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El silencio interrumpido

PARTE 1: El silencio interrumpido

Eran las seis de la tarde.

El sol de Madrid entraba por el ventanal del salón con una saña casi personal.

Lola sentía una gota de sudor recorriéndole la columna vertebral.

No era un sudor glorioso de atleta olímpica.

Era el sudor de quien intenta no perder los estribos en una alfombrilla de caucho de oferta.

Había apartado la mesa de centro con cuidado de no rayar el parqué.

Ese parqué que, según su suegra, “gritaba por un poco de cera de la buena”.

Lola cerró los ojos.

Inhaló.

Uno.

Dos.

Tres.

Buscaba el centro de su ser, o al menos un rincón donde no escuchara el zumbido de la nevera.

El silencio en el piso era un lujo caro.

Había encendido una varilla de incienso con olor a sándalo.

O eso decía la caja, porque a ella le olía a iglesia de pueblo en pleno agosto.

Intentó la postura de la montaña.

Tadasana.

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