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El sol de justicia de un domingo de mayo en Madrid rebotaba contra las persianas medio bajadas del salón.

PARTE 1

El sol de justicia de un domingo de mayo en Madrid rebotaba contra las persianas medio bajadas del salón.

En el aire flotaba ese olor inconfundible a sofrito de paella, mezcla de pimiento rojo, azafrán y esperanza.

Paco, con la camisa de lino abierta hasta el segundo botón, presidía la mesa con la autoridad que dan cuarenta años cotizados.

Hizo girar el palillo entre sus labios mientras observaba con ojo crítico cómo Lucía servía el vino.

Un Ribera del Duero que Dani había traído con la ilusión del que intenta comprar la paz familiar con una etiqueta elegante.

Dani, sentado frente a su padre, sudaba un poco, y no era solo por el calor de la capital.

Sabía que el comentario estaba al caer, como cae siempre el “gordo” de Navidad en una administración de barrio.

Lucía dejó la botella sobre el mantel de hule y se sentó, intentando que sus hombros no parecieran un muro de carga.

Había sido una semana larga en la agencia de publicidad, llena de reuniones sobre “engagement” y “branding”.

Lo último que necesitaba era una masterclass de economía doméstica de los años ochenta.

Paco carraspeó, un sonido seco que detuvo el tintineo de los cubiertos de Conchi en la cocina.

—Hay que ver cómo está el patio, ¿eh? —soltó Paco, lanzando el primer anzuelo al aire viciado del salón.

Dani miró su plato de aceitunas como si de repente fueran el objeto más interesante del universo.

Lucía, sin embargo, cometió el error de levantar la vista y sonreír por compromiso.

—Pues sí, Paco, la verdad es que la cosa está movidita —respondió ella, intentando ser diplomática.

Paco aprovechó la apertura con la precisión de un cirujano de la vieja escuela.

—Me ha contado tu madre que el casero os ha subido otros cincuenta euros este mes.

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