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El eco de la olla exprés retumbaba en el pasillo de aquel piso de Alcorcón como una amenaza velada.

PARTE 1

El eco de la olla exprés retumbaba en el pasillo de aquel piso de Alcorcón como una amenaza velada.

Era un silbido agudo, rítmico, que parecía marcar el pulso de la tensión acumulada durante toda la semana.

Elena se detuvo ante la puerta blindada, cerró los ojos y respiró hondo.

Podía olerlo desde el rellano: el cocido de su suegra, Concha, una mezcla densa de garbanzos, tocino y reproches cocinados a fuego lento.

A su lado, Javi forcejeaba con el carrito de Hugo, que gritaba porque quería bajar las escaleras por su cuenta.

—¿Estás lista para el interrogatorio del domingo? —susurró Javi, dedicándole una sonrisa de disculpa.

—Llevo el escudo puesto, Javi, pero como mencione lo de la guardería otra vez, no respondo —respondió ella, ajustándose el bolso.

La puerta se abrió antes de que pudieran llamar.

Concha apareció con su delantal de flores, impecable, como si acabara de salir de una sesión de peluquería en lugar de estar frente a los fogones.

—¡Ya era hora, hijos! —exclamó, aunque solo eran las dos y cinco.

Se abalanzó sobre el niño como si no lo hubiera visto en una década, cuando en realidad lo cuidó el martes.

—¡Mi rey! ¡Pero qué delgado estás! ¿Es que tu madre no te da de comer nada con fundamento?

Elena forzó una sonrisa, esa que reserva para los clientes difíciles y las cenas familiares.

—Hola, Concha, qué bien te veo.

—Hija, se hace lo que se puede, que a mi edad los huesos ya no perdonan, pero aquí estoy, al pie del cañón.

Entraron en el salón, un museo de figuritas de Lladró y fotos de comuniones enmarcadas en plata.

Hacía calor, un calor seco y castizo que parecía emanar de las paredes forradas de papel pintado.

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