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El sagrado ritual del domingo y la hogaza de la discordia

PARTE 1: El sagrado ritual del domingo y la hogaza de la discordia

El sol de mediodía rebotaba en las persianas de plástico verde de la calle General Perón.

Era un domingo de esos en los que el asfalto parece querer derretirse y pegarse a la suela de las zapatillas.

Marta subía en el ascensor, un artefacto de los años setenta que crujía como si estuviera masticando cristales.

Llevaba en la mano una bolsa de papel craft, apretándola con la fuerza de quien sostiene un tesoro o una granada de mano.

Dentro de la bolsa había un pan.

Pero no era un pan cualquiera.

Era un pan de ocho euros, elaborado con harina de sarraceno y amor de monje tibetano, comprado en una panadería especializada de Malasaña.

Un pan que, a ojos de su suegra, Concha, era poco menos que un insulto a la civilización occidental.

A su lado, Javi sudaba la gota gorda, cargando con el carrito de la niña y una bolsa llena de juguetes descabalados.

—Marta, por lo que más quieras, no empecemos hoy —susurró Javi, mirando con pánico el número del piso que se iluminaba en rojo.

—Yo no empiezo nada, Javi, solo traigo el pan de tu hija —respondió ella, con una calma que precedía a los huracanes de categoría cinco.

—Ya sabes cómo es mi madre, que le gusta opinar de todo.

—Una cosa es opinar sobre el color de las cortinas y otra muy distinta es intentar envenenar a su nieta con una barra de medio.

El ascensor se detuvo con un golpe seco.

Las puertas de metal se abrieron y el olor a sofrito de cebolla y pimiento las golpeó como una bofetada de bienvenida.

Era el aroma oficial de la casa de Concha.

Un olor que se te metía en los poros de la piel y no te abandonaba hasta el miércoles siguiente.

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