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El sol de las diez de la mañana entraba por el ventanal del salón de Marta.

PARTE 1

El sol de las diez de la mañana entraba por el ventanal del salón de Marta.

Era una luz blanca, pura, casi quirúrgica.

Iluminaba cada rincón de su santuario de estilo escandinavo.

Todo era gris perla, madera de abedul clara y blanco roto.

Marta sostenía una taza de café artesanal, de comercio justo, mientras admiraba su alfombra de yute.

No había un solo objeto fuera de lugar.

Ni una mota de polvo se atrevía a posarse sobre la mesa de centro modelo Lövbacken.

El silencio era absoluto, roto solo por el suave zumbido del purificador de aire.

Era la paz antes de la tormenta.

De repente, un estruendo metálico retumbó desde la calle.

Marta frunció el ceño.

Era un sonido pesado, como de motor de camión viejo que se niega a morir.

Se acercó al balcón con el corazón latiéndole un poco más rápido.

Abajo, en doble fila, estaba la furgoneta blanca de su cuñado, Paco.

Y al lado, con las manos en las caderas y una sonrisa de triunfo, estaba ella.

Doña Consuelo.

Su suegra.

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