PARTE 1: El Ritual del Humo
El sol de julio en las afueras de Madrid no perdona.
No es un calor cualquiera.
Es un calor que se te mete en los huesos y te susurra que hoy no deberías haber salido de la piscina.
Manolo se ajustó el cinturón por encima de la barriga, una maniobra que repetía cada vez que se disponía a juzgar algo.
Y hoy había mucho que juzgar.
Había llegado al chalet de su hijo puntual, como siempre, a las once de la mañana.
Cargaba con una bolsa de hielo que ya empezaba a llorar agua bendita sobre sus sandalias con calcetines.
Clara, su nuera, estaba en el porche.
Llevaba un delantal que ponía “Kiss the cook” y una determinación que Manolo consideraba, cuanto menos, temeraria.
Ella ya había dispuesto los sacos de carbón junto a la barbacoa de piedra.
Esa barbacoa que Manolo mismo ayudó a construir hacía tres veranos y que consideraba su territorio soberano.
El aire estaba cargado de esa electricidad previa a las tragedias familiares.
Una mosca cojonera revoloteaba sobre el cuenco de las aceitunas.
Manolo dejó la bolsa de hielo en la encimera con un golpe seco.
—Buenos días, Clara —dijo él, entrecerrando los ojos como un sheriff en un duelo al sol.
—Buenos días, suegro, qué puntual —respondió ella, sin apartar la vista de la chimenea de encendido.
Clara no era de las que se achantaban.
Era arquitecta, sabía de estructuras, de flujos de aire y de gestión de crisis.
Pero Manolo no veía una arquitecta.
Manolo veía a una persona que usaba pastillas de encendido químicas.
Y eso, en su manual de “El Perfecto Dominguero”, era un pecado capital.
—¿Vas a usar eso? —preguntó Manolo, señalando las pastillas blancas con el mentón.
—Es más rápido, Manolo, que el niño tiene hambre y no queremos comer a las cinco de la tarde.
Manolo soltó un bufido que hizo vibrar sus bigotes.
—La prisa es la enemiga de la brasa, hija mía.
Se acercó a la barbacoa con paso lento, como el que inspecciona una escena del crimen.
Clara ya había colocado el carbón en una pirámide perfecta.
Había algo matemático en su forma de apilar el combustible.
Pero para Manolo, la barbacoa no era matemáticas.
Era mística.
Era una conversación entre el hombre y el elemento.
—¿Y el sarmiento? —preguntó él, mirando alrededor con fingida confusión.
—No hay sarmiento, suegro. Hay carbón de encina del bueno.
—El carbón de encina está bien para los que no saben distinguir un entrecot de una zapatilla —sentenció Manolo.
Clara suspiró, un suspiro largo que arrastraba todas las cenas de Navidad de los últimos seis años.
Encendió la cerilla.
La llama prendió la pastilla y un humo negro y denso empezó a elevarse.
Manolo se tapó la nariz con un pañuelo de tela a cuadros.
—Ese humo sabe a petróleo. La carne va a saber a gasolinera.
—No va a saber a nada de eso, deje que tire un poco.
—Se está ahogando —dijo Manolo, dando un paso adelante.
—No se está ahogando, está cogiendo tiro.
—Que te digo yo que ese carbón está muy apretado. El aire tiene que circular, Clara.
Manolo empezó a buscar algo en el suelo.
Encontró un cartón de una caja de cervezas vacía.
Empezó a abanicar el fuego con una energía impropia de un hombre de sesenta y ocho años.
—¡Manolo, que vas a levantar toda la ceniza! —gritó Clara, apartándose.
—¡Lo que voy a hacer es salvarte la comida!
—¡Que no necesito que me salve nada!
En ese momento, Javi, el hijo de Manolo y marido de Clara, asomó la cabeza por la puerta corredera de cristal.
Llevaba una cerveza en la mano y una expresión de “por favor, que no se maten hoy”.
—¿Cómo va eso, equipo? —preguntó con una voz demasiado aguda para ser natural.
—Tu padre, que ha decidido que hoy es el ingeniero jefe de fuegos —dijo Clara, con los dientes apretados.
—Tu mujer, que quiere intoxicarnos a todos con queroseno —replicó Manolo sin dejar de abanicar.
Javi miró el humo, miró a su padre, miró a su mujer.
Bebió un trago largo de cerveza.
Sabía que cualquier palabra que pronunciara sería usada en su contra en el tribunal de la siesta.
—Bueno, yo voy a poner las patatas fritas en los cuencos —dijo, batiéndose en retirada.
—Trae otra cerveza, Javi —pidió Manolo—. Que el maestro parrillero se está deshidratando.
Clara clavó las manos en sus caderas.
—El maestro parrillero hoy soy yo, Manolo. Usted es el invitado.
—Un invitado que sabe cuándo una brasa está pidiendo auxilio.
Manolo dejó de abanicar y se quedó mirando el interior de la barbacoa.
El humo negro empezaba a clarear, dando paso a unos puntos rojos que parpadeaban entre el negro del carbón.
—Mira eso —dijo Manolo—. Estás echando el aire justo donde no hace falta.
—Estoy dejando que el proceso siga su curso natural.
—El curso natural es que nos comamos la carne cruda por fuera y fría por dentro.
Clara agarró las tenazas de acero inoxidable con una fuerza que hizo que sus nudillos se pusieran blancos.
—La carne es de la carnicería de Paco. He pagado sesenta euros por ese chuletón.
—Peor me lo pones —dijo Manolo—. Estropear una carne de sesenta euros es delito de cárcel.
Se produjo un silencio tenso, solo roto por el chisporroteo del carbón.
El calor de la barbacoa empezaba a sumarse al calor del ambiente.
Manolo sentía una gota de sudor recorriéndole la columna vertebral.
Pero no se iba a mover de allí.
Era una cuestión de honor.
—Aparta —dijo de repente, con una autoridad que no admitía réplica—. Aparta, que estás ahogando el fuego.
Clara parpadeó, incrédula.
—¿Perdón?
—Que te quites, Clara. El secreto está en la brasa, no en echarle aire como si estuvieras inflando un colchón de playa.
Clara dio un paso hacia atrás, pero no por sumisión.
Era el paso atrás que da un boxeador antes de soltar un gancho.
—Suegro, déjeme a mí —dijo con una calma aterradora—. Que soy la que ha comprado la carne y la que la va a cocinar.
Manolo se rió, una risa seca que sonó como el crujido de una rama seca.
—Vas a dejar el chuletón como una suela de zapato, ya verás.
—Eso está por ver —respondió ella, recuperando su posición frente al fuego.
—Luego no vengas llorando cuando el niño diga que la carne está dura.
—El niño tiene cinco años, Manolo, come nuggets con kétchup si le dejas.
—El niño tiene el paladar de un García, y los García sabemos de carne.
Manolo se retiró tres pasos, pero se quedó allí, vigilando.
Como un buitre esperando a que la presa deje de moverse.
Clara cogió un atizador y movió una pieza de carbón un milímetro a la derecha.
—¿Ves? —dijo Manolo—. Ya lo has roto.
—¡No he roto nada! —estalló Clara.
—Has roto el flujo. El flujo térmico. Lo he visto desde aquí.
—¡No existe el flujo térmico en una barbacoa de jardín, por el amor de Dios!
Javi volvió a salir, esta vez con un cuenco de aceitunas rellenas.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó, con el mismo tono esperanzado que alguien que entra en una zona de guerra con una bandera blanca de papel.
—Tu padre dice que he roto el flujo térmico —dijo Clara, sin mirarlo.
Javi miró a su padre.
Manolo asintió con gravedad.
—Lo ha roto, Javi. Tú sabes que yo nunca miento sobre estas cosas.
Javi suspiró.
Miró al cielo buscando una nube que trajera lluvia, un tornado o una invasión alienígena.
Cualquier cosa que detuviera la Barbacoa de la Perdición.
Pero el cielo estaba azul, implacable y caluroso.
PARTE 2: La Danza del Chuletón
El ambiente en el porche se había vuelto tan denso que se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Y no precisamente con uno de esos que Clara había preparado cuidadosamente junto a la tabla de madera.
Manolo se había sentado en una silla de mimbre, pero no estaba relajado.
Estaba en posición de “observador internacional de la ONU”, pero sin la neutralidad.
Cada movimiento de Clara era analizado, procesado y sentenciado en el tribunal interno de Manolo.
—¿Vas a poner la parrilla ya? —preguntó él, con un tono de falsa curiosidad.
—La parrilla tiene que calentarse, suegro. Lo sabe hasta un niño de primaria.
—Se calienta con el fuego vivo, para que se quemen los restos de la última vez.
—La limpié ayer a conciencia con el cepillo de alambre y desengrasante.
Manolo se santiguó mentalmente.
—¿Desengrasante? ¿Le has echado química a la parrilla?
—Es un producto específico para barbacoas, Manolo. No es lejía.
—La grasa de la última barbacoa es el alma de la siguiente, Clara. Eso es cultura general.
Clara cerró los ojos un segundo, pidiendo paciencia a alguna deidad de la cocina.
—La grasa de la última vez es rancia, suegro. Y aquí no queremos morir de botulismo.
—En mi casa nunca ha muerto nadie de eso, y llevo cuarenta años sin usar desengrasante.
—En su casa, Manolo, la barbacoa tiene una capa de chapapote que podría asfaltar la M-30.
Manolo se indignó.
Se levantó de la silla con la agilidad de un lince jubilado.
—Esa capa es el sellado. Como en las sartenes de hierro fundido de las abuelas.
Se acercó de nuevo a la zona de peligro.
Clara estaba sacando la carne de la nevera portátil.
Eran tres chuletones de buey, con un veteado de grasa que haría llorar de emoción a un poeta.
Eran piezas de tres dedos de grosor, rojas, imponentes, casi majestuosas.
Manolo se quedó mudo un instante.
El respeto por la materia prima era lo único que podía unir a esos dos bandos enfrentados.
—Es buena pieza —admitió Manolo, bajando el tono—. No te voy a decir que no.
—Es de lo mejor que tenía Paco. Me ha costado convencerle para que me diera estos.
—Paco es un buen hombre, pero se guarda lo mejor para los amigos de toda la vida.
—A mí me los ha dado —dijo Clara con una sonrisa de suficiencia.
—Porque le habrás pagado lo que te ha pedido. A mí me hace precio de “hermano de armas”.
Manolo extendió la mano para tocar la carne.
Clara le propinó un manotazo suave pero firme con las tenazas.
—¡Quieto! Que está a temperatura ambiente. No la toque con las manos llenas de hielo.
—Solo quería ver la firmeza. Si la carne no está firme, la brasa se la come.
—Está perfecta, suegro. Déjeme trabajar.
Clara empezó a salar las piezas.
Usaba sal gorda, dejando que los cristales cayeran desde cierta altura, un gesto un poco “postureo” que a Manolo le ponía enfermo.
—¿Sal antes de echarla? —preguntó él, escandalizado.
—Siempre. Para que cree costra.
—¡No, hombre, no! La sal se echa cuando le das la vuelta, para que no suelte el jugo.
—Eso es un mito, Manolo. La ciencia dice que la sal ayuda a la reacción de Maillard.
—¿La reacción de quién? ¿Quién es ese Maillard? ¿Un primo tuyo de la facultad?
—Es química, suegro. Es lo que hace que la carne esté tostada por fuera y jugosa por dentro.
Manolo negó con la cabeza, mirando a Javi, que seguía allí, intentando ser invisible mientras comía aceitunas.
—Javi, dile algo. Tu mujer ha traído a un francés a la barbacoa.
—Papá, déjala, que ella sabe lo que hace. Ha visto mil tutoriales.
—¿Tutoriales? —Manolo escupió la palabra como si fuera veneno—. ¿Ahora se aprende a hacer una barbacoa viendo a un chaval de diecinueve años en el YouTube?
—Son chefs profesionales, Manolo —dijo Clara, colocando la primera pieza sobre la parrilla.
El sonido fue celestial.
Un “psssssssssss” rítmico, profundo, el sonido del éxito.
O del inicio de una guerra civil.
El aroma empezó a subir.
Esa mezcla de grasa fundida y humo de encina que es el perfume oficial del domingo español.
Manolo se acercó tanto que Clara podía sentir su respiración en el hombro.
—Está muy alta —susurró Manolo.
—¿Qué está alta?
—La parrilla. Baja dos puntos el nivel. La carne necesita sentir el calor de cerca, que se asuste.
—Si la bajo más, se va a arrebatar por fuera y se va a quedar cruda por dentro.
—Que no, que yo sé lo que te digo. El calor sube, pero si hay mucha distancia, el humo la ensucia antes de cocinarla.
Clara ignoró la sugerencia.
Mantuvo la parrilla donde estaba.
Manolo empezó a dar vueltas alrededor de la barbacoa, como un tiburón rodeando un bote salvavidas.
—¿Ves esa gota de grasa que ha caído? —preguntó Manolo—. Eso es el alma de la carne huyendo de ti.
—Es solo grasa, suegro. Tenemos de sobra.
—Esa gota debería estar caramelizándose en la superficie, no alimentando el carbón.
—¿Usted no tiene nada que hacer? ¿No quiere ir a ver cómo va el Tour de Francia en la tele?
—Hoy no hay etapa de montaña. Para ver llanos me quedo aquí viendo cómo destrozas este buey.
Clara soltó una carcajada nerviosa.
—Es usted increíble, Manolo. Tiene una capacidad de crítica constructiva que es pura fantasía.
—Yo no critico, Clara. Yo instruyo. Es mi deber como patriarca.
—Pues el patriarca hoy está jubilado. Hoy manda la matriarca de la pinza.
Manolo se cruzó de brazos.
—Vas a dejar el chuletón como una suela de zapato. Lo estoy viendo venir.
—¿Por qué dice eso? Mire cómo brilla.
—Brilla porque está sudando del estrés que le estás dando.
Javi intervino de nuevo, intentando cambiar de tema.
—¿Ponemos un poco de música? ¿Algo de Los Chichos? ¿O algo moderno que le guste a Clara?
—Pon lo que quieras, Javi —dijo Clara—. Mientras no sea un podcast sobre cómo hacer brasas narrado por tu padre.
Manolo no se rió.
Estaba demasiado concentrado en el color de la carne.
—Dale la vuelta ya —ordenó.
—Lleva tres minutos, Manolo. Necesita cinco por cada lado.
—Te digo que le des la vuelta. Mira los bordes. Se están rizando.
—No se están rizando, se están sellando.
—¡Que se te quema, por Dios! —gritó Manolo, intentando arrebatarle las pinzas.
Clara dio un giro de cadera digno de una bailarina de flamenco y protegió su herramienta.
—¡Ni se le ocurra! —le gritó.
—¡Es por el bien de la familia! —respondió Manolo.
—¡La familia comerá cuando yo lo diga!
Javi soltó el cuenco de aceitunas.
Dos de ellas rodaron por el suelo y acabaron bajo la barbacoa.
Nadie se dio cuenta.
El nivel de tensión era tal que el aire vibraba.
Manolo estaba rojo, no solo por el calor de las brasas, sino por la indignación.
Clara tenía el pelo un poco alborotado y una mancha de grasa en la mejilla que le daba un aire de guerrera post-apocalíptica.
—Mira —dijo Manolo, bajando el volumen de voz a un susurro peligroso—. Si esa carne sale mal, no quiero que me sirvas nada. Me como un trozo de pan con aceite y me quedo tan ancho.
—Me parece perfecto, Manolo. Más chuletón para nosotros.
—Pero no pienso quedarme callado mientras la gente mastica ese cuero.
—No será cuero. Será mantequilla.
Clara, con un movimiento firme y decidido, dio la vuelta al primer chuletón.
La cara que quedó a la vista era de un marrón oscuro, casi negro en algunas partes, con las marcas de la parrilla perfectamente grabadas.
Manolo se acercó tanto que casi toca la carne con la nariz.
—¿Lo ves? —dijo él—. Carbonizado.
—Eso no es carbón, es caramelización —replicó ella, aunque en su interior sentía una pequeña duda.
—Eso es lo que le dicen a los modernos para que paguen el doble en los restaurantes con estrellas. En mi pueblo eso se llama “quemado”.
—En su pueblo la gente come los filetes como si fueran suelas de bota militar, Manolo.
—¡En mi pueblo se sabe lo que es el sabor del fuego!
Clara volvió a colocar el chuletón en su sitio, ignorando el corazón que le latía a mil por hora.
Sabía que si fallaba, no solo perdería sesenta euros.
Perdería el derecho a cocinar en esa casa durante el resto de su vida.
Y Manolo no olvidaba.
Manolo era como un elefante con memoria para los errores culinarios ajenos.
Aún recordaba aquel arroz con cosas que hizo la tía abuela en el 92.
—Cinco minutos más —dijo Clara, con una firmeza que no sentía.
—Tres —dijo Manolo—. Y reza lo que sepas.
PARTE 3: La Audiencia de los Cuñados
La noticia del enfrentamiento en la barbacoa se había extendido por la casa como el humo de la encina.
La suegra de Clara, Encarna, salió al porche con una bandeja de pimientos del padrón fritos.
Vino acompañada por Elena, la hermana de Javi, y su marido, Borja.
Borja era el “cuñado” definitivo.
Llevaba unos náuticos sin calcetines, un polo rosa con el cuello levantado y una opinión sobre absolutamente todo lo que existe bajo el sol.
Desde la política internacional hasta la mejor manera de limpiar un carburador de una Vespa del 74.
—¿Pero qué tenemos aquí? —exclamó Borja, frotándose las manos—. ¿La batalla del Ebro versión cárnica?
Manolo le miró con complicidad.
—Borja, menos mal que llegas. Aquí la arquitecta está intentando construir un edificio de carbón con el chuletón de Paco.
Borja se acercó a la barbacoa, ignorando la mirada asesina de Clara.
—Uf —soltó Borja, haciendo una mueca—. Clara, querida, ese fuego está pidiendo clemencia.
—Borja, vete a sentar y tómate un gin-tonic —dijo Clara sin girarse.
—No, si yo solo lo digo por ayudar. Veo que has puesto la carne muy pronto.
—Lleva el tiempo que tiene que llevar —replicó ella.
—El problema es la distribución térmica del carbón —continuó Borja, como si estuviera dando una conferencia en el MIT—. Tienes todos los focos de calor concentrados en el centro. Deberías haber hecho una distribución perimetral para un asado indirecto.
Clara apretó las pinzas.
—Borja, es un chuletón, no un pavo de Acción de Gracias. Se hace vuelta y vuelta.
—Ya, pero con ese grosor, el centro se te va a quedar a temperatura de cadáver —insistió Borja—. Necesitas crear una zona de seguridad sin fuego para que la carne repose.
Manolo asintió con entusiasmo.
—¡Eso es lo que yo le decía! Pero ella dice que el flujo térmico y no sé qué historias de franceses.
Encarna, que siempre intentaba poner paz aunque solo conseguía añadir más leña al fuego (metafóricamente), intervino:
—Bueno, no os peleéis, que al final la carne se va a enfriar de tanto discutir. Manolo, deja a la chica, que se pone nerviosa.
—¡Yo no estoy nerviosa! —gritó Clara, justo cuando el chuletón soltó una llamarada al caer una gota de grasa directamente sobre una brasa viva.
—¡Fuego! —gritó Manolo—. ¡Que se nos quema la inversión!
—¡Es solo una llama, Manolo! —Clara intentó apagarla moviendo la carne, pero la llamarada subió con más fuerza.
—¡Echa agua! —sugirió Borja—. Un chorrito de cerveza, eso le da sabor y baja la llama.
—¡Ni se te ocurra echarle cerveza a mi carne! —Clara se interpuso entre Borja y la barbacoa.
—La cerveza limpia la brasa, Clara —dijo Manolo—. Es un truco de toda la vida.
—Es un truco para gente que no sabe controlar el fuego —sentenció Clara, logrando mover la pieza a un rincón más tranquilo.
La llama se extinguió, dejando un rastro negro en el lateral del chuletón.
Manolo suspiró con una teatralidad digna de los mejores escenarios.
—Ahí lo tienes. El primer tatuaje de la negligencia.
—Es solo un poco de tostado extra, Manolo. No sea dramático.
Elena, la cuñada, que hasta entonces había estado mirando su móvil, levantó la vista.
—Oye, ¿y si la cortamos ya para ver cómo está por dentro? Así salimos de dudas.
—¡No! —gritaron Clara y Manolo al unísono.
Era el primer momento de acuerdo entre ambos en toda la mañana.
—La carne tiene que reposar —explicó Clara.
—La carne no se toca hasta que yo diga —sentenció Manolo, olvidando por un momento que él no era el cocinero.
Clara le miró de reojo.
—Hasta que yo diga, querrá decir.
—Bueno, bueno… —Borja volvió a la carga—. Mientras reposa, podríamos haber puesto unos chorizos. La grasa del chorizo ayuda a que la parrilla esté lubricada para el buey.
—Borja, si quieres chorizo, vas a la cocina y te haces un bocadillo —dijo Clara.
—Qué carácter, madre mía —susurró Borja a Javi—. Te casaste con una sargento de hierro.
Javi se limitó a encogerse de hombros y ofrecerle una aceituna.
Él ya había aceptado su destino: comería lo que le dieran, cuando se lo dieran, y diría que estaba “buenísimo” para evitar el divorcio o el desheredamiento.
Clara sacó el primer chuletón y lo puso sobre la tabla de madera.
El silencio que se produjo fue casi religioso.
Toda la familia se agrupó alrededor de la tabla.
Era el momento de la verdad.
Manolo sacó su navaja de Albacete, esa que siempre llevaba encima por si surgía un queso inesperado o una emergencia cárnica.
—¿Me permite? —preguntó, con una cortesía que daba miedo.
Clara le tendió el cuchillo de cocina profesional que ella prefería.
—Use el mío, que está afilado para esto.
Manolo despreció el cuchillo profesional con la mirada y abrió su navaja.
—Esta navaja ha cortado más carne que todos los cuchillos de tu cocina moderna, Clara.
Se posicionó frente a la pieza.
Hizo un primer corte, limpio, en el extremo.
Todos contuvieron la respiración.
El interior era de un color rosa intenso, casi rojo en el centro, degradándose hacia un marrón tostado en los bordes.
El jugo empezó a correr por la tabla, buscando las ranuras de la madera.
Manolo observó el corte.
Lo olió.
Incluso pareció que iba a lamer la hoja de la navaja, pero se contuvo.
—Está cruda —dictaminó Manolo.
—Está al punto, Manolo —rebatió Clara—. Mire ese color. Es perfección.
—Esto en mi pueblo se llama “que todavía muge” —dijo Borja, metiendo baza—. Clara, un minuto más le hubiera venido de perlas para que las fibras se rompieran.
—Si las fibras se rompen más, esto es papilla para bebés —dijo Clara, empezando a perder la paciencia de verdad.
—Yo la veo un poco roja, hija —dijo Encarna suavemente—. ¿No podías pasarme un poquito más mi trozo?
Clara sintió que el mundo conspiraba contra ella.
Había seguido los tiempos, la temperatura, el reposo.
Había luchado contra el sabotaje constante de su suegro.
Y ahora, el jurado popular pedía más fuego.
—Si alguien quiere su trozo más hecho, que lo meta en el microondas —dijo Clara, con un tono que indicaba que estaba a un paso de tirar la barbacoa a la piscina.
—¡Sacrilegio! —gritó Manolo—. ¡El microondas es para calentar la leche!
—Pues entonces se la comen así. Porque esta carne está en su estado óptimo de gracia.
Manolo cortó un trozo pequeño, se lo llevó a la boca y empezó a masticar con una lentitud exasperante.
Cerró los ojos.
La familia esperaba el veredicto como si fuera la sentencia de un juicio por alta traición.
Masticó una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Tragó.
Se limpió la comisura de los labios con el pulgar.
—Está… —empezó Manolo, haciendo una pausa dramática que duró una eternidad.
—¿Está qué? —preguntó Clara, desafiante.
—Está pasable. Pero la sal se la has echado mal. Se nota el grano entero en la lengua, no se ha integrado.
—¡Esa es la gracia de la sal gorda, Manolo!
—La gracia es que la carne sepa a carne, no a mina de sal.
Borja aprovechó para coger un trozo con los dedos.
—Mmm —hizo Borja—. Está buena, pero le falta ese toque de “leña” que solo da el sarmiento. El carbón es un poco… neutro, ¿no creéis?
Clara respiró hondo.
Contó hasta diez en tres idiomas diferentes.
—Javi —dijo finalmente—. Coge la bandeja. Vamos a la mesa.
—¿Ya? ¿Y el resto de los chuletones? —preguntó Javi.
—Se hacen mientras nos comemos este. Si alguien tiene alguna queja más, que escriba una reseña en Google Maps, pero que me deje cocinar en paz.
Manolo se quedó mirando la barbacoa.
Todavía quedaban dos piezas por hacer.
Y él todavía tenía su navaja abierta.
—Venga, Clara, no te pongas así —dijo Manolo con una sonrisilla—. Si en el fondo te gusta que te de consejos. Así aprendes para la próxima.
—Para la próxima, Manolo, la barbacoa la va a hacer un robot programado en Japón. A ver si a él también le dice lo del flujo térmico.
Manolo se rió, esta vez de verdad.
—A ese le diría que no tiene sangre en las venas. Ni grasa en las manos.
Se encaminaron todos hacia la mesa exterior, bajo la parra.
Pero la batalla no había terminado.
Solo se había trasladado de escenario.
PARTE 4: El Veredicto Final y la Coronación
La mesa estaba puesta con ese caos organizado de las comidas familiares.
Había platos de diferentes vajillas, vasos de cristal gordo para el vino y copas de plástico para los niños.
El chuletón ocupaba el centro de la mesa como un tótem sagrado.
Clara se sentó, exhausta, pero con la guardia alta.
Manolo, por su parte, se había servido una copa de vino tinto de la casa, de ese que “rasca” un poco pero que él consideraba el único vino de verdad.
—A ver —dijo Manolo, señalando con el tenedor—. El primer trozo es para el patriarca, por derecho consuetudinario.
—El primer trozo es para quien yo diga, que para eso me he pasado una hora tragando humo —replicó Clara, sirviendo a su suegra primero.
Encarna probó la carne.
—Ay, pues está muy tierna, Clara. De verdad te lo digo. Se deshace.
Manolo pinchó un trozo de la parte central, la más roja.
Lo miró a contraluz, como si fuera un diamante con impurezas.
—Tierna está. Pero le falta el sellado de alta temperatura —dijo, volviendo a su papel de crítico implacable.
—Manolo, por favor, come y calla —le pidió Encarna—. Que la niña se ha esforzado mucho.
—Si esforzarse se ha esforzado, eso no se lo quita nadie —admitió Manolo—. Pero la técnica… la técnica es lo que diferencia a un aficionado de un profesional.
Borja, que ya se había servido tres trozos y los acompañaba con una montaña de pimientos, asintió con la boca llena.
—Clara, escucha a tu suegro. Manolo es la enciclopedia viviente del asado. Yo una vez le vi hacer un cordero en un agujero en el suelo que…
—Borja, no me cuentes historias del neolítico —le cortó Clara—. Estamos en el siglo veintiuno.
—Y en el siglo veintiuno la carne sigue necesitando fuego, no teorías —añadió Manolo.
Javi intentaba disfrutar de su comida, pero se sentía como si estuviera comiendo en medio de un campo de minas.
—Está buenísima, cariño —dijo Javi, dándole un apretón en la mano a Clara—. De verdad. Mejor que la del restaurante de la semana pasada.
—No exageres, Javi —dijo Manolo—. La del restaurante tenía ese aroma a encina que aquí ha brillado por su ausencia debido a las pastillas de queroseno.
—¡Que eran de origen vegetal! —protestó Clara.
—Vegetal o animal, sabían a gasolinera en el arranque —insistió el suegro.
De repente, se hizo un silencio.
Manolo había llegado al hueso.
Para él, el hueso era la prueba del algodón.
Lo cogió con las manos, sin ningún tipo de decoro, y empezó a rebañar los restos de carne pegados al calcio.
Clara lo observaba con una mezcla de asco y fascinación.
Era como ver a un hombre de las cavernas analizando un resto fósil.
Manolo chupó el hueso, hizo un ruido de satisfacción que se oyó en todo el jardín y luego lo dejó en el plato con un golpe seco.
Se limpió las manos en la servilleta de papel, que quedó transparente por la grasa.
Miró a Clara directamente a los ojos.
Toda la mesa se quedó inmóvil.
Hasta los niños dejaron de pelearse por las patatas fritas.
—Dime una cosa, Clara —dijo Manolo con voz grave.
—Dígame, suegro.
—¿De qué marca era el carbón?
—De una que venden en la tienda gourmet de la esquina. ¿Por qué?
Manolo hizo una mueca, entre el desprecio y la admiración.
—Pues dile al de la tienda que el carbón es mediocre. Pero… —hizo otra pausa—. Pero has sabido compensar la falta de calidad del combustible con una gestión aceptable de los tiempos.
Clara arqueó una ceja.
—¿Eso es un cumplido, Manolo?
—Es un análisis objetivo —dijo él, volviendo a llenar su copa—. La carne no está como una suela de zapato. Está… digamos que está como un zapato de buena marca que ha caminado poco.
La mesa estalló en risas.
Incluso Clara no pudo evitar una sonrisa.
Era lo máximo que iba a sacar de Manolo: un aprobado raspado con honores de “zapato de lujo”.
—Bueno —dijo Borja, levantando su vaso—. Pues yo propongo un brindis por la reina de la barbacoa… y por el rey emérito que la ha vigilado desde la barrera.
—¡Eso, eso! —secundó Elena.
Brindaron con el ruido de los cristales chocando bajo el sol abrasador.
La comida continuó entre anécdotas de otras barbacoas desastrosas, de incendios accidentales de setos y de carnes que nunca llegaron a la mesa porque el perro se las comió antes.
Manolo parecía haberse relajado, aunque de vez en cuando lanzaba una mirada de reojo a la barbacoa, donde aún quedaban algunas brasas agonizantes.
—¿Sabes qué te ha faltado, Clara? —preguntó Manolo cuando ya estaban con los cafés.
—No me lo diga, suegro. Déjeme morir en la ignorancia.
—Un toque de romero fresco al final. El romero en la brasa final le da un perfume que…
—¡Manolo! —gritaron todos a la vez.
Él levantó las manos en señal de paz, riendo por lo bajo.
—Está bien, está bien. Me callo. Por hoy.
Cuando terminó la comida y la familia se desperdigó por las hamacas para la siesta reglamentaria, Clara se quedó un momento sola en el porche.
Miró la barbacoa.
Estaba sucia, llena de ceniza y restos de grasa.
Se acercó y vio que Manolo se había dejado su navaja de Albacete abierta junto a la parrilla.
La cogió, la cerró con cuidado y sintió el peso del metal.
Era una herramienta vieja, pero fiel.
Entendió que para Manolo, la barbacoa no era solo comida.
Era su forma de decir que seguía siendo útil, que su experiencia todavía contaba en un mundo que iba demasiado rápido y que usaba pastillas de encendido.
Clara dejó la navaja sobre la mesa de Manolo y entró en la casa.
Mañana compraría sarmiento.
Solo por ver la cara que ponía el viejo el próximo domingo.
Porque en el fondo, en todas las familias españolas, siempre hay una guerra abierta por el trono del fuego.
¿Quién es el rey o la reina de la barbacoa en vuestra familia?
Ese que siempre sabe más que el que tiene las pinzas en la mano.
Ese que preve el desastre antes de que la carne toque el hierro.
Ese que, a pesar de todo, siempre se acaba comiendo el trozo más grande.