PARTE 1
El sol de domingo entraba con una mala leche impropia de finales de noviembre por el ventanal del salón.
Era esa luz cegadora que solo existe en las casas de los suegros y que parece diseñada para resaltar el polvo acumulado sobre las figuras de Lladró.
Manolo estaba repantingado en su sillón orejero de skay marrón, el trono desde el cual gobernaba su pequeño imperio de recuerdos y desconfianza.
Tenía un palillo entre los dientes que movía de un lado a otro con una destreza casi quirúrgica.
En la televisión, un programa de sobremesa emitía imágenes de gente gritando sin que nadie supiera muy bien por qué.
Elena, su nuera, estaba sentada al borde del sofá, con los hombros tensos y la mirada clavada en la pantalla de su iPhone.
El teléfono no dejaba de vibrar, emitiendo ese zumbido metálico que a Manolo le recordaba a un enjambre de avispas enfurecidas.
—¿Otra vez el aparatito ese, Elena? —gruñó Manolo sin apartar la vista de la tele.
—Es el grupo del curro, suegro, que me están estresando —respondió ella, suspirando con una mezcla de cansancio y resignación.
—A tu edad, nosotros en el trabajo nos hablábamos a la cara, no por señales de humo electrónicas.
Elena puso los ojos en blanco, pero decidió no entrar al trapo, al menos no todavía.
Tenía una misión que cumplir y sabía que tratar con Manolo requería la paciencia de un monje tibetano en plena mudanza.
—Escuche, Manolo, que se me va a pasar el plazo —dijo ella, bloqueando el móvil y mirándole fijamente.
—¿El plazo de qué? ¿Es que ahora te ponen multas por no mirar el cristalito?
—No, hombre, el plazo para pagar la lotería de Navidad de la oficina.
Manolo soltó un bufido que hizo que el palillo saltara un milímetro hacia arriba.
—La lotería… otra forma de que el Estado nos robe con nuestra propia esperanza —sentenció con tono de filósofo de bar.
—No empiece con sus teorías conspiranoicas, que todos los años dice lo mismo y luego es el primero que pregunta el número.
—Yo no pregunto, yo me informo por si hay que reclamar daños y perjuicios.
Elena suspiró de nuevo, sintiendo cómo el calor de la calefacción central —que en esa casa siempre estaba a niveles de sauna finlandesa— empezaba a agobiarla.
—Bueno, pues este año jugamos el 45.712, el número de la fecha en que el jefe se cayó por las escaleras.
—Un número precioso, sí señor, con mucha simbología —ironizó Manolo.
—Son cinco euros por cabeza, suegro, que vamos a medias como siempre.
Manolo asintió lentamente, como si estuviera procesando una transacción de alta importancia en la bolsa de valores.
—Cinco euros… Eso antes eran casi mil pesetas, fíjate tú lo que ha subido la vida.
—Ya, bueno, pero es lo que hay.
Elena desbloqueó el móvil de nuevo y abrió la aplicación de su banco.
Sus dedos se movieron con la rapidez de un pianista de jazz sobre la pantalla táctil.
—Venga, suegro, mándeme los 5 euros de la lotería del curro por Bizum, que luego se le olvida y tengo que ponerlo yo de mi bolsillo.
El silencio que siguió a esa frase fue tan denso que se podía haber cortado con un cuchillo de sierra.
Manolo dejó de mover el palillo.
Lentamente, giró la cabeza hacia su nuera, con una expresión que oscilaba entre la ofensa profunda y la sospecha criminal.
—¿Por qué? —preguntó con una voz que parecía venir de ultratumba.
—¿Cómo que por qué? Pues para que yo los reciba ahora mismo y pueda pagarle al de la oficina, que el chico es un ansias.
Manolo se incorporó en el sillón, haciendo que el skay crujiera como si se estuviera quejando del movimiento.
—¡Ni Bizum ni nada! —exclamó, agitando una mano en el aire como si espantara a un fantasma.
Elena parpadeó, sorprendida por la vehemencia de la negativa.
—Pero suegro, si es un segundo…
—¡Te he dicho que ni hablar! —la interrumpió él, con los ojos bien abiertos—. Te los doy en calderilla cuando te vea, que a mí los bancos no me roban más de lo que ya me quitan por respirar.
—Pero si ya me está viendo, Manolo. Estamos aquí, cara a cara.
—Pues por eso mismo. Espera a que busque la cartera, que la tengo en el cajón de las cosas importantes.
Elena sintió que un tic nervioso empezaba a nacer en su párpado izquierdo.
—Que no llevo monedero, suegro. ¡Actualícese! —exclamó ella, levantando el móvil como si fuera un estandarte sagrado.
Manolo soltó una carcajada seca, una de esas que no tienen ni un ápice de gracia.
—¿Que no llevas monedero? ¿Y qué llevas en ese bolso que pesa como un saco de cemento?
—Llevo las llaves, el maquillaje, la agenda, el cargador… pero dinero físico ya no usa nadie de mi generación.
—Pues vuestra generación va a acabar pidiendo en la puerta del súper con un código QR colgado del cuello.
—No sea exagerado. El Bizum es seguro, rápido y gratuito.
—¡Gratuito dice! —Manolo se señaló la sien con el dedo—. Nada es gratis en esta vida, Elena.
—Su propio banco lo tiene, Manolo. Solo tiene que abrir la app.
—Yo la “app” esa no la abro ni aunque me lo pida el Papa de Roma.
—¿Por qué tiene tanto miedo?
—No es miedo, es prudencia. Si yo le doy al botoncito ese, mis cinco euros vuelan por el espacio, pasan por tres satélites y acaban en una cuenta en las Islas Caimán.
—No van a ninguna isla, vienen a mi cuenta, que está aquí mismo.
—Eso es lo que ellos quieren que creas. Mientras los bits esos viajan, los del banco les quitan el interés, les soplan la comisión y vete tú a saber si no se quedan con tus datos para venderte una enciclopedia.
—Nadie vende enciclopedias ya, suegro.
—Pues te venderán un seguro de decesos, que es lo que les gusta ahora.
Manolo se puso en pie con cierta dificultad, apoyando las manos en los reposabrazos.
Caminó hacia el mueble del salón, una mole de madera oscura que ocupaba toda la pared y que guardaba el tesoro de cualquier jubilado español: vajillas que nunca se usan y cajas de galletas llenas de hilos y botones.
Elena se pasó la mano por la cara, frustrada.
—Manolo, por favor, solo quiero pagar la lotería. No quiero iniciar una revolución contra el sistema financiero global.
—La revolución empieza por cinco euros, hija —dijo él, abriendo un cajón con un estruendo metálico.
—Es mucho más fácil darle a un botón que estar buscando monedas entre los cojines.
—Fácil es que te hackeen el alma con esas ondas que suelta el teléfono.
—¿El alma? ¿Ahora el Bizum roba almas?
—Roba la privacidad, que para el caso es lo mismo. Prefiero el sonido del metal chocando, el tacto del cobre. Eso es real.
Manolo empezó a rebuscar en un bote de cristal que antaño contuvo espárragos de Navarra.
Dentro había una amalgama de clips, gomas elásticas secas, una pila que probablemente estaba caducada desde el mundial de Sudáfrica y, por supuesto, monedas.
—Mira, aquí tengo algo —dijo con aire triunfal, sacando una moneda de dos euros que brillaba bajo la luz del sol.
—Faltan tres, suegro.
—No me presiones, que las finanzas requieren templanza.
Elena miró su reloj. El grupo de WhatsApp volvió a sonar.
“Elena, ¿vas a pagar los 5 pavos o te borro de la lista?”, decía el mensaje de su compañero de recursos humanos.
—Me están escribiendo ya, Manolo. ¡Págueme por el móvil y acabamos con esto!
—¡Que no! Que luego me sale un mensaje de esos de “acepte las cookies” y acabo suscrito a un canal de caza y pesca sin darme cuenta.
—Las cookies no tienen nada que ver con el Bizum.
—Todo tiene que ver con todo. Es una red, Elena. Por eso se llama internet. Una red para pescar a los incautos.
—Yo no soy una incauta y uso Bizum todos los días.
—Porque eres joven y crees que la tecnología es tu amiga. Pero la tecnología es como un cuñado: parece que te ayuda pero te está cobrando el favor por detrás.
Manolo siguió removiendo el contenido del bote de espárragos.
—Aquí hay cincuenta céntimos… y otros veinte… esto es de diez… espera, esto es una ficha de los coches de choque de las fiestas del 98.
Elena cerró los ojos y contó hasta diez.
—¿Ve? Si usara el móvil, ya habríamos terminado y estaríamos hablando de qué tal está el arroz.
—El arroz está reposando, como debería estar tu cabeza.
Manolo sacó un puñado de monedas de un céntimo y las puso sobre la mesa de comedor, una por una, con una parsimonia exasperante.
—Uno… dos… tres… cuatro… —iba contando en voz alta.
—¡Suegro, por el amor de Dios, que son monedas de un céntimo! No voy a ir a la oficina con un saco de calderilla como si fuera el cobrador del frac.
—Dinero es dinero. Al banco le da igual si es un billete de cien o cien monedas de un céntimo.
—A mi compañero de trabajo no le da igual. Me las va a tirar a la cabeza.
—Pues que aprenda el valor del ahorro. Hoy en día despreciáis el céntimo y así va el país.
Manolo se detuvo y miró a Elena con una sonrisa de suficiencia.
—¿Sabes qué pasa? Que el Bizum ese le quita la gracia al intercambio humano.
—¿Qué intercambio humano hay en darme calderilla sucia, Manolo?
—El contacto, el vernos, el discutir. Si todo fuera darle a un botón, ya no vendrías a verme, solo me mandarías un “bicu” de esos para mi cumpleaños.
—Es “Bizum”. Y vendría igual, hombre, pero sin los nervios de perder el turno de la lotería.
—Espera, que creo que en el pantalón de la pana tengo un billete de cinco que guardé por si venía el del gas.
Manolo se dio una palmada en el muslo y empezó a registrarse los bolsillos con una energía renovada.
Elena se hundió un poco más en el sofá, sabiendo que esto no había hecho más que empezar.
La batalla entre la era digital y la resistencia analógica se estaba librando por cinco miserables euros.
Y en esa casa, el tiempo no se medía en gigas, sino en lo que tardaba Manolo en encontrar su cartera de cuero viejo.
PARTE 2
Manolo se puso a rebuscar en los bolsillos del pantalón de pana con una intensidad que rozaba lo agónico.
Cada vez que metía la mano, sacaba algo que no era, ni de lejos, un billete de cinco euros.
Primero apareció un pañuelo de tela a cuadros, de esos que han visto mejores tiempos y que Elena sospechaba que podrían ser declarados arma biológica.
Luego, un tique de compra del supermercado, amarillento y tan borroso que parecía un pergamino medieval.
—A ver… esto es del día que compramos el detergente en oferta… —murmuró Manolo, entrecerrando los ojos para descifrar la tinta invisible.
—Suegro, por favor, céntrese —suplicó Elena, que ya veía el premio gordo de la Navidad escapársele por culpa de la logística prehistórica.
—No me atosigues, que el dinero es miedoso y se esconde cuando siente las prisas.
—El dinero no es miedoso, Manolo, el dinero es digital ahora mismo para todo el planeta menos para usted.
Manolo sacó finalmente una mano vacía y se rascó la nuca con frustración.
—Pues juraría que lo tenía aquí. El del gas vino el martes, pero no le pagué porque me pareció un timo lo que me quería cobrar por la revisión.
—¿Y qué tiene eso que ver con mis cinco euros?
—Que el billete sigue en alguna parte. Si no está en el pantalón, está en la chaqueta de los domingos.
Manolo se dirigió hacia el perchero de la entrada, arrastrando las zapatillas de cuadros por el pasillo.
Elena se levantó y lo siguió, sintiendo que estaba participando en una gymkhana absurda.
—Manolo, escúcheme bien —dijo ella, tratando de mantener un tono pedagógico—. Si yo saco mi móvil y usted saca el suyo, en diez segundos el problema está resuelto.
—¿Y si me roban la identidad mientras lo hago? —preguntó él, deteniéndose en seco y mirándola con desconfianza.
—¿Quién le va a robar la identidad por mandar cinco euros a su nuera?
—¡Los hackers! Esos chavales que están en sótanos oscuros en Rusia esperando a que un jubilado de Cuenca pulse el botón del Bizum.
—Usted no es de Cuenca, suegro.
—Es una forma de hablar. Para un satélite, todos somos de Cuenca.
Elena suspiró, frotándose las sienes.
—No hay hackers rusos interesados en sus cinco euros para la lotería del trabajo, se lo prometo.
—Eso es lo que tú te crees. Empiezan por cinco euros y, cuando te quieres dar cuenta, te han vaciado la cuenta de la pensión y han pedido un préstamo a tu nombre para comprarse una lancha en el Caspio.
—Manolo, eso es físicamente imposible con un Bizum. El banco le pide una clave, una huella dactilar, un código por SMS…
—¡Exacto! —triunfó él, señalándola con el dedo—. ¡Más complicaciones! Si necesito tres contraseñas y que me lean el ojo para mover cinco pavos, es que algo oscuro hay detrás.
—¡Es por su seguridad!
—Mi seguridad es tener el billete en la mano. El papel moneda no necesita claves. El papel moneda se toca, se huele y, si hace falta, se esconde en el colchón.
Manolo empezó a palpar los bolsillos de su chaqueta de entretiempo, una prenda de color indefinido que olía a naftalina y a tabaco de pipa.
—Aquí hay algo… —dijo con esperanza.
Sacó un caramelo de café pegajoso y una llave que no abría ninguna puerta de la casa actual.
—Esto es de la casa del pueblo —comentó con nostalgia—. La de vueltas que da la vida.
—Y la de vueltas que está dando usted para no admitir que el Bizum es el invento del siglo.
—El invento del siglo fue la fregona, Elena. Lo demás son ganas de marear la perdiz.
Manolo volvió al salón y se sentó de nuevo, esta vez con una expresión de derrota momentánea que no duró ni tres segundos.
—Mira, hagamos una cosa —propuso—. Yo te doy diez euros en monedas de cincuenta céntimos y tú me das la vuelta en un billete de cinco.
Elena se quedó boquiabierta.
—¿De dónde voy a sacar yo un billete de cinco si le acabo de decir que no llevo efectivo?
—¿Ves? —dijo Manolo, volviendo a su posición de superioridad moral—. El sistema te ha fallado. Eres una mujer moderna, con un teléfono que cuesta más que mi primer coche, y no tienes cinco euros para darme un cambio.
—¡Porque no debería hacer falta el cambio! ¡Porque el mundo ha evolucionado!
—El mundo no ha evolucionado, se ha vuelto vago. Antes, para pagar, tenías que mirar a los ojos al tendero, contar las monedas, charlar del tiempo… ahora le dais un golpe al datáfono y salís corriendo como si hubierais robado.
—No salimos corriendo, es que tenemos prisa. La gente trabaja, Manolo.
—Yo también trabajaba, y bien duro, sin necesidad de aplicaciones. Mi jefe me pagaba en un sobre. Un sobre con mi nombre escrito a mano. Eso sí que era transparencia.
Elena se sentó frente a él, decidida a no rendirse.
—Deme su móvil —ordenó con suavidad.
Manolo retrocedió, protegiendo su bolsillo como si guardara los planos de una bomba atómica.
—¿Para qué quieres mi móvil?
—Para enseñarle. Solo enseñarle. No voy a tocar nada sin su permiso.
—Sé cómo termina eso. Empiezas “enseñándome” y acabas instalándome el Facebook y el TikTok ese donde sale gente bailando en pijama.
—No le voy a instalar nada que no tenga ya. El Bizum viene dentro de la aplicación de su banco. Esa que usa para ver si le han ingresado la pensión.
Manolo frunció el ceño.
—Esa app solo la abro los días 25. Y con mucho cuidado, no vaya a ser que le dé a donde no es y pida un crédito para un crucero por los fiordos.
—No se puede pedir un crédito por error, suegro. Hay que confirmar muchas cosas.
—A mi primo Segundo le pasó. Le dio a un anuncio de un coche y ahora le llegan correos de una marca japonesa todos los días.
—Eso es publicidad, no un crédito.
—Es el principio del fin.
Elena extendió la mano, esperando.
Manolo, tras un largo suspiro que pareció vaciarle los pulmones, sacó su teléfono: un modelo de hace cinco años, con la pantalla un poco agrietada y una funda de cuero desgastado que se cerraba con un imán.
—Ten —dijo, entregándoselo como quien entrega las llaves de una ciudad sitiada—. Pero ni se te ocurra mirar mis fotos.
—¿Qué fotos va a tener usted, Manolo? Si solo hace fotos a los precios de la pescadería para enseñárselos a la suegra.
—Tengo mis cosas. Fotos de la huerta, del perro de Paco… mi intimidad.
Elena desbloqueó el teléfono. Le costó tres intentos porque Manolo tenía el brillo de la pantalla al mínimo para “no gastar batería”.
—A ver… aquí está el banco… —murmuró ella.
—¡Cuidado! —saltó Manolo, estirando el cuello—. ¡No aprietes fuerte que se rompe el cristal!
—No se rompe, suegro, que es Gorilla Glass.
—¿Gorila qué? ¿Ahora los teléfonos los hacen los monos? No me extraña que funcionen como funcionan.
Elena ignoró el comentario y entró en la aplicación.
—Ponga su clave, que yo no quiero saberla.
Manolo se tapó con la mano, como si estuviera en un cajero automático rodeado de carteristas, y tecleó su código con una lentitud exasperante.
Cada pulsación iba acompañada de un “clic” sonoro que Elena sentía como una punzada en el cerebro.
—Ya está —dijo él, devolviéndole el aparato—. Pero no mires el saldo, que es de mala educación.
—No me importa su saldo, Manolo. Solo voy a la sección de Bizum.
—¿Ves? Ya estás en la sección de los hackers.
—Mire la pantalla. Pone: “Enviar dinero”. Solo tengo que poner mi número de teléfono.
—¿Y cómo sabe el teléfono que eres tú? ¿Por el olor?
—Porque tiene mi número guardado en la agenda. Mire, sale mi foto.
Manolo entrecerró los ojos y se acercó a la pantalla hasta que su nariz casi rozó el cristal.
—Sales muy favorecida. Ahí parece que no tienes mal genio.
—Es una foto de hace tres años, suegro. No me distraiga. Pongo “5 euros”. Y ahora, solo tiene que darle a este botón verde que dice “Enviar”.
Manolo retiró la mano como si el botón estuviera ardiendo.
—¡Ni hablar! Si le doy, los cinco euros desaparecen de mi cuenta.
—¡Claro! ¡Ese es el concepto de pagar!
—Pero es que no he oído el ruido de las monedas. Si no hay ruido, no me fío.
—¿Quiere que haga yo el ruido con la boca? ¡Clinc, clinc! ¿Ya está contento?
—No es lo mismo. Elena, esto es muy frío. Prefiero buscar en el bote de los hilos de tu suegra. Ella siempre guarda billetes de cinco entre las bobinas de seda por si hay una guerra.
—¿Una guerra? ¿En serio?
—Las guerras siempre avisan poco, y el Bizum es lo primero que cortan los invasores.
Manolo le arrebató el móvil y lo bloqueó con un gesto triunfal.
—Se acabó la tecnología por hoy. Me ha subido el azúcar de tanto estrés digital.
Elena se echó hacia atrás, derrotada por un hombre que temía más a un algoritmo que a una invasión alienígena.
—Está bien, Manolo. Busque su billete de guerra. Pero como me quede sin lotería y toque el premio, no quiero oírle lamentarse.
—Si toca, lo celebraremos con el dinero que tengo en el bote, que ese no lo hackea ni el mismísimo Putin.
Manolo se levantó de nuevo, esta vez con una misión clara: encontrar el escondite secreto de los hilos, convencido de que su método era el único que garantizaba la supervivencia del patrimonio familiar.
Mientras tanto, en el móvil de Elena, el grupo de WhatsApp seguía echando humo: “Último aviso, Elena. O pagas o te quedas fuera”.
PARTE 3
Manolo se adentró en el dormitorio principal con el paso decidido de un explorador que busca la ciudad perdida de El Dorado.
Elena lo seguía a un par de metros de distancia, sintiéndose como una sombra en una película de suspense de bajo presupuesto.
El dormitorio de sus suegros olía a una mezcla inconfundible de lavanda, colonia de baño y ese aroma a “cerrado por si acaso entra corriente” tan típico de las casas con solera.
Sobre la cómoda, presidida por una foto de la boda de ambos donde Manolo lucía un bigote que ocupaba media cara, descansaba la famosa caja de hilos.
Era una caja de metal de unas conocidas galletas danesas que, como dictaba la ley no escrita de las madres españolas, contenía cualquier cosa menos galletas.
—Aquí está el tesoro —anunció Manolo, acariciando la tapa con reverencia.
—Suegro, de verdad, que me va a dar un parraque —dijo Elena, apoyándose en el marco de la puerta—. Son las cinco de la tarde. El de la oficina cierra la lista a las seis.
—Las prisas son malas consejeras, Elena. El que corre mucho, se tropieza con su propia sombra.
Manolo abrió la caja. Una explosión de colores surgió del interior: bobinas de hilo de todos los grosores, agujas pinchadas en un acerico con forma de tomate, botones sueltos de chaquetas que ya no existían y un metro de sastre enrollado sobre sí mismo.
Empezó a remover las bobinas con sus dedos gruesos, provocando un tintineo de objetos pequeños chocando contra el metal.
—A ver… el de cinco… estaba por aquí… entre el verde oliva y el azul marino…
—¿Usted organiza los billetes por colores de hilo? —preguntó Elena, fascinada a pesar de su desesperación.
—Es un sistema criptográfico casero —respondió él con un guiño—. Ni el mejor ordenador del mundo sabría que el dinero está bajo el hilo de coser cortinas.
De repente, su rostro se ensombreció.
Sacó una bobina de color naranja chillón, pero debajo solo había un botón de nácar y una moneda de cinco pesetas con el agujero en medio.
—Vaya… esto es un recuerdo de cuando el dinero era dinero de verdad —dijo, mirando la moneda con nostalgia.
—Eso es una pieza de museo, Manolo. ¡Busque el billete!
—Espera, que igual tu suegra lo ha cambiado de sitio. Ella siempre dice que yo soy muy descuidado con la seguridad bancaria de la casa.
Manolo empezó a abrir los cajones de la mesilla de noche, sacando rosarios, prospectos de medicinas y algún que otro calcetín desparejado.
—¡Ajá! —exclamó.
Sacó un sobre blanco, algo arrugado. Lo abrió con manos temblorosas.
Dentro había un recorte de periódico con una receta de torrijas y una estampa de San Judas Tadeo, el patrón de las causas perdidas.
—Pues San Judas te va a hacer falta —murmuró Elena—. Porque a este paso me veo pidiendo un microcrédito para pagarle al del trabajo.
—No bromees con eso, que los microcréditos son el demonio disfrazado de facilidad.
Manolo cerró el sobre y suspiró. Se sentó en el borde de la cama, que crujió bajo su peso.
—Elena, escúchame. ¿Por qué tanta insistencia con la lotería este año? Si nunca nos toca nada.
—Porque este año tengo un presentimiento, Manolo. Y porque si toca y soy la única del departamento que no lo tiene, me va a dar un síncope.
—Los presentimientos son solo deseos con traje de domingo.
—¡Me da igual lo que sean! Solo quiero mis cinco euros. ¿No tiene nada en la cartera? ¿La de verdad?
Manolo se sacó del bolsillo trasero una cartera de cuero que parecía haber sobrevivido a tres guerras mundiales.
Estaba tan deformada que tenía la forma exacta de su nalga derecha.
La abrió con parsimonia. En el compartimento de los billetes solo había aire y una tarjeta de un restaurante chino que cerró en 2014.
—Pues parece que estoy en números rojos físicos —admitió, rascándose la mejilla—. Quién lo iba a decir. Yo, un hombre que siempre ha tenido un fondo de maniobra.
Elena vio su oportunidad. Sacó su móvil de nuevo.
—Suegro, mire. Esto es el destino. El destino le está diciendo que use el Bizum.
—El destino es muy pesado a veces —gruñó Manolo.
—Venga, solo un intento. Yo le guío paso a paso. Es como un videojuego, pero sin marcianos.
Manolo miró el móvil de Elena y luego su propia cartera vacía. La tensión dramática en la habitación se podía sentir en el ambiente.
—¿Y dices que no cobran comisión? —preguntó, debilitándose.
—Ni un céntimo. Es dinero neto.
—¿Y llega al momento? ¿Como un rayo?
—Más rápido que un rayo. Llega antes de que usted termine de decir “calderilla”.
Manolo guardó su cartera y se puso en pie, recuperando algo de su dignidad perdida.
—Está bien. Pero que conste que lo hago bajo coacción tecnológica.
Volvieron al salón. Manolo cogió su móvil como si fuera a manipular una sustancia radiactiva.
—Venga, abre la “app” esa de los demonios —ordenó.
Elena, con una paciencia infinita, volvió a entrar en la aplicación del banco de su suegro.
—Ya estamos dentro. Ahora, pulse donde pone “Bizum”.
Manolo extendió el dedo índice, vacilando a pocos milímetros de la pantalla.
—Si explota, es culpa tuya.
—No va a explotar, Manolo. Pulse.
Con un movimiento seco, como si estuviera matando una mosca, Manolo pulsó. La pantalla cambió.
—”Enviar dinero” —leyó Elena—. Dele ahí.
Manolo volvió a pulsar. Estaba empezando a sudar.
—Ahora, elija mi nombre. Ahí, donde pone “Nuera favorita”.
Manolo la miró de reojo.
—¿Te has puesto tú misma ese nombre en mi agenda?
—Bueno… me tomé la libertad el otro día mientras usted buscaba las gafas.
Manolo soltó un bufido, pero seleccionó el contacto.
—”Importe” —dijo Elena—. Escriba un 5.
Manolo tecleó el número con la solemnidad de quien firma un tratado de paz.
—¿Y ahora qué? —preguntó, con la respiración contenida.
—Ahora, el botón de “Continuar”. Y luego el banco le mandará un código por mensaje para confirmar que es usted.
—¿Ves? ¡Ya me están pidiendo códigos! ¡Esto es una persecución!
—Es por seguridad, ¡se lo he dicho mil veces!
A los pocos segundos, el móvil de Manolo emitió un pitido. Un mensaje de texto acababa de llegar.
—Lea el código y póngalo ahí —indicó Elena señalando los huequitos en la pantalla.
Manolo entrecerró los ojos, alejando el móvil para ver mejor.
—4… 8… 2… 1… —iba diciendo en voz alta.
—¡No lo diga en alto, que se entera el hacker ruso! —bromeó Elena.
—¡No te rías de mis miedos, que esto es muy serio para mí!
Manolo terminó de meter el código. La pantalla mostró un círculo dando vueltas, procesando la información.
Fueron los tres segundos más largos de la vida de Manolo. Su rostro era un poema de ansiedad y sospecha.
De repente, el móvil de Elena vibró con fuerza sobre la mesa.
“Has recibido un Bizum de 5,00€ de Manolo (Suegro)”, decía la notificación en letras grandes.
Elena soltó un grito de alegría que hizo que Manolo diera un respingo.
—¡Ya está! ¡Me ha llegado! ¡Mire! —le enseñó su pantalla.
Manolo miró el mensaje de confirmación en el móvil de su nuera y luego miró el suyo, que decía “Operación realizada con éxito”.
Se quedó callado durante un buen rato, asimilando el milagro.
—¿Ya está? —preguntó con voz pequeña—. ¿Mis cinco euros ya están en tu teléfono?
—Ya están en mi cuenta, listos para ser pagados a la lotería.
Manolo se hundió en su sillón, exhausto.
—Pues no ha dolido tanto —admitió, aunque todavía con una pizca de recelo—. Pero sigo pensando que es magia negra.
—Es tecnología, suegro. Magia del siglo veintiuno.
—Bueno, pues ahora que ya eres una mujer digital y rica gracias a mi dinero invisible, podrías ir a la cocina y traerme un poco de ese anís que tengo guardado.
—Se lo ha ganado, suegro. Le traigo el anís y luego le enseño a ponerle filtros de perrito a sus fotos de la huerta.
—¡Ni se te ocurra, Elena! ¡Por ahí sí que no paso!
Elena se rio y se levantó, pero antes de llegar a la cocina, su móvil volvió a sonar.
Era un mensaje general del grupo de trabajo: “Chicos, cambio de planes. El número que queríamos ya se ha agotado. Vamos a jugar el 12.345, pero la participación ahora son 10 euros. ¡Corred que se acaban!”.
Elena se detuvo en seco. Miró a Manolo, que ya estaba saboreando mentalmente su anís.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó él, detectando el cambio de ambiente—. ¿Ha venido el hacker ruso a por el resto?
Elena suspiró, cerrando los ojos con fuerza.
—Manolo… me va a matar.
—¿Qué has hecho ya, criatura?
—Que el número ha cambiado… y ahora son diez euros. Necesito otro Bizum.
El silencio que siguió fue, esta vez, el preludio de una tormenta de dimensiones bíblicas.
Manolo se puso rojo como un tomate, agarró el reposabrazos de su sillón y miró a Elena con una mezcla de indignación y asombro.
—¡A mí los bancos no me roban, pero tú me vas a dejar en la ruina, Elena! ¡Saca el bote de los hilos otra vez, que esto ya es vicio!
PARTE 4
Manolo parecía a punto de entrar en combustión espontánea.
—¡Diez euros! —gritó, agitando el móvil en el aire como si fuera un arma arrojadiza—. ¡Pero si eso es el doble de lo que acabamos de negociar! ¿Qué clase de estafa es esta?
—No es una estafa, suegro, es la ley de la oferta y la demanda —explicó Elena, tratando de mantener la calma mientras sus compañeros de trabajo seguían enviando mensajes a la velocidad del rayo—. El número que queríamos voló, y este es más caro porque… porque es más bonito.
—¿Más bonito? ¿Un número es más bonito porque cuesta más? ¡Elena, te están timando en tu propia cara y encima usas mi dinero para financiar el robo!
—¡Que no me están timando! Es que la administración de lotería ha puesto ese precio. ¡Venga, mándeme los otros cinco y acabamos con esto!
Manolo se cruzó de brazos con una terquedad que habría hecho retroceder a un ejército.
—Ni hablar. Se acabó el grifo del Bizum. Ya he cumplido con mi cuota de modernidad por esta década.
—Pero suegro, si ya sabe cómo se hace. Ya ha pasado lo más difícil. ¡Es solo repetir el proceso!
—¡Esa es la trampa! —exclamó Manolo, señalándola con un dedo acusador—. Así es como os enganchan. La primera vez es “fácil” y “segura”, y cuando te quieres dar cuenta, estás haciendo “bicus” hasta para comprar el pan.
—Se dice Bizum, Manolo.
—¡Me da igual cómo se diga! Es el lenguaje del demonio.
Elena se sentó de nuevo frente a él, intentando una táctica diferente: la apelación emocional.
—Piense en esto, suegro. Imagínese que sale el 12.345. Imagínese que todos en mi oficina se vuelven millonarios menos yo. ¿Usted quiere tener una nuera pobre y amargada para el resto de sus días?
Manolo la miró de arriba abajo, entornando los ojos.
—Pobre no vas a estar, que para eso tienes a mi hijo que trabaja como un mulo. Y amargada ya estás un poco con tanto teléfono, hija.
—¡Manolo!
—Está bien, está bien… no te pongas así. Pero no voy a hacer otro “bicu”. Me niego por principios éticos y morales.
—¿Qué principios son esos?
—El principio de no darle más satisfacciones a los que inventaron el internet.
Manolo se levantó y, con un suspiro que pareció arrastrar toda la sabiduría de sus setenta años, se dirigió hacia la entrada de la casa.
—¿A dónde va ahora? —preguntó Elena, siguiéndolo con la mirada.
—Al mundo real, Elena. Al mundo donde las cosas tienen peso.
Manolo abrió el cajón del mueble de la entrada, aquel donde guardaba las llaves de repuesto, las pilas gastadas y una linterna que no funcionaba desde la Expo 92.
Al fondo del todo, escondido detrás de una caja de cerillas vieja, sacó un calcetín desparejado de color gris.
Lo sacudió con cuidado y un sonido metálico y contundente resonó en el pasillo.
—Aquí está —dijo con solemnidad.
Metió la mano en el calcetín y sacó un billete de diez euros, perfectamente doblado en cuatro, tan rígido que parecía recién salido de la imprenta.
—¿Pero no decía que no tenía billetes? —exclamó Elena, entre la indignación y el alivio.
—Dije que no los tenía en la cartera. Este es el billete del “por si acaso”. Nunca se sale de casa, ni se está en ella, sin un “por si acaso”.
—¿Y por qué me ha hecho pasar por todo el drama del Bizum si tenía esto aquí mismo?
Manolo la miró con una sonrisa socarrona, una de esas que solo tienen los suegros cuando saben que han ganado la partida.
—Porque quería ver si eras capaz de convencerme. Y porque me gusta verte pelear con el aparatito ese. Te pones muy graciosa cuando se te hincha la vena del cuello.
Elena se quedó sin palabras. Le arrebató el billete de las manos.
—Es usted un manipulador de la vieja escuela, Manolo.
—Soy un estratega, que es distinto. Ahora, toma tus diez euros y págale al de la oficina antes de que decidan que el número cuesta veinte.
Elena suspiró, pero no pudo evitar sonreír mientras guardaba el billete en el bolsillo de su pantalón.
—Bueno, pues ahora tengo que ver cómo le devuelvo yo sus primeros cinco euros del Bizum, porque ahora le he pagado los diez en físico.
Manolo se detuvo en seco, con la mano ya puesta sobre el pomo de la puerta de la cocina.
Se giró lentamente, con una expresión de horror genuino.
—¿Qué has dicho?
—Que como me ha dado diez euros en papel, y antes me mandó cinco por el móvil, ahora le debo cinco euros a usted.
Manolo se llevó la mano a la frente.
—¡Ves! ¡Ves lo que pasa! ¡La tecnología solo sirve para liar las cuentas de los cristianos!
—No se preocupe, suegro. Se los devuelvo ahora mismo.
Elena empezó a teclear en su móvil con una rapidez diabólica.
—¡No! —gritó Manolo—. ¡No me mandes nada! ¡No quiero más números volando por mi teléfono!
—Es demasiado tarde, Manolo. Ya le he dado a “Enviar”.
El móvil de Manolo, que estaba sobre la mesa del salón, emitió un pitido alegre.
“Has recibido un Bizum de 5,00€ de Nuera favorita”, decía la pantalla, brillando con una luz que a Manolo le pareció casi radiactiva.
—¡Me han devuelto el dinero sin mi permiso! —exclamó, acercándose al teléfono como si fuera a morderle—. ¡Esto es una invasión de mi privacidad financiera!
—Es un reembolso, suegro. No sea dramático.
Manolo cogió el móvil, miró la pantalla y luego miró a Elena.
—¿Y ahora qué hago yo con esto? No puedo tocarlo. No puedo meterlo en el calcetín.
—Pues lo deja ahí. Para la próxima vez que necesite pagar algo.
—¿La próxima vez? ¡Ni hablar! Mañana mismo voy al banco y le digo al cajero que me materialice estos cinco euros. Que los convierta en algo que pueda sonar al caer al suelo.
Elena se echó a reír, una risa limpia que desvaneció toda la tensión de la tarde.
—Usted no tiene remedio, Manolo.
—Lo que no tengo es ganas de que me vuelvan loco con los “bicus” —replicó él, aunque ya con un tono más relajado—. Anda, trae ese anís de una vez, que me lo he ganado con creces.
Elena fue a la cocina, cogió la botella de Anís del Mono y dos copitas pequeñas.
Al volver al salón, encontró a Manolo sentado de nuevo en su sillón, mirando fijamente la pantalla de su móvil.
—¿Qué pasa ahora? ¿Le ha escrito el hacker ruso? —preguntó ella, sirviendo el licor.
Manolo no levantó la vista. Estaba moviendo el dedo por la pantalla con una curiosidad renovada.
—Oye, Elena… estaba pensando…
—Dígame.
—Si yo quisiera mandarle cinco euros a mi hermano Paco, que vive en el pueblo y es más agarrao que un chotis… ¿también le llegaría así, como un rayo?
Elena se detuvo, con la botella a medio camino. Miró a su suegro y vio en sus ojos esa chispa de travesura que tanto le caracterizaba.
—¿Quiere hacerle un Bizum al tío Paco?
—Es que me debe una apuesta de las últimas elecciones y dice que no me paga porque no viene a la ciudad. Si se lo mando yo primero, con un mensaje que diga “Paco, eres un moroso”, igual le da un parraque.
Elena dejó la botella sobre la mesa y se sentó en el brazo del sillón de Manolo.
—Suegro, usted es un peligro público con tecnología en las manos.
—Puede ser —dijo Manolo con una sonrisa de oreja a oreja—. Pero a este paso, en la cena de Nochebuena me voy a quedar con todo el dinero de la familia sin moverme del sillón.
—Eso si no le hackean antes —bromeó ella.
—¡Que lo intenten! —Manolo brindó con su copita de anís hacia el televisor—. Que mientras tenga mi calcetín de repuesto y a mi nuera favorita para arreglarme los desaguisados, a mí no me tumba ni el algoritmo más pintado.
Elena chocó su copa con la de él, sabiendo que la batalla por el Bizum estaba lejos de terminar, pero que al menos, aquel domingo, la tradición y la modernidad habían firmado una tregua regada con anís y esperanza lotera.
—Por el 12.345, Manolo. Que como toque, le compro un móvil que le haga hasta el café.
—¡Ni se te ocurra, Elena! ¡Que el café me lo hago yo en la cafetera de hierro, como Dios manda!
Y así, entre risas y vapores de anís, la tarde de domingo se fue apagando, dejando tras de sí una cuenta bancaria con cinco euros menos, un calcetín con diez euros menos, y una familia que, a pesar de los bits y los bytes, seguía entendiéndose de la única forma que importa: discutiendo por todo y queriéndose a pesar de ello.