PARTE 1
El silencio del domingo por la mañana en un piso del barrio de Chamberí.
La luz del sol se filtra por las rendijas de la persiana.
En la cama, un bulto respira con pesadez bajo el nórdico de IKEA.
Es Carlos.
Tiene la boca medio abierta.
Un hilillo de saliva seca adorna la comisura de sus labios.
A su lado, Laura lleva despierta desde las ocho.
No por insomnio.
Por indignación.
La luz azul de la pantalla de su móvil ilumina su rostro.
Un rostro que en este momento podría cortar el acero.
Su pulgar desliza por la pantalla con una velocidad clínica.
Pam.
Pam.
Pam.
Pasa las historias de Instagram de la gente que no le importa.
Gente haciendo brunch.
Gente enseñando a sus perros en el parque del Retiro.
Gente corriendo una maratón.
De repente, se detiene.
La historia de Marta.
Marta, la novia de Javi, el mejor amigo de Carlos.
En la pantalla, un boomerang borroso.
Luces de neón.
Vasos de tubo.
Música atronadora de fondo.
Y ahí, en una esquina del vídeo, desenfocado pero inconfundible.
Carlos.
Carlos con una copa en la mano.
Carlos riéndose a carcajadas.
Carlos en un garito que, por las luces, no es el bar de Manolo de abajo.
Laura frunce el ceño.
Sale del perfil de Marta.
Va al buscador.
Escribe el nombre de Carlos.
Entra en su perfil.
Foto de perfil: los dos en un viaje a Asturias.
Biografía: “Viviendo.”
Círculo alrededor de su foto: ninguno.
No hay historias.
No hay anillo de color rosa y naranja.
Nada.
Laura respira hondo.
Vuelve a la lupa.
Entra en su cuenta secundaria.
Esa cuenta que se hizo para ver si su peluquera le copiaba los peinados.
Esa cuenta falsa llamada “gatitos_y_plantas_89”.
Busca el perfil de Carlos.
Entra.
Y ahí está.
El anillo de colores.
La traición en formato píxel.
Pulsa la historia.
Aparece Carlos.
Esta vez en primer plano.
Un selfie con Javi, con Marta, con otro chaval que no conoce.
Texto sobre la foto: “De tranquis, dijeron.”
Hora de publicación: 03:14 AM.
Laura baja el móvil.
Mira el bulto bajo el nórdico.
El bulto emite un leve ronquido.
Laura: “¿Carlos?”
Ninguna respuesta.
Laura: “Carlos.”
El tono es un poco más afilado.
Carlos se mueve debajo de las sábanas.
Saca un brazo.
Un brazo que huele vagamente a tabaco ajeno y a ginebra barata.
Carlos: “Mmmm.”
Laura: “Despierta.”
Carlos abre un ojo.
La luz de la habitación le atraviesa la retina como un cuchillo jamonero.
Carlos: “Joder.”
Carlos: “¿Qué hora es?”
Laura: “Las once y media.”
Carlos: “Hostia.”
Carlos: “Cierra un poco la persiana, porfa.”
Carlos: “Que me entra toda la solana en la cara.”
Laura no se mueve.
Sigue sentada al borde de la cama, recta como un palo.
Laura: “¿Qué tal anoche?”
Carlos traga saliva.
Tiene la boca pastosa.
Sabe a desierto.
Carlos: “Bien.”
Carlos: “Tranquilo.”
Laura: “¿Tranquilo?”
Carlos: “Sí, ya sabes.”
Carlos: “Lo típico.”
Carlos: “Unas cañas por La Latina.”
Carlos: “Y a casa.”
Laura asiente despacio.
Laura: “¿Unas cañas?”
Carlos: “Sí.”
Carlos: “Dos, creo.”
Carlos: “O tres.”
Carlos: “No me acuerdo bien, me dolía un poco la cabeza.”
Laura: “¿Te dolía la cabeza?”
Carlos: “Sí, de la semana del curro.”
Carlos: “Mucho estrés, ya sabes cómo está el jefe.”
Laura vuelve a asentir.
Sostiene su móvil con ambas manos.
La pantalla está apagada pero ella la mira como si fuera un arma cargada.
Laura: “Y después de las cañas, ¿a casa?”
Carlos se incorpora un poco.
El estómago le da un pequeño vuelco.
Nota el tono de Laura.
Ese tono.
El tono de ‘sé algo que tú no sabes que yo sé’.
Carlos: “Sí, claro.”
Carlos: “Bueno.”
Carlos: “Igual nos quedamos un rato hablando en la puerta del bar.”
Laura: “¿Hablando?”
Carlos: “Sí.”
Carlos: “De las cosas de Javi.”
Carlos: “Que está el pobre agobiado con la hipoteca.”
Laura: “Ah, la hipoteca de Javi.”
Carlos: “Sí, los tipos de interés, ya ves.”
Carlos: “Una movida.”
Laura levanta el móvil.
Desbloquea la pantalla.
La luz ilumina su sonrisa congelada.
Laura: “Me alegra saber que Javi se desahoga contigo.”
Laura: “Debe ser difícil hablar de tipos de interés con la música tan alta.”
Carlos parpadea.
Carlos: “¿Qué música?”
Laura le da la vuelta al móvil.
Le pone la pantalla a dos centímetros de la nariz.
El vídeo de Marta.
El boomerang de los vasos de tubo.
Las luces de neón.
Carlos cierra los ojos.
Mierda.
Laura: “Aquí se ve claramente cómo analizabais el Euríbor.”
Laura: “A las tres y cuarto de la mañana.”
Carlos se rasca la cabeza.
Piensa rápido.
O lo intenta, porque su cerebro va a pedales.
Carlos: “Ah, eso.”
Carlos: “Eso fue un momento.”
Carlos: “Entramos a pedir un vaso de agua.”
Laura: “¿Un vaso de agua?”
Carlos: “Sí, para Javi.”
Carlos: “Que se había atragantado con un cacahuete.”
Laura suelta una carcajada seca.
Laura: “Un cacahuete.”
Carlos: “Sí, de los que ponen con las cañas.”
Laura quita el vídeo de Marta.
Abre Instagram desde la cuenta falsa.
Pone la historia de Carlos.
El selfie con la frase “De tranquis, dijeron”.
Laura: “¿Y esto?”
Laura: “¿Esto también fue por el cacahuete?”
Carlos traga en seco.
Lo han pillado.
Con el carrito del helado.
No hay escapatoria posible.
Suspira.
Se frota la cara con ambas manos.
Carlos: “Vale.”
Carlos: “Me has pillado.”
Carlos: “Nos liamos.”
Carlos: “La mítica.”
Carlos: “Dices de tomar una y acabas en el Kapital.”
Laura no sonríe.
Guarda el móvil en el bolsillo del pijama.
Se cruza de brazos.
Laura: “Ese no es el problema, Carlos.”
Carlos: “¿No?”
Carlos: “Pues menos mal, porque el garito era carísimo.”
Carlos: “No te imaginas.”
Laura: “No, Carlos.”
Laura: “El problema no es que te líes.”
Laura: “El problema es que yo no he visto esa historia en mi Instagram.”
Carlos se queda callado.
El silencio en la habitación se vuelve denso.
Se puede cortar con un cuchillo de untar mantequilla.
Laura: “He tenido que entrar con la cuenta de ‘gatitos_y_plantas_89’.”
Laura: “Para ver tu historia.”
Laura: “Tuya.”
Laura: “De mi novio.”
Carlos mira hacia la pared.
La pared blanca.
Pintura plástica mate.
Muy interesante la pared.
Laura: “¿Por qué has subido una foto de fiesta y me has ocultado para que no la vea?”
PARTE 2
Carlos siente una gota de sudor frío recorrer su nuca.
La resaca, que hasta ahora era un leve dolor punzante, se convierte en un taladro percutor.
Intenta buscar las palabras adecuadas.
Sabe que está caminando por un campo de minas.
Con los ojos vendados.
Y calzando zuecos.
Carlos: “A ver…”
Carlos: “No es que te haya ocultado.”
Laura: “¿Ah, no?”
Laura: “¿Cómo se llama el botón que le has dado entonces?”
Laura: “¿’Proteger a mi novia de la luz de los neones’?”
Carlos: “Es que… fue sin querer.”
Laura alza una ceja.
Una ceja que desafía las leyes de la gravedad.
Laura: “¿Sin querer?”
Carlos: “Sí.”
Carlos: “Ya sabes cómo es Instagram.”
Carlos: “Cambian los menús cada dos días.”
Carlos: “Yo le fui a dar a ‘Mejores amigos’.”
Carlos: “Y se ve que le di a ‘Ocultar a Laura’.”
Laura: “Curioso.”
Laura: “Porque para ocultar a alguien tienes que ir a Configuración.”
Laura: “Privacidad.”
Laura: “Historia.”
Laura: “Ocultar historia a.”
Laura: “Y buscar mi nombre.”
Laura: “Has tenido que escribir mi nombre, Carlos.”
Laura: “L-A-U-R-A.”
Laura: “A las tres de la mañana, borracho, tu pulso fue lo suficientemente firme para teclear mi nombre.”
Laura: “Y marcar la casilla.”
Carlos se rinde.
No puede competir con esa lógica forense.
CSI Chamberí ha cerrado el caso.
Carlos: “Vale, vale.”
Carlos: “Fui yo.”
Carlos: “Lo hice aposta.”
Laura: “¿Y se puede saber por qué?”
Laura: “¿Qué pasa?”
Laura: “¿Había alguna tía en el fondo de la foto?”
Laura: “¿Estabais invitando a rondas a unas chavalas?”
Carlos: “¿Qué? ¡No!”
Carlos: “¡Qué dices!”
Carlos: “Si éramos Javi, yo, y el pesado del primo de Marta.”
Carlos: “Que no paró de dar la tabarra con las criptomonedas.”
Laura: “Entonces, ¿por qué me ocultas la historia?”
Carlos coge aire.
Sabe que la verdad le va a doler.
Pero la mentira ya no se sostiene.
Carlos: “Para que no me dieras la chapa.”
Laura: “¿La chapa?”
Laura: “¿Yo te doy la chapa?”
Carlos: “Sí, Laura. Sí.”
Carlos: “Para que no me dieras la turra con que me gasto mucho dinero en copas.”
Laura se queda de piedra.
Descruza los brazos.
Los vuelve a cruzar, más fuerte.
Laura: “Perdona que te diga, pero yo no te doy la turra.”
Carlos: “Laura, por favor.”
Carlos: “Si cada vez que salgo y me tomo más de dos cervezas, me haces un Excel mental.”
Laura: “Eso es mentira.”
Carlos: “¿Mentira?”
Carlos: “El mes pasado, cuando salimos a celebrar mi ascenso.”
Carlos: “Me pedí un gin-tonic de los buenos.”
Carlos: “Y te pasaste todo el camino de vuelta en el Uber calculando a cuántos paquetes de macarrones del Mercadona equivalía esa copa.”
Laura: “Es que catorce euros por un gin-tonic de Larios es un robo.”
Laura: “¡Un robo a mano armada!”
Laura: “Te echó la tónica a un palmo de distancia, como si fuera un escanciador de sidra.”
Laura: “Y por eso te cobró cuatro euros extra.”
Carlos: “¡Me da igual si la tiró desde un helicóptero, Laura!”
Carlos: “¡Estaba de fiesta!”
Carlos: “Y ayer igual.”
Carlos: “Sabía que si veías la historia a las tres de la mañana…”
Carlos: “Lo primero que ibas a pensar no era: ‘Mira qué bien se lo pasa mi chico’.”
Carlos: “Ibas a pensar: ‘Ese garito cobra la entrada a veinte pavos con consumición’.”
Laura: “Y me equivocaba?”
Carlos aparta la mirada.
Carlos: “Dieciocho.”
Carlos: “Sin consumición.”
Laura suelta un bufido indignado.
Laura: “¡Lo ves!”
Laura: “¡Dieciocho euros por entrar en un sitio donde huele a sudor y a Fanta de limón rancia!”
Laura: “Y luego te quejas de que no llegamos para ahorrar para el viaje a Japón.”
Carlos: “¡Ahí está!”
Carlos: “¡A Japón hemos ido a parar!”
Carlos: “Sabía yo que el viaje a Japón iba a salir a la palestra.”
Laura se levanta de la cama.
Empieza a pasear por la habitación.
Un león enjaulado en pijama de Oysho.
Laura: “Claro que sale a la palestra.”
Laura: “Porque luego, cuando vamos al supermercado…”
Laura: “Eres el primero que me dice que pille el papel higiénico de una capa porque está de oferta.”
Laura: “¡De una capa, Carlos!”
Laura: “¡Que rasca como una lija del siete!”
Laura: “¡Pero luego para irte al Kapital a tomar ginebra con el primo cripto de Marta sí que hay presupuesto!”
Carlos: “¡Era una noche puntual!”
Carlos: “¡Javi lo necesitaba!”
Laura: “¿Ah sí? ¿Qué le pasa a Javi?”
Laura: “¿El Euríbor de repente está al 5%?”
Carlos: “No, discutió con Marta.”
Laura: “¿Y se fue de fiesta con Marta?”
Carlos se queda callado.
La cagada es monumental.
Su propio cerebro le está tendiendo trampas.
Carlos: “Bueno.”
Carlos: “Discutieron antes.”
Carlos: “Y luego se reconciliaron.”
Carlos: “Y lo celebramos.”
Laura se ríe.
Una risa sin humor.
Una risa que hace que las plantas de la terraza se marchiten un poquito.
Laura: “Fíjate.”
Laura: “Qué bonita es la amistad.”
Laura: “Lo celebráis por todo lo alto.”
Laura: “Y tú decides que, para evitar un comentario mío sobre finanzas básicas…”
Laura: “Es mejor ocultarme de tu vida digital.”
Carlos: “Laura, no dramatices.”
Carlos: “Es una historia de Instagram.”
Carlos: “Desaparece a las veinticuatro horas.”
Carlos: “No he borrado tu nombre del libro de familia.”
Laura se detiene.
Se gira hacia él.
Le señala con un dedo acusador.
Laura: “No, Carlos.”
Laura: “No es una historia de Instagram.”
Laura: “Es el concepto.”
Laura: “Es el principio de la cuestión.”
Carlos: “Ya empezamos con la filosofía barata de domingo.”
Laura: “No es filosofía, es lógica aplastante.”
Laura: “Si ocultas una tontería así, vete a saber qué más escondes.”
PARTE 3
La frase queda flotando en el aire.
“Vete a saber qué más escondes.”
Carlos siente que la habitación se encoge.
El póster de Pulp Fiction de la pared parece mirarle con condescendencia.
Carlos: “¿Qué más voy a esconder, Laura?”
Carlos: “¡Mírame!”
Carlos: “Soy un tío de treinta y dos años que se emociona cuando encuentra sitio para aparcar en zona verde.”
Carlos: “No tengo una doble vida en Móstoles.”
Carlos: “No soy un agente secreto.”
Laura: “Yo no he dicho que seas James Bond.”
Laura: “Pero la mentira es una bola de nieve.”
Laura: “Empiezas ocultándome una noche de fiesta…”
Laura: “Y acabas teniendo una cuenta en las Islas Caimán.”
Carlos: “¡Una cuenta en las Islas Caimán!”
Carlos: “Laura, que ayer tuve que hacer un Bizum a Javi de tres euros para pagar a medias el taxi.”
Carlos: “¡Qué cojones voy a tener en las Islas Caimán!”
Laura no cede ni un milímetro.
Laura: “Es la actitud, Carlos. La actitud esquiva.”
Laura: “El secretismo.”
Laura: “¿Cuántas veces lo has hecho?”
Carlos: “¿El qué?”
Laura: “Ocultarme historias.”
Laura: “O peor, bloquearme el WhatsApp.”
Laura: “Dime la verdad.”
Carlos: “¡Nunca!”
Carlos: “Solo fue esta vez.”
Carlos: “Porque sabía que estabas tensa con el dinero de la cuenta común.”
Laura se cruza de brazos de nuevo.
Laura: “Ah, la cuenta común.”
Laura: “Ese agujero negro donde yo meto mi nómina y tú metes… ¿qué metes tú, Carlos?”
Carlos: “¡Yo meto mi parte!”
Carlos: “Todos los días cinco.”
Carlos: “Religiosamente.”
Laura: “Sí, claro.”
Laura: “Menos el mes pasado, que te compraste la PlayStation 5.”
Carlos: “¡Estaba de oferta en el Black Friday!”
Laura: “¡Y tuvimos que pagar el seguro de la casa con mi tarjeta personal!”
Carlos: “¡Te lo devolví!”
Laura: “¡A plazos!”
Laura: “¡Como si fuera yo Cofidis!”
Carlos se frota las sienes.
La cabeza le va a estallar.
Necesita un Ibuprofeno.
O un Paracetamol.
O un coma inducido de dos días.
Carlos: “Laura, nos estamos desviando del tema.”
Carlos: “Estábamos hablando de una puta foto de Instagram.”
Laura: “No, estamos hablando de confianza.”
Laura: “De transparencia.”
Laura: “Tú y yo somos un equipo, Carlos.”
Laura: “Los equipos no se ocultan cosas.”
Laura: “Casillas no le ocultaba cosas a Sergio Ramos en el Mundial.”
Carlos: “¡Casillas y Sergio Ramos no compartían cuenta en ING Direct, Laura!”
Carlos: “¡Y seguro que si Sergio Ramos se iba de cañas, no le daba explicaciones a Íker!”
Laura suspira, con una mezcla de cansancio y decepción teatral.
Laura: “Mira, no lo entiendes.”
Laura: “Te ríes de mí.”
Laura: “Te parece divertido que me preocupe por nuestro futuro.”
Carlos: “No me parece divertido.”
Carlos: “Me parece exagerado.”
Carlos: “Trabajo cuarenta horas a la semana, Laura.”
Carlos: “Aguanto a un jefe que se cree el lobo de Wall Street pero vende tornillos al por mayor.”
Carlos: “Llega el sábado por la noche.”
Carlos: “Salgo con mi amigo de toda la vida.”
Carlos: “Me tomo tres copas.”
Carlos: “Y me saco una foto haciendo el imbécil.”
Carlos: “Y lo oculto porque sé que tú, en vez de ver a tu novio relajándose…”
Carlos: “Ves una factura con patas.”
Laura se queda callada.
Por un segundo, la armadura de indignación parece agrietarse.
Pero solo un segundo.
Laura: “Yo no veo una factura con patas.”
Laura: “Veo a alguien que no me respeta lo suficiente como para ir de frente.”
Laura: “Si quieres salir y gastarte cien euros, hazlo.”
Laura: “Pero dímelo.”
Laura: “No me trates como a una madre estricta a la que tienes que engañar para llegar tarde a casa.”
Carlos la mira.
Sus palabras tienen sentido.
Maldita sea, cuando tiene razón, da rabia.
Carlos: “Vale.”
Carlos: “Quizás tienes razón en eso.”
Carlos: “No debí ocultarlo.”
Carlos: “Parece de niño pequeño.”
Laura asiente, reconfortada por la victoria argumental.
Laura: “Exacto.”
Laura: “De adolescente que fuma en la ventana para que no le huela el cuarto.”
Carlos: “Pero tú también tienes que admitir una cosa.”
Laura se tensa.
Laura: “¿El qué?”
Carlos: “Que eres muy controladora con la pasta.”
Carlos: “Y que das una chapa brutal.”
Laura: “¡No doy la chapa!”
Laura: “¡Soy previsora!”
Carlos: “¡Eres el Ministerio de Hacienda en pijama polar!”
Laura: “¡Alguien tiene que serlo!”
Laura: “¡Si por ti fuera, cenaríamos Glovo todas las noches y viviríamos debajo de un puente!”
Laura: “¡Pero un puente con la Play 5!”
Carlos no puede evitar sonreír un poco.
La imagen mental es graciosa.
Carlos: “Tampoco te pases.”
Carlos: “A lo mejor un piso pequeño.”
Laura no sonríe.
Laura: “Esto no es una broma, Carlos.”
Laura: “Hoy es una historia.”
Laura: “Mañana es un préstamo a espaldas mías.”
Laura: “Pasado mañana me entero de que has hipotecado a mi madre.”
Carlos: “¡Tu madre vive de alquiler!”
Laura: “¡Me entiendes perfectamente!”
Laura empieza a caminar hacia la puerta.
Carlos se asusta.
La discusión clásica de domingo por la mañana está escalando a niveles peligrosos.
Niveles de ‘hago la maleta y me voy a casa de mi hermana’.
Carlos: “Laura, espera.”
Carlos: “¿Adónde vas?”
Laura se detiene en el marco de la puerta.
De espaldas a él.
Laura: “Al salón.”
Laura: “A pensar.”
Carlos: “¿A pensar el qué?”
Laura se gira lentamente.
Su mirada es profunda.
Insondable.
Dramática a más no poder.
Laura: “A pensar si realmente conozco a la persona que duerme a mi lado.”
Laura: “A pensar si esta relación tiene sentido si tengo que investigar en internet como un hacker ruso para saber qué haces los sábados por la noche.”
Carlos: “Laura, te estás pasando de frenada.”
Carlos: “Es una red social.”
Carlos: “Mark Zuckerberg no debería tener tanto poder sobre nuestra relación.”
Laura: “No es Zuckerberg, Carlos.”
Laura: “Eres tú.”
Laura: “Y tu dedo.”
Laura: “Ese dedo traicionero que pulsó ‘Ocultar’.”
Laura: “Voy a prepararme un té.”
Laura: “Y no me hables hasta que yo te hable.”
Y con un giro de talones digno de una telenovela, Laura desaparece por el pasillo.
Dejando a Carlos solo.
Con su resaca.
Su remordimiento.
Y una pregunta existencial resonando en las paredes de la habitación.
PARTE 4
El sonido de la tetera silbando llega desde la cocina.
Carlos sigue en la cama, mirando al techo.
El silencio ha vuelto, pero es un silencio pesado.
No es el silencio tranquilo de un domingo por la mañana.
Es el silencio previo a un bombardeo.
Cierra los ojos e intenta procesar cómo una noche de risas y ginebra barata ha terminado en esto.
En una crisis existencial de pareja.
Coge su móvil de la mesilla.
Desbloquea la pantalla.
Abre Instagram.
Ahí está su propia historia.
“De tranquis, dijeron.”
Se ve a sí mismo sonriendo.
Qué gilipollas parezco, piensa.
Toca los tres puntitos de abajo a la derecha.
Entra en la configuración de la historia.
En el apartado de “Ocultar a”, hay un nombre.
Solo uno.
Laura.
Con un tick azul al lado.
Suspira profundamente.
Se siente sucio.
Se siente como un criminal de poca monta.
De esos que roban cobre y los pillan porque se dejan el DNI en el lugar del robo.
Quita el tick azul del nombre de Laura.
Cierra la aplicación.
Se levanta de la cama despacio.
Las articulaciones le crujen como si tuviera ochenta años en lugar de treinta y dos.
Se pone unos pantalones de chándal grises.
Camina hacia el pasillo.
El piso huele a té verde y a tensión acumulada.
Entra en el salón.
Laura está sentada en el sofá.
Abrazando una taza humeante con ambas manos.
Mirando fijamente a la televisión apagada.
Como si en el reflejo negro de la pantalla estuviera viendo su futuro destruido.
Carlos se queda de pie, a un par de metros de ella.
No sabe si acercarse o si el sofá está minado.
Carlos: “He quitado lo de ocultar.”
Laura no se mueve.
Ni siquiera parpadea.
Laura: “Qué bien.”
Laura: “A buenas horas.”
Laura: “El daño ya está hecho.”
Carlos avanza un paso.
Prudente.
Carlos: “Laura, lo siento.”
Carlos: “En serio.”
Carlos: “He sido un inmaduro.”
Carlos: “Y un cobarde.”
Laura toma un sorbo de té.
No le mira.
Laura: “Un cobarde.”
Laura: “Esa es la palabra.”
Laura: “Le tienes más miedo a una discusión sobre dinero que a mentirme a la cara.”
Carlos: “No te he mentido a la cara…”
Laura gira la cabeza de golpe.
Los ojos le echan chispas.
Laura: “¡Omitir información es mentir, Carlos!”
Laura: “¡Tú estudiaste derecho, deberías saberlo!”
Carlos: “¡Hice dos años de derecho y me pasé a marketing!”
Laura: “¡Pues en marketing te enseñarían a vender la moto, porque es lo que estás intentando hacerme!”
Carlos levanta las manos en son de paz.
Rendición incondicional.
Carlos: “Vale, vale.”
Carlos: “Tienes toda la razón.”
Carlos: “Soy idiota.”
Carlos: “Me daba pereza la bronca.”
Carlos: “Quería llegar a casa, dormir, y pasar un domingo tranquilo.”
Carlos: “Y por evitar un problema pequeño, he creado un problema enorme.”
Laura vuelve a mirar al frente.
El tono de Carlos, sincero y derrotado, parece haber rebajado un poco la furia.
Laura: “Es que no lo entiendes.”
Laura: “No es por los dieciocho euros del garito.”
Laura: “Ni por la copa de catorce euros.”
Carlos: “¿No?”
Laura: “Bueno, un poco sí.”
Laura: “Porque menudos sablazos.”
Laura: “Pero es más profundo.”
Laura: “Nos vamos a casar algún día, supongo.”
Carlos traga saliva.
Esa es otra palabra mayor.
Casarse.
Carlos: “Sí, claro.”
Laura: “Tendremos una hipoteca de verdad, no la del pobre Javi.”
Laura: “A lo mejor tenemos niños.”
Laura: “Un perro.”
Laura: “Gastos de verdad.”
Laura: “¿Y qué vas a hacer?”
Laura: “¿Ocultarme los movimientos bancarios porque tienes miedo de que te dé la chapa?”
Laura: “¿Vas a abrirte un OnlyFans para pagar tus vicios sin que yo me entere?”
Carlos abre los ojos como platos.
Carlos: “¡Un OnlyFans!”
Carlos: “¡Pero si tengo pelos en la espalda, Laura!”
Carlos: “¿Quién iba a pagar por ver eso?”
Laura contiene una sonrisa.
Le cuesta, pero la contiene.
Mantiene el rictus serio.
Laura: “Hay gente para todo en internet.”
Carlos se sienta en el otro extremo del sofá.
Deja una distancia de seguridad respetable.
Carlos: “Laura.”
Carlos: “Te prometo que no voy a ocultarte nada más.”
Carlos: “Ni fotos.”
Carlos: “Ni gastos.”
Carlos: “Ni si un día me compro un billete de lotería a escondidas.”
Carlos: “Todo por delante.”
Laura lo mira de reojo.
El enfado se está diluyendo, dejando paso al cansancio habitual del domingo.
Laura: “Más te vale.”
Laura: “Porque como me vuelva a meter en ‘gatitos_y_plantas_89’ y descubra algo raro…”
Carlos: “Por cierto.”
Carlos: “¿De dónde sacaste las fotos para esa cuenta falsa?”
Laura: “De Pinterest.”
Laura: “Gatos persas y potos.”
Laura: “Es un perfil súper creíble.”
Laura: “Tengo hasta setenta seguidores.”
Carlos se ríe.
Una risa suave, de alivio.
Carlos: “Estás fatal de la cabeza.”
Laura le da un ligero empujón con el pie.
Laura: “Tú me obligas a estarlo.”
Laura: “Me conviertes en una desequilibrada.”
Carlos: “Prometo no volver a darte motivos para ser hacker.”
Se hace el silencio de nuevo.
Pero esta vez es un silencio diferente.
El aire es más ligero.
La tormenta ha pasado.
Carlos mira la taza de té.
Carlos: “¿Queda agua caliente?”
Carlos: “Necesito algo para resucitar.”
Laura: “En la cocina.”
Laura: “Y hay un ibuprofeno encima de la encimera.”
Laura: “Sabía que te ibas a levantar con una resaca del quince.”
Carlos sonríe.
Ella siempre va un paso por delante.
Se levanta del sofá y va a la cocina.
Mientras el agua corre, Carlos piensa en toda la escena.
Es ridículo.
Absurdo.
Toda esta película por un puto botón en una aplicación de móvil.
Hace diez años, si salías y no lo contabas, no pasaba nada.
Nadie se enteraba.
Hoy en día, tu novia tiene un perfil de gatos falsos para vigilar si te tomas un Larios de más en el Kapital.
El mundo moderno es una trampa mortal para los cobardes.
Carlos vuelve al salón con su taza y su pastilla mágica.
Se sienta más cerca de Laura.
Laura sigue mirando la tele apagada, pero su postura es mucho más relajada.
Carlos: “Oye, Laura…”
Laura: “¿Qué?”
Carlos: “Entonces… si yo llego a subir la foto a las tres de la mañana.”
Carlos: “Y tú la ves.”
Carlos: “Sin habértela ocultado.”
Carlos: “¿Qué habría pasado?”
Laura lo piensa un segundo.
Se encoje de hombros.
Laura: “Te habría mandado un mensaje.”
Carlos: “¿Diciendo qué?”
Laura: “Diciendo: ‘Acuérdate de beber agua, borracho’.”
Laura: “‘Y vete preparando para invitarme a cenar mañana, porque vaya pastizal te estás dejando’.”
Carlos se ríe.
Carlos: “O sea, que el sablazo me lo habría llevado igual.”
Laura: “Evidentemente.”
Laura: “Las normas económicas del hogar son inamovibles.”
Carlos niega con la cabeza, sonriendo y bebiendo su té.
Carlos: “Para la próxima vez, lo tendré en cuenta.”
Laura lo mira.
Esta vez de frente.
Sus ojos, que antes echaban fuego, ahora muestran una calma severa pero cariñosa.
Laura: “Carlos.”
Carlos: “Dime.”
Laura: “¿Ocultar una historia de redes sociales a tu pareja es motivo de ruptura?”
La pregunta cae en el salón como una sentencia judicial.
El ‘Chốt’.
El punto clave de toda esta locura dominguera.
Carlos se queda mirando su taza.
Reflexiona.
Sabe que de esta respuesta depende el resto del fin de semana.
Y posiblemente el resto de su vida.
Carlos: “Visto desde fuera…”
Carlos: “Si se lo cuentas a alguien.”
Carlos: “Suena a que estamos los dos para que nos encierren.”
Laura: “Probablemente.”
Carlos: “Suena a un problema del primer mundo nivel premium.”
Carlos: “Nivel de gente que no tiene problemas reales y se los inventa.”
Laura: “Es posible.”
Carlos: “Pero estando aquí dentro…”
Carlos: “En esta relación…”
Carlos: “Yo creo que el problema no es la red social.”
Carlos: “Ni la historia.”
Carlos: “Ni siquiera los catorce euros del puto gin-tonic.”
Laura asiente, animándole a continuar.
Carlos: “El problema es que cuando ocultas algo, estás levantando un muro.”
Carlos: “Por muy pequeño que sea.”
Carlos: “Es un muro que dice: ‘Aquí no puedes entrar’.”
Carlos: “Y en una pareja como nosotros, que lo compartimos todo…”
Carlos: “Hasta el cepillo de dientes eléctrico si se le acaba la batería al otro…”
Laura hace una mueca de asco.
Laura: “Cambiamos los cabezales, Carlos.”
Laura: “No seas guarro.”
Carlos: “Ya, ya, tú me entiendes.”
Carlos: “El caso es que levantar muros es el primer paso para separarse.”
Carlos: “Así que no.”
Carlos: “Ocultar la historia en sí no es el motivo de ruptura.”
Carlos: “Pero la mentira que hay detrás…”
Carlos: “El miedo a comunicarse…”
Carlos: “Eso sí lo es.”
Laura se queda callada.
Sopesando sus palabras.
Evaluando el nivel de madurez que acaba de demostrar su novio con resaca.
Finalmente, una pequeña sonrisa asoma a sus labios.
Laura: “No está mal.”
Laura: “Para ser un borracho inmaduro que casi no ha dormido, tienes momentos de lucidez.”
Carlos se ríe.
El alivio le invade por completo.
Carlos: “Gracias.”
Carlos: “Hago lo que puedo.”
Laura se acomoda contra él.
Apoya la cabeza en su hombro.
Laura: “Pero que te quede claro una cosa.”
Carlos: “¿El qué?”
Laura: “Esa lucidez filosófica no te salva.”
Carlos suspira.
Carlos: “¿No me salva de qué?”
Laura: “De invitarme a cenar esta noche.”
Laura: “Al japonés caro.”
Laura: “El que está cerca de Plaza de España.”
Carlos abre los ojos.
Carlos: “¡Laura! ¡Ese sitio cuesta sesenta euros por cabeza!”
Laura se levanta del sofá.
Camina hacia la puerta del salón.
Con la taza en la mano y una actitud triunfal.
Laura: “El que algo oculta, algo paga, cariño.”
Laura: “Vete duchándote, que tienes que lavar tus pecados.”
Y desaparece por el pasillo.
Carlos se queda solo otra vez en el salón.
Mira la taza de té.
Saca el móvil.
Abre la aplicación de su banco.
Mira el saldo.
Sesenta euros por cabeza.
Más las copas de ayer.
Su cuenta bancaria llora en silencio.
Pero al menos no está soltero.
Al menos Laura no le ha dejado.
Piensa en el perfil de “gatitos_y_plantas_89”.
Sonríe mientras niega con la cabeza.
Qué locura de época nos ha tocado vivir.
Se levanta del sofá.
Va hacia el pasillo.
Grita hacia el fondo de la casa.
Carlos: “¡Solo si pedimos el menú degustación barato!”
Desde el baño, se escucha la voz de Laura, clara y firme sobre el ruido del agua.
Laura: “¡El caro, Carlos!”
Laura: “¡O te oculto yo a ti de Netflix!”
Carlos se paraliza.
Ocultarle de la cuenta compartida de Netflix.
El golpe bajo definitivo.
Carlos: “¡Vale, vale!”
Carlos: “¡El caro!”
Suspira resignado.
Acepta su destino.
Porque en el fondo sabe la verdad.
Ocultar una historia es una tontería.
Pero las consecuencias de ocultarla, en el mundo real, te cuestan ciento veinte euros en sushi.
Y eso, definitivamente, sí que es para pensárselo dos veces antes de darle al botoncito de las narices en Instagram.