PARTE 1: El silencio interrumpido
Eran las seis de la tarde.
El sol de Madrid entraba por el ventanal del salón con una saña casi personal.
Lola sentía una gota de sudor recorriéndole la columna vertebral.
No era un sudor glorioso de atleta olímpica.
Era el sudor de quien intenta no perder los estribos en una alfombrilla de caucho de oferta.
Había apartado la mesa de centro con cuidado de no rayar el parqué.
Ese parqué que, según su suegra, “gritaba por un poco de cera de la buena”.
Lola cerró los ojos.
Inhaló.
Uno.
Dos.
Tres.
Buscaba el centro de su ser, o al menos un rincón donde no escuchara el zumbido de la nevera.
El silencio en el piso era un lujo caro.
Había encendido una varilla de incienso con olor a sándalo.
O eso decía la caja, porque a ella le olía a iglesia de pueblo en pleno agosto.
Intentó la postura de la montaña.
Tadasana.
Parecía fácil: quedarse de pie, quieta, respirando.
Pero mantenerse quieta era precisamente lo que Lola peor llevaba.
Su mente era un grupo de WhatsApp de padres de alumnos a las once de la noche.
Un caos de notificaciones.
“¿He sacado la carne del congelador?”.
“¿Le he dicho a Javi que hoy no hay fútbol?”.
“¿Por qué me pica el lóbulo de la oreja justo ahora?”.
Expulsó el aire con un suspiro sonoro.
—Ohm… —susurró para convencerse a sí misma.
Buscaba la paz interior que prometía la aplicación del móvil.
Esa paz que parecía exclusiva de gente con mucho tiempo libre y dietas basadas en semillas de chía.
De repente, un sonido metálico rasgó la armonía del salón.
El tintineo de unas llaves.
Unas llaves que Lola conocía demasiado bien.
Eran llaves que no pedían permiso.
Llaves con autoridad moral.
La cerradura giró con una suavidad que denotaba años de práctica en el arte de entrar sin avisar.
Lola no abrió los ojos, pero sus hombros subieron hasta las orejas.
El adiós a la relajación fue instantáneo.
La puerta se abrió y un chorro de aire del descansillo, cargado con el perfume “Joyas de Oriente” de la perfumería de la esquina, invadió la estancia.
—¿Hay alguien? —preguntó una voz que proyectaba como si estuviera en el Teatro Real.
Era Conchi.
Su suegra.
La mujer que era capaz de detectar una mota de polvo a tres kilómetros de distancia.
Lola se mantuvo en su postura, firme, con los ojos apretados.
Tal vez, si no se movía, Conchi pensaría que era una estatua decorativa moderna.
—¡Lola! ¡Hija! ¿Estás bien? —insistió la voz, acercándose al salón.
Los pasos de Conchi sobre el parqué sonaban como martillazos en un funeral.
Tacón, punta. Tacón, punta.
Lola sintió la sombra de su suegra proyectándose sobre su esterilla.
—¿Pero qué haces ahí tirada, criatura? —preguntó Conchi, con un tono de genuina alarma.
Lola abrió un ojo con infinita resignación.
—Estoy haciendo yoga, suegra.
Conchi se quedó de pie, con las manos entrelazadas sobre su bolso de imitación de piel.
Ladeó la cabeza, observando a su nuera como si fuera un bicho raro en un documental de la 2.
—¿Yoga? —repitió Conchi, arrastrando la “y” como si fuera algo contagioso.
—Sí, yoga.
—¿Y para eso hay que quedarse así, como si estuvieras esperando el autobús pero sin ropa de calle?
Lola se puso de pie, intentando mantener la dignidad a pesar de sus mallas de color violeta eléctrico.
—Es una disciplina milenaria, Conchi. Ayuda a conectar el cuerpo con la mente.
Conchi soltó un bufido que hizo oscilar la llama del incienso.
Se acercó a la mesa de centro y pasó un dedo por la superficie.
Luego, miró el dedo con desaprobación.
—Para conectar con la mente, lo que hace falta es una buena siesta de pijama y orinal, de las de toda la vida.
Lola inhaló profundamente, tratando de aplicar la técnica de respiración abdominal.
—Necesito relajarme. He tenido un día de perros en la oficina.
Conchi dejó el bolso en el sofá, justo encima del cojín que Lola acababa de ahuecar.
—Día de perros el que tenía mi madre, que lavaba la ropa a mano en el río y no se ponía a hacer el pino en el salón.
—No estoy haciendo el pino, suegra.
—Pues lo parece. Estás ahí, con los ojos en blanco, que me has dado un susto de muerte.
Conchi empezó a pasearse por el salón, inspeccionando el perímetro con la eficacia de un sargento de la Guardia Civil.
—¿Y ese olor? ¿Qué has quemado? ¿Se te ha olvidado algo en la vitro?
—Es incienso, Conchi. Sándalo.
—Pues huele a sacristía cerrada. Abre un poco la ventana, que esto no es sano para los pulmones.
Lola sintió cómo su “chakra” de la paciencia empezaba a resquebrajarse.
—He cerrado las ventanas para que no entre el ruido de los coches. Necesito silencio.
Conchi se detuvo frente a una foto de la boda que presidía el mueble principal.
—Silencio dice. Con lo que te gusta a ti un chisme por teléfono.
—No es lo mismo, suegra. Esto es introspección.
Conchi se dio la vuelta y se cruzó de brazos.
Sus ojos, pequeños y vivaces, recorrieron a Lola de arriba abajo.
—¿Media hora sentada en el suelo respirando? —preguntó con una mueca de incredulidad.
—O más, si me dejan —respondió Lola con una sonrisa forzada.
—Hija mía, así no se saca adelante una casa —sentenció la suegra.
Lola notó que el comentario se le clavaba como una espina de merluza.
—La casa está perfectamente sacada adelante, Conchi. Javi y yo nos repartimos las tareas.
Conchi soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Javi? ¿Mi Javi repartiendo tareas? Si no sabe dónde guardáis el escurridor de la lechuga.
—Sabe perfectamente dónde está el escurridor.
—Lo sabrá porque se lo habrás marcado con un GPS de esos.
Conchi se acercó de nuevo a la esterilla y la tocó con la punta del zapato.
—Y esto… ¿esto cuánto te ha costado? Porque parece plástico del malo.
—Es una esterilla profesional, suegra. No resbala.
—Profesional para estar tirada por los suelos. Lo que me faltaba por ver en esta familia.
Lola se sentó en el suelo, cruzando las piernas en la postura del loto.
Intentó recuperar su centro, ignorando la presencia física de la mujer que le había dado la vida a su marido.
—Es yoga, suegra. Me ayuda a no perder la paciencia…
Hizo una pausa dramática, mirando fijamente a Conchi.
—…sobre todo cuando usted viene sin avisar.
Conchi no se inmutó. Tenía una piel de elefante para las indirectas.
—¡Paciencia la mía! —exclamó, alzando las manos al cielo—. Paciencia la mía, que tengo que ver estas cosas y callarme.
—¿Callarse usted? —Lola soltó una risita nerviosa—. Eso sí que sería un milagro milenario.
Conchi se sentó en el borde del sofá, manteniendo la espalda recta como si estuviera en una audiencia con el Papa.
—Yo vengo aquí con toda mi buena voluntad. Te traigo unas croquetas de cocido, que sé que a Javi le encantan y que tú no tienes tiempo de hacérselas con tanta “meditación”.
Lola suspiró. El olor a croquetas empezó a competir con el sándalo.
Era una batalla perdida.
—Gracias por las croquetas, suegra. Las guardaré para la cena.
—Si es que llegan a la cena, que Javi se las come frías si hace falta.
Conchi se quedó mirando el móvil de Lola, que estaba en el suelo reproduciendo una música de cuencos tibetanos.
—¿Y esa música de funeral de budista? ¿No puedes poner a Raphael o algo con un poco de alegría?
—Es música para entrar en estado de alfa, Conchi.
—Estado de alfa… de verdad, qué nombres le ponéis a todo ahora. En mis tiempos se llamaba estar “empanada”.
Lola cerró los ojos de nuevo.
—Ohm… —repitió.
—¿Ohm qué? ¿Te duele algo? —preguntó Conchi con falsa preocupación.
—Es el mantra, suegra. Ayuda a vibrar con el universo.
Conchi se levantó y se dirigió a la cocina.
—Lo que va a vibrar es la lavadora si no la pones pronto, que he visto el cesto de la ropa sucia que parece el Everest.
Lola apretó los puños.
Sus uñas se clavaron en las palmas de las manos.
—La lavadora la pongo yo cuando me parece bien, que para eso pago yo la luz.
—¡Uy, qué genio! —se oyó desde la cocina—. Eso es del yoga ese, que te pone los nervios de punta en vez de amansarte.
Lola se levantó de un salto, abandonando cualquier pretensión de paz zen.
—¡El yoga no me pone de los nervios, Conchi! ¡Me pone de los nervios que usted entre aquí a fiscalizarme hasta las pulsaciones!
Conchi asomó la cabeza por el pasillo, con una sonrisa de victoria en los labios.
—Ves, si es que lo digo yo. Media hora respirando para terminar gritándole a una pobre anciana que solo quiere que su hijo coma caliente.
—Usted no es una pobre anciana, es una estratega de la guerra psicológica.
Conchi entró de nuevo en el salón, triunfante.
—Estratega dice. Yo soy una madre. Y una madre sabe cuando su nuera está perdiendo el tiempo de mala manera.
—No es perder el tiempo. Es salud mental.
—Salud mental es tener la cocina limpia y los armarios ordenados por colores. Eso sí que da paz.
Lola se quedó mirando a su suegra, que ahora estaba recolocando un portarretratos que estaba perfectamente recto.
—¿Usted cree de verdad que el yoga es una pérdida de tiempo? —preguntó Lola, desafiante.
Conchi se detuvo y la miró con una mezcla de lástima y superioridad.
—Hija, media hora sentada en el suelo no te va a pagar la hipoteca ni te va a quitar las arrugas.
—Tampoco me las va a quitar mirar cómo usted limpia el polvo que no existe.
—El polvo siempre existe, Lola. Es como el pecado. No se ve, pero está ahí.
Lola volvió a su esterilla.
Estaba decidida. No iba a dejar que Conchi ganara esta batalla.
—Pues mire, Conchi. Voy a seguir con mi sesión. Si quiere, puede quedarse y mirar, o puede irse a la cocina a contar las croquetas.
Conchi se sentó de nuevo en el sofá, cruzó las piernas y sacó un abanico de su bolso.
—Me quedo. A ver si aprendo algo de esa “disciplina” tan importante.
El abanico de Conchi empezó a restallar en el aire.
Clac. Clac. Clac.
Un ritmo constante que era el polo opuesto a la música de los cuencos tibetanos.
Lola cerró los ojos una vez más.
Esto no era yoga.
Esto era un deporte de riesgo.
PARTE 2: La coreografía del reproche
El sonido del abanico de Conchi se convirtió en el metrónomo de la pesadilla de Lola.
Clac. Clac.
Era un sonido seco, autoritario, puramente castellano.
Lola intentó retomar la postura del guerrero.
Virabhadrasana I.
Pierna derecha adelante, rodilla doblada, brazos hacia el techo.
—Te vas a hacer daño en las lumbares —sentenció Conchi desde el sofá.
Lola no respondió.
Mantuvo la mirada fija en un punto invisible de la pared blanca.
—Mi vecina la Paqui se puso a hacer estiramientos de esos y ahora tiene que ir con faja hasta para ir a comprar el pan —continuó la suegra, sin que nadie se lo preguntara.
Lola apretó los dientes.
—Conchi, por favor. El yoga requiere concentración.
—Concentración la que hace falta para encajar las piezas del puzle de mil quinientas que tiene mi hermano, y no se pone esas mallas que te marcan hasta el alma.
Lola bajó los brazos y cambió de postura.
Intentó la postura del árbol.
Vrikshasana.
Equilibrio sobre una sola pierna.
Las manos unidas frente al pecho.
Era una postura que simbolizaba la estabilidad.
Pero la estabilidad de Lola pendía de un hilo tan fino como el pelo de un gato.
—¡Uy, que te caes! —exclamó Conchi cuando vio que Lola tambaleaba un poco.
—No me caigo, suegra. Estoy buscando el eje.
—El eje dice. El eje te lo han movido los de la inmobiliaria, que este piso está más torcido que una carretera de montaña.
Lola respiró hondo.
—Conchi, ¿por qué no se quita los zapatos y lo intenta conmigo?
La pregunta fue un error táctico.
Conchi soltó una carcajada que resonó en todo el edificio.
—¿Yo? ¿En el suelo? ¿A mi edad? ¡Ni que estuviera yo loca de la cabeza!
—Dicen que el yoga es bueno para la circulación.
—Para la circulación lo que es bueno es caminar por el pasillo mientras rezas el rosario. Eso sí que te mantiene las piernas ágiles y el espíritu limpio.
Lola volvió a apoyar los dos pies en el suelo.
La “paz interior” se había ido a dar un paseo por la Gran Vía.
—Mire, suegra. El yoga me ayuda con el estrés del trabajo. Usted no sabe lo que es estar ocho horas aguantando a clientes que no saben lo que quieren.
Conchi cerró el abanico con un golpe seco.
—¿Que yo no sé lo que es el estrés? —preguntó, ofendida—. Yo he criado a tres hijos en un piso de cuarenta metros sin calefacción y con un marido que pensaba que los platos se lavaban solos por arte de magia.
—Eran otros tiempos, Conchi.
—Eran tiempos donde no teníamos tiempo de “estresarnos”. Teníamos que comer.
Lola caminó hasta el borde de su esterilla.
—Usted se estresaba de otra forma.
—Yo me estresaba sacudiendo las alfombras por el balcón. Ahí sí que soltabas adrenalina de esa.
Lola se sentó en el suelo, derrotada.
—¿Sabe qué pasa, Conchi? Que usted ve el yoga como una vagancia.
—Es que lo es, hija. Estar ahí parada respirando… eso lo hace cualquiera.
—No es estar parada. Es controlar el cuerpo.
—Cuerpo controlado el que tenía mi tía Angustias, que era capaz de llevar dos cántaros de agua en la cabeza sin soltar una gota. Eso sí que es equilibrio “yoga”.
Lola se tumbó boca arriba.
Savasana. La postura del cadáver.
Se supone que es la parte más relajante de la sesión.
Pero tener a Conchi cerca era como intentar relajarse en medio de una mascletá.
—¿Ahora qué haces? ¿Te has desmayado? —preguntó la suegra, asomándose desde el sofá.
—Estoy relajando todos los músculos del cuerpo, uno a uno.
Conchi se levantó y se acercó a la cocina.
—Pues relájalos rápido, que voy a ver cómo tienes la nevera, que me juego el cuello a que no tienes ni un triste limón.
—¡Deje la nevera en paz! —gritó Lola desde el suelo.
—¡Ay, qué gritos! —respondió Conchi desde la cocina—. Luego dices que el yoga te da paz. Estás más histérica que una novia el día antes de la boda.
Lola escuchó el sonido de la puerta de la nevera abriéndose.
El drama estaba servido.
—¡Madre mía! —se oyó a Conchi—. ¿Pero qué es esto verde que tienes en un bote? ¿Es moho o es comida moderna?
—¡Es pesto, suegra! ¡Pesto casero!
—Pues parece que lo hayas sacado de un pantano. Y estos huevos… ¡Lola, por Dios! ¡Que caducaron ayer!
Lola se levantó de la esterilla con la agilidad de una pantera herida.
Entró en la cocina y encontró a Conchi con un cartón de huevos en una mano y un bote de tofu en la otra.
—¿Y este bloque blanco que parece un trozo de pared? —preguntó Conchi con asco.
—Es tofu. Proteína vegetal.
—Proteína vegetal… —Conchi dejó el tofu en la encimera como si fuera uranio empobrecido—. A Javi le vas a dar esto y se va a quedar como un fideo. Mi hijo necesita chicha, Lola. Chicha de la buena.
—Javi está encantado con el tofu. Dice que se siente más ligero.
—Más ligero dice… estará más flojo que un muelle de guita.
Lola le arrebató el cartón de huevos.
—Los huevos están perfectamente. La fecha de caducidad es orientativa.
Conchi se cruzó de brazos y la miró con severidad.
—Con la salud no se juega, Lola. Luego os entra una salmonelosis de esas y la culpa es de la madre que no os avisó.
—Nadie va a tener salmonelosis por un día de diferencia.
—Díselo a mi primo Paco, que estuvo tres días en el hospital por un filete que “parecía” bueno.
Lola dejó los huevos en la encimera y suspiró.
—Suegra, ¿ha venido a criticar mi despensa o a decirme algo importante?
Conchi suavizó el gesto, pero solo un poco.
—He venido porque Javi me dijo que estabas un poco “rara” últimamente.
Lola se quedó helada.
—¿Rara? ¿Javi le dijo que yo estaba rara?
—”Mamá”, me dijo, “Lola está todo el día con los ojos cerrados y haciendo sonidos de abeja”.
Lola sintió una punzada de traición.
Su marido, el hombre con el que compartía su vida, se estaba chivando a su madre de sus sesiones de relajación.
—No son sonidos de abeja, es el sonido del universo.
—Pues el universo debe de estar muy mal de la garganta, porque suena a que te vas a ahogar.
Conchi puso una mano sobre el hombro de Lola.
Era un gesto que pretendía ser cariñoso, pero que Lola sintió como el peso de una losa de mármol.
—Hija, si tienes problemas, dímelo. Si es que Javi no te ayuda, yo le doy un tirón de orejas, que para eso soy su madre. Pero no te me vuelvas una de esas de las sectas.
Lola se soltó suavemente.
—No es una secta, Conchi. Es salud mental. Es para no gritarle a la gente.
—Pues parece que no funciona muy bien, porque me has gritado hace un momento que casi se me cae el empaste.
—¡Porque usted me invade! —exclamó Lola, volviendo a subir el tono.
—¿Invadir yo? Pero si yo entro con mi llave, que para eso me la dio Javi para “emergencias”.
—¿Y qué emergencia hay hoy? —preguntó Lola, desafiante.
Conchi miró alrededor, buscando una justificación.
—Pues… que he visto que iba a llover y he pensado que igual tenías la ropa tendida fuera.
Lola miró por la ventana de la cocina.
El cielo estaba azul, sin una sola nube.
—Hace un sol de justicia, suegra.
—Bueno, las nubes vienen del norte, lo han dicho en el tiempo. Hay que estar prevenida.
Lola regresó al salón, seguida de cerca por Conchi.
Se sentó en el suelo de nuevo, pero ya no intentó ninguna postura.
Simplemente se quedó allí, mirando su esterilla.
—¿Sabes qué pasa, Lola? —dijo Conchi, suavizando la voz—. Que os complicáis mucho la vida.
—¿Nosotros nos complicamos?
—Sí. Con vuestras músicas, vuestras comidas de colores y vuestros ejercicios de respirar. La vida es mucho más sencilla.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es según usted?
Conchi se sentó en el suelo, justo al lado de Lola.
Lo hizo con dificultad, soltando un gemido de esfuerzo.
—¡Ay, mis rodillas! Esto está más duro que una piedra.
Lola se sorprendió al ver a su suegra a su altura.
—La vida —dijo Conchi, frotándose una pierna— es trabajar, querer a los tuyos y no dejar que la casa se te caiga encima. Y si estás triste, te tomas un café con una amiga y te ríes un rato.
Lola miró a Conchi.
Vio las arrugas de su rostro, marcas de una vida que no había sido precisamente un retiro espiritual en el Tíbet.
—A veces el café no basta, suegra.
—Pues te tomas un chocolate con porras, que eso alegra hasta a un muerto.
Lola sonrió a pesar de sí misma.
—Usted cree que todo se soluciona con comida.
—Porque la comida es amor, Lola. Y el amor es lo que nos mantiene de pie, no esa postura del árbol que haces tú.
Lola se quedó pensativa.
—Igual tiene razón en parte. Pero el yoga me da un espacio que es solo mío.
Conchi miró la esterilla.
—Un espacio de plástico.
—Un espacio de paz.
—Paz la que hay en el cementerio, hija. Aquí lo que hay es vida. Y la vida hace ruido.
En ese momento, el móvil de Lola volvió a emitir un sonido de campana tibetana.
—¡Ahí va la campana! —exclamó Conchi—. ¿Eso qué significa? ¿Que ya has terminado de ser un mueble?
Lola se rió. Una risa auténtica, por primera vez en toda la tarde.
—Significa que se ha acabado el tiempo que me había propuesto.
—Pues menos mal, porque tengo las piernas dormidas de estar aquí abajo. Ayúdame a levantarme, que me voy a quedar aquí como un fardo.
Lola agarró a su suegra por los brazos y tiró de ella.
Conchi pesaba poco, pero oponía una resistencia natural a ser movida.
—Venga, arriba, suegra. Que todavía tenemos que probar esas croquetas.
—¡Eso sí que es un ejercicio de verdad! —dijo Conchi, recuperando su verticalidad—. El ejercicio de masticar y disfrutar.
Pero la tregua, como todas las treguas con Conchi, iba a durar poco.
Porque en cuanto estuvieron las dos de pie, Conchi volvió a mirar el rincón del salón.
—¿Y esa pelusa que hay debajo del sofá? —preguntó, señalando con el dedo.
Lola cerró los ojos y suspiró.
—Ohm…
—¡Deja de hacer el ruidito y coge la escoba! —sentenció Conchi.
PARTE 3: El mantra de la fregona
La cocina se había convertido en el nuevo escenario del conflicto.
Conchi ya se había puesto el delantal que siempre traía en el bolso.
Un delantal con flores de colores que parecía una armadura de guerra doméstica.
—No sé cómo puedes vivir con tan poco orden en los cajones, Lola —dijo Conchi, mientras revolvía el cubertero.
—El orden es relativo, suegra. Yo encuentro todo a la primera.
—Encuentras todo porque tienes suerte. Pero un día vas a buscar el abrelatas y vas a terminar cortándote con un cuchillo de esos de sierra.
Lola se apoyó en el marco de la puerta, observando cómo su suegra empezaba a calentar las croquetas.
—¿Por qué no se sienta un momento, Conchi? Acaba de decir que le duelen las rodillas.
—El dolor se olvida cuando hay trabajo que hacer. Eso es lo que no entendéis los jóvenes.
Conchi sacó una sartén. La examinó a la luz, como si buscara pruebas de un crimen.
—Esta sartén tiene el teflón levantado. Eso es cancerígeno, Lola.
—Es una marca de uso, suegra. No sea exagerada.
—Exagerada… cuando te salga un bulto me dirás si soy exagerada.
Lola sintió que su energía zen, esa pequeña reserva que había logrado acumular antes de la invasión, se estaba evaporando como el agua en una plancha caliente.
Decidió contraatacar con amabilidad, la técnica más peligrosa.
—¿Sabe qué, Conchi? Tiene razón. El yoga no es suficiente. Debería probar a meditar conmigo un día.
Conchi se detuvo con la espumadera en la mano.
—¿Meditar? ¿Yo? ¿Para qué?
—Para soltar todos esos miedos sobre las sartenes y las pelusas. Para vivir el “aquí y el ahora”.
Conchi soltó una carcajada que hizo vibrar los azulejos.
—El “aquí” es que las croquetas se van a quemar si sigo hablando contigo, y el “ahora” es que tienes que poner la mesa.
Lola no se rindió.
—Piénselo. Se sienta en un cojín, cierra los ojos y deja que los pensamientos pasen como nubes.
—Mis pensamientos no son nubes, Lola. Son recordatorios de que tengo que comprar detergente y de que tu marido tiene un agujero en el calcetín izquierdo.
Lola se acercó y le quitó la espumadera.
—Venga, siéntese. Solo cinco minutos.
—¡Ni hablar! ¡Que me quedo encajada!
—Yo la ayudo. En el sofá, no en el suelo.
Conchi miró a su nuera con sospecha.
—¿Y qué gano yo con eso?
—Paz. Un momento de silencio total. Sin críticas, sin sartenes, sin Javi.
La mención de “sin críticas” pareció tentar a Conchi por un segundo.
—¿Cinco minutos de reloj? —preguntó.
—Cinco minutos.
Lola condujo a su suegra al salón.
La sentó en el sofá, le puso un cojín tras la espalda y le indicó que apoyara las manos sobre las rodillas.
—Ahora, cierre los ojos —instruyó Lola con voz suave, entrando en modo instructora.
Conchi cerró los ojos, pero apretando tanto los párpados que parecía que estaba sufriendo un cólico nefrítico.
—Relaje la cara, Conchi. No muerda.
—Es que si no aprieto, me entran ganas de mirar.
—No mire. Escuche su respiración.
El salón quedó en silencio.
Por un momento, Lola pensó que lo había logrado.
Pero a los diez segundos, Conchi habló.
—Lola…
—Dime, suegra.
—¿Has comprobado si la plancha está desenchufada?
—Sí, Conchi. Está desenchufada. No piense en la plancha.
Silencio otra vez.
Cinco segundos.
—Lola…
—¿Qué pasa ahora?
—¿Ese ruido es el vecino de arriba o es que se está rompiendo una tubería?
—Es el vecino moviendo una silla. Respire.
Lola se sentó frente a ella, intentando guiarla.
—Imagine un lugar tranquilo. Una playa. O un campo de flores.
—En el campo hay muchos bichos —murmuró Conchi—. Y en la playa te llenas de arena hasta las orejas.
Lola suspiró.
—Pues imagine una iglesia vacía.
—Eso está mejor. Pero en las iglesias vacías hace mucho frío. Tendría que haberme traído la rebequita.
Lola se dio cuenta de que meditar con Conchi era como intentar descargar una película de alta definición con un módem de los años noventa.
—Conchi, el objetivo es no pensar en nada. Dejar la mente en blanco.
—La mente en blanco solo la tienen los que no tienen nada en la cabeza. Y yo tengo mucha memoria, gracias a Dios.
Conchi abrió un ojo.
—¿Ya han pasado los cinco minutos?
—Han pasado cuarenta segundos, suegra.
—Pues se me han hecho eternos. Siento que estoy perdiendo la tarde.
Conchi se levantó del sofá con una energía renovada.
—Ya está bien de modernidades. Vamos a lo que importa.
Regresó a la cocina, triunfante, como si hubiera sobrevivido a una tortura china.
Lola la siguió, sintiéndose derrotada por la fuerza de la naturaleza que era la madre de su marido.
—¿Ves? —dijo Conchi mientras daba la vuelta a una croqueta—. Eso de no pensar es muy peligroso. Te deja la defensa baja.
—¿Defensa contra qué?
—Contra la vida, hija. Si te relajas demasiado, la vida te pasa por encima. Tienes que estar alerta, como los gatos.
Lola se sentó en el taburete de la cocina.
—A veces solo quiero que la vida se pare un momento, Conchi.
La suegra se detuvo. Miró a Lola con una expresión más suave.
—La vida no se para, Lola. Solo se acaba. Por eso hay que aprovecharla haciendo cosas útiles.
—¿Hacer croquetas es más útil que cuidar mi mente?
—Llenar el estómago de los que quieres es cuidar su mente y su cuerpo. Un hombre con el estómago lleno no da guerra.
Lola se rió.
—Eso es muy antiguo, suegra.
—Antiguo, pero funciona. ¿Tú crees que Javi se quejaría de tus “posturitas” si tuviera siempre una tortilla de patatas esperándole?
—Javi no se queja por el hambre, se queja porque es un cotilla y se lo cuenta todo a usted.
Conchi hizo un gesto de desdén con la mano.
—Me lo cuenta porque se preocupa. Cree que te estás volviendo loca con tanto incienso.
—No me vuelvo loca. Intento sobrevivir a este mundo de locos.
—Para sobrevivir no hace falta yoga, hace falta carácter. Y tú tienes carácter, lo que pasa es que lo tienes dormido con tanto “ohm”.
Lola se levantó y se acercó a su suegra.
—¿Usted cree que tengo carácter?
—Vaya que sí. Si no, no me aguantarías ni cinco minutos.
Esa confesión inesperada dejó a Lola desarmada.
Era lo más parecido a un cumplido que Conchi le había hecho en años.
—A veces es difícil aguantarla, Conchi. No le voy a mentir.
—Y a ti también, hija. Con tus comidas de cartón y tus ejercicios de contorsionista. Pero aquí estamos.
Conchi sacó las croquetas y las puso en un plato con papel absorbente.
—Venga, coge una. Pero no te quemes, que están ardiendo.
Lola cogió una croqueta con los dedos.
La sopló un poco y le dio un mordisco.
Era crujiente por fuera, cremosa por dentro.
Tenía ese sabor a hogar, a infancia y a horas de dedicación que ninguna aplicación de yoga podría replicar.
—Están buenísimas, suegra —admitió Lola.
—Claro que lo están. Tienen el ingrediente secreto.
—¿Cariño? —preguntó Lola, con una sonrisa.
—No seas cursi. Tienen nuez moscada de la buena y un poco de jamón del que pica.
Lola se apoyó en la encimera, masticando lentamente.
—Igual comerse una croqueta es una forma de meditación —reflexionó en voz alta.
Conchi la miró de reojo mientras fregaba la sartén.
—No empecemos otra vez con las tonterías. Comer es comer.
—No, en serio. Estoy concentrada en el sabor, en la textura… eso es “mindfulness”.
—”Maun-fulnes”… —repitió Conchi, destrozando la pronunciación—. De verdad, Lola, que tienes un nombre para cada vez que respiras.
—Es ser consciente de lo que haces.
—Yo soy muy consciente de que estoy fregando esta sartén porque si no la frego yo, se queda aquí hasta el juicio final.
Lola se rió y cogió el estropajo.
—Venga, déjeme a mí. Usted vaya a sentarse al salón, pero a descansar de verdad.
—¿Sin cerrar los ojos?
—Sin cerrar los ojos. Mire la tele, ponga a Juan y Medio si quiere.
Conchi se secó las manos en el delantal.
—Juan y Medio me gusta. Ese hombre sí que tiene los pies en el suelo y no se pone a hacer el pino.
Conchi salió de la cocina con paso firme.
Lola se quedó sola frente al fregadero.
El olor a frito había ganado definitivamente la batalla al sándalo.
Y extrañamente, Lola se sentía más relajada que al principio de la tarde.
Tal vez el yoga no era solo sentarse en el suelo.
Tal vez el yoga era sobrevivir a una tarde con tu suegra sin terminar en comisaría.
Pero la paz duró poco.
—¡Lola! —gritó Conchi desde el salón.
—¿Qué pasa ahora?
—¿Este mando a distancia por qué tiene tantos botones? ¡He tocado uno y ahora sale un hombre hablando en inglés!
Lola suspiró, dejó el estropajo y se dirigió al salón.
—Es Netflix, suegra. Ahora voy.
—¡Netflix ni qué ocho cuartos! ¡Ponme la autonomía, que van a dar el sorteo de la ONCE!
Lola sonrió mientras caminaba por el pasillo.
El universo seguía vibrando.
Y vibraba con la voz de Conchi.
PARTE 4: El equilibrio imposible
Lola llegó al salón y encontró a Conchi peleándose con el mando a distancia como si fuera una serpiente venenosa.
—¡Esto es brujería! —proclamaba la suegra—. ¡Le he dado al botón rojo y ha salido una película de gente dándose mamporros!
Lola tomó el mando con la paciencia de un monje shaolín.
—Es el botón de “atrás”, suegra. No se preocupe.
Con un par de clics rápidos, la pantalla volvió a la programación habitual.
Ahí apareció el presentador de siempre, con su sonrisa perfecta y su tono de voz tranquilizador.
Conchi se acomodó en el sofá, satisfecha.
—Así mejor. Gente normal hablando de cosas normales.
Lola se quedó de pie, observando a su suegra.
Conchi parecía una reina en su trono de fundas de sofá lavables.
—Suegra, ¿alguna vez ha pensado en lo que pasaría si un día no tuviera nada que limpiar ni nada que criticar?
Conchi la miró con una ceja levantada.
—Pues que me habría muerto, hija. El día que no tenga nada que decir es que me han puesto la caja encima.
Lola se sentó en el brazo del sofá.
—Pero debe de ser cansado. Estar siempre pendiente de todo.
—Es una responsabilidad —sentenció Conchi—. Si las madres no estuviéramos pendientes, el mundo se pararía en seco.
—¿Usted cree?
—Lo sé. Mira a Javi. Sin mí, todavía iría con los zapatos sin atar. Y sin ti… bueno, sin ti comería tofu de ese todos los días y se quedaría transparente.
Lola se rió, reconociendo la parte de verdad en esa exageración.
—A veces me gustaría que confiara más en nosotros.
—Confío, confío. Pero con vigilancia. Como los bancos.
Lola miró su esterilla de yoga, que seguía extendida en medio del salón.
Parecía un recordatorio de su intento fallido de aislamiento.
—¿Sabe qué, Conchi? Al final no he terminado mi sesión.
—¡Ay, qué pesada con la sesión! —dijo Conchi, sin apartar los ojos de la tele—. Pues termínala ahora, que yo no te molesto.
Lola la miró con incredulidad.
—¿De verdad? ¿Me va a dejar diez minutos en silencio?
—Yo no digo ni mu. Como si no estuviera.
Lola, con un rayo de esperanza, volvió a su esterilla.
Se sentó en la postura del loto.
Cerró los ojos.
Intentó conectar con su respiración.
“Inhalo paz… exhalo tensión…”
El sonido del televisor era un murmullo de fondo.
Podía ignorarlo.
Podía visualizar su lugar seguro.
Pero entonces, escuchó un susurro.
—Lola…
Lola no abrió los ojos.
—Dígame, suegra.
—No estoy hablando, estoy pensando en voz alta —dijo Conchi con un volumen perfectamente audible—. Solo decía que ese color violeta de las mallas te hace la pierna un poco corta.
Lola apretó los párpados.
—Inhalo paz… exhalo mallas… —susurró para sí misma.
—Pero no me hagas caso —continuó Conchi—. Tú sigue a lo tuyo, a tu “universo”.
Lola decidió que la única forma de terminar era integrar a Conchi en la práctica.
—Suegra, si quiere ayudarme de verdad, haga el “Ohm” conmigo.
—¿Otra vez con el grito de la abeja?
—Es un sonido que crea una vibración en el pecho. Ayuda a calmar el corazón.
Conchi resopló, pero apagó la tele con el mando.
—Venga, va. Por no oírte más. Pero si me da un mareo, me llevas a urgencias.
Lola se llenó los pulmones de aire.
—A la de tres. Una, dos, tres…
—¡OOOOOOOOHHHHHHMMMMMM! —gritó Conchi con una potencia pulmonar que habría envidiado un barítono.
Lola se quedó paralizada.
No era un “ohm” meditativo. Era un grito de guerra.
—¡Conchi, más suave! No es para que la oigan en el quinto.
—¡Habías dicho vibración! ¡A mí me está vibrando hasta el bazo!
Lola no pudo evitarlo y estalló en carcajadas.
Se tumbó en la esterilla, muerta de risa, incapaz de mantener la compostura.
Conchi la miraba desde el sofá, con una sonrisa de suficiencia.
—¿Ves? —dijo la suegra—. Eso sí que te ha quitado el estrés. Mucho mejor que estar ahí como una momia.
Lola recuperó el aliento, secándose las lágrimas de risa.
—Tiene razón, suegra. Usted tiene una forma muy particular de dar paz.
—Es que la paz no se busca, Lola. La paz se impone.
Lola se sentó y empezó a enrollar su esterilla.
La sesión había terminado, pero de una forma que nunca hubiera imaginado.
—¿Sabes qué es el yoga de verdad, Lola? —preguntó Conchi mientras se levantaba del sofá.
—Dígame, maestra.
—El yoga de verdad es llegar al final del día y poder decir: “Mañana será otro día y dios dirá”. Y si dios no dice nada, ya lo diré yo por él.
Lola guardó la esterilla detrás del sofá.
—Me gusta esa filosofía.
—Es la filosofía de toda la vida. La que no necesita aplicaciones de móvil ni inciensos de esos que huelen a muerto.
Conchi se acercó a la puerta y cogió su bolso.
—Bueno, me voy. Que tengo que llegar a casa antes de que empiece la novela.
—¿No se queda a cenar las croquetas?
—No, que Javi llegará cansado y querrá estar contigo. Además, así te dejo un poco de “espacio”, que luego dices que te invado.
Lola acompañó a su suegra a la puerta.
—Gracias por venir, Conchi. De verdad.
Conchi se detuvo en el umbral y le dio un beso sonoro en cada mejilla.
—De nada, hija. Y deja de comer esas cosas blancas que parecen pared. Come carne, que tienes los ojos muy hundidos.
—Lo intentaré, suegra.
Lola cerró la puerta y se quedó un momento apoyada en ella.
El silencio volvió al piso.
Pero era un silencio distinto.
Ya no era un silencio forzado, buscado con desesperación.
Era un silencio tranquilo.
Caminó hacia la cocina y vio el plato de croquetas sobre la encimera.
Cogió otra, fría, y se la comió con auténtico placer.
Se dio cuenta de que la pregunta seguía en el aire.
¿Es el yoga un deporte o una pérdida de tiempo?
Para Lola, después de esa tarde, la respuesta estaba clara.
El yoga era una herramienta útil.
Pero una suegra con un plato de croquetas y una lengua afilada era un entrenamiento mucho más intensivo para el espíritu.
Miró el bote de sándalo y decidió apagarlo.
Abrió la ventana de par en par.
El ruido de la calle entró de golpe.
Gritos de niños, frenazos de autobuses, el ladrido de un perro.
La vida.
Lola sonrió, inhaló el aire de Madrid y exhaló con un suspiro de alivio.
—Ohm… —dijo, esta vez con una sonrisa.
Y se fue a la cocina a fregar el plato de las croquetas antes de que Conchi volviera a aparecer mágicamente para recordárselo.
Al final, el equilibrio no consistía en quedarse quieta sobre una pierna.
El equilibrio consistía en saber bailar entre el caos y la calma.
Y en saber que, por mucho que medites, siempre habrá una pelusa debajo del sofá esperando a ser descubierta por tu suegra.