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El padre de Alejandro N. y la conexión que todos ignoraban | Nuevos detalles caso Carolina Floress

El padre de Alejandro N. y la conexión que todos ignoraban | Nuevos detalles caso Carolina Floress

Hay crímenes que sacuden a una ciudad por una semana. Hay otros que abren una herida tan profunda que obligan a mirar hacia atrás, hacia años de silencio acumulado, hacia decisiones tomadas en la oscuridad de una finca lejana, hacia conversaciones que nunca debieron existir, hacia un apellido que cargaba mucho antes del disparo el peso de lo que estaba por venir.

El feminicidio de Carolina Flores Gómez, ocurrido el 15 de abril de 2026 en un departamento de lujo en Polanco, Ciudad de México. No comenzó esa tarde, no comenzó con los 12 disparos que le arrebataron la vida a una joven que había brillado frente a miles de personas bajo las luces de un certamen de belleza.

 No comenzó tampoco con la fuga de la mujer que apretó el gatillo. Comenzó mucho antes. Comenzó con un apellido, comenzó con una familia, comenzó con un arsenal. Para entender lo que ocurrió en el departamento de la calle Edgar Alan Pou número 14, hay que entender primero Noel Alejandro que aparece en las fotos de redes sociales junto a Carolina sonriente con su hija recién nacida en brazos.

 No el Alejandro, que declaró ante la policía de investigación con voz entrecortada, invocando el miedo y el shock como escudos frente a una pregunta que no podía responder sin condenarse a sí mismo. ¿Por qué tardó 24 horas en llamar a las autoridades mientras el cuerpo de su esposa yacía en el suelo? Hay que entender al Alejandro formado en el seno de una familia que tenía tres rifles de uso exclusivo del ejército mexicano guardados en un rancho al que llamaban los gallos amarillos.

 Hay que entender al hijo de Juan Sánchez Frías y Erika María Herrera Coriat, dos personas cuya historia cuando se empieza a tirar del hilo revela un universo paralelo de armas, silencios y una cultura de impunidad construida ladrillo a ladrillo durante décadas en el estado de Baja California. La pregunta que nadie en los medios masivos se ha atrevido a formular con toda su crudeza es esta.

 ¿De dónde salió el arma que Erika María usó para dispararle 12 veces a Carolina Flores? ¿Quién se la dio? ¿Quién la enseñó a usarla con esa precisión que los peritos balísticos describieron como deliberada, concentrada en zonas vitales, ejecutada con una frialdad que no es la de alguien que actúa en un arrebato espontáneo, sino la de alguien que ha estado cerca de las armas el tiempo suficiente como para perderles el miedo.

 Para responder esa pregunta hay que ir al principio, hay que ir al kilmro 83. de un camino que muy poca gente conoce, a una propiedad en el municipio de Ensenada, donde en algún momento entre 2015 y 2018 agentes federales encontraron lo que no debería existir en manos de ningún civil, un arsenal que habría hecho palidecer a más de un cuartel de provincia.

 Esa es la historia que nadie ha contado completa. Esa es la historia que empieza mucho antes de que Carolina Flores Gómez pusiera un pie en la Ciudad de México antes de que se enamorara de un hombre de apellido compuesto y ojos seguros antes de que se mudara a un departamento en uno de los barrios más vigilados y exclusivos de la capital, creyendo, como creen todos los que se mudan a Polanco, que la seguridad del lugar equivale a seguridad personal.

 Esa es la historia que hay que contar ahora, con toda la información disponible, sin adornos, sin eufemismos, sin la cobardía de omitir, lo que resulta incómodo, porque incomoda a personas con recursos y con abogados. La historia comienza con un hombre llamado Juan. Juan Sánchez Frías no es un nombre que aparezca en los titulares nacionales con la frecuencia que merecería. Es un nombre regional.

 un nombre de Ensenada, una ciudad portuaria en el estado de Baja California que tiene la particularidad de existir en una especie de frontera doble. Al norte, la línea que separa México de Estados Unidos. Al este el desierto que comunica con el resto del país, al oeste el Pacífico. Ensenada es una ciudad de turistas y de pescadores, de bodegas de vino y de rutas de aventura, pero también, como toda ciudad que vive en los márgenes, es una ciudad donde ciertas familias han aprendido a vivir en una opacidad cuidadosamente

mantenida. Los Sánchez Frías eran, en apariencia una de esas familias que no llaman la atención. Tenían propiedades, tenían un rancho, tenían un apellido que en los círculos de Ensenada sonaba a solidez, a tradición, a ese tipo de dinero que no necesita exhibirse porque lleva generaciones asentado.

 El rancho al que llamaban los gallos amarillos se encontraba en el kilómetro 83 más ter camino nacional Tecate Encenada en una zona conocida como Rancho Casa Blanca número 93. Es el tipo de propiedad que en el norte de México tiene múltiples funciones posibles. Puede ser un rancho ganadero, puede ser una finca de descanso, puede ser un lugar de reunión para familias de campo acostumbradas a la vida alejada de los centros urbanos.

 También puede ser, y esto es lo que la denuncia ciudadana que detonó la investigación federal sugería un lugar donde se guarda lo que no debería guardarse. Lo que la Procuraduría General de la República encontró cuando sus agentes ejecutaron las órdenes de cateo, no era lo que uno esperaría hallar en la finca de descanso de una familia de clase alta baja californiana.

Lo que encontraron era un inventario de violencia potencial que, a la luz de lo ocurrido en Polanco, años después adquiere una dimensión que trasciende el expediente federal y se convierte en una pieza fundamental del rompecabezas criminal más perturbador de 2026 en México. Tres armas largas de uso exclusivo de las fuerzas armadas, una arma corta, una ballesta de la marca Barnet.

aproximadamente 850 cartuchos útiles de diversos calibres. Eso fue lo que encontraron en la propiedad vinculada a Juan Sánchez Frías entre 2015 y 2018 en el marco de la averiguación previa identificada con la clave APPGRBC ENS 132808. El expediente existe, las armas existieron. La detención de Juan Sánchez Frías, ocurridas según distintas publicaciones de la época en circunstancias que fueron calificadas como muy extrañas por quienes las cubrieron, existió también el portal noroeste, uno de los medios de referencia en Baja California, documentó

el operativo y las características del arsenal de comisado. No fue un hallazgo menor, no fue una pistola sin registro y un cargador vacío. Fue un arsenal. Fue la evidencia de que en esa propiedad alguien o varios alguien había acumulado durante un tiempo indeterminado una cantidad de armamento que ningún civil puede justificar legalmente bajo ninguna circunstancia razonable.

 Para dimensionar lo que significa encontrar tres armas largas de uso exclusivo del ejército en manos privadas. Hay que entender que en México la ley es particularmente estricta en este punto. El artículo 11 de la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos reserva ciertas categorías de armamento de manera exclusiva para las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad del Estado.

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