció Puri—, y el perro entiende perfectamente cuando le digo “fuera de aquí”.
Sandra le lanzó una mirada de advertencia a su suegra y condujo a Borja hacia el salón.
—No le haga caso, Borja, mi suegra es de la vieja escuela —susurró Sandra, aunque lo suficientemente alto para que Puri la oyera.
—No se preocupe, Sandra —dijo Borja, dejando su mochila en el sofá—. La resistencia al cambio es un mecanismo de defensa muy común en entornos jerárquicos tradicionales.
Puri se quedó de piedra.
—¿Entornos jerárquicos? —repitió Puri, acercándose al salón como un depredador acechando a su presa.
—¿Me está usted llamando dictadora en mi propia casa, joven de la riñonera? —preguntó Puri, clavando sus ojos en los de Borja.
—Para nada, señora —respondió Borja con una calma exasperante—. Simplemente observo que el sistema familiar tiene una estructura muy marcada.
Borja se agachó para quedar a la altura de Toby, que lo miraba con curiosidad desde una distancia prudencial.
El hombre empezó a emitir unos sonidos extraños, una especie de chasquidos con la lengua seguidos de un bostezo exagerado.
Puri se santiguó discretamente.
—¿Pero qué hace? ¿Le está dando un ataque? —preguntó Puri a su nuera.
—Está usando señales de calma, suegra —explicó Sandra, fascinada—. Es para decirle a Toby que no es una amenaza.
—Para decirle que no es una amenaza no hace falta bostezar como un hipopótamo —replicó Puri—. Con no pegarle una patada ya se da por aludido el bicho.
Borja ignoró el comentario y extendió la mano, dejando que Toby la olfateara.
—Veo una clara falta de asertividad en el sujeto —diagnosticó Borja, mientras anotaba algo en una libreta digital.
—El sujeto se llama Toby —puntualizó Puri—, y lo que tiene no es falta de asertividad, es falta de un buen paseo por el parque de las Siete Tetas.
—La actividad física es necesaria, pero aquí el problema es el apego ansioso-ambivalente —continuó Borja, hablando como si estuviera en un congreso de neurología.
Sandra asentía a todo, como si Borja estuviera revelando los secretos del universo.
—¿Apego ansioso-ambivalente? —repitió Sandra, preocupada—. ¿Es grave?
—Es tratable —dijo Borja—. Pero requiere un cambio radical en la dinámica del hogar.
Puri se acercó un poco más, intrigada a pesar de su escepticismo.
—A ver, ilustre facultativo —dijo Puri con sarcasmo—. ¿Qué cambio radical propone usted para que el perro deje de llorar cuando estos dos se van a cenar fuera?
Borja se levantó y miró a Puri con una condescendencia profesional.
—Para empezar, debemos eliminar el refuerzo positivo involuntario —explicó Borja.
—¿Y eso en cristiano qué significa? —quiso saber la mujer.
—Significa que cuando el perro llora, ustedes no deben mirarlo, ni tocarlo, ni mucho menos hablarle —dijo Borja.
Puri soltó una carcajada que retumbó en las paredes.
—¡Vaya! —exclamó Puri—. ¡O sea, que el remedio para que el perro no esté triste es ignorarlo como si fuera un mueble de Ikea!
—Exacto —asintió Borja, ajeno a la ironía—. La indiferencia es nuestra mejor herramienta pedagógica en este caso.
—Pues fíjate tú —dijo Puri, mirando a Sandra—, para eso no hacía falta pagar cincuenta euros. Yo llevo ignorando a tu marido cuando se pone pesado desde que tenía cinco años y nunca me ha costado un duro.
Sandra suspiró, ignorando a su suegra por enésima vez.
—¿Qué más, Borja? —preguntó Sandra.
—Necesitamos enriquecimiento ambiental —dijo Borja, abriendo su mochila.
Sacó una especie de alfombra con flecos de colores y un objeto de goma con forma de huevo que olía a neumático quemado.
—Esto es una alfombra de olfato —anunció Borja con orgullo—. Esconderemos trocitos de pavo entre las telas para que Toby use su nariz y libere endorfinas.
Puri se acercó a la alfombra de flecos y la examinó con desprecio.
—Eso parece el felpudo que tiré el año pasado porque estaba lleno de ácaros —comentó la mujer.
—Es una herramienta de estimulación cognitiva, señora —corrigió Borja.
—Es una guarrada que se va a llenar de babas en cinco minutos —replicó Puri.
Borja procedió a esconder los trozos de pavo en la alfombra y animó a Toby a buscar.
El perro, que no era tonto y olía el pavo a kilómetros, se lanzó sobre la alfombra con un entusiasmo frenético.
—¿Veis? —dijo Borja, señalando al perro—. ¡Su cerebro está trabajando a pleno rendimiento!
—Lo que está trabajando es su estómago —dijo Puri—. Dale un filete y verás cómo estimula el cerebro todavía más rápido.
Borja sacó entonces el objeto de goma y lo rellenó con una pasta de color marrón.
—Este es un juguete interactivo —explicó—. Obliga al animal a lamer para obtener la recompensa, lo cual tiene un efecto sedante en el sistema nervioso.
Puri miró el juguete con una mezcla de horror y asco.
—Eso parece… bueno, no voy a decir lo que parece por respeto a la decencia —dijo Puri, haciendo una mueca—. ¿Y dices que el perro tiene que lamer eso para estar tranquilo?
—Exactamente —dijo Borja.
—En mis tiempos —intervino Puri—, los perros mordían huesos de verdad, de los que sobraban del cocido. Y no veas qué tranquilos se quedaban después de tres horas dándole al tuétano.
—Los huesos pueden ser peligrosos, señora, pueden astillarse —advirtió Borja con tono protector.
—Peligroso es pagar cincuenta euros por un trozo de goma rellena de paté —contraatacó Puri.
Sandra estaba empezando a sentirse avergonzada por el comportamiento de su suegra.
—Mamá, por favor, deja que el profesional trabaje —suplicó Sandra.
—Si yo le dejo —dijo Puri—, lo que pasa es que me duele el bolsillo ajeno.
Borja decidió ignorar a la mujer y se centró en Sandra.
—Es vital que realicéis salidas controladas —instrujo el etólogo—. Salís de casa durante diez segundos, volvéis a entrar. Luego veinte segundos, luego treinta.
—¿Diez segundos? —preguntó Puri—. ¿Y qué se supone que hacemos en diez segundos? ¿Darle la vuelta a la llave y quedarnos mirando el rellano como si fuéramos tontos?
—Es para desensibilizar el sonido de la puerta —explicó Borja con paciencia infinita.
—Lo que vais a conseguir es que los vecinos llamen al manicomio —vaticinó Puri—. Ver a dos personas entrando y saliendo de casa cincuenta veces en una mañana no es terapia, es un aviso para la policía.
—La constancia es la clave —dijo Borja, ignorando de nuevo a la anciana.
—La clave es tener mucho tiempo libre —murmuró Puri mientras se dirigía a la cocina a por un vaso de agua.
Borja continuó con su explicación sobre las jerarquías, los espacios de descanso y la importancia de no mirar a los ojos al perro cuando se está en estado de excitación.
Puri escuchaba desde la cocina, negando con la cabeza cada vez que oía una palabra que terminara en “-ismo” o “-ción”.
—Bueno —dijo Borja finalmente, recogiendo sus cosas—, por hoy es suficiente. Hemos sentado las bases de la nueva convivencia.
—¿Ya se va? —preguntó Puri, asomando la cabeza—. ¿Y ya está curado el chucho?
—Es un proceso largo, señora —respondió Borja—. Nos vemos la semana que viene. Son cincuenta euros, Sandra.
Sandra sacó la cartera y le entregó un billete de cincuenta con una reverencia que a Puri le pareció excesiva.
Cuando el facilitador de vínculos salió por la puerta, el silencio volvió al salón, roto solo por el sonido de Toby lamiendo frenéticamente el juguete de goma.
Puri se acercó al perro y lo miró con lástima.
—Pobre bicho —dijo Puri—. Ahora además de ansiedad, vas a tener un complejo de inferioridad que no te lo quita ni el Papa de Roma.
—Suegra, por favor, ha sido una sesión muy productiva —dijo Sandra, guardando la alfombra de olfato.
—Productiva para su cuenta corriente, desde luego —replicó Puri.
—¿No te has fijado en lo relajado que está Toby ahora? —preguntó Sandra, señalando al animal.
—Está relajado porque se ha pegado un atracón de pavo y paté —dijo Puri con lógica implacable—. Dale eso mismo a cualquier parado de la calle y también se queda relajado.
Sandra suspiró, dándose cuenta de que la verdadera terapia la iba a necesitar ella para aguantar a su suegra durante las próximas cinco semanas.
—Mañana empezaremos con las salidas de diez segundos —anunció Sandra con determinación.
Puri se sentó en su sillón orejero y encendió la televisión.
—Pues avisadme cuando salgáis —dijo la mujer—, para que pueda reírme a gusto sin que el “facilitador” me diga que estoy rompiendo el vínculo interespecies.
Toby levantó la vista del juguete, miró a Puri y soltó un pequeño ladrido.
—¿Ves? —dijo Puri—. ¡Hasta el perro se está riendo de vosotros!
Sandra se retiró a su cuarto, murmurando algo sobre la falta de empatía generacional, mientras Puri se acomodaba para ver el programa de la tarde, convencida de que el mundo, definitivamente, se había ido al garete.
PARTE 3
El martes por la mañana, la escalera del bloque parecía el escenario de una película de suspense de bajo presupuesto.
Sandra y Alberto estaban parados frente a la puerta de su casa, con el cronómetro del móvil en la mano.
Puri los observaba desde el fondo del pasillo interior, apoyada en el marco de la cocina con un trapo de cocina al hombro.
—¿Listos? —susurró Sandra, como si estuvieran a punto de asaltar el Banco de España.
—Listos —respondió Alberto, que se sentía ridículo en niveles astronómicos.
Abrieron la puerta, salieron al rellano, cerraron con cuidado y se quedaron allí plantados, mirando fijamente la pared de gotelé.
—Uno… dos… tres… —contaba Sandra en voz baja.
Dentro de la casa, Puri se acercó a Toby, que estaba sentado mirando la puerta con las orejas gachas.
—Mira, Toby, ahí fuera están tus dueños haciendo el canelo —le susurró la suegra al perro.
Al llegar a diez, Sandra y Alberto volvieron a entrar con una naturalidad tan forzada que parecían robots con falta de aceite.
—Ignóralo, Alberto, no le mires —advirtió Sandra mientras pasaban por delante del perro sin dirigirle ni una palabra.
Toby los siguió con la mirada, moviendo la cola tímidamente, sin entender por qué sus humanos favoritos se comportaban como si él fuera invisible.
—¡Es increíble! —exclamó Puri desde la cocina—. ¡Es como vivir con dos fantasmas que tienen un cronómetro!
—Es el protocolo de desensibilización, mamá —dijo Alberto, volviendo a salir al pasillo para la repetición de veinte segundos.
—Desensibilización… —repitió Puri—. Lo que estáis es desequilibrados, que es otra cosa.
Esta rutina se repitió durante toda la mañana, bajo la mirada burlona de Puri y el desconcierto creciente de Toby.
Al mediodía, el perro decidió que si no le hacían caso, él tampoco tenía por qué portarse bien.
Aprovechando que Sandra y Alberto estaban fuera en su salida de dos minutos, Toby decidió que la zapatilla de andar por casa de Puri era un excelente juguete de estimulación cognitiva.
Cuando los “fantasmas” regresaron, se encontraron a Puri persiguiendo al perro por todo el salón.
—¡Suelta eso, pedazo de sinvergüenza! —gritaba Puri, armada con el plumero.
—¡Mamá, no! —gritó Sandra—. ¡Estás reforzando su conducta de búsqueda de atención mediante el conflicto!
Puri se detuvo en seco, roja como un tomate.
—¿Reforzando qué? —rugió la suegra—. ¡Que me está destrozando la zapatilla de fieltro que me regalasteis por Reyes!
—Borja dijo que si hace algo malo, hay que redirigir su energía hacia un objeto permitido —explicó Sandra, tratando de quitarle la zapatilla a Toby con una suavidad extrema.
—¡Redirigir energía ni qué niño muerto! —exclamó Puri—. ¡Lo que hay que darle es un grito que se le quiten las ganas de comerse nada que no sea su pienso de treinta euros el saco!
Toby, viendo que la zapatilla era el centro de la atención general, empezó a correr en círculos, saltando sobre el sofá con la pieza cobrada en la boca.
—¡Mira qué asertivo está el animal! —se burló Puri—. ¡Si es que es un genio de la psique canina!
Alberto intentó intervenir, pero cada vez que se acercaba, Toby lo esquivaba con una agilidad impropia de un perro con “depresión”.
—¡Sandra, esto no funciona! —dijo Alberto, jadeando.
—Es que estamos en la fase de crisis —argumentó Sandra—. El cambio genera resistencia en el sistema.
—Lo único que genera resistencia es mi paciencia, que se está agotando —sentenció Puri, sentándose en su sillón con un solo pie calzado.
La tarde no fue mejor.
Sandra insistió en que debían realizar la “terapia de espejo”, que consistía en imitar los movimientos del perro para crear empatía.
Puri se asomó al salón y vio a su nuera gateando por la alfombra mientras Toby la miraba con una expresión de absoluto terror.
—Alberto, hijo mío —dijo Puri con voz solemne—. Llama al médico de cabecera. A tu mujer se le ha terminado de ir la pinza.
—Es etología de vanguardia, mamá —respondió Alberto, aunque él mismo empezaba a dudar de la cordura de la situación.
—Vanguardia… —bufó Puri—. En mis tiempos a eso se le llamaba estar como una regadera.
El clímax de la tensión llegó cuando Sandra anunció que, siguiendo los consejos de Borja, debían cambiar la dieta de Toby a una alimentación natural cruda.
—¿Cruda? —preguntó Puri—. ¿Como los hombres de las cavernas?
—Es más acorde con su sistema digestivo evolutivo —explicó Sandra mientras sacaba del congelador unos paquetes que contenían cuellos de pollo y vísceras de ternera.
Puri se acercó a la encimera y miró con horror los restos sanguinolentos.
—¿Y tú pretendes que yo tenga eso en mi nevera junto a mi cuarto de kilo de chopped? —preguntó la suegra, con náuseas visibles.
—Está todo higienizado, suegra —aseguró Sandra.
—A mí me da igual la higiene —replicó Puri—. A mí lo que me da es que ese perro se va a volver un salvaje en cuanto pruebe la sangre.
—¡No diga tonterías, suegra! —protestó Sandra—. Es solo comida.
—Comida dice… —masculló Puri—. El día que os quedéis dormidos, el perro os va a mirar con otros ojos, os lo digo yo.
Esa noche, Toby cenó sus cuellos de pollo con un ruido de huesos crujiendo que se oía desde el pasillo.
Puri se encerró en su cuarto, convencida de que estaba conviviendo con una fiera sedienta de sangre y dos locos que le pagaban a un tipo para que les enseñara a salir y entrar de casa.
Al día siguiente, Borja regresó para la segunda sesión.
Entró con la misma sonrisa y la misma riñonera, ajeno al caos doméstico que había sembrado.
—¿Cómo va ese vínculo? —preguntó Borja con optimismo.
Puri no le dio tiempo a Sandra para responder.
—El vínculo va de maravilla —dijo la suegra, apareciendo de la nada—. El perro se ha comido mi zapatilla, mi nuera se cree que es una perra y mi hijo tiene cara de querer irse a vivir debajo de un puente.
Borja parpadeó, procesando la información.
—Interesante —dijo el etólogo—. Es una catarsis sistémica.
—Llámele como quiera —replicó Puri—, pero yo a este paso me veo comprando zapatillas nuevas cada semana.
Borja se sentó en el suelo y observó a Toby, que esta vez no se acercó a él, sino que se quedó escondido detrás de las piernas de Puri.
—Vaya —observó Borja—, el sujeto ha buscado refugio en la figura de autoridad más estable.
Puri miró al perro y luego al psicólogo.
—¿Qué dice? —preguntó la mujer.
—Digo que, inconscientemente, usted es la que le da seguridad al animal —explicó Borja—. Usted no lo trata con dudas, usted es previsible para él.
Sandra se quedó pálida.
—¿Me está diciendo que el perro prefiere a mi suegra, que quiere darle con una correa, antes que a mí, que le compro flores de Bach? —preguntó Sandra, herida en su orgullo de “dog mom”.
—El perro no entiende de flores de Bach, Sandra —dijo Borja con suavidad—. El perro entiende de energía y de jerarquía clara. La señora, aunque sea… un poco brusca, tiene una energía de líder de manada.
Puri se irguió en su asiento, sintiendo un orgullo repentino.
—¿Lo veis? —dijo Puri, mirando a su hijo y a su nuera—. ¡Líder de manada! ¡Y sin cobrar cincuenta euros la hora!
—Esto cambia el enfoque —dijo Borja, tomando notas—. Necesitamos que Sandra trabaje su empoderamiento canino.
—Lo que necesitáis es dejar de decir palabras raras y sacar al perro a que corra un poco —sentenció Puri.
Borja sacó entonces un nuevo artefacto de su mochila: un silbato de ultrasonidos.
—Vamos a trabajar la llamada —anunció.
Puri miró el silbato con sospecha.
—¿Y eso para qué sirve? —quiso saber.
—Para comunicarnos en una frecuencia que solo él percibe —respondió Borja.
—O sea, que ahora además de locos, vais a parecer mudos pitando al aire —comentó Puri con una sonrisa burlona.
La sesión continuó con Sandra intentando que Toby acudiera a su lado mediante soplidos silenciosos en el silbato, mientras el perro seguía imperturbable al lado de Puri, esperando a ver si a la mujer se le caía algún trozo de algo comestible.
—Es un caso de transferencia afectiva —diagnosticó Borja al finalizar la hora.
—Es un caso de que el perro sabe quién manda aquí —corrigió Puri.
Cuando Borja se marchó con otros cincuenta euros en el bolsillo, Sandra se sentó en el sofá, completamente abatida.
—He fracasado como guía multiespecie —sollozó Sandra.
—No has fracasado, hija —dijo Puri, acercándose con una rara muestra de ternura—. Lo que pasa es que te dejas engañar por cualquiera que use palabras que no vienen en el diccionario.
Alberto se acercó también y puso una mano en el hombro de su mujer.
—A lo mejor mamá tiene razón, Sandra —dijo Alberto—. A lo mejor estamos complicando algo que es muy sencillo.
Sandra levantó la vista, mirando a Toby, que ahora dormitaba plácidamente a los pies de Puri.
—Pero… ¿y la ansiedad por separación? —preguntó Sandra.
—La ansiedad la tienes tú, niña —dijo Puri—. El perro lo único que tiene es sueño y ganas de que dejes de gatear por la alfombra.
Sin embargo, el destino tenía preparada una última prueba para la familia, una que pondría a prueba todas las teorías de Borja y todos los prejuicios de Puri.
Esa misma noche, algo ocurrió que cambiaría la dinámica del hogar para siempre.
PARTE 4
Eran las tres de la mañana cuando un ruido metálico despertó a Puri.
No era el ronquido habitual de Alberto, ni el sonido de la nevera.
Era un roce sutil, como de alguien intentando forzar la cerradura de la puerta de entrada.
Puri, que tenía el sueño ligero de quien siempre espera que pase algo malo, se sentó en la cama de un salto.
Se puso la bata, cogió su zapatilla superviviente y salió al pasillo con la cautela de un comando de élite.
En el salón, la oscuridad era casi total, salvo por el brillo de los ojos de Toby.
El perro no estaba ladrando.
Recordando las palabras de Borja sobre la “calma asertiva”, Toby se mantenía en silencio, pero su cuerpo estaba en tensión, apuntando hacia la puerta.
—¿Qué pasa, Toby? —susurró Puri, acercándose al animal.
De repente, la cerradura cedió con un chasquido seco.
La puerta se abrió unos centímetros y una figura oscura empezó a deslizarse hacia el interior.
Puri sintió que el corazón se le escapaba por la boca, pero antes de que pudiera gritar, Toby reaccionó.
No fue un ladrido histérico de perro con ansiedad.
Fue un rugido profundo, gutural, un sonido que parecía venir de lo más profundo de sus ancestros lobos.
El perro se lanzó hacia la puerta como un proyectil peludo.
El intruso, sorprendido por aquel ataque repentino en una casa que creía habitada por gente tranquila, soltó un grito de terror.
—¡Aaaah! ¡Quita bicho! —gritó el hombre, tropezando con el paragüero.
En ese momento, las luces del pasillo se encendieron.
Sandra y Alberto aparecieron en calzoncillos y pijama, con los ojos como platos.
Vieron a Toby sujetando firmemente la pernera del pantalón del ladrón, mientras Puri, armada con su zapatilla de fieltro, le propinaba golpes en la cabeza al intruso.
—¡Toma! ¡Por querer robarnos! —gritaba Puri—. ¡Y toma! ¡Por hacernos gastar en psicólogos!
El ladrón, viéndose superado por una anciana furiosa y un perro que no parecía tener ningún tipo de conflicto emocional en ese momento, logró zafarse y salió huyendo escaleras abajo, dejando atrás una zapatilla deportiva y mucho miedo.
Alberto corrió a cerrar la puerta con llave y echó el cerrojo.
El silencio volvió al piso, pero era un silencio diferente, vibrante de adrenalina.
Toby se quedó plantado en medio del salón, moviendo la cola con una energía renovada, mirando a Puri como esperando su aprobación.
Puri se acercó al perro, dejó la zapatilla en el suelo y le acarició la cabeza con una fuerza que desbordaba cariño.
—Buen chico, Toby —dijo la suegra con la voz entrecortada—. Muy buen chico.
Sandra se acercó lentamente, mirando la escena con incredulidad.
—¿Habéis visto eso? —preguntó Sandra—. ¡Ha defendido la casa! ¡Su instinto de protección ha anulado su ansiedad!
Puri miró a su nuera y soltó una carcajada, pero esta vez no era sarcástica, era una risa de alivio.
—¡Qué instinto ni qué ocho cuartos, Sandra! —dijo Puri—. ¡Lo que pasa es que el perro se ha dado cuenta de que si nos roban la televisión, no va a tener quién le ponga el pavo de los cincuenta euros!
A la mañana siguiente, Borja llamó para confirmar la tercera sesión.
Fue Puri quien cogió el teléfono.
—Mire, joven del vínculo —dijo Puri con voz firme—. El perro ya está graduado.
—¿Cómo que graduado? —preguntó Borja desde el otro lado del hilo.
—Que ya ha hecho su tesis doctoral en defensa propia y en ahorro doméstico —explicó la suegra—. Así que ya no hace falta que venga más. Quédese con los cien euros que ya le hemos dado y cómprese un diccionario de español, del normal.
Puri colgó el teléfono con una satisfacción que no había sentido en años.
Sandra, que la observaba desde la cocina, no dijo nada.
Simplemente se acercó a Toby y le puso un collar nuevo, uno de cuero resistente que Puri misma había ido a comprar a la ferretería del barrio a primera hora de la mañana.
—¿Y qué vamos a hacer con la alfombra de olfato y el juguete de goma? —preguntó Alberto, desayunando tranquilamente.
—La alfombra la pones en el baño, que absorbe bien el agua —decidió Puri—. Y el juguete ese… tíralo a la basura, que me da vergüenza tener eso en el salón.
Desde aquel día, Toby no volvió a llorar cuando se quedaba solo.
Quizás porque se sentía el guardián de la fortaleza, o quizás porque Puri, a escondidas de Sandra, le dejaba siempre un trozo de corteza de queso para que se entretuviera.
La ansiedad por separación desapareció, sustituida por una complicidad absoluta entre la suegra y el perro.
A veces, por las tardes, se les veía a los dos en el sofá, Puri viendo las noticias y Toby con la cabeza apoyada en su regazo.
—¿Sabes qué, Toby? —le decía Puri mientras le rascaba detrás de las orejas—. Al final los cincuenta euros mejor gastados fueron los que no le pagamos hoy a ese sabelotodo.
Toby soltaba un suspiro de satisfacción, cerrando los ojos.
La vida en la casa volvió a la normalidad, una normalidad con sabor a guiso y olor a perro feliz.
Y Sandra, aunque a veces todavía echaba un vistazo a algún blog sobre psicología canina, había aprendido una lección valiosa.
A veces, el mejor tratamiento no está en los libros de vanguardia, sino en un poco de sentido común y un mucho de cariño de barrio.
La pregunta que quedaba en el aire para los vecinos del bloque, que habían sido testigos de las entradas y salidas de diez segundos, era inevitable.
¿Gastaríais dinero en un psicólogo canino sabiendo que una suegra con una zapatilla de fieltro puede ser más efectiva?
La respuesta, al menos en esa casa, estaba clara.
Y mientras el sol volvía a entrar por el ventanal, iluminando a Puri y a Toby, el mundo parecía un lugar un poco menos loco y mucho más auténtico.