PARTE 1
El sol de domingo entraba por la ventana de la cocina con una impertinencia casi personal.
Era esa luz amarilla y densa que solo se ve en los pisos de barrio cuando el calor empieza a apretar.
Paco se rascó la nuca mientras observaba el panorama.
En el rincón de la cocina, donde siempre había estado el cubo de basura de toda la vida, ahora se erguía una estructura alienígena.
Tres cubos.
Tres.
Uno de un azul inmaculado que parecía sacado de una clínica privada.
Otro de un amarillo chillón que juraría que brillaba en la oscuridad.
Y el de siempre, el gris, que ahora parecía un paria al lado de sus nuevos compañeros.
Paco suspiró, dejando que el aire saliera de sus pulmones como si fuera el último aliento de un hombre derrotado.
Llevaba un palillo en la comisura de los labios, un resto de la comida que Elena había preparado con tanto esmero.
Paella, o algo que ella llamaba paella pero que a Paco le sabía a experimento sociológico.
Se acercó a los cubos con la precaución de quien se aproxima a una mina antipersona.
Sostenía en la mano la servilleta de papel, arrugada y manchada de grasa de conejo.
Dudó.
Miró el cubo azul.
Miró el amarillo.
Elena apareció por la puerta, limpiándose las manos en el delantal.
Llevaba esa sonrisa de suficiencia que Paco solo le veía cuando ella creía que estaba salvando el mundo.
—¿Pasa algo, suegro? —preguntó ella, con una voz que pretendía ser dulce pero que escondía un filo de acero.
Paco no la miró.
Seguía concentrado en la servilleta.
—¿Esto dónde va, Elena? —dijo él, señalando el papel con un gesto solemne.
—En el gris, Paco, es resto —respondió ella, como quien le explica los colores a un niño de tres años.
Paco dejó caer la servilleta con un desprecio absoluto.
—Tres cubos de basura —masculló él, volviéndose por fin hacia su nuera.
—¿Tres? ¡Pero si luego lo juntan todo en el camión!
Elena cerró los ojos un segundo, buscando una paciencia que claramente se le estaba agotando.
—No lo juntan, suegro. De verdad.
Paco soltó una carcajada seca, una de esas que suenan a madera vieja crujiendo.
Se apoyó en la encimera, cruzando los brazos sobre su pecho, marcando territorio.
—Eso es lo que te dicen a ti para que estés tranquila —sentenció él.
—Yo he visto el camión pasar a las tres de la mañana desde el balcón.
—Viene un camión, Elena. Uno solo.
—No vienen tres camiones, uno para cada color, como si fuera una cabalgata de Reyes.
Elena suspiró, acercándose un paso más, invadiendo el espacio vital de su suegro.
—Paco, el camión tiene compartimentos. Por dentro está dividido.
Él arqueó una ceja, incrédulo.
—¿Compartimentos? ¿Como un joyero?
—Venga ya, Elena, no me tomes por tonto, que yo he visto cómo vuelcan los cubos.
—El tío del camión llega ahí, le da a la palanca, y eso cae todo al mismo montón de mierda.
Elena se pasó una mano por la frente, apartándose un mechón de pelo.
—No es así, de verdad, está todo estudiado.
—Hay que reciclar para el futuro de sus nietos, Paco. ¿No quiere que Javi y Lucía tengan un planeta donde respirar?
Paco hizo una mueca, como si le hubieran dado a probar un limón.
—¿El futuro de mis nietos? —repitió, paladeando las palabras.
—El futuro de mis nietos depende de que estudien y de que no les roben en la cara, no de si pongo el cartón de la leche en un sitio o en otro.
Se acercó al cubo amarillo y le dio un toquecito con la puntera de la zapatilla de cuadros.
—Esto es un invento para que nosotros les hagamos el trabajo gratis a las empresas —declaró con la seguridad de un catedrático.
Elena se cruzó de brazos, imitando la postura de él.
—¿Qué empresas, Paco? ¿De qué habla?
—De todas —respondió él, abriendo mucho los brazos para abarcar el universo entero.
—Antes tú comprabas la leche en una botella de cristal, la devolvías a la tienda y te daban unas pesetas.
—Eso era reciclar. Y ellos se encargaban de limpiarla.
—Ahora te venden el plástico, te obligan a pagarlo, y luego quieren que tú lo laves, lo separes y se lo dejes masticadito en la puerta.
—¡Y encima te cobran la tasa de basuras más cara que nunca!
Elena negó con la cabeza, empezando a sentir ese ligero tic en el ojo izquierdo.
—No es trabajar para ellos, Paco, es responsabilidad civil.
—Es ser un pringao con carnet —replicó él rápidamente.
—Yo me paso el día doblando cartones para que un señor en una oficina se ahorre el sueldo de tres empleados.
—¿Tú te crees que yo nací ayer?
Se acercó a la mesa y cogió su vaso de vino, dándole un sorbo corto pero intenso.
—Mira, Elena, a mí me gusta que la casa esté limpia, eso te lo compro.
—Pero esto de los colorines es una religión nueva.
—Y tú eres la suma sacerdotisa del plástico biodegradable.
Elena dejó escapar una risa nerviosa.
—No sea dramático, que solo le he pedido que no tire la cáscara del plátano al papel.
—¡Es que es un sinvivir! —exclamó Paco, subiendo el tono.
—El otro día me pasé cinco minutos mirando un sobre de esos que tienen papel por fuera y burbujitas por dentro.
—¿Eso qué es? ¿Es papel? ¿Es plástico? ¿Es una crisis de identidad?
—Casi me da un parraque intentando decidir en qué cubo iba.
Elena se acercó y le puso una mano en el hombro, un gesto que pretendía ser conciliador pero que Paco sintió como una amenaza.
—Paco, si tiene dudas, se separa. El plástico por un lado, el papel por otro. Es fácil.
—¡Fácil dice! —Paco se zafó del contacto suavemente.
—Lo que es fácil es tirarlo todo a una bolsa negra, cerrarla con dos nudos y olvidarse del mundo.
—Como se ha hecho toda la vida y no nos ha pasado nada.
—Bueno, excepto que el mar está lleno de islas de basura del tamaño de Francia —apuntó Elena con sarcasmo.
Paco la miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—¿Tú has visto esa isla, Elena? ¿Has estado allí?
—Porque yo he ido a Benidorm todos los años y lo único que flota es algún que otro dominguero que se ha pasado con las cañas.
—No me vengas con cuentos de National Geographic.
Elena suspiró, volviendo a la pila de platos para empezar a fregar.
—Es inútil discutir con usted cuando se pone en plan conspiranoico.
—No es conspiranoia, hija, es observación de la realidad.
Paco se sentó en la silla de madera, la que siempre chirriaba, y se puso a observar cómo ella fregaba.
—¿Y el cristal? —preguntó de repente.
—¿Qué pasa con el cristal? —dijo ella sin volverse.
—Que el contenedor del cristal está a tres manzanas, Elena. A tres.
—¿Tú quieres que un hombre de mi edad vaya cargado con seis botellas de vino vacío haciendo ruido por toda la calle?
—Parece que vengo de una boda o de una cura de desintoxicación.
—¡La gente me mira! —añadió con indignación impostada.
Elena se rió, esta vez de verdad.
—Nadie le mira, Paco. Todo el mundo hace lo mismo.
—No te creas. El otro día vi a la del cuarto, la Reme, tirando una bolsa entera de botes de conserva al cubo de la basura normal.
—A escondidas, eso sí. Mirando a los lados como si estuviera pasando droga.
—Esa mujer tiene sentido común. Sabe que la vida es corta para andar clasificando vidrios.
Elena cerró el grifo y se giró, secándose las manos con un trapo.
—La Reme es una incívica, y usted un vago, Paco.
—¡Oiga! —Paco fingió sentirse ofendido, pero se le escapó una sonrisilla.
—Vago no. Soy un hombre práctico.
—Un hombre que no entiende por qué tiene que tener un vertedero municipal en el centro de su cocina de seis metros cuadrados.
Miró de nuevo los tres cubos.
Ocupaban casi todo el espacio libre bajo la encimera.
—Si seguimos así, el año que viene tendremos que cenar en el rellano porque los cubos habrán alquilado la cocina.
—Uno para el metal, otro para las pilas, otro para la ropa vieja, otro para los sentimientos de culpa…
Elena soltó una carcajada y se sentó frente a él.
—Es exagerado, de verdad. Solo son tres.
—Tres hoy —dijo Paco, señalando con el dedo índice—. Mañana serán seis.
—Es el progreso, suegro. Hay que adaptarse.
Paco volvió a mirar el cubo amarillo.
—Progreso es que los coches vuelen, no que yo tenga que saber si un tetrabrick es cartón o aluminio.
—Que, por cierto, ¿qué es? Porque por fuera parece cartón pero por dentro brilla como una nave espacial.
Elena se recostó en la silla, preparándose para la lección.
—El tetrabrick va al amarillo, Paco. Siempre al amarillo.
—¿Ves? —dijo él, triunfante—. ¡No tiene sentido!
—Si es cartón, debería ir al azul. Si va al amarillo, es que nos están engañando.
—Es un material compuesto, Paco —explicó ella con paciencia infinita.
—Compuesto para volvernos locos a los jubilados.
Se hizo un silencio en la cocina, solo roto por el sonido lejano de una moto pasando por la calle.
Paco miró su vaso vacío.
—¿Queda más vino de ese que viene en botella de cristal de la que no se recicla sola? —preguntó.
Elena sonrió y se levantó para buscar la botella.
—Sí, Paco. Pero cuando se acabe, le toca a usted bajarla al contenedor. Al verde. El de las tres manzanas de distancia.
Paco refunfuñó algo ininteligible sobre la tiranía del ecologismo.
Pero en el fondo, sabía que la batalla por el cubo de basura solo acababa de empezar.
PARTE 2
Marcos entró en la cocina justo en el momento en que la tensión se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Vio a su padre con la botella de vino en la mano, examinando la etiqueta como si buscara un mensaje oculto del Ministerio de Transición Ecológica.
—¿Todavía seguís con el tema de los cubos? —preguntó Marcos, yendo directo a la nevera.
—Tu mujer, que quiere montar aquí una sucursal de la planta de tratamiento de basuras de Valdemingómez —dijo Paco, sin levantar la vista del vidrio.
Elena le lanzó una mirada a su marido que decía claramente: “Llévatelo de aquí antes de que le tire el cubo azul a la cabeza”.
Marcos, que conocía perfectamente a ambos, decidió jugar a dos bandas.
—Papá, es que ahora es así en todos lados. En la oficina tenemos cinco papeleras diferentes.
Paco dejó la botella sobre la mesa con un golpe seco.
—¡Cinco! ¿Y qué tiráis en la quinta? ¿Los sueños rotos de los empleados?
—No, hombre. Una es para el tóner, otra para el papel confidencial… esas cosas.
Paco resopló, sirviéndose un poco más de vino.
—Confidencial. Como si a alguien le importara lo que escribís en esos papeles.
—Seguro que luego llega el de la limpieza y lo vuelca todo en la misma saca.
—Es que no aprendéis. Os tienen aborregados con el discursito de la sostenibilidad.
Elena, que intentaba mantenerse al margen mientras guardaba los restos de la comida, no pudo evitar saltar.
—No es un discurso, Paco. Es una necesidad.
—¿Usted sabe la cantidad de plástico que hay en el estómago de los peces?
Paco la miró con una calma exasperante.
—Elena, hija, yo los peces que me como vienen en una bandeja de corcho blanco.
—Y ese corcho blanco, ¿dónde va? ¿Eh? ¿En el amarillo o en el gris?
Elena dudó un milisegundo.
—En el amarillo —dijo, aunque no estaba segura al cien por cien.
—¡Lo ves! —gritó Paco, señalándola con el dedo—. ¡Dudas!
—Si tú, que eres la capitana del reciclaje, dudas, ¿qué esperas de un pobre viejo que creció tirando las mondas de patata por el patio de luces?
Marcos se sentó al lado de su padre, intentando mediar.
—Venga, papá, no seas así. Si solo es un gesto.
—Un gesto, un gesto… —repitió Paco—. Así se empieza.
—Primero te obligan a separar la basura.
—Luego te dirán que solo puedes ducharte dos veces por semana para ahorrar agua.
—Y acabaremos todos viviendo en cuevas para no dejar huella de carbono.
—¿Tú sabes la huella que dejo yo? —preguntó Paco, levantando el pie y enseñando la suela de su zapatilla.
—Un 42. Esa es mi huella. Y no pienso cambiarla.
Elena se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos.
—Nadie le pide que viva en una cueva, suegro.
—Solo le pedimos que cuando termine el yogur, no tire el envase al mismo sitio que los restos del pollo.
Paco se echó hacia atrás en la silla, haciendo que la madera protestara.
—¿Y el pollo? —preguntó con malicia.
—¿Qué pasa con el pollo? —dijo Marcos, sospechando la trampa.
—¿A qué cubo va el hueso del pollo? —inquirió Paco—. Porque es orgánico, ¿no?
—Pero no es plástico. Ni papel. Ni cristal.
—¿Tenemos un cubo para cadáveres de aves o qué?
Elena suspiró profundamente.
—Va al marrón, Paco. Al de orgánica.
Paco abrió los ojos como si acabara de descubrir un continente nuevo.
—¿Marrón? ¿Qué marrón? Yo aquí solo veo tres cubos.
—¿Me estás ocultando el cuarto cubo, Elena?
—¿Lo tienes escondido en la despensa para que no me asuste?
Elena apretó los labios.
—En esta comunidad todavía no han puesto el contenedor marrón en la calle, así que de momento va al gris, al de resto.
Paco soltó una carcajada triunfal que resonó en toda la cocina.
—¡Ajá! ¡Ahí lo tienes!
—¡El sistema falla! ¡Es una chapuza nacional!
—Me obligas a separar el plástico porque el mundo se acaba, pero los huesos de pollo me dejas tirarlos al montón porque todavía no han comprado pintura marrón para los contenedores.
—Es de chiste, Marcos. Tu mujer vive en una contradicción constante.
Marcos miró a Elena, pidiendo auxilio con la mirada, pero ella estaba demasiado ocupada contando mentalmente hasta diez.
—Papá, es un proceso gradual —dijo Marcos—. No se puede cambiar todo de la noche a la mañana.
—Ya, ya. El proceso gradual de volvernos locos a todos —replicó Paco.
Se levantó de la silla con cierta dificultad y se acercó a la encimera.
Cogió un envase vacío de margarina que Elena había dejado allí para lavar.
—¿Y esto? ¿Por qué lo lavas? —preguntó, elevando el envase como si fuera el Santo Grial.
—Para que no huela y para que se pueda reciclar mejor —respondió Elena desde el otro lado de la cocina.
Paco miró el envase y luego miró el grifo.
—O sea, que gastas agua potable, que es un bien escasísimo según tú, para lavar un trozo de plástico que luego vas a tirar.
—Gastas agua, gastas detergente, gastas tu tiempo…
—¿Para qué? ¿Para que el plástico llegue reluciente a la fábrica?
—¿Es que los de la planta de reciclaje son tan finos que no pueden tocar un poco de grasa de margarina?
Elena se acercó a él, arrebatándole el envase de las manos.
—Se lava para que no contamine el resto del plástico, Paco. Es sentido común.
—No, Elena, es un ritual —corrigió él—. Es como cuando los curas lavan el cáliz.
—Tú estás bautizando a la margarina antes de mandarla al cielo de los plásticos.
—Y mientras tanto, el contador del agua dando vueltas.
—¿Eso no contamina? ¿Fabricar el detergente no contamina?
—Estáis tan metidos en el bosque que no veis los árboles.
Marcos intervino, tratando de poner un poco de lógica en el caos.
—Tiene parte de razón, Elena. A veces lo de lavar el plástico es un poco excesivo.
Elena miró a su marido como si acabara de verle brotar una segunda cabeza.
—¿Tú también, Marcos? ¿Te vas a poner de parte de este anarquista del vertedero?
—No me pongo de parte de nadie —dijo Marcos, levantando las manos en señal de paz—. Solo digo que el hombre tiene sus puntos.
Paco se sintió crecido.
Se sirvió el último dedo de vino que quedaba en la botella.
—Claro que tengo puntos. Tengo los puntos de la experiencia.
—He visto pasar modas de todo tipo.
—He visto cuando el aceite usado se tiraba por el fregadero y no pasaba nada.
—He visto cuando la gente fumaba en los hospitales.
—Y ahora resulta que si no lavo el bote de la margarina soy un criminal de guerra.
Elena se sentó, derrotada por el momento.
—No es un criminal, Paco. Es solo que el mundo ha cambiado.
—Ya no somos cuatro gatos. Somos miles de millones consumiendo como locos.
Paco se quedó pensativo un momento, mirando por la ventana hacia los bloques de pisos de enfrente.
—Si somos tantos consumiendo como locos, la solución no es que yo separe tres cubos.
—La solución es que dejen de venderlo todo envuelto en tres capas de plástico.
—Vas a comprar tres manzanas y parece que vas a comprar uranio enriquecido.
—Bandeja de corcho, plástico por encima, etiqueta pegada…
—¿Por qué no me dan las manzanas en una bolsa de papel y ya está?
Elena asintió lentamente.
—En eso estoy de acuerdo con usted. El exceso de embalaje es un problema.
—¡Pues claro que lo es! —exclamó Paco—. Pero es más fácil echarle la culpa al abuelo que no sabe dónde va el tetrabrick.
—Nos pasan la pelota a nosotros.
—Nosotros separamos, nosotros lavamos, nosotros bajamos la basura a tres contenedores distintos…
—Y ellos se lavan las manos y siguen forrándose vendiendo plástico.
Marcos sonrió.
—Vaya, papá. Te estás volviendo un activista ecologista radical sin darte cuenta.
Paco le lanzó una mirada fulminante.
—Yo no soy nada de eso. Yo soy un hombre que no quiere que le tomen el pelo.
—Y ahora, si me disculpáis, voy a tirar esta botella al contenedor verde.
—No porque crea en el futuro del planeta, sino porque no quiero que Elena me dé la tarde.
Paco cogió la botella vacía por el cuello, como quien lleva un arma.
—Pero que conste —dijo antes de salir de la cocina—, que si veo que el camión lo junta todo, la próxima vez lo tiro por la ventana.
Elena y Marcos se quedaron en silencio, escuchando los pasos de Paco alejándose por el pasillo.
—¿Crees que lo hará? —preguntó Marcos.
—¿Lo de tirarlo por la ventana? No —respondió Elena—. Pero se va a quedar media hora vigilando el contenedor, eso seguro.
En la calle, el sol seguía brillando, ajeno a las pequeñas batallas domésticas sobre el destino de un envase de margarina.
PARTE 3
Paco bajó las escaleras con la botella de vino bajo el brazo, como si fuera un tesoro o una prueba del delito.
No quiso usar el ascensor.
Necesitaba tiempo para rumiar su indignación.
Al llegar al portal, se encontró con Manolo, el vecino del segundo, que estaba sacando a pasear a su perro, un chucho pequeño y nervioso que siempre intentaba morderle los tobillos a Paco.
—¿Qué hay, Paco? ¿De mudanza? —bromeó Manolo, señalando la botella.
—De procesión, Manolo. De procesión al templo del vidrio —respondió Paco con amargura.
Manolo se rió, mientras el perro daba vueltas alrededor de las piernas de Paco.
—Ya te ha enganchado la nuera, ¿eh? La mía es igual. Me tiene el balcón que parece un punto limpio.
—Es una enfermedad, Manolo. Una enfermedad contagiosa —dijo Paco, retomando su camino hacia la calle.
Caminó las tres manzanas.
Efectivamente, allí estaba el iglú verde, rodeado de restos de cajas de cartón que alguien, con mucha fe y poca puntería, había intentado meter en el contenedor azul de al lado.
Paco se detuvo frente al contenedor de vidrio.
Leyó las pegatinas.
“Solo vidrio. No cerámica. No bombillas”.
—¿Y si tengo una bombilla de vidrio? —se preguntó Paco en voz alta.
—¿Dónde va? ¿En un limbo para objetos que no encajan en el sistema?
Miró a su alrededor. No había nadie.
Introdujo la botella por el agujero circular.
El sonido del cristal rompiéndose al caer contra otros envases le produjo una extraña satisfacción.
Fue un estruendo violento, definitivo.
—Ahí te quedas, a ver si es verdad que te conviertes en otra botella —masculló.
De camino de vuelta, pasó por delante de una cafetería.
Vio a un grupo de jóvenes sentados en la terraza, bebiendo en vasos de plástico con pajitas de colores.
Paco se detuvo un momento, observándolos.
Sentía una punzada de injusticia.
—Ahí los tienes —pensó—. Los del futuro del planeta.
—Usando pajitas para un café con hielo y luego vendrán a decirme a mí que no tire el sobre del banco al cubo normal.
Regresó al piso con el ánimo encendido.
Al entrar de nuevo en la cocina, Elena estaba intentando meter una caja de pizza vacía en el contenedor azul.
La caja era claramente más grande que la boca del cubo.
Estaba forcejeando, sudando un poco, con una determinación casi religiosa.
—Eso no va a entrar ahí, Elena —dijo Paco, apoyándose en el marco de la puerta—. Por mucho que le reces a San Reciclaje.
Elena le lanzó una mirada de soslayo, sin soltar la caja.
—Tiene que entrar. Si la doblo bien, entra.
—¡Pero si está llena de grasa! —señaló Paco—. El otro día leí en el periódico que el cartón manchado de grasa no se puede reciclar con el papel limpio.
Elena se detuvo en seco.
Se quedó mirando la mancha de aceite de pepperoni en el fondo de la caja.
Fue como si Paco le hubiera dado un golpe bajo con su propia lógica.
—¿Dónde lo ha leído? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—En el suplemento del domingo. Un artículo de tres páginas —mintió Paco con una maestría absoluta.
—Decía que una sola caja de pizza sucia puede arruinar una tonelada de papel reciclado.
—O sea, que por tu culpa, Elena, el bosque del Amazonas podría desaparecer.
Elena soltó la caja de pizza como si quemara.
Se quedó mirándola, tirada en el suelo de la cocina, como un resto de naufragio.
—Entonces… ¿va al gris? —preguntó, visiblemente confundida.
Paco se encogió de hombros, disfrutando de su pequeño triunfo.
—Según tu teoría de la salvación mundial, debería ir a un sitio especial.
—Pero como no lo hay, supongo que va al de los pecadores. Al gris.
Elena se sentó en la silla, pasando las manos por su cara.
—Es desesperante. Intentas hacerlo bien y siempre hay un detalle que lo estropea.
Marcos entró en ese momento, ajeno al drama de la pizza.
—Oye, ¿habéis visto mis llaves? —preguntó.
—No sé, Marcos, ¿son de metal o de plástico? —saltó Paco—. Porque depende de lo que sean, estarán en un cubo o en otro.
Marcos miró a su padre y luego a su mujer.
—¿Qué os pasa ahora?
—Tu padre me está dando una lección de ingeniería de residuos —dijo Elena, señalando la caja de pizza.
—Solo le estoy informando de la realidad, hijo —añadió Paco—. La realidad es que esto es un laberinto sin salida.
—¿Y sabéis qué es lo peor? —continuó Paco, viniéndose arriba.
—Lo peor es que nos sentimos culpables.
—Tú te sientes mal porque la caja de pizza tiene aceite.
—Yo me siento mal porque no sé si el tapón de la botella va con la botella o va al amarillo.
—Y mientras tanto, los que realmente ensucian el mundo se están riendo de nosotros.
—¿Sabéis cuánta basura genera un crucero de esos que van por el Mediterráneo?
—¡Toneladas! —exclamó él mismo—. ¡Toneladas cada día!
—Y tiran de todo por la borda cuando nadie mira.
—Pero ey, Paco tiene que caminar tres manzanas para tirar una botella de Tío Pepe porque si no, es un mal abuelo.
Marcos suspiró, buscando un asiento.
—Papá, no puedes comparar una cosa con la otra.
—¿Por qué no? —desafió Paco—. Todo suma, ¿no? Eso es lo que decís.
—Pues si todo suma, que sumen también los grandes.
—Que me den el ejemplo ellos primero.
Elena levantó la vista, recuperando un poco de su fuego interno.
—Esa es la excusa de siempre para no hacer nada, Paco.
—”Como los demás lo hacen mal, yo también”.
—Así no se llega a ninguna parte.
Paco se acercó a ella y le habló con un tono más suave, casi paternal.
—No es eso, Elena. Es que nos están cargando con una mochila que no nos toca.
—Reciclar debería ser algo sencillo, algo que no te quite el sueño.
—Pero lo han convertido en una gincana burocrática.
—Y encima, nos espían.
Marcos frunció el ceño.
—¿Cómo que nos espían, papá?
—La vecina del quinto, la del pelo cardado —explicó Paco—. El otro día la vi revisando las bolsas de basura de los demás.
—Buscando quién había cometido el pecado de tirar una lata de conserva al cubo de papel.
—Es la nueva Inquisición, te lo digo yo.
—Y todo por un poco de plástico que luego acaba en un vertedero en Malasia.
—¿En Malasia? —preguntó Marcos, escéptico.
—Sí, señor. Salió en la tele —aseguró Paco—. Mandamos nuestra basura allí para que ellos la gestionen.
—O sea, que el viaje de mi envase de yogur contamina más que si lo quemara yo mismo aquí en el balcón.
Elena se echó a reír, incapaz de contenerse.
—¡No diga barbaridades, suegro! No puede quemar basura en el balcón.
—Es un decir, mujer, es un decir.
—Pero me reconocerás que el sistema tiene más agujeros que un queso gruyere.
Elena asintió, rindiéndose un poco.
—Vale, tiene fallos. Muchos.
—Pero es lo único que tenemos.
—Y prefiero intentarlo y fallar que no hacer nada y que mis hijos me pregunten por qué no moví un dedo.
Paco la miró durante un largo silencio.
Vio la sinceridad en sus ojos.
Vio que para ella no era solo una manía, sino una esperanza.
Se rascó la barbilla, pensando.
—Está bien —dijo finalmente—. Te concedo que la intención es buena.
—Pero no me pidas que me aprenda la tabla periódica de los elementos para tirar la basura.
—Hagamos un trato.
Elena arqueó una ceja.
—¿Qué trato?
—Yo separo lo gordo. El vidrio, el cartón de las cajas de zapatos y las botellas de agua.
—Pero tú no me vuelves a decir nada si un día tiro un palillo donde no toca.
—Y sobre todo, dejas de lavar el plástico. Eso es sagrado.
—No pienso usar el agua de fregar para duchar a un envase de Philadelphia.
Elena lo pensó un momento.
Miró la cocina, los tres cubos y la caja de pizza que aún yacía en el suelo como un recordatorio de la imperfección humana.
—Trato hecho, Paco —dijo ella, extendiendo la mano.
Paco se la estrechó con firmeza.
—Pero lo de la caja de pizza… —añadió Elena— ¿Seguro que lo leyó en el periódico?
Paco sonrió de oreja a oreja, con esa chispa de pillería que solo tienen los que han sobrevivido a mil batallas.
—Bueno… igual me lo inventé un poquito para ver si dejabas de pelearte con el cartón.
Elena le lanzó un trapo de cocina a la cara, riendo.
—¡Es usted un manipulador, suegro!
—Soy un superviviente, hija. Un superviviente.
La tensión se disolvió en risas, pero Paco sabía que la verdadera prueba vendría cuando tuviera que enfrentarse solo a un sobre de esos que tienen papel por fuera y burbujitas por dentro.
PARTE 4
La tarde caía sobre el barrio y la calma parecía haber vuelto a la cocina de los Martínez.
Marcos se había ido al salón a ver el fútbol, dejando a Paco y Elena con el café.
Paco removía el azúcar con una parsimonia infinita, observando el remolino oscuro en su taza.
—Elena —dijo de pronto, rompiendo el silencio.
—Dígame, Paco.
—¿Tú crees que cuando yo no esté, mis nietos se acordarán de mí por los cubos de basura?
Elena se quedó un momento en silencio, sorprendida por la profundidad de la pregunta.
—No creo que se acuerden de los cubos, Paco.
—Se acordarán de que su abuelo siempre tenía una respuesta para todo, aunque se la inventara.
Paco soltó una risita suave.
—Es que la verdad es muy aburrida a veces.
—Fíjate en esto del reciclaje.
—Si nos dijeran la verdad, que es una chapuza a medio hacer, nadie lo haría.
—Tienen que vendernos la épica del héroe ambiental para que nos sintamos importantes mientras aplastamos latas de Coca-Cola.
Elena tomó un sorbo de su café, reflexionando.
—A lo mejor es verdad. Pero la épica es lo que mueve el mundo, Paco.
—Sin un poco de ilusión, no haríamos nada por nadie.
Paco asintió lentamente.
—Ya. Pero a mi edad, la ilusión me pilla un poco cansado.
—Yo ya solo quiero que las cosas funcionen.
—Que si pongo algo en un cubo, sirva de algo.
—Que no me engañen más de lo estrictamente necesario.
Se levantó y cogió su taza para llevarla a la pila.
Dudó un segundo.
Miró la cucharilla. Tenía un poco de yogur que había usado para el café.
Miró a Elena.
Ella lo observaba con curiosidad, sin decir nada.
Paco, con un gesto deliberado, chupó la cucharilla para dejarla limpia.
—¿Ves? —dijo—. Sin usar agua. Reciclaje biológico.
Elena se echó a reír.
—Usted siempre tiene la última palabra.
Paco se dirigió hacia el salón, pero se detuvo antes de salir.
—Oye, una última cosa.
—¿Qué pasa con los tapones de plástico?
—He oído que hay gente que los guarda en bolsas aparte para ayudar a niños que necesitan sillas de ruedas.
Elena asintió.
—Sí, hay muchas campañas así. Es una buena causa.
Paco puso cara de sospecha.
—¿Y por qué el tapón ayuda a un niño y la botella no?
—¿Es que los tapones tienen propiedades mágicas que el resto del plástico no tiene?
—¿O es otra vez para que tengamos bolsas por toda la casa como si estuviéramos guardando víveres para una guerra nuclear?
Elena suspiró, pero esta vez con una sonrisa.
—Es porque el plástico de los tapones es de mejor calidad, Paco. Se paga mejor en las plantas de reciclaje.
Paco se quedó pensativo.
—Mejor calidad… —repitió.
—O sea, que nos pasamos la vida tirando el oro y quedándonos con la paja.
—Vaya tela.
Se dio la vuelta y se fue hacia el salón, donde se escuchaba el grito de un gol lejano.
Elena se quedó sola en la cocina.
Miró los tres cubos.
Eran solo objetos de plástico, pero representaban toda una forma de ver la vida.
La resistencia al cambio frente a la esperanza ciega.
La sospecha del que lo ha visto todo frente a la ilusión del que cree que todavía puede arreglar algo.
Cerró la tapa del cubo amarillo, que se había quedado entreabierta.
Suspiró.
—¿Recicláis por convicción o porque no queda otra? —se preguntó a sí misma, repitiendo la duda que siempre flotaba en el aire.
Quizás la respuesta era que reciclaban para no tener que discutir con el resto del mundo.
O para sentirse, aunque fuera por un momento, que tenían el control sobre algo en un universo caótico.
Paco volvió a asomar la cabeza por la puerta.
—¡Elena! —gritó.
—¿Qué quiere ahora, Paco?
—He encontrado una pila usada en el cajón de la televisión.
—¿Dónde va eso? ¿Al cubo de los deseos o al de las causas perdidas?
Elena se rió y se levantó para ir a buscarla.
—Tráigala aquí, Paco. Yo me encargo.
—Eso pensaba yo —dijo Paco, desapareciendo de nuevo—. Al final, siempre os encargáis vosotras de limpiar nuestros desastres.
Y así, entre pequeñas pullas y grandes verdades, la tarde terminó de consumirse, mientras en el rincón de la cocina, los tres cubos esperaban, pacientes, su próxima ración de conciencia ciudadana o de simple resignación dominical.