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El sol de domingo entraba por la ventana de la cocina con una impertinencia casi personal.

PARTE 1

El sol de domingo entraba por la ventana de la cocina con una impertinencia casi personal.

Era esa luz amarilla y densa que solo se ve en los pisos de barrio cuando el calor empieza a apretar.

Paco se rascó la nuca mientras observaba el panorama.

En el rincón de la cocina, donde siempre había estado el cubo de basura de toda la vida, ahora se erguía una estructura alienígena.

Tres cubos.

Tres.

Uno de un azul inmaculado que parecía sacado de una clínica privada.

Otro de un amarillo chillón que juraría que brillaba en la oscuridad.

Y el de siempre, el gris, que ahora parecía un paria al lado de sus nuevos compañeros.

Paco suspiró, dejando que el aire saliera de sus pulmones como si fuera el último aliento de un hombre derrotado.

Llevaba un palillo en la comisura de los labios, un resto de la comida que Elena había preparado con tanto esmero.

Paella, o algo que ella llamaba paella pero que a Paco le sabía a experimento sociológico.

Se acercó a los cubos con la precaución de quien se aproxima a una mina antipersona.

Sostenía en la mano la servilleta de papel, arrugada y manchada de grasa de conejo.

Dudó.

Miró el cubo azul.

Miró el amarillo.

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