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El sol de la tarde entraba por la ventana del salón de aquel piso de Carabanchel con una timidez casi insultante.

PARTE 1

El sol de la tarde entraba por la ventana del salón de aquel piso de Carabanchel con una timidez casi insultante.

Arturo estaba arrodillado sobre el parqué flotante, ese que llevaban tres años diciendo que tenían que acuchillar pero que seguía igual de desgastado.

Tenía la espalda doblada en un ángulo que desafiaba todas las leyes de la ergonomía moderna.

Su mano derecha, armada con una linterna promocional que le habían regalado en una gasolinera de la A-4, se adentraba en la penumbra absoluta.

Buscaba desesperadamente el cargador del iPad, ese cable blanco que parecía tener la asombrosa capacidad de volatilizarse cada vez que la batería bajaba del diez por ciento.

El espacio entre el enorme armario empotrado de tres puertas y la pared de pladur era una auténtica fosa de las Marianas de la vida doméstica.

Allí abajo se amontonaban pelusas del tamaño de caniches toy, un calcetín desparejado que Arturo ya daba por muerto en la batalla de la lavadora y tres tazos de cuando era pequeño que vete tú a saber cómo habían terminado ahí.

Pero la linterna, en un giro dramático del destino, no iluminó el cable blanco.

El haz de luz mortecino chocó contra una superficie plástica que brillaba con un esplendor sospechoso.

Era una bolsa de papel grueso, satinado, de un color verde botella tan elegante que desentonaba por completo con el polvo acumulado en el rodapié.

Arturo frunció el ceño, sintiendo un escalofrío repentino que no tenía nada que ver con la corriente que entraba por el pasillo.

Reconoció el logotipo dorado de inmediato de una conocida tienda del centro de Madrid, de esas donde no te dan los buenos días si no llevas unos zapatos que cuesten tres cifras.

Agarró el asa de cordón trenzado con la punta de los dedos, tirando con el cuidado de un artificiero que desactiva un artefacto en mitad de la Gran Vía.

La bolsa opuso una leve resistencia, atrapada por una caja de zapatos vieja, pero finalmente cedió con un crujido sibilino.

Arturo se incorporó lentamente, apoyando las manos en sus rodillas, que emitieron un crujido seco que resonó en todo el dormitorio.

Se quedó de pie en mitad de la habitación, contemplando el botín como el inspector de policía que acaba de encontrar la prueba definitiva en la escena del crimen.

El peso de la bolsa delataba que no contenía precisamente un par de calcetines o una camiseta básica de diez euros.

Dentro había volumen, consistencia, el tacto inconfundible de la lana buena, de esa que no pica y que huele a tienda cara de Serrano.

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