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El domingo en casa de Elena y Paco no era un día cualquiera.

PARTE 1

El domingo en casa de Elena y Paco no era un día cualquiera.

Era el santuario de la inactividad.

El aire en el salón tenía esa densidad especial que solo se consigue tras tres horas de persianas a medio bajar.

Huele a café recalentado y a la suavidad de una manta de franela que ha visto tiempos mejores.

Paco estaba fundido con el sofá, formando una unidad biológica indivisible con el cojín de terciopelo.

Tenía el mando a distancia sobre el pecho, como un amuleto sagrado.

A su lado, Hugo, de seis años, mantenía una concentración casi mística frente a la tablet.

Sus dedos se movían con la agilidad de un pianista de élite, saltando entre mundos de bloques de colores.

Elena, por su parte, saboreaba su segundo té de la tarde mientras repasaba mentalmente la lista de cosas que no pensaba hacer hoy.

No pensaba poner la lavadora.

No pensaba responder correos del curro.

No pensaba, bajo ningún concepto, quitarse el pijama de dibujos de pingüinos.

El silencio era absoluto, interrumpido solo por el sutil “clic” de la tablet y el ronquido ocasional del perro en la alfombra.

Era la paz absoluta.

Era la gloria bendita.

Y entonces, el timbre de la puerta sonó.

No fue un timbre normal, de esos que avisan amablemente de una visita.

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