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El rellano olía a lo de siempre.

PARTE 1

El rellano olía a lo de siempre.

Esa mezcla inconfundible de cera para el parqué, suavizante Flor y el guiso que Marisa llevaba perpetrando desde las ocho de la mañana.

Elena suspiró frente a la puerta del 3º B.

Miró la bolsa de pasteles que llevaba en la mano como si fuera una granada de mano a punto de perder el anillo.

A su lado, Sergio buscaba las llaves en los bolsillos de sus vaqueros con esa parsimonia que solo tienen los hijos que vuelven al nido por unas horas.

Sergio no notaba la tensión.

Sergio nunca notaba nada que no tuviera una pantalla o una pelota de por medio.

—¿Te quieres estar quieta? —le soltó él, con una sonrisa de medio lado—. Que es mi madre, Elena, no el tribunal de la Inquisición.

Elena le lanzó una mirada que habría congelado el mismísimo estrecho de Gibraltar en pleno agosto.

—Tu madre, Sergio, tiene un radar para detectar mis fallos que ya lo quisiera la OTAN.

—Exagerada.

—¿Exagerada? La última vez me preguntó si es que en mi casa no se estilaba el planchado de las servilletas. ¡De las servilletas, Sergio!

—Es de otra generación, cariño.

La llave giró en la cerradura.

El chirrido de la puerta fue el pistoletazo de salida.

—¡Ya estamos aquí! —gritó Sergio, entrando como si fuera el rey de la casa.

—¡Mi niño!

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