PARTE 1: EL RITUAL DEL DOMINGO Y EL DARDO ENVENENADO
El salón de Concha olía a una mezcla letal de ambientador de pino y cocido madrileño.
Era ese aroma que se te pega a las fosas nasales y te acompaña hasta el miércoles siguiente.
Berta movía el tenedor con una parsimonia casi arquitectónica, midiendo cada grano de arroz.
Paco, por su parte, sudaba la gota gorda.
No era solo el calor de un agosto madrileño que derretía el asfalto de la calle Goya.
Era el sudor del hombre que sabe que el silencio de su madre es el preludio de una catástrofe nacional.
Concha, sentada en la cabecera como una reina viuda en su pequeño trono de escay, observaba a su nuera.
La miraba de esa forma que tienen las suegras de mirar: como si estuvieran escaneando un código de barras en busca de fallos de fabricación.
Berta intentaba mantener la mirada en el plato, pero la presión atmosférica en el comedor estaba subiendo por momentos.
—Qué rico te ha salido hoy el garbanzo, mamá —dijo Paco, intentando desesperadamente desactivar la bomba.
Concha ni siquiera pestañeó.
—Claro, hijo, disfrútalo, que a saber cuándo volverás a probar comida de verdad —respondió ella con un suspiro que pareció arrancar los cimientos del edificio.
Berta apretó los dientes de tal manera que Paco temió por el esmalte de sus molares.
—Bueno, Concha, que en las Maldivas también se come, ¿sabes? —soltó Berta con una sonrisa que era más bien una declaración de guerra.
La palabra prohibida ya estaba sobre la mesa: Maldivas.
El viaje soñado.
Diez días de aguas cristalinas, palmeras, arena blanca y, sobre todo, cero visitas familiares.
Concha dejó la cuchara sobre el plato con un ruido metálico que resonó como una campana de duelo.
—Las Maldivas… —repitió Concha, saboreando las sílabas como si fueran veneno—. Eso está en el quinto pino, ¿no?
—A unas doce horas de avión, mamá —aclaró Paco, mirando de reojo a su mujer.
—Doce horas encerrados en un tubo de metal sobre el océano —sentenció la suegra, cruzándose de brazos.
—Una maravilla, Concha, una absoluta maravilla de desconexión —añadió Berta, recreándose en el placer de la victoria inminente.
Pero Concha no se iba a rendir tan fácilmente.
Se llevó la mano al pecho, justo donde guardaba el escapulario y su reserva inagotable de chantaje emocional.
—A mí me da un vuelco el corazón solo de pensarlo —dijo ella, bajando el tono de voz hasta un susurro dramático.
—¿El qué te da un vuelco, mamá? —preguntó Paco, cayendo de lleno en la trampa.
—El pensar en vosotros dos allí solos, en mitad de la nada, rodeados de tiburones y de gente que no habla cristiano.
Berta puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi pudo verse el cerebro por dentro.
—No son tiburones peligrosos, suegra, y Paco habla inglés perfectamente.
—Hablaba inglés en el instituto, Berta, no me vengas con esas —replicó Concha con un gesto de desdén—. Que una vez fuimos a Londres y acabó pidiendo un café con leche señalándose la boca como un mudo.
Paco se puso rojo como un tomate de huerta.
—Eso fue hace veinte años, mamá.
—Los idiomas no se olvidan, se pierden si no se tiene alguien con cabeza al lado —insistió ella.
Hubo un silencio tenso, solo roto por el tic-tac del reloj de pared que parecía marcar la cuenta atrás para una explosión.
Concha dio un sorbo a su copa de vino, con la elegancia de quien está a punto de soltar una genialidad.
—¿Y por qué no me lleváis con vosotros de vacaciones? —soltó por fin, como quien pregunta la hora.
Berta estuvo a punto de atragantarse con un trozo de chorizo.
Paco se quedó congelado, con el tenedor a medio camino entre el plato y la boca.
—Yo me cuido sola, no os daría ni un ruido —añadió Concha, con una modestia que habría hecho llorar a una santa.
Berta dejó el tenedor en la mesa con una lentitud que daba miedo.
—Porque se llama “vacaciones de pareja”, suegra —dijo Berta, recalcando cada letra como si hablara con un niño de párvulos.
—La palabra lo dice todo: pareja. Dos personas. Tú, yo, y el resto del mundo fuera.
Concha hizo un ruidito con la nariz, una especie de bufido de indignación contenida.
—Ya estamos con las etiquetas modernas —protestó la mujer—. Antes las familias iban juntas a todas partes.
—Antes íbamos a Torrevieja en un Seat 600 con el perro y la baca cargada de maletas, mamá —intervino Paco—. Esto es otra cosa.
—Es lo mismo, Paco, es descansar —dijo ella, clavando sus ojos de águila en su hijo—. Lo que pasa es que me queréis aparcar en casa como a un mueble viejo.
—¡Nadie te está aparcando! —exclamó Berta, que ya sentía que el párpado le empezaba a temblar.
—Sí, como ese aparador de tu tía Paquita, que lo metieron en el trastero y se lo acabaron comiendo las polillas.
—¡Concha, por el amor de Dios! —Paco se pasó la mano por la cara—. Solo son diez días.
—Diez días en los que me puede dar un síncope y aquí nadie se entera hasta que huela la escalera —sentenció ella con una calma aterradora.
Berta respiró hondo, tratando de invocar toda la paz mental que había aprendido en sus clases de yoga.
—Tienes a tu hermana a dos calles, tienes el botón de la teleasistencia y tienes a tus amigas del bingo —enumeró Berta.
—Mis amigas del bingo están todas más sordas que una tapia, si me caigo y grito se piensan que estoy cantando línea —replicó Concha sin inmutarse.
La suegra se levantó de la silla, apoyándose en la mesa con dramatismo.
Caminó hacia la ventana y miró hacia la calle con aire melancólico.
—Idos, idos a vuestras islas de ricos —dijo de espaldas a ellos—. Yo me quedaré aquí, viendo pasar las moscas y rezando para que no haya un tsunami.
—No va a haber un tsunami, mamá —gruñó Paco.
—Eso dijeron en Tailandia y mira tú la que se armó —respondió ella sin girarse.
Berta miró a Paco con una expresión que decía claramente: “Como cedas, duermes en el rellano hasta que cumplas los sesenta”.
Paco asintió levemente, dándole la razón a su mujer.
Pero Concha aún tenía un as en la manga, una jugada maestra que llevaba planeando desde que oyó hablar de los folletos de la agencia de viajes sobre la mesita del café.
Se dio la vuelta lentamente, con una sonrisa pequeña y enigmática.
—Además —dijo, arrastrando las palabras—, he estado pensando en mis ahorros.
Paco y Berta se miraron, confundidos.
—¿Qué ahorros? —preguntó Paco.
—Esos que tengo en la cuenta naranja, que ya no dan nada de interés —continuó Concha—. Estaba pensando en que, si me lleváis…
Hizo una pausa dramática, suficiente para que un tambor de guerra sonara en la cabeza de Berta.
—…yo pago todo el viaje.
El silencio que siguió fue absoluto.
Incluso el reloj de pared pareció dejar de funcionar por un segundo.
—¿Todo? —preguntó Paco, con la voz un octavo más alta.
—Todo —confirmó Concha—. Los vuelos en primera clase, para que yo no sufra de la circulación.
—¿En primera? —Berta parpadeó, visualizando de repente las mantas de cachemira y el champán ilimitado.
—Y la villa esa que sale en las fotos, la que está encima del agua —añadió la suegra—. Una para vosotros y otra para mí, que yo necesito mi intimidad para ponerme mis cremas.
Berta sintió cómo su resolución de hierro empezaba a fundirse como mantequilla en una tostada caliente.
Eran muchos miles de euros.
Eran muchos masajes en el spa que no tendrían que pagar.
—Concha, eso es mucho dinero —dijo Berta, aunque su tono ya no era de indignación, sino de pura curiosidad financiera.
—El dinero es para gastarlo, hija —dijo la suegra con una generosidad sospechosa—. ¿Para qué lo quiero yo? ¿Para que se lo quede el banco cuando palme?
Paco miró a Berta.
Berta miró a Paco.
La batalla ética estaba servida en bandeja de plata, o mejor dicho, en bandeja de viaje de lujo con todo incluido.
—Pero… —empezó Berta—, son nuestras vacaciones de pareja.
—Y lo seguirán siendo —insistió Concha, acercándose a ella y poniéndole una mano en el hombro—. Si yo en cuanto lleguemos me pongo mis cascos, mis radionovelas y no me veis el pelo hasta la cena.
Berta visualizó la escena: ellas dos en la orilla, Concha con el gorro de flores y Paco intentando que su madre no se ahogara en tres palmos de agua.
Pero luego visualizó el extracto bancario intacto y la clase Business del avión.
—Tenemos que hablarlo —dijo Paco, intentando mantener un mínimo de dignidad masculina.
—Hablad, hablad —dijo Concha, volviendo a su plato con una agilidad impropia de alguien que temía un síncope inminente—. Pero decidíos rápido, que las ofertas vuelan, como vuestra juventud.
Berta miró el plato de arroz.
Ya no le parecía tan buena idea lo de irse solos.
Al fin y al cabo, ¿qué podía salir mal con una señora de setenta años en un atolón perdido en el Índico?
Paco suspiró, sabiendo que su destino estaba sellado.
La guerra por la independencia matrimonial acababa de ser comprada por una pensión de viudedad y unos ahorros muy bien gestionados.
PARTE 2: EL PACTO CON EL DIABLO Y LAS MALETAS DE CINCO KILOS
La decisión fue tomada en la oscuridad del dormitorio, entre susurros de culpabilidad y visiones de tarjetas de crédito sin límite.
—Es un soborno, Paco, lo sabes perfectamente —susurró Berta, mientras se aplicaba la crema de noche.
—Es una inversión en nuestra felicidad futura, Berta —respondió Paco, que ya estaba buscando en Google si en las Maldivas había televisión española para tener entretenida a la fiera.
—Tu madre no va a estar callada. Tu madre es un altavoz con patas.
—Dijo que se llevaría sus cosas. Sus lecturas. Sus pasatiempos.
—Su pasatiempo favorito es recordarme que no sé freír un huevo sin que parezca un experimento fallido —sentenció Berta.
Sin embargo, el trato estaba hecho.
A la mañana siguiente, Concha ya estaba en la puerta de ellos con un cuaderno y un bolígrafo de propaganda de una caja de ahorros que ya no existía.
—He hecho una lista —anunció, entrando en la casa como si fuera el general al mando de una invasión inminente.
—¿Una lista de qué, mamá? —preguntó Paco, todavía en pijama.
—De lo que tenemos que llevar. Que yo sé que vosotros los jóvenes echáis cuatro camisetas y os pensáis que el mundo es vuestro.
Berta salió del baño, secándose las manos, y se encontró con la suegra desplegando un inventario que ocupaba tres páginas.
—Botiquín: de eso me encargo yo —dijo Concha—. Llevo de todo. Desde el paracetamol de un gramo, que eso te levanta a un muerto, hasta gasas esterilizadas por si nos muerde un bicho.
—Concha, que allí hay servicios médicos —intervino Berta.
—Médicos locales, Berta. Médicos que vete tú a saber si saben dónde está el bazo. Yo confío en el doctor García, que es el que me lleva los huesos desde que murió tu suegro.
Paco leyó por encima de la lista.
—¿Mamá, por qué has apuntado “seis latas de fabada”?
—Por si la comida de allí no nos sienta bien, Paco. Que el estómago de los españoles es muy suyo y no lo puedes engañar con tanto coco y tanta especia.
—¡Que vamos a un hotel de cinco estrellas de gran lujo! —gritó Berta, perdiendo la paciencia por primera vez en el día.
—Cinco estrellas de allí, que a saber cuántas son aquí —respondió la suegra con una lógica aplastante—. Aquí una pensión en Benidorm ya tiene más categoría que cualquier choza de esas con el suelo de cristal.
Los días previos al viaje fueron un desfile constante de Concha por la casa de la pareja.
Aparecía a cualquier hora con una nueva “necesidad básica”.
Un día era un repelente de mosquitos que olía a veneno industrial.
Otro día era un sombrero de paja con un ala tan ancha que Paco temía que no pasara por el arco de seguridad del aeropuerto.
—Mamá, que el sombrero lo puedes comprar allí —le dijo Paco.
—¡A precio de oro! ¡Que os queréis gastar el dinero como si no costara ganarlo! —le regañó ella, olvidando convenientemente que era ella quien pagaba el viaje.
El día de la salida llegó con el cielo de Madrid teñido de un gris plomizo y una temperatura que invitaba a no salir de la cama.
Concha se presentó en el portal dos horas antes de que llegara el taxi.
Llevaba tres maletas de un tamaño que desafiaba las leyes de la física y el espacio-tiempo.
—¿Pero qué llevas aquí, Concha? —preguntó Berta, intentando levantar una de las maletas sin dislocarse un hombro.
—Lo necesario, hija. Mis zapatos cómodos, mi ropa de domingo por si vamos a misa…
—¡En las Maldivas no hay misas de domingo en las islas privadas! —exclamó Berta, sintiendo que el viaje de novios se estaba transformando en una peregrinación a Lourdes.
—Siempre hay un rincón para rezar, Berta, no seas pagana —la cortó la suegra.
El trayecto al aeropuerto fue un monólogo de Concha sobre la seguridad aérea.
—Yo he leído que los aviones de ahora son muy modernos, pero que si falla un tornillo, eso no hay quien lo pare.
—Mamá, por favor, cállate —suplicó Paco, que ya empezaba a notar un tic en el ojo derecho.
Al llegar a la terminal, el espectáculo comenzó de verdad.
Concha se negaba a dejar sus maletas en la cinta transportadora.
—¿Y si se pierden? ¿Y si me roban la faja nueva? —preguntaba a la azafata de facturación con una desconfianza absoluta.
—Señora, las maletas van al mismo sitio que usted —explicó la chica, con una paciencia que merecía un aumento de sueldo.
—Eso dicen todas, y luego terminan en Pekín —insistió Concha.
Tras quince minutos de negociación, Paco logró que las maletas desaparecieran por el túnel negro, no sin que su madre les diera la bendición antes de perderlas de vista.
En el control de seguridad, la cosa no mejoró.
Concha pitó al pasar por el arco.
—¡Los huesos! —gritó ella, señalándose las rodillas—. ¡Es el titanio, señor guardia, que tengo más metal que un coche!
El guardia de seguridad la miró con cara de cansancio crónico.
—Señora, quítese los zapatos.
—¿Los zapatos? ¿Pero qué creen que llevo aquí? ¿Dinamita? ¡Son unos zapatos de descanso de la farmacia!
Berta se alejó unos metros, fingiendo que estaba muy interesada en un cartel publicitario de una colonia francesa.
No quería que nadie la asociara con la mujer que ahora estaba intentando explicarle al guardia por qué llevaba una petaca de aceite de oliva virgen extra en el bolso de mano.
—Es para las ensaladas, caballero, que el aceite de fuera es veneno para el colesterol —decía Concha, mientras el guardia le confiscaba la botella.
—¡Paco, dile algo! —gritaba ella—. ¡Dile que es mi medicina!
Paco, con la cabeza gacha, solo pudo decir:
—Déjelo, agente, haga lo que tenga que hacer.
Una vez superado el control, llegaron a la zona de embarque.
La terminal era un hervidero de gente, pero Concha destacaba como un faro de costumbrismo en medio de la modernidad.
Se sentó en la puerta de embarque y sacó un bocadillo de papel de aluminio.
—¿Quieres un poco de salchichón, Berta? —ofreció con total naturalidad—. Que en el avión la comida es de plástico.
—Estamos en Business, Concha —recordó Berta por milésima vez—. Nos van a dar menús de chef.
—Tonterías de esas con espumas y aires —bufó la suegra—. Donde esté un buen embutido que se quite el diseño.
Paco miraba las pantallas de salida, deseando que el vuelo se adelantara.
Cada minuto en el aeropuerto era una oportunidad para que Concha hiciera una nueva amistad o generara un incidente diplomático.
—Mira ese, Paco —susurró Concha, señalando a un hombre con turbante que pasaba por allí—. ¿Ese viene con nosotros?
—Mamá, por favor, no señales —dijo Paco, horrorizado.
—Solo digo que va muy abrigado para ir a una isla, que le va a dar un sofoco.
Por fin anunciaron el embarque.
Concha se levantó la primera, empujando con el bolso a un grupo de ejecutivos alemanes.
—¡Perdón, caballeros, que tengo una urgencia por sentarme! —decía, mientras se abría paso.
Al entrar en el avión y ver los asientos de primera clase, que se convertían en camas, Concha se quedó muda por primera vez en el día.
Tocó el cuero del asiento con sospecha.
—¿Esto es para nosotros tres solos? —preguntó.
—Sí, mamá. Te puedes tumbar del todo —explicó Paco, esperando que eso la mantuviera dormida las próximas doce horas.
—¡Ay, qué gloria! —exclamó ella, hundiéndose en el acolchado—. Pues mira, Berta, igual no ha sido tan mala idea venir.
Berta se sentó en su sitio, a tres filas de distancia de la suegra, y cerró los ojos.
“Solo quedan doce horas de avión y nueve días de isla”, se dijo a sí misma.
“Puedo hacerlo. Puedo hacerlo por el spa gratis”.
Pero entonces oyó la voz de Concha resonando por toda la cabina:
—¡Azafata! ¡Señorita! ¿Me puede traer una mantita de esas que no piquen? ¡Que tengo el cuerpo destemplado!
Berta suspiró y pidió un gin-tonic doble.
La batalla de las Maldivas acababa de empezar.
PARTE 3: NAUFRAGIO EN EL PARAÍSO Y EL SÍNDROME DEL BUFÉ LIBRE
El aterrizaje en Malé fue como entrar en una postal, pero para Concha fue como aterrizar en Marte.
—¿Y dónde está el aeropuerto de verdad? —preguntó ella al bajar del avión, mirando la pista rodeada de agua—. ¿Esto es todo? ¿Cuatro tablones y un cobertizo?
—Mamá, estamos en una isla coralina —explicó Paco, cargado con las mochilas.
—Pues qué poca seguridad —sentenció ella—. Un golpe de mar y nos vamos todos al fondo con las maletas.
El traslado al resort se hizo en hidroavión.
Si el vuelo internacional había sido un reto, meter a Concha en una avioneta que despegaba desde el agua fue una odisea digna de Homero.
—¡Yo ahí no me subo! —gritó al ver el aparato balanceándose en el muelle—. ¡Eso es una caja de cerillas con alas!
—Concha, es la única forma de llegar —dijo Berta, que ya no disimulaba su agotamiento—. O eso o te vas nadando.
—¡Qué falta de respeto a tus mayores, Berta! —se quejó la suegra, aunque acabó subiendo, agarrada al brazo del piloto como si fuera su balsa de salvamento.
Durante todo el trayecto, Concha estuvo rezando el rosario en voz alta, compitiendo con el rugido de los motores.
Los turistas japoneses que iban con ellos la miraban con una mezcla de curiosidad y terror religioso.
Cuando por fin llegaron al resort, el personal los recibió con toallitas húmedas y zumos de frutas exóticas.
Concha olió el zumo con desconfianza.
—¿Esto qué lleva? ¿Papaya? Eso es laxante, Paco, yo no me bebo esto que luego me paso el viaje en el baño.
Berta, ignorando a su suegra, se dejó envolver por la belleza del lugar.
Aguas de color turquesa, arena tan blanca que dolía a la vista y un silencio que solo era roto por el suave murmullo de las olas.
—Es el paraíso —susurró Berta.
—Es un arenero para gatos gigante —corrigió Concha, hundiéndose en la arena con sus zapatos de farmacia.
Los llevaron a sus villas.
La de Paco y Berta era espectacular, con una piscina infinita que parecía fundirse con el mar.
La de Concha estaba justo al lado, conectada por una pasarela de madera.
—¡Ay, Dios mío, que el suelo se mueve! —gritó Concha al entrar en su habitación—. ¡Paco, ven aquí ahora mismo!
Paco salió corriendo.
—¿Qué pasa, mamá?
—¡Que hay un agujero en el suelo y se ven los peces! ¡Esto es un peligro! ¿Y si por la noche sale un bicho de esos y me muerde un pie?
—Es cristal templado, mamá. Es para que veas el fondo marino. Es un lujo.
—Lujo es tener un suelo de terrazo como el de toda la vida, que sabes que no se va a romper —protestó ella—. Ponme una alfombra encima de esto, que me da vértigo.
La primera cena fue el momento de la verdad: el bufé libre.
Para una mujer como Concha, el concepto de “todo incluido” era un desafío personal.
Era como si tuviera que recuperar cada céntimo que había pagado por el viaje a base de ingestas masivas.
—¿Pero habéis visto cuánto marisco? —decía, llenando el plato hasta que las gambas empezaban a hacer equilibrio—. Esto en la pescadería de mi barrio vale un potosí.
—Come con calma, mamá, que tenemos diez días —advirtió Paco.
—Ni diez días ni nada. Hay que aprovechar, que mañana igual se acaba el género —respondió ella, mientras le echaba un ojo a la sección de postres.
Berta intentaba disfrutar de una cena romántica a la luz de las velas, pero la voz de Concha llegaba desde la mesa de los postres.
—¡Oiga, joven! ¡Usted, el de la tarta! —le gritaba al camarero—. ¿Esto lleva mucha azúcar? Que soy un poco delicada del páncreas.
El camarero, que no entendía ni una palabra de español, le sonreía con la amabilidad infinita de los maldivos.
—¿Ves? Ni me contesta. No tienen educación ninguna —se quejó ella al volver a la mesa.
Al día siguiente, Berta se puso su mejor bikini y se dispuso a tomar el sol en la terraza de su villa.
Paco estaba a su lado, leyendo un libro, disfrutando por fin de un momento de paz.
Pero la paz en presencia de Concha es un bien escaso y volátil.
De repente, una cabeza con un gorro de natación de silicona rosa apareció por el borde de la pasarela.
—¡Paco! ¡Berta! ¡Mirad qué bien se flota aquí! —gritó Concha, que se había metido en el agua con un flotador de patito que había comprado en la tienda del hotel.
Berta se tapó la cara con el sombrero.
—Dime que no es ella, Paco. Dime que es una alucinación por el calor.
—Es ella, Berta. Y lleva el patito.
Concha chapoteaba justo debajo de su villa, saludando a los peces como si fueran viejos conocidos.
—¡Hay uno de colores que me está siguiendo! ¡Igual es que tengo buena energía! —exclamaba.
—¡Mamá, sal de ahí, que te va a dar una insolación! —le gritó Paco.
—¡Qué va! ¡Si el agua está como el caldo del cocido! ¡Veniros, que esto es una gloria!
Berta se levantó, furiosa.
—¡Concha, por favor! ¡Queríamos estar un rato tranquilos!
La suegra se quedó flotando, mirando hacia arriba con cara de pena.
—Ya estamos. Ya molesto. Si lo llego a saber me quedo en el salón con el ventilador.
—No es que molestes, Concha, es que… ¡es nuestra intimidad!
—¿Qué intimidad vas a tener con un pez globo mirándote? —replicó ella—. Además, he venido a deciros que esta tarde he reservado una excursión.
—¿Qué excursión? —preguntó Paco con miedo.
—Pesca nocturna. Para que pesquemos la cena de mañana y nos ahorremos un poco, que el hotel este es muy caro aunque esté pagado.
—¡Que el bufé está incluido, Concha! ¡No hace falta pescar nada! —gritó Berta.
—Nunca está de más tener una pieza fresca —sentenció la suegra, desapareciendo bajo la pasarela con un golpe de remo de su patito.
Esa noche, en el barco de pesca, la situación alcanzó tintes surrealistas.
Concha, mareada por el balanceo, se negaba a soltar la caña.
—¡Tengo algo! ¡Paco, ayuda, que esto pesa como un muerto! —gritaba mientras tiraba del sedal.
Cuando por fin subieron la pieza, resultó ser una bota vieja o un trozo de coral, nadie lo supo con certeza.
Pero Concha estaba convencida de que había luchado con un tiburón.
—Casi me lleva al fondo, el condenado —decía mientras se secaba el sudor con un pañuelo de encaje—. Mañana le cuento esto a las del bingo y no se lo creen.
Berta miraba las estrellas, preguntándose en qué momento de su vida había decidido que irse a las Maldivas con su suegra era una buena idea financiera.
El ahorro era considerable, sí.
Pero su salud mental estaba cotizando a la baja de forma alarmante.
—Paco —susurró Berta esa noche en la cama.
—¿Dime?
—Mañana quiero ir a la otra punta de la isla. Solos. Aunque tengamos que escondernos detrás de un cocotero.
—Hecho —prometió él—. Pondré el despertador antes que ella.
Pero no contaban con que Concha, como todas las personas de su generación, se despertaba con la primera luz del alba para “aprovechar el día”.
A las seis de la mañana, unos golpes rítmicos en la puerta de cristal los sacaron del sueño.
—¡Paco! ¡Berta! ¡Levantaos, que ya han puesto los churros! —bueno, no eran churros, eran crepes, pero para Concha era lo mismo.
Berta hundió la cabeza en la almohada y soltó un grito sordo.
El paraíso se estaba convirtiendo en un episodio interminable de una telecomedia de los años noventa.
PARTE 4: EL CLÍMAX DEL COCO Y LA REDENCIÓN FINAL
El quinto día de las vacaciones comenzó con una crisis diplomática de primer orden.
Concha se había levantado con la idea fija de que le estaban robando en la habitación.
—¡Me falta el champú de biotina! —gritaba en mitad del camino de arena, interceptando al encargado de limpieza.
—Señora, el señor no entiende español —intentaba explicar Paco por enésima vez.
—¡Que no entienda no le da derecho a llevarse mi brillo capilar! —insistía ella, haciendo gestos de lavarse la cabeza con una furia digna de una actriz de cine mudo.
Berta, que ese día había decidido que nada iba a arruinar su sesión de fotos para Instagram, intentó mediar.
—Concha, el champú lo reponen todos los días. Mira, tienes tres botes nuevos en el estante.
La suegra entró al baño, lo comprobó y salió sin pedir disculpas.
—Bueno, pues igual ha sido el aire, que aquí sopla con mucha mala idea.
Pero el verdadero problema llegó a la hora del almuerzo.
Habían decidido ir a un restaurante que no era el del bufé, un sitio elegante en medio de la selva de la isla.
—Aquí solo sirven comida de esa que no llena —se quejó Concha al ver la carta—. ¿Qué es un “tartar”? ¿Eso es carne cruda? ¡Paco, que nos va a dar el mal de las vacas locas!
—Mamá, es atún fresco. Está delicioso —dijo Paco, sudando bajo el sol tropical.
—A mí me lo pasas por la sartén, joven —le dijo al camarero, haciendo el gesto de freír con la mano—. Bien frito, que no suelte sangre, ¿me oye?
Berta sentía que cada mirada de los otros comensales era un dardo clavado en su orgullo.
—Concha, por favor, intenta integrarte un poco —le pidió Berta.
—¿Integrarme? ¿Me voy a poner yo un taparrabos ahora? —respondió la suegra con su habitual falta de filtro.
Después de la comida, Berta propuso ir a hacer snorkel en el arrecife lejano.
Era su última oportunidad para tener un momento de paz bajo el agua, donde el silencio es ley.
—Yo voy —anunció Concha.
—Pero suegra, que eso es para nadadores experimentados —dijo Berta, cruzando los dedos.
—Yo nadaba en el pantano de San Juan antes de que tú nacieras, bonita. No me vas a dar lecciones de agua a estas alturas.
Se equiparon.
Ver a Concha con el tubo, las aletas y las gafas de bucear fue una imagen que Paco supo que nunca podría borrar de su retina.
Parecía un alienígena costumbrista perdido en el Índico.
—¡No puedo respirar! ¡Esto me ahoga! —empezó a gritar nada más meterse en el agua.
—Muerde el tubo, mamá. Solo muerde el tubo —instruía Paco.
—¡Sabe a goma! ¡Esto es tóxico!
A pesar de las quejas, la corriente empezó a llevarlos hacia la zona de corales.
Berta se sumergió y por fin encontró lo que buscaba: la belleza absoluta.
Peces de colores neón, tortugas deslizándose con elegancia y un jardín de coral que parecía de otro mundo.
De repente, sintió que alguien le tiraba de la aleta con fuerza.
Era Concha, que señalaba frenéticamente hacia un punto en el azul profundo.
Berta se asustó, pensando que habría visto un tiburón de verdad.
Se quitó las gafas.
—¿Qué pasa? —preguntó alarmada.
—¡Mira! —gritó Concha, sacando la cabeza del agua—. ¡Una moneda! ¡He visto algo que brilla en el fondo! ¡Paco, baja a por ello, que igual es un tesoro pirata!
Paco se sumergió obediente, bajó unos metros y volvió a subir con un tapón de una botella de cerveza que algún turista desaprensivo había tirado.
—Es basura, mamá.
—¡Vaya por Dios! —se lamentó ella—. Pues brillaba como si fuera un doblón de oro. Qué decepción de isla.
Al volver a la orilla, Concha se sentó bajo una palmera a descansar de su “aventura pirata”.
En ese momento, un coco cayó del árbol, impactando a escasos centímetros de su pie.
La suegra dio un salto que ni una gacela en la sabana.
—¡Atentado! —gritó—. ¡Me han tirado un proyectil!
—Es un coco, mamá. Se caen cuando están maduros.
—¡Casi me deja tullida de por vida! ¡Esto es un peligro público! ¡Berta, apunta esto en el libro de reclamaciones!
Berta ya no podía más.
Se levantó de la hamaca, roja de rabia.
—¡Basta ya, Concha! ¡Basta de quejas! ¡Basta de gritos! ¡Basta de ser el centro del universo!
El silencio que siguió a la explosión de Berta fue más profundo que el océano que tenían delante.
Concha la miró, sorprendida.
Sus ojos, siempre inquisidores, se humedecieron un poco.
—Solo quería que lo pasáramos bien… —susurró la suegra, bajando la cabeza—. Como somos tan pocos en la familia…
Berta sintió una punzada de culpa.
Esa culpa que las suegras españolas saben inyectar con la precisión de un neurocirujano.
—Ya, Concha, pero es que no nos dejas respirar —suavizó Berta.
—Es que me da miedo que me olvidéis —confesó la mujer, jugando con la arena con sus dedos arrugados—. Que penséis que soy un mueble viejo, como dije aquel día.
Paco se sentó al lado de su madre y le pasó el brazo por los hombros.
—Que no eres un mueble, mamá. Eres más bien… una cómoda antigua, de esas que pesan mucho pero que no te atreves a tirar porque tienen mucha historia.
—¿Me estás llamando pesada, Paco? —preguntó ella, con una chispa de su humor habitual volviendo a sus ojos.
—Un poquito, mamá. Solo un poquito.
Berta suspiró y se sentó al otro lado.
—Mira, vamos a hacer un trato. Mañana es nuestro último día completo.
—Sí —dijeron los dos a la vez.
—Por la mañana, Paco y yo nos vamos a hacer una excursión solos. Sin patitos, sin rosarios y sin gritos.
Concha asintió con resignación.
—Y por la noche —continuó Berta—, cenamos los tres en el sitio más caro de la isla. Y tú puedes pedir lo que quieras, incluso si quieres que te frían el caviar.
A Concha se le iluminó la cara.
—¿Y puedo pedir el vino ese que sale en las películas? ¿El que tiene burbujas?
—El que quieras, Concha. Pagas tú, recuerda —bromeó Berta.
—¡Ay, es verdad! ¡Pues vamos a pedir dos botellas!
El último día fue, sorprendentemente, el mejor de todos.
Paco y Berta disfrutaron de una mañana de absoluta soledad, reconectando como pareja y riéndose de las anécdotas de los días anteriores.
—Reconoce que lo del patito tuvo su gracia —dijo Paco mientras nadaban solos.
—Visto desde lejos, y con un par de meses de terapia, igual sí —admitió Berta.
La cena de despedida fue un despliegue de lujo y, por una vez, de armonía.
Concha iba vestida con sus mejores galas, un vestido de flores que brillaba bajo las antorchas del restaurante.
Pidieron langosta, champán y postres con láminas de oro.
—Pues sabéis qué os digo —dijo Concha, levantando su copa al final de la noche—. Que aunque me haya casi matado un coco y me hayan robado el champú, me lo he pasado de cine.
—Nosotros también, Concha —dijo Berta, y lo decía de verdad, o al menos el champán ayudaba a que fuera verdad.
—¿Y sabéis qué he pensado? —añadió la suegra con una sonrisa pícara.
Paco y Berta se tensaron simultáneamente.
—¿Qué has pensado, mamá?
—Que para el año que viene, podríamos ir a Nueva York. He oído que allí las tiendas son muy grandes y que hay unos teatros muy majos.
Berta miró a Paco.
Paco miró a Berta.
—Solo si lo pagas tú otra vez, Concha —dijo Berta riendo.
—¡Hecho! —exclamó la suegra, brindando con fuerza—. ¡Pero esta vez me llevo mis propias sábanas, que el algodón de los hoteles me da sarpullido!
Mientras la luna se reflejaba en el mar de las Maldivas, Berta comprendió que no se puede luchar contra los elementos.
Ni contra el viento, ni contra el mar, ni mucho menos contra una suegra decidida a ser parte de tu historia.
Al fin y al cabo, ¿quién más les iba a pagar un viaje en Business a cambio de aguantar un par de anécdotas sobre el colesterol?
—A Nueva York, entonces —brindó Paco.
—Pero sin fabada en la maleta, mamá —advirtió.
—Eso ya lo veremos, hijo. Que en Estados Unidos solo comen hamburguesas y eso es la muerte para el hígado.
Y así, bajo las estrellas del Índico, el trío más extraño de la isla planeó su próxima gran aventura, demostrando que el amor de familia es capaz de sobrevivir incluso a diez días en el paraíso con todo incluido… y una suegra con un flotador de patito.