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El estallido del cristal

PARTE 1: El estallido del cristal

Eran las seis de la tarde de un martes cualquiera en Madrid.

El sol de justicia de mayo entraba por el ventanal del salón de Marta.

Marta, con el pelo recogido en un moño mal hecho y un café frío en la mesa, miraba la pantalla de su móvil.

No era una mirada cualquiera.

Era la mirada de quien acaba de presenciar un accidente de tráfico a cámara lenta.

Sus pupilas estaban dilatadas.

Su dedo índice temblaba ligeramente sobre el cristal templado de su iPhone.

Acababa de subir una foto hacía apenas diez minutos.

Una foto en la que, según ella, salía estupenda.

Era un posado en el Retiro, con un vestido de lino que le había costado un ojo de la cara.

Luz natural, filtro sutil, una sonrisa de “no me doy cuenta de que me están mirando”.

Lo tenía todo para ser su publicación más exitosa del mes.

Había cuidado hasta el último detalle del pie de foto: “Disfrutando de los pequeños momentos”.

Pero ahí estaba.

Justo debajo del comentario de su mejor amiga, que le había puesto “¡Pibonazo!”.

Aparecía la notificación que le acababa de arruinar la tarde.

El avatar era una foto borrosa de un geranio en un balcón.

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