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El Militar que Capturó al Che Guevara Reveló la Verdad Jamás Contada Sobre su Muertee

El Militar que Capturó al Che Guevara Reveló la Verdad Jamás Contada Sobre su Muertee

Lo que contó el propio Gary Prado Salmón, capitán del ejército boliviano en 1967, cambió para siempre la versión oficial sobre la muerte de Ernesto Cheegevara. Durante años, los discursos políticos y la propaganda revolucionaria habían moldeado una historia heroica. Pero los documentos, las bitácoras militares y el testimonio de quien lo capturó cuentan otra muy distinta.

 En sus palabras no hay épica ni romanticismo, sino una descripción meticulosa de los hechos que llevaron al fin de la guerrilla del Che en Bolivia. Según relató el capitán Prado, la captura no fue producto de la casualidad ni de una conspiración internacional. Fue el resultado de un operativo militar bien ejecutado por un ejército nacional que sin grandes recursos consiguió desmantelar una fuerza insurgente aislada, debilitada y sin apoyo local.

En esa operación, el Chen no fue un mártir, fue un combatiente exhausto, enfermo, sin comunicaciones y sin salida. Esa es la historia que Gary Prado dejó escrita y la que hoy vuelve a revisarse con rigor histórico. Para entender su versión es necesario retroceder al origen del fracaso. A mediados de los años 60, el gobierno cubano había impulsado un ambicioso proyecto de expansión ideológica.

 La meta era crear focos revolucionarios en América Latina que siguieran el ejemplo de la revolución cubana. Bolivia fue elegida como punto estratégico, un país central en el mapa sudamericano con fronteras que permitían extender la influencia hacia Chile, Perú, Brasil y Argentina. La decisión no fue improvisada.

 En 1966, durante la conferencia tricontinental en La Habana, los delegados de movimientos de izquierda debatieron sobre la necesidad de llevar la lucha armada más allá de las islas del Caribe, aunque Guevara no asistió personalmente. Su nombre fue citado varias veces como símbolo de la revolución exportable. Desde entonces comenzó a gestarse la idea de abrir un nuevo frente continental.

 Pero lo que parecía un plan sólido en los discursos resultó en la práctica una empresa mal concebida. El Partido Comunista Boliviano no respaldó la iniciativa. Moscú tampoco mostró interés en financiar un proyecto que no controlaba directamente y los campesinos locales, lejos de ver a los recién llegados como libertadores, los consideraron intrusos.

 El Che no tardó en comprobar que los conceptos ideológicos de la revolución chocaban con las realidades sociales de la sierra boliviana. El grupo guerrillero, compuesto por cubanos, argentinos, peruanos y algunos bolivianos, se instaló en la zona de Ñaguazú, en el sureste del país. Al principio, todo parecía bajo control.

 Había disciplina, entrenamiento y entusiasmo. Pero el terreno era hostil, las distancias inmensas y las provisiones escasas. En pocas semanas comenzaron las enfermedades, las deserciones y la falta de alimentos. Gary Prado recordaba que las operaciones de patrullaje del ejército detectaron indicios del grupo mucho antes del enfrentamiento final.

Los campesinos, al verlos, informaban a las autoridades por temor o simple supervivencia. El mito de la revolución popular se desmoronó en la práctica. Sin apoyo de la población, la guerrilla se volvió un cuerpo extraño condenado al aislamiento. Los informes militares de aquel año describen un cerco paulatino construido con precisión.

 No se trató de una persecución improvisada. El ejército boliviano fue avanzando con lentitud, cerrando rutas, controlando pasos y cortando toda posibilidad de fuga. El apoyo técnico de instructores estadounidenses ayudó en la logística, pero la operación fue dirigida y ejecutada por mandos locales. Para septiembre de 1967, el grupo del Che estaba exhausto.

 El propio Guevara, en su diario admitía la pérdida de contacto con Cuba, las bajas sucesivas y la escasez total de alimentos. había pasado de ser el líder de una empresa continental a un hombre enfermo de asma que escribía sobre la desesperación de sus compañeros y lo que se descubriría más adelante a partir de los propios apuntes del Cheé y del testimonio militar dejaría al mundo sin palabras.

 A comienzos de octubre, el cerco se había cerrado por completo. Los últimos combatientes se desplazaban por quebradas estrechas, perseguidos día y noche. Los campesinos ya no solo evitaban ayudarlos, en muchos casos los denunciaban. La moral estaba rota. Los que aún seguían con Guevara sabían que la misión había fracasado. El 8 de octubre, poco después del amanecer, un campesino llamado Pedro Peña se presentó en un puesto militar cercano a la localidad de la higuera.

 Llevaba información crucial. Había visto a un grupo de hombres armados cerca de la quebrada del yuro. La noticia fue transmitida al capitán Gary Prado, quien ordenó de inmediato el despliegue de su compañía. El avance comenzó al mediodía. Prado envió a una de sus secciones por la parte baja de la quebrada, mientras otra avanzaba desde la parte superior.

El objetivo era cerrar cualquier ruta de escape. A las 12:30 se produjo el primer intercambio de disparos. El combate duró apenas unos minutos. Los guerrilleros estaban superados en número y agotados físicamente. Cuando el fuego cesó, dos hombres fueron capturados. Estaban sucios, deshidratados y cubiertos de polvo.

 Uno de ellos, con una herida en la pierna, sostenía una carabina inutilizada. Según el relato de Prado, cuando le ordenó soltar el arma, el prisionero respondió con voz baja, “Soy el Cheegevara.” El capitán boliviano fingió indiferencia. Lo observó con detenimiento. Verificó su identidad por una cicatriz en la mano izquierda y ordenó que lo atendieran.

 El Che no opuso resistencia. dijo que su arma estaba destrozada y preguntó si lo matarían. “Valgo más vivo que muerto”, agregó en un intento de razonar con sus captores. No gritó, no discutió, no se proclamó mártir, solo parecía cansado. Ese momento descrito en múltiples documentos, marca el final simbólico de su lucha.

 El hombre que había sido considerado el estratega continental de la revolución fue capturado sin resistencia. En un estado de agotamiento absoluto, su grupo había desaparecido. Su causa se había quedado sin eco y la revolución que soñó no existía más que en sus cuadernos. Para los soldados que lo rodeaban, aquel prisionero no era una figura legendaria, sino un combatiente derrotado.

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