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El salón de Lucía olía a esa mezcla contradictoria de incienso de sándalo y ambientador de pino barato.

PARTE 1

El salón de Lucía olía a esa mezcla contradictoria de incienso de sándalo y ambientador de pino barato.

Era diciembre en Madrid, y el frío se colaba por las rendijas de las ventanas viejas del barrio de Chamberí.

Encarna estaba sentada en el sofá de terciopelo, ese que Lucía había comprado en un mercadillo de antigüedades y que, según Encarna, “tenía cara de ácaro”.

La suegra sostenía una taza de té de jengibre con una expresión de sospecha profunda.

Miraba el líquido amarillento como si fuera a salir de él una criatura abisal.

Lucía, por su parte, revolvía unos papeles sobre la mesa del comedor, nerviosa, ordenando folletos de “alternativas éticas”.

Paco, el hijo de Encarna y marido de Lucía, estaba en la cocina, intentando no existir.

Se oía el ruido del grifo abierto, una táctica milenaria para no participar en la conversación que se avecinaba.

Encarna dejó la taza sobre un posavasos de corcho prensado.

—¿Y dices que esto limpia el aura, Lucía? —preguntó Encarna, arqueando una ceja perfectamente depilada.

—No, mamá, te he dicho que ayuda a la digestión antes de planificar el menú —respondió Lucía sin levantar la vista.

—A mí la digestión me la ayuda un orujo de hierbas después de un buen chuletón, no antes de un papelito.

Lucía suspiró, cerró los ojos y contó hasta diez, una técnica que su terapeuta le había recomendado para “gestionar figuras de autoridad conflictivas”.

—Precisamente de eso quería hablarte, Encarna —dijo Lucía, sentándose frente a ella.

El ambiente se tensó de repente, como si el espíritu de la Navidad hubiera decidido darse a la fuga por el balcón.

—Uy, esa cara la conozco yo —sentenció la suegra—. Esa es la cara de cuando me vas a decir que el niño no va a ir a misa de gallo.

—El niño tiene treinta y cinco años, mamá —gritó Paco desde la cocina, aún bajo el amparo del grifo.

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